Menu

Año 12 #141 Julio 2026

Casas de campo

En tomo a una mansión señorial de mediana categoría, abandonada por sus dueños, se agrupa una veintena de dachas de madera, construidas como con alfileres. Sobre la más alta y visible de todas ellas, azulea un letrero: Fonda, y despide dorados reflejos, bajo los rayos del sol, un samovar dibujado. Alternando con los rojos techos de las dachas asoman su triste faz las techumbres de las caballerizas, de los invernaderos y de los graneros, herrumbrosas y cubiertas de musgo.

Es una mañana de mayo. Hay en el ambiente un olor a sopa de coles y a fuego de samovar. El encargado de las casas de campo, Kuzmá Fiódorov, un muzhik alto y entrado en años, con camisa a la rusa, por encima del pantalón, y botas altas, de caña arrugada como el fuelle de un acordeón, va enseñando las dachas a los probables inquilinos. Lleva en el semblante una expresión de pereza y de indiferencia: le tiene sin cuidado que las alquilen o no. Le siguen tres personas: un caballero pelirrojo con uniforme de ingeniero de ferrocarriles, una dama enjuta, aunque en situación interesante, y una colegiala.

—¡Qué caras son estas dachas! —se lamenta el ingeniero—. De trescientos a cuatrocientos rublos… ¡Qué horror! Haga el favor de mostramos alguna más barata.

—Sí, señor, las hay… Aunque sólo quedan dos… Tenga la bondad de venir…

Kuzmá les conduce a través del jardín de la mansión señorial. No quedan de él más que tocones, algunos abetos pequeños y espaciados y un añoso álamo, alto y elegante, que el hacha del leñador ha respetado, quizá para que llore la suerte de sus infortunados compañeros. De la tapia, los cenadores y las grutas no se ven sino rastros: ladrillos diseminados, trozos de revoque y maderas carcomidas.

—¡Qué descuidado está todo esto! —comenta el ingeniero contemplando aquellos vestigios de pasados esplendores—. ¿Dónde vive ahora el barin?

—No era un barin, señor, sino un comerciante. Ahora ha puesto una fonda en la ciudad. Pasen, por favor.

Los clientes se agachan para penetrar en una casucha de ladrillos con tres ventanucos enrejados, semejantes a los de un calabozo. Al entrar perciben una oleada de aire húmedo, saturado de olor pútrido. La casa consta de una habitación cuadrada, dividida en dos por un tabique de madera. El ingeniero entorna los ojos y lee en la oscura pared una inscripción a lápiz: «En esta morada de ultratumba llegó a la desesperación e intentó suicidarse el teniente Fildekosov».

—Aquí no se puede estar cubierto, señor —dice Fiódorov al ingeniero.

—¿Por qué?

—Porque es el lugar donde enterraban a los señores de la casa. Si levantan ustedes una tabla del suelo y miran al sótano, verán los ataúdes.

—¡Pues sí que tiene gracia! —se horroriza la enjuta señora—. Además de la mucha humedad, esto es para morirse de miedo. ¡Yo no quiero vivir con cadáveres!

—Los cadáveres, señora, no hacen daño. No son golfos ni vagabundos los que están sepultados ahí, sino personas de la clase de ustedes, señores. El verano pasado vivió en esta misma casa un militar, el teniente Fildekosov, y quedó la mar de contento. Prometió volver este verano, aunque todavía no ha venido.

—¿Es cierto que trató de suicidarse? —inquirió el ingeniero, señalando la inscripción de la pared.

—¿Y cómo lo sabe usted? Efectivamente, es cierto, señor. Y no puede usted imaginarse por qué se armó todo el lío. El pobre hombre ignoraba que en el sótano estuvieran todos esos difuntos, que Dios tenga en su gloria. Bueno, pues una noche se le ocurrió esconder bajo el piso una botella de vodka; levantó una tabla, y al ver los ataúdes pareció volverse loco. Salió a la calle dando aullidos y asustó a todos los veraneantes. Después enfermó. Aunque le daba miedo vivir aquí, no tenía dinero para irse a otra parte. Por último, caballero, no pudo más y quiso matarse. Menos mal que yo le había cobrado cien rublos por el alquiler, que si no quizá se hubiera ido del pánico que le entró. Sin embargo, mientras estuvo en cama curándose, llegó a acostumbrarse… Y ya se sentía como si nada… Prometió volver, diciendo que le gustaban mucho estas aventuras. ¡Qué chusco!

—Bueno, mire, enséñenos usted otra dacha.

—Muy bien. Todavía queda una, pero es peor…

Kuzmá conduce a los tres forasteros hacia un lugar donde se ve el derrumbado edificio de un pajar. Tras él brilla un estanque rodeado de abrojos y negrean los barracones de la finca.

—¿Se permite pescar aquí? —pregunta el ingeniero.

—Todo lo que quiera… Con pagar cinco rublos por la temporada, tiene derecho a pescar, y que le sirva de provecho. Bueno, quiero decir en el río, porque si desea pescar carasinos en el estanque, debe abonar suplemento.

—Pescar no tiene importancia —observa la señora—. Podemos arreglarnos muy bien sin eso. Pero ¿qué me dice del aprovisionamiento? ¿Traen leche los campesinos de por aquí?

—Se les prohíbe el paso, señora. Los veraneantes están obligados a comprar sus comestibles en nuestra granja. Es la única condición que ponemos. Pero no crea que cobramos caro. Dos litros de leche, veinticinco kopeks; los huevos, como en todas partes, treinta kopeks la decena, y la mantequilla, medio rublo… También vendemos verduras y hortalizas…

—¡Ejem…! ¿Y hay setas para coger por estos alrededores?

—Si el verano es lluvioso, sí que las hay. Se pueden recoger. Paguen seis rublos por persona y ya pueden recoger no sólo setas, sino incluso bayas, durante toda la temporada. Desde luego. Para ir al bosque hay que atravesar un riachuelo. Si desean vadearlo, lo vadean, y si no, pueden utilizar la pasarela. Sólo vale cinco kopeks el paso; cinco a la ida y cinco a la vuelta. Y si algún señor quiere cazar, nuestro amo no se opone: que cada cual tire a su antojo, pero que cada cual lleve el recibo de diez rublos que vale cazar toda la temporada. También da gusto bañarse. La orilla es limpia; el fondo, de arena; y la profundidad, la que se quiera: hasta la rodilla o hasta el cuello. A nadie se lo prohibimos. Por un baño cobramos cinco kopeks, y por la temporada entera, cuatro rublos cincuenta. ¡Pueden estarse metidos en el agua todo el día!

—¿Y cantan por aquí los ruiseñores? —pregunta la niña.

—Hasta hace poco cantaba uno, pero mi hijo lo atrapó y se lo vendió al fondista. Vengan por aquí.

Fiódorov les lleva a una vetusta barraca donde lo único nuevo son las ventanas. El interior está dividido en tres cuchitriles por frágiles tabiques. Cajones vacíos llenan dos de los tres cuartuchos.

—¡No, cómo vamos a vivir aquí! —protesta la esquelética señora, examinando con repugnancia las lúgubres paredes y los cajones—. Esto es un desván, no una casa de campo. No vale la pena ni mirar, George… De seguro que el techo se calará y el viento se paseará a sus anchas por aquí. Imposible.

—Pues otros viven —suspira Kuzmá—. Como suele decirse, a falta de pájaros hasta el ruido de una cacerola puede parecer un ruiseñor; y no habiendo dachas, este cobertizo puede hacer su papel. Si no lo alquilan ustedes, otros lo alquilarán, y no le faltarán inquilinos. A mi modo de ver, ésta es la casa que más les conviene, y creo que no debiera usted… hacerle caso a su esposa. No encontrarán nada mejor. Además, se la pondría en un precio bueno. Pedimos ciento cincuenta rublos, y yo se la dejaría tan sólo en ciento veinte.

—No, amigo, no nos conviene. Adiós, y perdone usted por la molestia.

—No hay de qué. Que ustedes sigan bien, señores.

Y, mientras acompaña con la vista a los tres, Kuzmá tose y añade:

—Bien podían sus mercedes dejarme una propina, que les he estado acompañando cerca de dos horas. Por medio rublo no iban a quedarse pobres.

  • Antón Chéjov
    Chéjov, Antón

    Antón Chéjov (Taganrog, 1860-Badenweiler, 1904) es el gran narrador y dramaturgo ruso. Considerado el representante más destacado de la escuela realista, su obra es una de las más importantes de la dramaturgia y la narrativa de la literatura universal. Su estilo está marcado por un laconismo expresivo y por la ausencia de tramas complejas, a las que se sobreponen las atmósferas líricas que el autor crea ayudado por los más sutiles pensamientos de sus personajes. Chéjov se apartó decididamente del moralismo y la intencionalidad pedagógica —propios de los literatos de su época— en una Rusia convulsa y preocupada por su destino, para apostar por un tipo de escritor carente de pasión, plasmando una idea de la literatura que rechazaba el principio del autor como narrador omnisciente.

    Obras:

    Teatro:

    • Platónov (1881)
    • Sobre el daño que hace el tabaco (1886)
    • Ivánov (1887)
    • El oso (1888)
    • Petición de mano (1888-1889)
    • La boda (1889)
    • El demonio de madera (1889)
    • Tatiana Répina (1889)
    • El Aniversario (1891)
    • La gaviota (1896)
    • Tío Vania (1899-1900)
    • Las tres hermanas (1901)
    • El jardín de los cerezos (1904)

     

    Novelas:

    • Un drama de caza (1884)
    • La Estepa (1888)
    • El reto14 (1891)
    • Mi vida (1896)

     

    Y más de doscientos cuentos.