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Año 13 #143 Octubre 2026

Mi querida

 

Un delicioso monólogo de Griselda Gambaro que hace hablar a un personaje de Antón Chéjov en “Mi querida”. 

En este monólogo Olga nos cuenta la historia de su vida. Con una sinceridad que da cosquillas el personaje cruza de la dulzura a lo patético, de la nostalgia a lo humorístico. Griselda Gambaro hace vivir a un personaje de Antón Chejov y crea un relato suspicaz.    

Este texto, escrito para la actriz Juana Hidalgo, se basa en un cuento de Antón Chéjov de 1899, titulado “Duschechka” (almita).


Época de 1900. Entra Oiga. Tiene unos sesenta años, rostro fresco, ojos cálidos. Mira a su alrededor; suspira desesperada.

 

OIga: ¡Otra vez! ¡Cómo llueve! ¡No para más! ¡To­dos los días llueve! No hay esperanzas, una nubecita que se aparte. Que se vaya a moles­tar a otro lado. A un lugar seco, a un desier­to. La arena mirando para arriba y diciendo: ¡una nube! No, todas juntas aquí, negras, ti­rando agua. ¡Lo hacen a propósito! ¡Me con­denan a muerte! ¡Me degüellan! ¡Esta lluvia es mi ruina! ¡Una hecatombe!

(Suspira) Así se quejaba. Pobrecito. No le falta­ba razón. Tenía un circo, al aire libre. Y es ver­dad. Llovía. Barro hasta aquí. Con la lluvia no vendía una entrada. Y los artistas seguían co­miendo, ¡y cómo comían!, protestaban por­que les pagaba con atraso. Eran muchos —los artistas— ¡todos tan gentiles, tan deliciosos!: un prestidigitador que hacía el truco del pañuelo, nada por aquí, nada por allá... y después saca­ba de la manga un montón de pañuelitos, un tirador de puñales al que le temblaba la ma­no, una mujer barbuda, otra que era la mujer más gorda del mundo, se imaginan ¡cómo comía! —lo desesperaba—, un hermano sia­més, sí, un siamés, el otro le colgaba al costa­do, pura piel y huesos, nada, una curiosi­dad... Había además un muchacho huérfano, muy pecoso, que recitaba Hamlet. Tenía mala memoria y se atascaba siempre. Inventaba y terminaba contando cualquier cosa. Impre­sionante. No había animales. Algún gato sí, para las lauchas. Pero no actuaba en el circo. Él no quería animales. Porque sufren saltan­do aros de fuego, los osos haciendo moris­quetas... En esto, yo lo apoyaba enteramente. ¡Cómo trabajaba ese hombre! ¡Cómo se des­lomaba! De la mañana a la noche ni un respiro. ¿Y qué compensación tenía? Ninguna. El público en su casa. Indiferente. Llovía. Preferían quedarse junto al fuego con los pies secos, tomando la sopa. Ningún sacrifi­cio por el arte.

—Esta es nuestra existencia, señorita. ¡Es para llorar! Uno trabaja, se atormenta, no duerme de noche, ¿para qué? ¿Con qué resultado? ¡Ninguno! ¡Lluvia!

Yo lo oía y la tristeza me dominaba. A él de­bía de gustarle que me entristeciera, porque se ponía más desesperado. Mi compañía le daba fuerzas. Para la desesperación.

—¿Vio al público? No, no lo vio porque no viene. ¿Y por qué van a molestarse? Se espantan si el barro les ensucia las botas, si los humedece la lluvia. ¿Qué lluvia? ¡Dos gotas! El diluvio. Quieren diversión vulgar, ¡quieren leones, ti­gres, orangutanes! Pulgas bailarinas. Les gus­ta la frivolidad. Oír chistes en lugar de Hamlet. El público no viene, ¡que no venga!, pero, ¿no debo pagar a los artistas, no debo alimen­tarlos? Y usted vio, señorita, ¡cómo comen! Ninguno ayuna. ¿Por qué no contraté al hombre más flaco del mundo en lugar de la mujer más gorda? ¿Y acaso no tengo otras preocupaciones mayores? ¿Impedir que se afeite la mujer barbuda que a veces quiere ser como las otras? ¿Acaso no debo llamar al médico cuando al tirador de puñales le tiem­bla el pulso y perfora a su partenaire?

Tenía razón.

—¡Y bueno!, se reía. No podía parar de reír ­de la angustia.

—¡Que todo se inunde y yo también! ¡Que no conozca la dicha en este mundo ni en el otro! ¡Que me muera después de tanto sufri­miento!

Yo lo escuchaba sin decir nada. ¿Qué iba a de­cir? Ya veces me ponía a llorar. Para acompa­ñarlo en su desesperación. Me enamoré. Sí, me enamoré. Era chiquito, flaco, de tez ama­rillenta, tenía un hilo de voz y torcía la boca al hablar. Impresionante. Despertó en mí un sentimiento real, profundo. Yo no podía estar sin querer a alguien. Sin querer a alguien el mundo me parecía un desierto. Siempre esta­ba ocupada, queriendo. Primero quise a mi papá, que sufría de asma, después a una tía que vivía en el campo, me embarraba de los pies a la cabeza cuando iba a visitarla, ¡pero la quería!, y antes, en el colegio, quise a mi profesor de francés. Y la gente me amaba. Me decía: ¡mi querida!

Me casé con mi pobrecito lván. La noche de bodas, él tocó mi cuello, mis hombros redon­dos, yo resplandecía de salud, y él se apartó un poco, juntó las manos y dijo: ¡mi querida!

Noté que estaba muy feliz, pero la noche de bodas llovió, y él no pudo dejar de estar de­sesperado. Se ve que la felicidad no era su fuerte. Comprensible. ¡Con esa lluvia! Pero conmigo, conoció la felicidad o lo más próxi­mo a la felicidad porque por breves momen­tos se olvidaba de la lluvia o de la amenaza de la lluvia, y me decía: ¡mi querida! Y yo, ¡yo me sentía tan dichosa con mi Iván y su circo! Me di cuenta de que había nacido para el circo, que estaba destinada al circo. Con las mejillas rojas por el ajetreo, me ocupaba de todo: atendía la boletería, apuntaba los gastos, con­formaba a los artistas... Para mí no había na­da más importante, más necesario en el mun­do que el circo. El circo que es riesgo, emo­ción, ¡arte! En el teatro, los actores no siem­pre son buenos y uno tiene que soportarlos en silencio. En cambio, en el circo uno pue­de moverse, cambiar impresiones: ¡Oh! ¡Ah! ¡Qué maravilla! ¡Cuántos pañuelos saca el prestidigitador! ¡Oh, la mujer barbuda!

Mi emoción cuando se encendían las luces de la pista y aparecía mi Iván, tan pequeñito, vestido de levita, con entorchados en los hombros, en el pecho... —un Dios— para anun­ciar los números. Y en seguida, entraba la banda (tararea), sonaban los platillos. Y des­pués... después aparecía, toda vestida de ne­gro, la que caminaba, subía escaleras, las bajaba, de pie sobre una pelota de este tamaño. (Señala) Siempre parecía a punto de caerse, pero no se caía. Se iba para adelante, para atrás, hacia el costado... Yo sentía el corazón en la boca, me sentaba porque se me afloja­ban las piernas, y para sentarse había lugar de sobra...

La gente no se daba cuenta de lo que perdía aburriéndose en su casa. Cada mañana, yo re­corría las calles, detenía a los transeúntes, ¡les hablaba del circo! Todos me sonreían, me decían: ¡mi querida!, pero de venir al cir­co ¡ni pensarlo! Venían dos o tres. Cuando no llovía. Comencé a odiar al público. Iván lo odiaba. Yo también. Iván y yo teníamos moti­vos para despreciarlo. Por qué, cómo podían ser tan indiferentes al arte que los elevaría, que... Iván y yo no podíamos comprenderlo. Iván y yo sufríamos. Sin embargo, Iván y yo no escatimábamos esfuerzos. Yo asistía a to­das las funciones, intervenía en los ensayos, corregía al tirador de puñales, le sostenía la mano para que no le temblara tanto y enton­ces ¡llegó a unas cimas!, no fallaba casi nun­ca. Y cuando el diario del pueblo nos critica­ba, me ponía hecha una fiera. Iba a la redac­ción a pedir explicaciones. Temblaban todos, mi presencia era un huracán, ¡un terremoto! (Dulcemente) Con una furia enorme, yo los convencía, alegaba que con el corazón cerra­do uno está ciego, que habían visto mal o no habían visto, no habían advertido la grandeza del monólogo de Hamlet —el chico mantenía la grandeza de Hamlet aunque se perdiera y terminara hablando de bueyes y vacas—, que no había prestidigitador como el nuestro. Me decían ¡mi querida! y yo los notaba arre­pentidos.

Los artistas me amaban. (Ríe) Me llamaban "Iván y yo" o "mi querida". Yo les cosía la ro­pa y los alentaba: qué precisión, le decía al ti­rador de puñales, le envidio la barba, a la mujer barbuda. Una palabra a uno, una palabra a otro, y todos resplandecían de contento. Confiaban tanto en mí que a espaldas de Iván me pedían adelantos. Más que adelantos. Prometían devolvérmelos pero nunca lo ha­cían. Se emborrachaban o se compraban un abrigo. Cuando con sacrificios lván les paga­ba, ellos... —¡Mi querida!— me abrazaban.—jAh, sí, el adelanto! Usted es tan bondado­sa... ¿Por qué no lo olvida, mi querida? Mi hijo está enfermo, mi madre está enferma, mi esposa, mi perro...— Borrachos como cubas. —¡Perdone, mi querida!

Eran así... Entonces, yo lloraba y no me queja­ba a Iván, que siempre estaba desesperado. Yo no. Porque la desesperación... no sé, no me va. En cambio, lván nadaba. En la desesperación. Se lamentaba de pérdidas terribles, ¡estoy al borde de la ruina!, exclamaba el pobrecito, aunque ya no nos iba tan mal, llovía menos o la gente por fin había despertado a la grande­za del arte. Yo estaba contenta, en cambio él... Enflaquecía, se ponía más amarillento a cada instante, tosía de noche y yo le preparaba jara­bes, tazas de tilo, y lo frotaba con agua de co­lonia. ¡Qué lindo era! ¡Tan bueno, tan gentil! Sus piernas flaquitas parecían dos esculturas. En la cabeza tenía unos pelos finitos, pocos, ¡pero tan suaves! Un plumón.

Él se fue por una semana porque le habían ha­blado de una trapecista que atraía multitudes en otro pueblo. Quería contratarla. En su au­sencia, yo no pude dormir, no pude ocuparme del circo. Me quedé como una estúpida cerca de la ventana, a contemplar las estrellas. ¡Có­mo lo extrañaba! Me faltaba el aire. Me sen­tía inquieta como las gallinas en el gallinero cuando no está el gallo. Y de pronto, ¡pum!, la desgracia. Recibí un telegrama. Ya había recibido otros, pero esta vez sentí que la san­gre se retiraba de mis venas. Lo abrí temblan­do y leí: "Iván Kukine fallegido súbitamente. Esperamos instruggiones. Condogencias". Raro, ¿no? No era una broma. Sólo un error del telegrafista que... no sé, tenía una debilidad por las ge. Entendí perfectamente. Se había muerto ¡mi lván y yo! Él. ¡Tan gentil, tan noble! ¡Tan bello! (Llora) ¡Cómo sufrí! Le decía: ¡Mi querido! ¡Mi lván querido! ¡Mi precioso! ¿Para qué te conocí? ¿Por qué te amé? ¿Por qué me abandonaste, en manos de quién dejaste a tu pobre OIga, tu pobre, tu desdichada OIga?

Los vecinos venían a consolarme. Decían: ¡La querida, la querida OIga, qué dolor tiene! ¡Qué pena inmensa!

¿Y cómo podía no tenerla? ¡Qué pérdida, qué pérdida! Me duró mucho ese dolor. Me ence­rré. No tenía ganas ni de mover un dedo. Só­lo iba a misa, a rogar por mi Iván.

¿Por qué recuerdo esto? ¿Estas tristezas? (Pien­sa, sonríe) Por placer. Sí, me da tanto placer sa­ber que fui desdichada. Tanto dolor no era en balde. Sí, no lo era. Era un pago, el anticipo por el derecho a ser feliz ahora, cuando tengo una personita que... ¡Mía! ¡Toda para mí! (Ríe contenta) Pero antes... ¡cómo sufrí por la muer­te de mi pobrecito lván! Me quedé sin lágri­mas. No podía comer, no podía dormir.

Pasó un mes, otro. Llegó el verano y no me di cuenta. Pensaba en mi Iván y no veía nada.

Un día volvía de la iglesia, estaba triste, estrujaba un pañuelito con los ojos clavados en el suelo, la imagen de la desesperanza. ¿Y quién lo hubiera dicho? ¡Uno de mis vecinos se me acercó! Yo lo conocía de vista, sabía que co­merciaba en maderas, llevaba barba. Vestía bien, con chaleco y cadena de oro. No pare­cía un comerciante, tenía aspecto de señor, unos modales amables como los de mi Iván, pero no desesperados. Al contrario, compues­tos, graves, tranquilizadores... Caminamos juntos. Y cuando comenzó a hablar, qué sim­patía. Impresionante. Qué tono de voz, mesu­rado, compasivo. Ninguna palabra empujaba a la otra. Nada que ver con mi Iván que tenía una voz finita y hablaba a borbotones ahogándose y poniéndome el alma en un hilo. Este señor no. Respiró profundamente antes de hablar (lo hace) y dijo: —Resígnese, mi querida señora. Todo viene a su tiempo. Cuando mue­re alguien es por voluntad de Dios.

—¿Sí?

(Respira profundamente) —Sí. Debemos aceptar su voluntad y soportar el golpe con resigna­ción. Él nos está probando.

—¿Nos prueba?

¿Cómo no se me había ocurrido? A pesar de mis lágrimas, al escucharlo sentí que mi dolor cedía porque él era tan... no sé... convincente. (Toma aire) —Créame, mi querida señora.

Me acompañó hasta la puerta de casa. Entre frase y frase dejaba un silencio y todas eran tan... convincentes, llenas de calma, de apoyo. ¡Se despidió con tanta cortesía! Así, inclinan­do la cabeza hasta que la barba le tocó el pe­cho. Y después, en mi casa, a cada instante yo oía su voz en mis oídos; cerraba los ojos: veía su barba negra.

No podía evitarlo, voz y barba, ¡voz y barba! Me perseguían. Me agradaban mucho. Y yo tampoco le era indiferente porque a los po­cos días vino a visitarme una señora. Me ha­bló de él: ¡qué hombre! Excelente, serio, de buen pasar. Si le ofreciera matrimonio a una mujer, esa mujer debía considerarse dichosa. Eso dijo. ¿Era una propuesta, una insinua­ción? Me dejó temblando. Tres días más tar­de, vino él mismo a casa, no se quedó mucho y habló poco, pero lo que habló, con ese tono tan mesurado, bastó para enamorarme. (Res­pira profundamente) —Querida señora, no se atormente. Acepte la voluntad de Dios. Dios la ayudará.

Me enamoré tanto que ya no pude dormir, ardía como si tuviera fiebre. Mandé a buscar a la señora que me había visitado, tanteándo­me, y poco después... nos casamos.

Fuimos muy felices, Vasili y yo. Él se quedaba en el negocio durante la mañana y después de almorzar atendía otros asuntos. Yo lo reemplazaba hasta la noche, hacía las cuen­tas, entregaba la mercadería.

Ahora la madera aumenta cada año en un veinte por ciento, informaba a los clientes. Antes nosotros vendíamos la madera de nuestros bosques, ahora Vasili está obligado a buscarla en el sur. ¡Y el precio del transpor­te!, decía yo con un escalofrío. ¡El precio del transporte!

Me parecía que siempre me había ocupado del negocio de la madera. Sentía no sé qué de familiar, de conmovedor en las palabras: poste, viga, tablón, durmiente, estaca... ¡Có­mo se usa la madera! Uno puede pasarse de todo, pero no de la madera. Es lo más impor­tante, lo más necesario del mundo. Nosotros hasta la vajilla usábamos de madera. Platos, tazas, fuentes. No se rompen. A prueba de golpes. Toc-toc-toc, ¡qué sonido! Me encanta­ba: firme, musical. Y cuando yo decía: ¡Ah, la madera, qué noble, qué pura!, Vasili respira­ba profundamente y asentía: —Por suerte, cuando Dios nos llame, iremos a su Reino ro­deados de madera.— Siempre acertaba con sus palabras, el pensamiento justo. Y me veía a mí misma en una caja perfumada de roble, de nogal, protegida del viento, de la lluvia...

Durante la noche soñaba con montañas de vi­gas y listones, con una fila interminable de ca­rros transportando maderas, soñaba que un regimiento de postes de diez metros de largo y veinte centímetros de ancho marchaban co­mo soldados, ¡tan-tan-tan!, que los postes, los troncos, los tablones, se golpeaban en el nego­cio con un ruido de madera seca, caían y se le­vantaban encimándose unos sobre otros. Yo gritaba y Vasili me decía tiernamente (respira) —OIga, ¿estás soñando? ¿Qué te pasa? Persig­nate.— Y él mismo me hacía la señal de la cruz. Estábamos de acuerdo en todo, Vasili y yo. Si él decía que hacía calor en el departamento, yo estaba de acuerdo. Ni necesitaba pensarlo. ¿Hacía calor? Sí. ¿Mucho? Mucho. ¿Poco? Po­co. Si él opinaba que los negocios marchaban despacio o viento en popa, marchaban des­pacio o viento en popa. A él no le gustaban las distracciones. A mí que no me hablaran de distracciones. El domingo prefería quedarse en casa. Yo también lo prefería. Ni necesidad de consultarnos. ¡Una armonía entre Vasili y yo! Impresionante.

—Ustedes están siempre encerrados en el ne­gocio o en casa— nos decían los conocidos. —Deben distraerse, ir al teatro, al circo.— Yo no me ofendía. Les contestaba, sí, con mesura, con firmeza (respira profundamente) —Vasili y yo carecemos de tiempo. Menos para ir al teatro o al circo. ¿Ir al circo, para qué? ¿Para ver a la mujer barbuda? ¿Al tirador de puñales? So­mos gente trabajadora y no podemos ocupar­nos de tonterías. Nos basta lo que tenemos. Uno vive bien, gracias a Dios. Que Dios le per­mita a cada uno vivir como Vasili y yo.

Cuando él iba a comprar madera al sur, me aburría mucho, y a la noche, en lugar de dor­mir, lloraba. ¡Lo extrañaba tanto! Las palabras poste, viga, durmiente, me sonaban vacías y ya no soñaba. A veces recibía la visita de un vete­rinario militar que ocupaba un departamento en el fondo. Él conversaba o jugábamos a las cartas, y me aligeraba un poco el pesar por la ausencia de Vasili, el aburrimiento.

El veterinario me contaba sus desgracias: vivía separado de su mujer, la había sorprendido con otro y ahora la odiaba. No podía com­prender cómo alguna vez la había amado.

—¿La odia?

—Sí— me contestaba él con rencor. Tenían un hijo pequeño pero ni por el hijo aceptaría volver con ella.

Cuando lo oía decir estas cosas terribles, yo suspiraba, movía la cabeza y lo compadecía. (Respira profundamente) —Ah, que Dios lo pro­teja. Gracias por haberse aburrido aquí, con­migo— le decía al despedirlo en la puerta y se me escapaban las lágrimas. —Dios le dé salud, que la Reina de los Cielos...— y él ya estaba en el patio, cuando yo lo llamaba: —¡Espere! No se vaya todavía. Usted debe reconciliarse con su mujer. Debe perdonarla, al menos por su hijo.— Él negaba y yo insistía: —Debe perdo­narla. ¡Perdónela, por favor! Por su hijo. Esa criatura inocente sufre mucho. ¡Perdónela!

Cuando Vasili regresaba de su viaje, yo le contaba en voz baja la historia tan triste del veterinario. (Respira profundamente) —¡Qué su­frimiento!— decía él.

—¡Qué sufrimiento!— decía yo.

(Respira profundamente) —¡Pobre niño!

—¡Pobre niño!— y de la pena no podía conte­nerme: lloraba a mares. Vasili me consolaba. Después, movidos por el mismo impulso, nos arrodillábamos. Pedíamos a Dios que nos con­cediera un hijo y rogábamos por el veterina­rio, para que se iluminara reconciliándose con su mujer.

Así vivimos seis años Vasili y yo, tranquila y apa­ciblemente, en el amor y el acuerdo perfectos. Podían preguntarme cualquier cosa sobre la madera y yo contestaba. Podía opinar hasta de una viruta y con más razón de todo lo que me rodeaba. Pero... un invierno, Vasili, que había bebido un té hirviente, salió sin abrigo a despa­char madera. Tomó frío y se pescó una pulmo­nía. ¡Me quedé viuda otra vez! (Llora)

—¿En manos de quién me has dejado, mi queri­do? ¿Cómo viviré sola, sin tu presencia amada, mi querido? ¿Por qué te conocí, te encontré? ¿Para que me dejes así, afligida, desdichada? Tengan piedad de mí, huérfana absoluta.

(Sorbe. Sonríe, enjugándose las lágrimas) Y Dios tuvo piedad porque hoy... (suspira) Durante seis meses, después de la muerte de Vasili, hi­ce vida de monja. Sólo salía para ir al merca­do y para llevarle flores. Algunas tardes venía el veterinario, tomábamos el té. Él me hablaba de su mujer y su hijo. A pesar de mi dolor, lo compadecía mucho. Me di cuenta de que en la ciudad no había un control veterinario co­rrecto, de ahí las enfermedades. Se oye decir que las personas han sido contaminadas por loros, gallinas, gatos... En el fondo, hace falta ocuparse de la salud de los animales domés­ticos tanto como de la salud de las personas. Y también hace falta ocuparse de las vacas, que nos dan la carne, la leche, el cuero, de los cerdos, las cabras, los pájaros que pían ti-ti-ti, pero que... Nunca se sabe. Ninguna pre­caución es poca. Yo estaba en un todo de acuerdo con las opiniones del veterinario. Era muy inteligente. Impresionante. Y estába­mos tan de acuerdo y yo... yo lo compadecía tanto, solo, lejos del hijo, odiando a la mujer, que... No pudimos guardarlo en secreto, yo no puedo guardar un secreto, pero nadie pensó mal de mí por amar al veterinario.

—jAh, OIga, almita, usted no puede estar sin amar a alguien!— me decían. —¡Qué afortunada! y lo era, porque amando al veterinario ama­ba a los animales. Me interesaba en la salud animal, en su relación con la salud humana, en los cuidados que requiere toda criatura con hocico, alas, patas, cuernos...

Cuando él recibía a sus camaradas, durante la comida me gustaba mucho hablar de la peste bovina, de la aftosa, de la tuberculosis, del moquillo, de la ausencia de higiene en los mataderos. A él no le agradaba que me ocupara de estos asuntos, se ponía como lo­co. Cuando se iban sus amigos, me agarraba de los brazos y aullaba: —¡Te recomendé ca­llarte! jHablás de lo que no entendés! ¿Por qué no dejás tranquilo al moquillo, a la afto­sa, a los mataderos? Cuando hablamos nosotros, los veterinarios, no debés decir una pa­labra. ¡Ni una sola! ¡Es escandaloso! ¡Qué humillación! ¡Me avergonzás!

Yo lo miraba con asombro, con inquietud, y le preguntaba: —Pero querido, ¿de qué debo hablar? Sólo de esto sé. La salud de los ani­males es lo más importante del mundo.— Lo estrechaba entre mis brazos, llorando, le su­plicaba que no se enojara.

Éramos felices. Con una vajilla de loza por­que la que tenía con Vasili era muy ordinaria y yo estaba de acuerdo con el veterinario que decía: para madera, el ataúd. Éramos muy fe­lices, a pesar de sus broncas cuando yo me ocupaba del moquillo. Pero la felicidad no duró. Lo trasladaron y me quedé sola. Completamente. Otra vez huérfana absoluta.

Me costaba comer y beber, mover un dedo. Enflaquecí, me puse fea. En la calle no me miraban como antes, la gente no me sonreía más. Ni yo sonreía. No sabía qué hacer, el ánimo agrio, la cabeza hueca. No quería pen­sar en la existencia que me esperaba, sin que­rer a nadie. Mi padre se había muerto, mis maridos, del profesor de francés ni me acor­daba... A la noche, sentada junto a la venta­na, miraba con indiferencia el patio vacío, sin pensar en nada, sin desear nada.

Y sobre todo, lo peor, no sabía qué opinar de las cosas. Ya no. Las percibía y comprendía lo que pasaba a mi alrededor, pero no podía ha­cerme una opinión sobre nada y no sabía de qué hablar. ¡Oh, es horrible no tener una opi­nión! Una ve una botella, o la lluvia que cae, o un hombre en un auto, pero por qué están ahí, esa botella, esa lluvia, ese hombre, qué sentido tienen, yo no podría decirlo ni por to­do el oro del mundo. Cuando vivían lván o Va­sili, después con el veterinario, hubiera podido explicar todo y hubiera podido expresar una opinión no importa sobre qué. Pero cuando me quedé sola, mis pensamientos y mi corazón se quedaron tan vacíos como el patio. Fue tan amargo como si hubiera tragado veneno.

Mi gata Briska se frotaba contra mí, ronronean­do, pero esas caricias de gata no me tocaban. ¿Acaso yo estaba sedienta de caricias de gata? ¿Acaso una gata tiene un circo, vende madera, es veterinaria? ¿Qué opina una gata? ¿Quién lo sabe? Yo necesitaba un ser humano, un amor que diera sentido a mi existencia y calentara mi sangre que envejecía. Y entonces, echaba a la gata y le gritaba con furia: —¡Andate! ¡No tenés nada que hacer aquí! ¡Te odio! ¡Dejame sola!

Y la gata se iba.

A veces, en primavera, cuando el viento traía el rumor de las campanas, los recuerdos me asaltaban de pronto y me sentía revivir, las lá­grimas se deslizaban por mis mejillas, pero es­to duraba un instante, de nuevo ese vacío don­de sólo podía preguntarme para qué uno vive sobre la tierra. Sin amor, yo no existía.

Así pasaron los años, unos tras otros, tétricos, aburridos, echando a la gata. Ningún placer, ninguna opinión. Hasta que un día, al ano­checer, alguien golpeó a la puerta. Fui a abrir y me quedé paralizada: era Smirno, el veteri­nario, los cabellos grises. Entonces me acor­dé de todo y rompí en llanto y apoyé la cabe­za sobre su pecho, y era tanta mi emoción que no me di cuenta de que habíamos entra­do y estábamos sentados a la mesa delante de una taza de té.

—¡Mi querido!—le dije, temblando de alegría. —¡Qué sorpresa! ¿Quién te trajo? ¿De dónde saliste?

—Me retiré— me explicó. —Quiero que mi hijo estudie aquí, en la ciudad. Ha crecido. Me re­concilié con mi mujer.

—¡Gracias al cielo la perdonaste!— y lo besé en la frente, llorando.

—¿Y dónde está?

—¿Mi mujer? En el hotel, con mi hijo. Estoy buscando un alojamiento.

—¿Un alojamiento? ¡Señor, mi Dios, querido mío, tomen mi casa! Mi casa entera. ¡Oh, Dios mío, yo no les pediré nada! ¡No tendrán nin­gún gasto! ¡Qué alegría, mi Señor!

Al día siguiente, llamé a pintores, albañiles. Lustré los muebles, compré una alfombra. Puse todo a punto. La gente me paraba en la calle, y al verme tan contenta, como resucita­da, me decían: —¡Mi querida!

Apareció la mujer del veterinario, era flaca, fea, con mentón puntiagudo y la expresión capri­chosa. Vino con su hijo, Sacha, que era muy pe­queño para su edad, tenía diez años, con ojos azul claro y hoyuelos. Apenas atravesó la puerta, corrió detrás de la gata y en seguida oí su risa.

—Tata, ¿es su gata?— me preguntó. —Cuando tenga gatitos, guárdeme uno.

Le hablé, le prometí un gatito, le preparé pan con manteca, y de pronto, sentí un dul­ce calor en el corazón que se me apretó deli­ciosamente, como si ese niño fuera mío, mi hijo. Había que verlo a la noche, cuando ha­cía los deberes sobre la mesa. Era tan lindo, tan inteligente, tan blanco...

—Se llama isla —decía él— a una extensión de tierra rodeada de agua por todos los costados. —Se llama isla— repetía yo —a una extensión de tierra rodeada de agua por todos los costados. Yen ese momento me di cuenta de que era la primera aseveración que expresaba con­vencidamente después de tantos años de si­lencio y vacío. Durante la cena hablaba con sus padres de la dificultad de los estudios.

—Ahora se concede excesiva importancia a las materias técnicas en lugar de las humanísticas. —¿Sí?— decía el veterinario. La mujer no decía nada, torcía la nariz y miraba de reojo.

—Sí— aseguraba yo, sin intimidarme por la mi­rada de reojo. —Las materias humanísticas forman el carácter.

La madre de Sacha no se atrevía a contrade­cirme. No estaba a gusto, no amaba a nadie, ni siquiera a su hijo, y cuando uno no ama a nadie no le interesan los estudios. Un lunes se fue a visitar a su hermana a una ciudad distan­te y no volvió. El veterinario inspeccionaba ganado y a veces se ausentaba por varios días. Y cuando estaba en la ciudad no paraba, veía a sus amigos, perdía las noches en el club. Tampoco él le prestaba mucha atención a Sa­cha. Tenía la impresión de que el niño estaba completamente abandonado, que estaba de más, que lo consideraban una carga, que se iba a morir de hambre. Lo tomé a mi cargo, como quien extiende un ala y protege al pi­chón. Porque, ¿qué podría hacer el pobrecito sin nadie que lo quisiera? ¿Cómo iba a vivir, a crecer? Y para mí, ¡qué oportunidad de amar! Estamos juntos. Todas las mañanas voy a su habitación, lo miro dormir, un brazo bajo la mejilla. ¡Qué pena me da despertarlo! Se me parte el corazón.

—Sacha—lo llamo tristemente —levantate, que­rido. Es hora de ir al colegio.

Él se arrebuja y se queja: —Hace frío.

—Oh, sí, mucho frío, bebé— y se me caen las lágrimas.

Quisiera traer el sol más ardiente y colocado sobre su cama. Él se levanta aterido, se viste, toma su desayuno, bebe dos vasos de leche y come medio pan con manteca. Le cuesta des­pertarse, así que se muestra gruñón, malhu­morado.

—No sabés bien la fábula— le digo mientras desayuna. —Por favor, mi querido, tenés que estudiar, escuchá a la maestra. ¿Repasamos la fábula? "Ayer por la calle, pasaba un borrico, el más adornado que en mi vida he visto..." "Ayer por la calle..."

No me hace caso, come el pan con manteca. Me contesta mal: —¡No me fastidie! —pero porque tiene sueño. Es la criatura más tierna del mundo.

Cuando se va a la escuela, ¡esa pesada mochi­la en la espalda!, yo lo sigo.—¡Sacha!— lo lla­mo. Él se vuelve y me espera, y yo le deslizo en sus manos unos caramelos o le pongo unas monedas en el bolsillo. Cuando llega­mos cerca del colegio —es un hombrecito— le da vergüenza que yo lo acompañe. —Tata, vá­yase a casa. Quiero seguir solo.— (Arrobada) ¡Y me lo dice con un acento tan enojado, tan sombrío! ¡Oh, cómo lo amo! Ninguno de mis amores ha sido tan fuerte, tan profundo. Soy capaz de dar todo por él. Por este niño, por sus hoyuelos, su mochila, daría toda mi vida, la daría con felicidad, con lágrimas dulces, con sonrisas. ¿Por qué? ¿Pero quién sabe por qué? Después de acompañar a Sacha, vuelvo a ca­sa. Y el amor me aligera el paso. Rejuvenecí en estos meses, toco mi cara y percibo que mis ojos brillan, que mi boca sonríe. Las per­sonas que encuentro en el camino notan es­to, sienten placer al mirarme. Y dicen: —¡Buen día, querida! ¿Cómo le va, mi querida?

En el mercado, converso con todos. —Los es­tudios son difíciles en estos tiempos. No es por nada. Ayer, en séptimo grado, tenían que estudiar una fábula de memoria, una lección de geografía, con los ríos, las montañas, las ciudades..., resolver un problema. Piensen un poco, todo esto, ¡y no es más que un niño!

Conozco el asunto, las dificultades. Yo ayudo a estudiar a Sacha, le reviso las cuentas, le repito las fábulas..., Después comemos y Sacha se duerme sobre la mesa. Yo lo despierto y lo llevo a la cama. Cuando al rato me acuesto yo, pien­so en el porvenir. Estaremos siempre juntos. Sa­cha será médico, ingeniero, comprará una casa grande, un coche, se casará y tendrá niños... Me duermo pensando en esto, y me emociono tan­to que no puedo dejar de llorar, las lágrimas se caen de mis ojos cerrados. Y la gata, acostada en mi cama, ronronea: Mour...mour...

Ayer me asusté. Golpearon violentamente a la puerta. Me desperté y el miedo me cortó la respiración. Mi corazón batía: pom—pom—pom. Pasó un minuto y volvieron a golpear.

¡Es un telegrama de la madre!, pensé. ¡Quie­re llevarse a Sacha! ¡Oh, Señor!

Me desesperé horriblemente, el frío me montó desde los pies, ganó mis piernas, mis brazos, me heló la cabeza. Pasó otro minuto. Y oí la voz del veterinario. Volvía de uno de sus viajes y se había olvidado las llaves. Debía de estar muy cansado porque pasó junto a mí sin saludar, derecho a su habitación. ¡Ah, Dios sea alabado! ¡Bendecido Su nombre!

El peso que me oprimía desapareció, de nue­vo me sentí ligera, me acosté con la gata al costado, que ronroneaba mour, mour..., y pensé en Sacha, en el porvenir de Sacha, que dormía con los puños apretados en la pieza vecina y en sueños gritaba: —¡No me moles­tes! ¡Dejame tranquilo, dejame tranquilo! ¡Vieja! ¡Fastidiosa!

(Se entristece) Y era... tanta mi felicidad de te­ner a Sacha, de vivir para Sacha, que mien­tras se me caían las lágrimas de los ojos cerra­dos, oí mí voz ronroneando como mi gata Briska, a la que ya no echaba... Mour, mour, mour... mour...

 

Telón

  • Griselda Gambaro
    Gambaro, Griselda

    Griselda Gambaro (Barracas, 28 de julio de 1928-15 de septiembre de 2026) es una escritora y dramaturga argentina. 

    Su novela Ganarse la muerte fue prohibida por un decreto del dictador Videla, y durante la dictadura militar se exilió en Barcelona entre 1977 y 1980. Se decantó por la escritura dramática, Gambaro practica un "teatro ético", preocupado por la condición humana.

    Pionera entre las dramaturgas de nuestro país, inició su carrera como autora de cuentos y novelas cortas. Su primera publicación, Madrigal en ciudad (1963), ganó una distinción del Fondo Nacional de las Artes (FNA). Dos años después, El desatino, otra colección de cuentos y narrativas cortas, obtuvo el premio Emecé.

    En 2011 fue distinguida con el Doctorado Honoris Causa por el Instituto Universitario Nacional de Arte (IUNA). Fue galardonada varias veces por la Fundación Konex, con un Diploma al Mérito por Teatro en 1984 y 1994, un Premio Konex de Platino en 2004 y finalmente con una Mención Especial por Trayectoria en 2014.

    Obra:

    Novela

    • 1963: Madrigal en ciudad (conjunto de tres novelas breves)
    • 1967: Una felicidad con menos pena
    • 1972: Nada que ver con otra historia
    • 1976: Ganarse la muerte
    • 1979: Dios no nos quiere contentos
    • 1984: Lo impenetrable
    • 1994: Después del día de la fiesta
    • 2002: El mar que nos trajo
    • 2004: Promesas y desvaríos
    • 2005: A nadar con María Inés

    Cuento

    • 1953: Cuentos (con cubierta e ilustraciones de Juan Carlos Distéfano)
    • 1965: El desatino
    • 1976: La cola mágica
    • 1997: Lo mejor que se tiene
    • 2014: Los animales salvajes (conjunto de diecinueve cuentos)
    • 1984: La bola de cristal

    Teatro

    1967: El campo

    1990: Teatro 4

    1991: Teatro 5

    1995: Teatro 2.9 (2.ª edición)

    1996: Teatro 6

    1997: Teatro 1 (3.ª edición)

    1997: Teatro 3 (3.ª edición)

    2002: Teatro (cinco piezas)

    2004: Teatro 7