Confesión nocturna
Incluido en El atentado, autores varios. Ediciones Grupo Juramento, 2023, versión digital en Tienda Kindle de Amazon
Por alguna razón que no podía deberse más que a lo avanzado de la noche, el barman reparó con disgusto en la llegada de ese tipo. Un hombre de mediana edad, con sombra de barba, saco bajo el brazo y una corbata floja que le daba lengüetazos en el pubis. El hombre se tambaleaba, señal de que ya había visitado varios bares de la zona, y se acomodó torpemente en una de las butacas del mostrador.
—¡Whisky! –ordenó a manera de saludo, con una lengua que revoloteaba como un pájaro recién enjaulado.
—El barman suspiró de fastidio y sin ánimo de pelear con un borracho le sirvió una medida, rogando porque eso fuera suficiente.
—El hombre se la bebió en dos tragos, entre los cuales lanzó un ronquido que le hizo tambalear la nariz.
—Dispuesto a llevar la cuenta a las dos únicas mesas ocupadas, como señal de cierre, notó que su brazo era atrapado por el borracho, no con agresividad, sino como una súplica.
—¿Sabe qué? —dijo el hombre, soltándolo—. Quise matar a mi esposa.
—El barman cerró los ojos porque vio lo que se venía, la confesión de un alcohólico en su peor estado, el de la confesión de pecados. El barman es un poco cura, solía decir, y también psicoanalista. Sólo que ahora estaba cansado y no tenía ganas de escuchar los delirios de ese tipo. Si decidió otorgarle algunos minutos fue por miedo a que el borracho reaccionara a su indiferencia arrojando el vaso contra el espejo. Mejor prevenir el estropicio.
—¿Así que intentó mata a su esposa? -dijo, sin creérselo-. Es lo que muchos de mis clientes han intentado alguna vez.
—No no no… Yo hablo en serio. Ya no aguanté más los desplantes de esa tierna mujercita con la que me había casado. Su desprecio. Sus humillaciones…
—Entiendo. Y fantaseó con matarla.
—No fantaseé. Un día compré una torta de chocolate, a ella le encantan. La corté por el medio y la rellené de veneno para ratas. Volví a unirla y rápidamente la dejé en el primer estante de la heladera, esperando a que el bagre picara.
—El barman dejó de pasar el trapo alrededor del mostrador, alarmado. Empezó a tomarlo en serio.
—¿Y? ¿La envenenó?
—Se salvó la guacha. La que murió fue la mucama. Ahí supe por qué siempre se achicaba mi tarta de atún, ella se devoraba todo.
—¿Y qué pasó?
—Nada. Hice desaparecer la torta y para la policía quedó como algo que comió fuera de casa. Tuve suerte.
—Bueno. Ya estamos por cerrar.
—Después, embadurné el piso de la bañadera con aceite de oliva.
—No entiendo. Para limpiar la bañadera es mejor un poco de…
—No no no… No era para limpiar. La idea era que cuando ella volviera de su empresa y fuera a ducharse, pegara un resbalón y se rompiera la nuca.
—¿Y así murió?
—No. Ella se duchó lo más bien. Es increíble el equilibrio que tiene esa mujer. Lo feo fue que después fui a ducharme yo y en la caída me rompí un brazo. Hace apenas un mes que me sacaron el yeso.
—Bueno. A veces la torpeza nos exime del crimen. Son dos mil pesos. ¿Tarjeta o efectivo?
—Tiene razón. Descubrí que yo era demasiado torpe como asesino. Así que contraté a uno.
—¡Dios mío! ¿Habla de un sicario?
—Uno de los mejores, recién llegado de Colombia. Me lo recomendó mi podólogo.
—A ver si entiendo. ¿Le pagó para que matara a su esposa?
—Así es. La idea era que la esperase en el garaje de su empresa… y ahí la llenara de plomo.
—¿Y qué pasó?
—Salió en todos los diarios.
—¿El crimen?
—El accidente. El sicario caminaba por la calle y a dos cuadras de la empresa le cayó una maceta del piso diez. En lugar de cabeza le quedó una petunia. Fue una nena de cinco años que jugaba en el balcón.
—¡Qué suerte! Digo… ¡Qué desgracia! Los chicos están cada vez peor.
—Al final decidí no matarla. Tengo miedo de morir en mi próximo intento.
—Muy sabia decisión. Lo bueno es que haya aprendido algo de todo esto.
—Más que eso. ¿Le dije que me enyesaron?
—Sí, claro.
—Bueno, mi vieja me contó una vez que yo no nací solo, tenía un hermano gemelo que fue robado de la nursery.
—Uhhhhh…
—Y estando internado en el sanatorio, enyesado, lo vi en televisión.
—¿Qué es lo que vio?
—¡A él! Estoy seguro. Y mi vieja también. Era él. Lástima que le dio por atentar contra la vice.
—¿Quién??? ¿Ese chiflado que apretó el gatillo y no le salió el tiro???
—¡Ese! ¡Por fin encontré a mi hermano!
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Eduardo Goldman
Eduardo Goldman (Buenos Aires, 1950) es licenciado en psicología, escritor, guionista y compositor. Colaboró en medios gráficos argentinos como Diario Popular, La Nación, La Gaceta de Hoy, Humor, Sex Humor Ilustrado, El Gráfico, Feriado Nacional, y otros. También publicó en medios extranjeros como A 4 manos (México), La Mascarada (México), La Ninfa Eco (Inglaterra), Revista Temporales (EEUU).
Obra:
Novela:
- Como perro que aúlla en la oscuridad (Huso Editorial, Madrid, 2019)
- El último chiste del Gran Jacobi (Huso Editorial, Madrid, 2018)
- Ni siquiera nos queda París (Extremo Negro, Buenos Aires, 2014)
- Adiós héroe americano (Extremo Negro, Buenos Aires, 2010)
Libros de humor:
- Diccionario Sendra-Goldman de psicología cotidiana
- Todo lo que usted siempre creyó saber acerca del sexo (y en realidad no sabía ni medio)
- Cómo ser intendente y no morirse de angustia
- Ni loco vuelvo a ser presidente, y otros.
Autoayuda:
- El hombre superior
- El cine: una terapia al alcance de todos
Teatro:
- El patio de mi vecino (obtuvo el primer premio de la Fundación Banco Caseros en 1984)
- El bosque de los villanos (comedia infantil, fue preseleccionada en 2018 como finalista de Buenos Aires en los premios Hugo Federales.)
- La princesa Clodovea, petisa y matadragones (comedia infantil, fue preseleccionada en 2019 como finalista de Buenos Aires en los premios Hugo Federales.)
Ha colaborado en diversos programas de televisión, y sus canciones infantiles han sido grabadas en la Argentina y España.
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