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Año 8 #91 Mayo 2022

Abel


«Abel» es una historia posapocalíptica y de supervivencia, un giro de tuerca al mito adánico con trasfondo feminista. Su minuciosa descripción del deterioro de la humanidad, la adaptación de los mutantes y la tragedia familiar de la desdoblada protagonista no evita que el cuento crezca progresivamente en tensión, relecturas míticas incluidas, hasta su brillante final. Como el fin del mundo imaginado por Rossi, se trata de un texto repleto de capas más allá de sus lecturas sobre ecología, política o monstruosidad.

 

Incluido en la antología Lunas en vez de sombras, 2013

Para Patricia Marraco

 

Lalia se rascó el espacio entre las cejas. Desde meses atrás venía sintiendo un escozor allí, a veces como una cosquilla. ¿Qué podría ser?

Pero era vano ocuparse de eso después de todo lo que había pasado.

A veces no podía creerlo, había sido tan rápido. Y sin embargo siempre supieron que sería así. ¿Había quedado sola para poder contarlo? ¿Contarlo a quién?

El Centro de Investigaciones donde quedé —sola— estaba en las faldas de un volcán en un país del sur de Centroamérica.

Desde el observatorio del Centro podía ver los dos mares y muchísimos kilómetros a la redonda antes de llegar al mar. No parecía haber más vida que un musgo anaranjado. Ni las plantas de antes, ni animales viejos o nuevos, ni humanos. Ni siquiera quedaban árboles vivos. El cielo se había ido poniendo de un color entre anaranjado y rojo. En la noche, las estrellas se veían rojizas. Y seguía la lluvia. No llovía seguido, como antes. Llovía intermitentemente. El agua se almacenaba en las cisternas del Centro. Lo único que debía hacer era limpiarlas con un cepillo porque se formaban algas. Sí, algunos procesos se habían mantenido, como la formación de algas. Y mi respirar. Y mi comer. Y mi beber. Aunque no eran los mismos de antes. Comía poco y comía flores, la única especie que sobrevivía, como yo. En el pueblo solían llamar a esas flores «chinas». Tenían buen sabor pero lo más nutritivo, lo más importante, eran las semillas que venían en un cartucho verde que reventaba cuando estaba maduro. Debía estar atenta a cogerlos antes de que estallaran y dispersaran las diminutas esferas que me hacían sentir extraordinariamente bien.

Estaba totalmente sola y me sentía tranquila. Eso era extraño.

También cada vez necesito menos agua, pensé mientras volvía a rascarme el entrecejo (algo me estaba brotando allí, algo raro). Había semanas en que me bastaba con unas gotas o con salir y absorber por la piel la humedad del ambiente. La sentía penetrar por los poros. Mi piel había cambiado, no quería aceptarlo pero sí, sí, mi piel estaba extrañamente lisa y como hulosa, parecida a la piel de ciertas ranas. Por lo demás, ya no había ranas, no había nada.

Pero me encantaba mojarme, salir a la lluvia, el aire estaba tibio desde hacía mucho tiempo y después de la catástrofe se puso caliente. Me desnudaba y salía al aguacero y sacaba la lengua. Y era el agua absorbida a través de la lengua y a través de la piel la que más me sustentaba.

Lo más raro de todo, sin embargo, era el respirar. La necesidad de inhalar era mucho menor. Las inhalaciones eran más largas, más hondas, pero muy espaciadas. Ese, el respirar, había sido el proceso definitivo, el cambio que me había convertido en superviviente. No tenía la menor idea de por qué y de cómo se había dado esto. Había visto a los otros morir boqueando como peces acabados de sacar del agua.

El cambio en el aire había sido casi súbito, pero eso también lo habíamos esperado. Se dio en cosa de dos noches. Dos noches, porque fue al irnos a dormir que la gente lo sintió. Yo no, pero justo después de acostarme había oído la tos de mis padres y la de mi hermana. Y poco a poco la tos incontrolable de los demás investigadores y del personal del Centro. Luego les dio como un asma, jalaban un aire que no les alcanzaba. Solo yo, de todos, alentaba normal. Pero nadie se dio cuenta, tan prensados estaban por su propia congoja.

Como a la hora, las dificultades mayores habían cesado y a la mañana siguiente todos parecieron mejorar. Pero no se hicieron ilusiones. Se pusieron en contacto con los otros Centros y dieron la alarma al mundo. Era su deber hacerlo pero para qué. El mundo tenía que saber lo que estaba pasando: bajaban peligrosamente los niveles de oxígeno.

Llamamos a la gente que aún quedaba en el pueblo, nos reunimos y nos despedimos diciéndonos «Bueno, esto es». Porque una vez empezado no había forma de pararlo.

Ya no.

Veinte años atrás, sí.

Veinte años. ¿Qué quería decir veinte años?

Los paneles solares aún funcionaban y funcionarían por un tiempo más, eran excelentes y yo sabía darles el mantenimiento. Usaba la energía para leer en las noches. Había releído mi biblioteca, la de mis padres y los libros del Centro que podía comprender. Pero ¿qué quería decir veinte años? ¿Cuánto llevaba sola en la estación?

Salí al antiguo jardín buscando el tronco donde hacía los cortes: marcaba los años por el día de menos luz. Porque ya no había estaciones.

Todavía de niña mi vida había estado ritmada por el régimen del pacífico centroamericano: período de lluvias y período seco.

Recordaba muy bien el año en que habían desaparecido las estaciones. Fue cuando aún el pueblo estaba entero, tenía escuelas, colegios, veinte mil habitantes. Yo estaba en quinto grado. Fue el año de la última campaña. Había visto a mi madre bajar a menudo con otros científicos a la capital. Después tomaron aviones, fueron de país en país y se quedaron un mes en cada una de las dos capitales del imperio.

Mi mamá: no muy alta, morena, de cabello negro largo y lacio, la nariz muy respingada, demasiado, mostraba los hoyos, eso la hacía verse simpática.

Ese año de la campaña intensiva falló la estación seca y las cosechas se pudrieron, hubo poco que comer. Cuando yo nací ya habían muerto las abejas. Todas, las silvestres y las otras, las domesticadas. Decían que las habían matado los agroquímicos o el exceso de ondas electromagnéticas de la civilización, pero nunca se supo con seguridad. También murieron cantidades de otros polinizadores: murciélagos, colibrís, moscardones, cucarachitas. De polinizador seguro solo quedó el viento. Y la mano humana. En el pueblo contaban historias antiguas de producción en masa de papayas y melocotones, de fresas, naranjas, manzanas y melones, de exquisitas calabazas y calabacines. Me costaba creerlo.

«Al morir las abejas y otros polinizadores murió casi la mitad de la población mundial», me había dicho mi padre, «y todos pensaron que esa era la solución, que con menos gente la cosa mejoraría. Pero la cosa empeoró». Ese era el mundo en el que yo nací, un mundo «empeorado», pero era el único que conocía y que por lo tanto amaba. Sí, era un mundo de calor y constantes tormentas y muchas sequías o mucha lluvia. Un mundo de poca diversidad —de alimentos, organismos, sistemas— pero yo tenía mis perros y mis conejos, había árboles y ríos y ese mundo «empeorado» me gustaba. La gente se había adaptado. Yo les ayudaba a polinizar las frutas y las verduras a mano, y no extrañaba las abejas ni las lamentaba porque no las había conocido, solo en videos o fotos.

Cuando falló la estación seca nuestras cosechas se pudrieron. Hubo hambre y quedamos flaquísimos. Tiempo atrás el Centro de Investigación había rogado a los pequeños agricultores de la zona eliminar vacas y cerdos pues sus pedos y su aliento eran de los mayores causantes del desastre mundial. Los agricultores estuvieron anuentes hasta cierto punto: algunos se dejaron las cabras alegando que no eran pedorras ni tenían mal aliento. La leche y el queso de cabra —y también la carne de uno que otro cabrito— nos ayudaron a sobrevivir ese año. Y los otros. Porque desde ese momento ya no hubo estaciones, en algunos lugares del trópico predominó el período seco, a nosotros nos tocó el predominio de la lluvia por estar en lo que se llama —¿o llamaba?— la zona de convergencia intertropical. Pero otra vez la gente se adaptó: empezamos a cultivar frutas y verduras en invernaderos para que no se pudrieran y para poder regular su crecimiento pues la lluvia era constante pero a la vez intermitente, errática. Para desesperación de mis padres y de la gente del Centro el año que no hubo estación seca los agricultores decidieron volver a los cerdos y a las vacas, semiestabulados, que alimentaban con una gramínea transgénica polinizada por el viento y que resistía el exceso de agua. Y si ese año en las faldas de nuestro volcán ya no hubo período seco, tampoco hubo estaciones en el resto del trópico ni en las zonas templadas, solo el cambio en la duración de la luz, días más cortos o más largos. Solo nos quedó eso en el mundo empeorado, ese mundo que mi madre había recorrido sola y acompañada para rogar a los líderes que hicieran un último esfuerzo y decretaran alerta general.

Lalia recordaba la Gran Resistencia y un grupo que había inventado una nueva, simple y revolucionaria tecnología de comunicación que se llamó técnica Assange. Lo recuerdo porque estaban felices, usaban la técnica Assange para unir a los resistentes, a los que decidían salirse del sistema, cada vez más numerosos. La Gran Resistencia empezó y se propagó en las dos capitales del imperio, la americana y la asiática. En la americana fue una unión enorme de comunidades que se habían adueñado de terrenos urbanos vacíos —había grandes cantidades de terrenos vacíos y casas derruidas por la pérdida de población—. Allí habían instalado sus invernaderos y cultivos. Eran autosuficientes por un ingenioso sistema de trueque. Ciertas comunidades polinizaban a mano sembradíos de algodón y lo intercambiaban con las comunidades que producían comida. Hilaban su ropa, eran alfareros y con la madera y los materiales de las casas derruidas fabricaban a mano todo lo que necesitaban. Hacían su papel de fibras vegetales, y también hacían tinta. Tenían sus propias fuentes de agua. El movimiento crecía rápidamente por una razón muy sencilla: les daba felicidad. Y el sistema Assange los mantenía comunicados.

La venganza y el desquite vinieron pronto. Ya no había en el planeta administración de justicia así que, como pasó con la muerte de los polinizadores, no se pudo establecer quiénes eran culpables. Pero en el fondo la gente lo sospechaba porque los resistentes eran los únicos que no compraban celulares ni carne ni agua ni antidepresivos ni neurolépticos. Y no se enfermaban.

Primero les envenenaron los manantiales. Después les enfermaron los frágiles ecosistemas de su agricultura. Sin agua y sin comida fueron doblegados.

La Gran Resistencia había surgido también en la capital asiática. La población del mundo se había reducido en más de la mitad pero los chinos ¡eran tantos! y la resistencia contaba millones. Recuerdo ver videos de hombres y mujeres polinizando a mano hectáreas y hectáreas de manzanas y peras en un área privilegiada donde el clima seguía siendo más o menos normal, esto fue antes de que desaparecieran las estaciones. También los vi hacer ejercicios colectivos en las plazas y en los campos, miles de personas bellamente sincronizadas, y recuerdo que mamá decía: «Es una especie de Tai-Chi». De eliminar la Gran Resistencia asiática se encargó la aviación del imperio. Los envenenaron desde el aire.

Por supuesto que nada de esto se divulgó. Nosotros lo supimos por lo que quedaba del sistema Assange y por los videos. Lo que se dijo en la prensa mundial fue que una extraña gripe aviar había matado millones de gringos y de chinos, qué mala suerte.

El resultado fue parecido en las dos capitales pero no igual. En la capital asiática fue rápido y sin sobrevivientes. En la capital americana hubo sobrevivientes que se integraron a las masas y siguieron resistiendo en su corazón. Por eso hubo quienes, como mi madre, continuaron con las campañas. Apelaban a las masas devoradas por el túnel de la subsistencia. Pero ¿cómo convencerlos de no comer carne cuando lo único que tenían eran trozos inmundos de vaca o de cerdo? La producción masiva de esos animales en condiciones infrahumanas se había disparado desde la muerte de las abejas, y los dueños de esas industrias eran tan ricos como los antiguos magnates del petróleo o los magnates de las farmacéuticas, del agua, del gas y de los celulares en ese momento.

Lalia tiene pésimos recuerdos de la última campaña, la del año en que se acabaron las estaciones. Mamá, que no se deprimía nunca, por primera vez llegó arrastrándose. Recordaba las conversaciones —mis hermanos y yo estábamos siempre presentes— a la hora de las comidas, y a mamá diciendo «Los líderes no nos quieren escuchar», «Tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen». Y después, al acostarse, yo los seguía subrepticiamente y me llegaban los susurros: papá le decía a mamá: «Tenemos que prepararlos». Mamá respondía angustiada «No, no. Son demasiado jóvenes. No podemos sentenciarlos, aún nos queda una esperanza». Y papá: «Pero es una esperanza loca, como creer en Dios». Poco a poco yo me había ido enterando, uniendo cabos sueltos de conversaciones, de que la esperanza era una nueva era glacial que llegaría al interrumpirse la corriente del golfo por el exceso de agua dulce en el Atlántico. Pero la bendita era glacial nunca llegó y por eso cuando todos volvieron a toser y toser la segunda noche, cuando los oí hundiéndose en esa especie de asma pegajosa y terrible, jalando aire y no pudiendo y saliendo a la calle y saliendo al jardín y aun así no lográndolo, ya sabíamos que los niveles de oxígeno se habían desplomado y no había vuelta atrás.

Lalia era la única que seguía respirando y no tuvo previo aviso de que eso fuera a sucederle.

Tenía veinte años. Era fuerte y alta. De mi padre tenía la altura y la fuerza física. De mi madre los ojos negros, la piel morena, el cabello largo y lacio.

Los presentí en la noche, tendidos en el suelo, casi todos afuera, en los jardines, en la calle. Los hombres, las mujeres, las aves de corral, los animales de tiro y los de compañía.

Tomé una linterna y me fui al pueblo. Recorrí los barrios que desde tiempo atrás se habían vaciado pero en los que aún, hasta esa noche, vivían varias familias. Esperaba encontrar a alguien como yo, algún superviviente, una rana o un perro. Nada. Nada estaba vivo. Ni siquiera las ratas.

Yo sabía que en el calor que iba aumentando los cadáveres empezarían a podrirse inmediatamente y a envenenar el aire aún más y, si yo llegaba a poder respirarlo, sin embargo no soportaría el hedor.

No podía quedarme allí.

Agarré una pala y en la noche, a la luz de la linterna, cavé y me asusté al hallar lombrices muertas. En ese momento me inundó el saber y ya no volví a asustarme: nada sobreviviría porque todo, todo en el planeta necesitaba oxígeno. Todo menos yo. Enterré a papá, a mamá y a mi hermanita en el jardín y les dije en voz muy alta «Que la tierra les sea leve». Después llené un salveque con comida —barras de avena, carne seca, leche en polvo—, metí una manta, un suéter y subí a la cumbre del volcán.

No me costó subir, sentía las fuerzas redobladas. Llegué cuando el sol ya caía. Vi los cadáveres de los guardaparques en el corredor de la casona. Los arrastré hasta la orilla del cráter y en la luz vacilante del atardecer los eché a rodar volcán abajo. «Que las cenizas y los ácidos les sean leves», les dije en voz alta. Me persigné, un gesto que le había visto hacer a la señora que me cuidaba cuando yo era pequeña, la señora que me regaló una Biblia.

En el volcán, Lalia tenía la casona para dormir. Comía poquísimo de las raciones que se había llevado, y tomaba el agua azufrada de un arroyo. Se sentía sana.

Esperé semanas allá, en la cumbre, junto al cráter. Cuando el hedor de los animales muertos del páramo por fin cesó, empecé a pensar en volver al Centro.

Allá arriba en el volcán me di plena cuenta de que casi no necesitaba comer ni beber.

Cuando iba a medio camino ladera abajo, empezó la lluvia.

Cuando llegué a las instalaciones del Centro era una especie de diluvio. Me acordé de Noé pero después me reí, esto no era el Génesis, era el cambio climático.

Pero esa vez llovió más, o tal vez más seguido, no como para un diluvio universal pero sí suficiente para limpiar huesos y restos, lo que agradecí sin saber a quién o a qué.

De todo eso hace exactamente seis años, tres meses y cinco días, me dije contando las incisiones grandes —los años— y las pequeñas —los días— en el tronco muerto.

Y entonces pensé que ya era hora de moverme. De bajar a la costa, a la capital, al canal interoceánico.

Estuve varios días recogiendo flores y las semillitas de los cartuchos. Metí eso y ropa limpia en una mochila. Cogí un sombrero, un impermeable, un paraguas, una linterna y un frasco de protector solar.

Bajé.

Me tomó tiempo. Mientras seguía el camino asfaltado donde habían quedado los carros y los buses tirados llenos de esqueletos, constataba que nada era como lo había conocido. Los árboles y todas las plantas —salvo las «chinas» y unos raros helechos— habían muerto. Todo lo cubría una especie de musgo, anaranjado como las algas. En las noches el cielo era mucho más negro que antes y las estrellas y la luna cada vez más rojizas. Pero lo más opresivo era el silencio. Antes se oía rumorosa la vegetación con sus miles de bichos. Ahora el único sonido era el viento o la lluvia, cuando los había. No había quedado ni un mínimo zumbido o croar, ni una mísera rana, ni un mísero pájaro.

Lo que más echaba de menos eran los pájaros.

Volvió a llover. Me puse el impermeable, no abrí el paraguas.

Iba pensado en lo que encontraría al llegar abajo y me acordé de cuando subió el nivel del mar. Fue como un año o dos antes del desplome del oxígeno. Había subido ciento treinta centímetros, lo que no había interrumpido las funciones del canal, nada más se habían construido diques para protegerlo de las mareas fuertes y se habían reforzado las instalaciones. Parte de la capital había sido abandonada y hubo bastantes muertos pero después los capitalinos se trasladaron más arriba con sus actividades y la vida siguió. La vida había seguido en todo el mundo. El metro de Nueva York quedó inutilizado y también se abandonó parte de la ciudad y también hubo muertos. Sí, en las ciudades costeras y sobre todo en las islas mucha gente murió. Pero el imperio mundial otra vez se alegró, eso decían los científicos del Centro y en eso pensé mientras iba llegando.

Entonces vi la capital.

Todo era ruina.

El nivel del agua había subido varios metros y las instalaciones del canal yacían bajo el agua, apenas asomaban las puntas de las grúas. Quién sabe qué más habrá debajo, pensé, pues media ciudad había desaparecido. Solo quedaban casas en los barrios del cerro, pero esas viviendas lucían desastrosas, las puertas y las ventanas caídas, caídos en parte los techos de teja, de zinc, o de materiales más recientes.

Era muy extraño ver los rascacielos de Paitilla surgiendo del mar. El mar tenía un color en partes amarilloso, en partes rojo, debe haber un aumento enorme de esas algas, pensé. Había un olor raro y muy fuerte que me apretaba la garganta. Pero más se me apretó al ver la desolación tan grande y me hizo falta un ser —una mujer, un niño, un perro— para compartir lo que veía. Sin embargo el solo sonido del mar, el rumor de las olas chocando contra los despojos, me solazó y me ayudó a sobreponerme a la tristeza.

Caminé hacia el cerro emboscado cuyos árboles yacían en el suelo y cuyos manantiales ya no cantaban. Y entonces me di cuenta de que si ya no había oxígeno la lluvia no podía ser de agua. ¿De qué era?

En la parte alta del cerro estaban los barrios de los ricos. Vi las inmensas mansiones: derruidas, caídas, deshechas. Lo único que se sostenía en pie era un hotel de lujo. Todavía estaba el rótulo: Gran Hotel Ancón.

Caminaba por la acera hacia el Gran Hotel Ancón cuando vio venir en sentido contrario a su hermano Abel. ¡Abel! ¿Qué hacía él aquí? Se había ido a estudiar a la capital lejana del imperio años atrás. ¿Por qué no se había muerto?

Corrieron. Se abrazaron.

Cuando nos separamos me di cuenta de que Abel tenía algo raro entre las cejas. Era como un diminuto huevo pasado por agua. Se lo miré y le pregunté: «¿Te pica eso?». Él me dijo: «Al principio me picaba. Ahora no». Sentí que me empezaba una taquicardia y me acordé de que andaba en la bolsa del pantalón uno de esos neurolépticos que el gobierno repartía. Lo saqué y me lo puse debajo de la lengua. Abel me vio.

—¿Qué hacés?

—Nada. Tomo una pastilla, no seas curioso.

Abel se alzó de hombros. Era cuatro años mayor que ella. Ahora tenía la piel curtida como cuero, los bordes de los párpados quemados, las manos arrugadas. Pero no estaba flaco. Lalia observó su respiración. Era como la suya: lenta, profunda, espaciada. De pronto, él le dijo:

—Estás bonita, Lalia.

Lalia sintió náuseas.

Sentí náuseas.

—Murieron todos —le expliqué—, mamá, papá, Lucía, la gente que se había quedado en el pueblo, los del Centro…

Me interrumpió alzando la mano.

—Sí, Lalia, lo suponía. Lo sé.

—¿Cómo llegaste? ¿No estabas en China?

—No. Estaba en Siberia estudiando el permafrost. Sabés que finalmente los jefes del imperio nos hicieron caso y pusieron las torres para enfriar…

—Que no sirvieron —dije.

—No sirvieron. Hubieran servido treinta años antes.

—Cuando todavía no habíamos nacido —dije, no sé por qué.

—Cuando yo estaba recién nacido —me corrigió Abel.

—¿Fue el metano que estaba encerrado en el permafrost? —era una pregunta ociosa.

—Sí. Y después se liberó el del fondo del mar.

—¿Los clatratos?

—Eso —dijo Abel con una sonrisa amarga.

—¿Cómo llegaste? —insistí.

—Sobreviví porque tenía la máscara y porque el metano es más liviano que el aire y sube muy rápido —me dijo.

—No. ¡Qué tonto! No fue por la máscara. Fue por otra cosa.

—Sí, es otra cosa, pero acordate que yo estaba en el permafrost. Las burbujas me hubieran podido estallar en el rostro. De no haber tenido máscara…

—Pero si es más liviano que el aire las burbujas no te hubieran estallado en la cara. No fue la máscara la que te protegió. ¿Y qué hiciste después?

—Después tenía una brújula. Caminé. Caminamos meses. Éramos quince al principio. Todos con máscara. Había tormentas enormes, mucha rayería. Todos se fueron muriendo. A los seis meses quedé solo. Caminé.

—¿Caminaste por Siberia, cruzaste el estrecho de Bering, y bajaste, todo a pie? No te lo creo. Es imposible —le dije.

—No fue fácil. Había mucha más agua. Atravesé el estrecho de Bering en un barco solar. En todo el recorrido duré muchos años.

—No, muchos no. Duraste aproximadamente seis años y cuatro meses —dije.

—¿Cómo sabés? —preguntó Abel.

—Llevo la cuenta en un tronco, arriba, en el Centro —le dije, y me sentí amenazada.

—Lo que pasa es que no solo los barcos, también los autos de energía solar funcionaban, los que no estaban deteriorados o vandalizados. Hice largos trayectos en carro. En carro atravesé todo Canadá.

—Ahora sí me lo explico. Y decime, ¿no había nadie más?

—No había nada vivo, Lalia. Nada, nadie.

—¿Estás seguro, bien seguro?

—Totalmente seguro, hermanita.

A pesar de que la pastilla ya me estaba haciendo efecto, me asusté.

—Claro que los magnates deben estar escondidos en la Antártida —le comenté (desde que éramos pequeños mi padre llamaba magnates a los hombres y mujeres más ricos del mundo).

—Sí, seguramente, rodeados de un oxígeno que pronto se les va a acabar o que ya no podrán extraer y de los científicos que le vendieron el alma al diablo. Es un decir. En todo caso pronto van a estar todos muertos. Si no lo están ya —dijo Abel arrugando la frente y los ojos y agregó, mirándome otra vez—: Lalia, vamos a un lugar donde haya sombra. Ese hotel que pasé, el Gran Ancón, creo que nos puede servir. También para pasar la noche.

Asentí y lo seguí con desgana disimulada. Entramos.

El Gran Ancón era un desastre de basura y humedad pero parecía entero. Por supuesto, nada funcionaba, menos aún el ascensor. Buscamos cuartos en el primer piso. Yo había encontrado escobas de plástico que aún servían. Barrimos y limpiamos dos habitaciones. Afortunadamente todavía se cerraban por dentro con una sólida cadena de seguridad. Pero ¿qué tan fuerte sería Abel?

Salimos. Abel buscaba la terraza. Lo seguí con mi linterna, ya había anochecido. Encontró la terraza que miraba al mar, ahora tan cerca. Las sillas y las mesas, también de plástico, estaban sucias pero incólumes. Abel andaba un trapo y las limpió. Nos sentamos.

—Apagá la linterna —me dijo.

—No es necesario, durará mucho tiempo, es solar —le respondí.

—Apagala te digo —Abel a veces era autoritario—. Yo tengo candelas.

—Tonto. Las candelas no encienden porque ya no hay oxígeno.

—Es verdad, sí, qué tonto. Debe ser un reflejo de la niñez. Estas las tomé de una tienda de artesanía indígena en otro país, en el norte —dijo entre avergonzado y excusándose.

—Me imagino que los indígenas también sucumbieron —comenté.

—Sí. ¿Por qué habrían de sobrevivir? —me contestó.

—Pues no sé. ¿Por qué hemos sobrevivido nosotros?

—Yo tengo mi teoría…

—No me la digás ahora —lo paré, y sentí revolotear el corazón pero como había tomado la pastilla no me dio taquicardia—. Me preocupa eso tan feo que tenés entre las cejas, es como un huevo de codorniz pasado por agua, Abel.

—Es parte de todo este asunto. Mirá, ya te está saliendo a vos. Tenés como una membrana.

Me toqué y era verdad. Algo suave, membranoso. Y ya no me escocía.

—¿Cómo era el clima por donde pasaste? —le pregunté para cambiar el tema.

—No había puntos medios. En algunas zonas siempre llovía. En otras jamás. Pero yo casi no necesito agua, ¿sabés?

—¿Cómo sabemos que es agua? No puede ser agua —le dije—. En todo caso, sea lo que sea, yo tampoco necesito mucho.

—Decime, ¿cómo estaban papá y mamá y Lucía en los últimos tiempos? —me preguntó.

—Por muchos años estuvieron bien, sorprendentemente bien, como seguro sabrás por sus cartas. Pero en los últimos tiempos tomaban antidepresivos y calmantes. Por orden del imperio el gobierno los compraba y los repartía gratis, a toda la población. En el Centro se opusieron al principio. Después terminaron aceptándolos.

—¿Lucía también los tomaba? ¿Qué edad tenía cuando todo acabó?

—Tenía diecisiete. Sí, ella también los tomaba.

—¿Y vos?

—Yo no. Yo nunca los necesité. A papá en los últimos tiempos le dio por hablar mucho, no sé si era el efecto de las pastillas. Hablaba de lo que él llamaba su mejor edad, sabés, cuando aún era soltero y ayudó a que nuestro país se uniera con este, el del canal interoceánico, después de que desaparecieron totalmente las abejas, cuando murió tanta población. No se justificaban dos países despoblados, mejor unirlos. Él estaba muy orgulloso de haber ayudado.

No me gustaban los ojos de Abel. Pero yo tenía hambre. Saqué la cajita con flores y semillas.

—Yo como de esto, ¿querés?

—Yo también como de eso. Las descubrí en Estados Unidos.

Abel sacó una bolsita. La abrió.

Comimos.

Después de comer les entró mucho sueño. Pero Lalia quería seguir conversando, a pesar de que Abel insistía en que se fueran a dormir.

—¿Cuál crees que fue el punto de inflexión definitivo? ¿La muerte de las abejas? —le preguntó.

—Sí, la muerte de las abejas fue uno… —a Abel se le estaban cerrando los ojos.

—¿Y el otro? —insistió Lalia.

Abel se estaba quedando dormido.

—Cuando aplastaron la Gran Resisten… —murmuró y su cara cayó rendida contra la mesa.

—Vámonos a dormir —lo sacudió Lalia, no quería tener que llevarlo arrastrado ni dejarlo afuera.

Lalia lo ayudó a llegar a su cuarto y a caer en la cama. Luego ella se fue a acostar.

En algún momento de la madrugada oyó pisadas en el pasillo, y que forzaban la puerta de la habitación. Pero la cadena no había cedido.

Entonces el terror que le había entrado al encontrarse con Abel se convirtió en una certeza. Ese era su futuro, lo que le tocaba. Como en la Biblia. Porque esto iba más allá del cambio climático. Su hermano la iba a obligar a reproducirse con él. Como los hijos e hijas de Adán y Eva.

No, ella no lo aceptaría. Por nada del mundo copularía con Abel. No tendría hijos con su hermano. Ni siquiera si ese era el único modo de que continuara la humanidad.

Salió sigilosa, descalza. Caminando de puntillas acercó el oído a la puerta del cuarto de Abel. Lo oyó roncar.

Bajó a la planta baja. Después de mucho buscar lo encontró.

Subió. Como sospechaba, Abel no había puesto seguro en su puerta.

Abel dormía de costado y profundamente. Inmóvil.

Lalia procedió en forma certera y veloz. Cuando sintió hundirse el cuchillo en el cuello y cortarle la arteria, vomitó, vomitó, hundiéndolo más, sin soltarlo.

Siempre le había repugnado matar animales.

 

  • Anacristina Rossi
    Rossi, Anacristina

    Anacristina Rossi (San José, Costa Rica, 1952). Cuentista, ensayista y novelista. Es ambientalista y lideró importantes luchas en el Caribe sur de su país. Ha trabajado con mujeres de las Naciones Originarias en Talamanca, Costa Rica. Tiene una Maestría en Mujer y Desarrollo del Instituto de Estudios Sociales de la Haya, Holanda, y un Diploma de Estado en Traducción de la Escuela Superior de Intérpretes y Traductores (ESIT) de la universidad de París Sorbona Nueva. Ha publicado las novelas María la Noche (1985) —Premio Nacional de Novela en Costa Rica, 1985 y Premio Áncora—, La Loca de Gandoca (1992), Limón Blues (2002) —Premio Nacional de novela en Costa Rica, Premio Áncora y Premio Latinoamericano de Narrativa José María Arguedas de Casa de las Américas, 2004—, Limón Reggae (2007), La romana indómita (2016) y Tocar a Diana (2019). Sus cuentos han aparecido en numerosas publicaciones y en el volumen Situaciones Conyugales (1993). También ha publicado ensayo y literatura infantil, y el gobierno de Chile le entregó la Medalla Presidencial del Centenario del Nacimiento de Pablo Neruda por el alcance social de su obra. Algunas de sus narraciones se trabajan en centros de secundaria y universitarios, y ha sido traducida al italiano y al francés.

    Obra:

    Novela:

    • María la noche, Lumen, Barcelona, España, 1985. Novela traducida al francés y publicada en Editorial Actes Sud en 1997 bajo el título de Maria la nuit.
    • La Loca de Gandoca, EDUCA (Editorial Universitaria Centroamericana), San José (Costa Rica), 1991. Esta obra fue posteriormente publicada por Editorial Legado, publicada en inglés de forma no autorizada, ha sido adaptada al teatro y a la danza.
    • Limón Blues, Alfaguara, San José, Costa Rica, 2002/2003.
    • Limón Reggae, Editorial Legado, 2007. Segunda parte de la trilogía iniciada con Limón Blues. Es texto de estudio universitario en Costa Rica.
    • La romana indómita, Editorial Planeta, 2016. La romana indómita es la historia de un tirano a quien el poder trastorna de tal modo que destruye lo que más ama.
    • Tocar a Diana, Alfaguara, Ciudad de México, 2019.

     

    Cuento:

    • Situaciones Conyugales, Editorial REI, San José, Costa Rica, 1993.

     

    Ensayo:

    • "Ensayo sobre la violencia", Editorial Uruk, San José, 2007.
    • "El corazón del desarraigo: la primera literatura afrocostarricense", Historia de las literaturas centroamericanas, Editorial F&G, Guatemala, 2010.
    • "Cambiar de sistema económico: un asunto de supervivencia", Revista de Ciencias Sociales de la Universidad de Costa Rica.