La cúpula
—Ahora vive allá.
Estamos en Perú y Avenida de Mayo, frente a la confitería London, donde alguna vez se reunieron los protagonistas de “Los premios”, antes de embarcarse en el Malcolm.
El hombre me señala la cúpula que corona el edificio de la vereda de enfrente.
—Nadie sabe que vive allá. Todos la imaginan lejos, en la Patagonia.
Le cuento que subí una vez a esa cúpula, convocado por un periodista de La Razón, veterano de Policiales al que le habían encargado suplir al cronista de Culturales, con parte de enfermo desde hacía tiempo.
—Dejó de venir —me contó el veterano, en la cúpula—. Lo del parte de enfermo es para la gilada. Nadie sabe nada de él. Yo trabajo acá desde entonces.
Señaló una precaria escalera de hierro oxidado, clavada al muro, bajo la pequeña ventana de la cúpula.
—Si vienen, me escurro por ahí.
Yo acababa de ganar un premio de literatura, el único en esos años de la oscuridad. El periodista me convidó un café recalentado, me hizo un par de preguntas para la nota y me dijo:
—Ahora andate, pibe. No esperes más nada de este país. La fama es puro cuento. Cobrá ese premio y andate.
—¿Siguió atendiendo en la cúpula, ese periodista? —pregunta el hombre.
—En esa misma —la señalo también —. Cuando salió la nota, en la edición del sábado, ya lo habían encontrado muerto.
—Carajo.
—¿Qué hago ahora? ¿Subo?
Ríos humanos, torrentosos ríos de oficinistas en su hora de almuerzo, amenazan con arrastrarnos.
—¿Cómo murió, el periodista?
Insiste en preguntar, el hombre.
Me encojo de hombros. Arriesgo una tardía conjetura.
—Se suicidó, dijeron.
Menor que yo, el hombre de la esquina de la London. Diez años menos, le calculo.
—¿Qué hago, subo?
Vuelve a mirar la cúpula. Él nunca subió. Pregunta cómo se llega.
—Un ascensor antiguo, ruidoso, una jaula de hierro que tiembla, ruido de cadenas, más fuerte con cada piso. Y una escalera caracol hasta la cúpula.
Baja la mirada, como buscando algo en el piso. Me impaciento.
—No tengo todo el día.
Cuando alza la vista me mira raro, de lejos y desde abajo. Como si yo fuera la cúpula.
—Andate —dice—. Ya tenés la guita. Andate.
—¿No subo?
—Guardá la guita. No es tanta, después de todo.
—Si no hay trabajo, la devuelvo. No acostumbro cobrar por lo que no hago.
—¿La tenés encima?
—Le hago una transferencia.
—¿Querés que vayamos en cana, pelotudo? Quedatelá, te dije. Es poca plata. Cobrate la consulta.
—Como un médico.
—O un abogado, claro.
A regañadientes acepto la oferta.
Trabajé duro. La inteligencia no es para cualquiera, hay que estar entrenado. Días enteros mirando la cúpula, calculando accesos, vías de escape, los posibles contratiempos.
Ahí está ella, clandestina. La imagino dormida, anestesiada; me cuesta pensarla callada, silenciosa como una novicia.
Cuando me contrataron no pregunté por qué. Nunca lo hago. Sólo exijo datos, información precisa de sujeto y lugar, garantías. Lo básico en este oficio.
Por eso me sorprendo a mí mismo volviendo, esta noche.
Los ríos humanos se fueron secando, después de las seis de la tarde. La London está cerrada. Imagino a los pasajeros de Cortázar embarcados ya en el Malcolm.
Medianoche.
La avenida de Mayo, desierta.
Pasa un colectivo, un 64, sin pasajeros. El chofer me mira, esperando tal vez una seña para que se detenga. Meto las manos en los bolsillos del pantalón. El 64 pasa.
No hay luz en la ventana de la cúpula. Por seguridad, seguro. Tampoco hay movimiento alguno en la planta baja. Si hay policías, están ocultos.
Cumplir con el contrato ahora sería suicida. El blanco móvil sería yo, no ella. Por poca plata, encima. Ni para vender libros me serviría: no publico desde hace años, los que me leyeron cuando gané aquel premio ya están muertos. Yo sería uno más, un don nadie, como me calificó la viuda del escritor que estaba nominado para el premio que según esa viuda usurpé, en los tiempos de oscuridad.
Debí subir a la cúpula cuando la luz solar bañaba los techos, las azoteas, los tanques de agua, las otras cúpulas. Porque hay otras cúpulas en Buenos Aires, ésta no es la única. Puede estar en cualquier otra, ella. Y yo habría subido en vano, buscándola, como tantos otros.
Quizás no fue la guita —poca, un vuelto— sino la posibilidad de escribir. De volver a escribir, después de tanto tiempo. Y ser famoso, por fin. Como Walsh, el que escribió sobre la otra, la que madrugó con un cáncer al sicario de turno.
La fama es puro cuento, pibe —me dijo el cronista de Policiales puesto a escribir sobre Cultura.
Tenía razón, puro cuento.
Éste, por ejemplo.
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Guillermo Orsi
Guillermo Orsi (Buenos Aires, 1946) es un novelista y redactor publicitario argentino. Ha escrito varias obras aclamadas de género negro, dos de las cuales han sido traducidas al inglés por Nick Caistor. Entre los premios literarios ganados por Orsi se encuentran el Emecé (1978), el Umbriel de la Semana Negra (2004), el Ciudad de Carmona (2007) y el Premio Dashiell Hammett (2009).
Bibliografía
El vagón de los locos, 2000
Sueños de perro, 2004
Buscadores de oro, 2007
Ciudad Santa: En Buenos Aires no hay vida para todos, 2009
Fantasmas del desierto, 2014
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