Pero no
Incluido en El atentado, autores varios. Ediciones Grupo Juramento, 2023, versión digital en Tienda Kindle de Amazon
La página en blanco está lista para empezar a escribir. El cursor titila en la pantalla a la espera que se dibujen en ella la cantidad de caracteres exigidos. Poco tiempo para llegar a la hora de cierre.
Los diez dedos están listos, cada uno de ellos sobre las teclas que deben pulsar, entrenados a la antigua por la señora de Pina en su Academia de Dactilografía.
Se aprendía aporreando teclas mucho más duras que las de este teclado. Los meñiques sobre la A y la Ñ, el peor de los ejercicios. Dedos debiluchos, deslucidos frente a los índices que estaban habilitados para jugar sobre dos teclas de cada hilera y marcaban el ritmo, a partir del pequeño relieve de la F y la J, indispensable para orientarse en el diseño caprichoso de los qwerty.
Cada dedo en su lugar para que todo salga como tiene que salir, porque en aquellos tiempos si una se equivocaba, tenía que romper la hoja y empezar de todo de nuevo. La señora de Pina no aceptaba tachaduras ni enmiendas, y mucho menos líquidos correctores. “Los trabajos se hacen a la perfección o no se hacen nada”, decía. No se podía fallar.
No permitía distracciones y exigía silencio absoluto mientras se copiaban páginas y páginas para poder alcanzar la cantidad de palabras por minutos que se requerían para trabajar en un banco o en Tribunales.
Por eso, el único sonido que se oía en la Academia Pina era el de los teclados mecánicos de las máquinas de escribir Remington. Remington, como los fusiles de las películas de cowboys.
Una bala espera en el cargador con otras cuatro. Podrían ser siete, pero en esta oportunidad sólo son cinco. Para ser disparada será necesario amartillar el percutor antes del primer disparo, es decir, tirando la corredera hacia atrás para introducir un cartucho en la recámara, que a la vez empuja el martillo percutor o la aguja a su posición elevada. Por ello, y para efectuar el disparo, se deberá tirar de la corredera o quitar el seguro, antes de poder presionar el gatillo, según dice el manual de instrucciones.
La bala está lista para empezar el trayecto que la llevará a atravesar el cañón y, con un fogonazo y su ruido correlativo, cortar el aire a una velocidad promedio de 360 metros por segundo.
De todos modos, aunque se supone que puede alcanzar un blanco ubicado a 800 metros con alta efectividad, no está previsto que ésta en particular recorra mucha distancia. Pocos metros, casi encima, ahí nomás. Lo suficiente para entrar en el mismo cuadro de una toma televisiva con su objetivo y ser foto de tapa, apertura de noticiero, posteo viral de todas las redes sociales.
Una vez lanzada, la bala podrá hacer impacto y dejar un orificio algo menor a su calibre, por cuanto es habitual que al chocar con la piel la hunda como si fuera un guante. Cuando finalmente se perfora, la piel recupera su tensión pero el agujero es más chiquito, según dicen los especialistas. Aunque también es posible que ocurra lo contrario.
En torno al orificio de entrada habrá una quemadura provocada por la llama y los gases incandescentes que salen de la boca del arma, y se notarán granos de pólvora incrustados alrededor. También deberá haber algo de ahumamiento.
Lo verdaderamente importante ocurrirá en el trayecto posterior al ingreso, donde se producirá la destrucción de órganos y tejidos a consecuencia de las ondas expansivas ultrasónicas.
Finalmente, tal vez alcance a generar un orificio de salida, con lo que terminará siendo recogida y puesta en una bolsita con cierre ziploc en la que será trasladada a la correspondiente oficina pericial.
Pero no.
Lo único que se cumplirá será la imagen en la que el arma que contiene la bala y el blanco estarán juntos, firme en la horizontal el cañón, dinámica en la diagonal del blanco que se agacha a recoger algo caído por casualidad en medio de la multitud.
Y la mudez del cañón y el griterío de la gente y el redoblar de los medios y las redes.
Hay un relato que escribir. Hay un tema para tratar. Qué hubiera pasado si…
Pero no.
Mejor no.
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Gabriela Urrutibehety
Gabriela Urrutibehety es escritora, periodista y profesora de Literatura argentina. Ha publicado las novelas Caras Extrañas, La banda de los seguros, Mecanismo de Relojería y Con la muerte a cuesta, así como cuentos aparecidos en diferentes revistas literarias y antologías. Es coautora del ensayo Tras las huellas de Girondo (junto con Verónica Meo Laos y Juan Carlos Pirali). Ha obtenido varios premios literarios, y fue finalista del premio Azabache de Novela Negra (Argentina), Premio Clarín de Novela (Argentina) y Bienal Copé de Novela (Perú)
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