Capiculados
Recuerdo que regresaba de un viaje de trabajo que me había tenido semanas fuera de casa y lejos de él. Mientras esperaba que anunciaran el embarque, el sonido del mail en mi móvil me hizo poner cara de disgusto. Lo miré pensando que era sobre las negociaciones que había hecho con la empresa, pensando que las habrían rechazado, pero no, eras tú.
Mail: «Tengo un par de días un poco desahogados de trabajo, ven directamente a mi casa. Te esperan varias sorpresas. Que tengas un vuelo tranquilo».
Durante las casi seis horas que duró el viaje no pude dejar de preguntarme qué se te habría ocurrido, porque el mail decía varias sorpresas. La verdad es que estuve dándole vueltas a ver qué podría ser, y había varias posibilidades: el viaje que teníamos pendiente, aquel restaurante donde disfrutamos de la cena para celebrar nuestro aniversario, y que al pagar supimos que también era un hotel con encanto que no pudimos descubrir, porque no había plazas libres. Tal vez entradas para algún espectáculo en la ciudad. Fuera lo que fuera, la emoción y la intriga hicieron que aquellas casi seis horas me parecieran interminables. Sabía que imaginación no te faltaba cuando se trataba de sorprenderme.
Cuando llegué al aeropuerto y estuve sentada en el coche, saqué el teléfono móvil del bolso y te escribí:
Mensaje: «Ya estoy en el coche, nos vemos en una hora».
Eran las ocho de la tarde cuando dejé el aparcamiento del aeropuerto, no había mucho tráfico así que llegaría a la hora prevista. Le di al play desde el volante y se escuchó la voz de Marvin Gaye, de inmediato se dibujó una sonrisa en mis labios. Es inevitable escuchar su voz y pensar en ti.
Me sorprendió llegar y encontrar las luces apagadas de la puerta principal. Incluso las del camino que llevan hasta la entrada del garaje. Nada más lejos de asustarme, aquella oscuridad me mantuvo expectante. Saqué mi equipaje del maletero y al llegar frente a la puerta esta estaba entornada. La entrada estaba llena de velas encendidas y él allí, de pie con dos copas de coctel en las manos. No pude contener una carcajada al verle vestido de hindú, turbante incluido. No podía dejar de mirarle.
—No hay más té, pero te he preparado un coctel de bienvenida —dijo a modo de saludo en vez del Namasté.
—Jajaja. Eres increíble. Llevo casi seis horas pensando que habrías hecho, y me encuentro con esto.
—Bueno, ¿vas a dejar de reírte y coger una copa? —Le cogí la copa y seguimos riendo hasta sentarnos en la chaise longue del salón. Había empezado a refrescar y la chimenea estaba encendida. Siempre le gustó estar un rato frente al fuego antes de acostarse. Estuvimos hablando de mi viaje a San Petersburgo y de lo desesperante que pueden llegar a ser los controles de los aeropuertos.
—Casi me olvido —le dije mientras me ponía en pie y me dirigía hacia mi maleta—. Te he traído una cosa. Paseando por la Nevsky Avenue, vi un escaparate encantador y entré para comprarte esto. —Y deslizando mi falda hacia mis muslos me senté a horcajadas sobre sus piernas con el paquete exquisitamente envuelto.
—Pero no tenías que traer nada.
—Bueno, ya sabes cómo soy, pero si no lo quieres lo vuelvo a meter en la maleta. —Mientras con mis manos todavía sujetas a su regalo tiraban como si no quisiera dárselo.
—No, no señorita. Has dicho que era para mí y me lo quedo, pero estás muy bien sentada y desenvolver el regalo tendrá que esperar. Acercándose a mi oído mientras deslizaba sus manos sobre la blonda de mis medias sujetas a mis muslos, hasta llegar a mis caderas y dirigirse a mis nalgas—. Aquí empiezan tus sorpresas.
Sentí como el calor se concentraba en mis mejillas. Me parecía tremendamente erótico que después de los años que llevábamos juntos, aun consiguiera ese efecto sobre mi cuerpo. Mi respiración se ralentizó volviéndose más profunda, al mismo tiempo que se aceleraba el latido de mi corazón. Acostándome de cara sobre la chaise longue, desabrochó el cierre y la cremallera de mi falda haciéndola deslizar por mis piernas, para seguidamente darme la vuelta y quedar boca arriba. Arrodillado frente a mí y abriendo con suavidad mis piernas que recorrió con lascivia, comenzó a besar el húmedo tejido de mi ropa interior. Su ardiente lengua recorría mis labios a través del fino satén, haciendo la presión necesaria. Era capaz de percibir todo el fuego y la humedad que brotaba del otro lado de la tela. En un movimiento involuntario o no, levanté el culo del sofá para evitar que su lengua se separase del clítoris, el secreto de mi placer. Lo aprisionó entre sus labios, su lengua para continuar acariciándolo, mordisqueándolo, excitándolo cada vez más, pero siempre detrás de la única barrera que me había impuesto y no me dejaba desprender, el tejido de mi ropa interior.
Empecé a gemir, mis manos se agarraron a los almohadones de mi cabeza, mientras se empeñaba en aprisionar la suya contra mi clítoris. Se deslizó por todo el salón el olor de mi sexo, danzando con la decrepitud de las maderas que resguardaban en sus estantes años de historias. Sentí el primer temblor de mis muslos, se contrajo mi sexo en su boca, mi estómago bajo la palma de su mano, y cedió ante la urgente insistencia de mis manos aprisionando su cabeza entre mis piernas.
Soltó mi mano y aparté mis bragas de encaje y satén a un lado, y al primer contacto de su lengua sin tela de por medio, estallé sobre su cara en mil orgasmos contenidos. Un líquido templado brotó de mis entrañas junto a un alarido, y su agitada respiración.
—Estás loco y me vuelves loca a mí —le dije sonriendo mientras intentaba recuperar el aliento y calmar mi latido.
—Vamos princesa, que esto justo acaba de empezar. Le miré sorprendida.
—La cena espera. —Mientras cogía mis manos y me ayudaba a incorporarme.
—Voy al baño y me cambio de ropa.
—Puedes ir al baño, pero estás bien así. No hace falta que te cambies. Te espero en la mesa.
Fui al baño, me lavé la cara y las manos, me arreglé como pude el pelo y fui al comedor. Media mesa contenía la cena: una selección de pates, quesos, y crudités con nata agría con un punto picante. Una botella de Ramón Bilbao respirando, copas, platos y cubiertos. La otra media estaba vacía.
—¿Cómo estás de hambre? —me pregunta mientras llena mi copa de vino.
—Bien, no he querido comer nada en el avión, ya sabes que no me sienta bien la comida envasada.
La cena transcurrió normal, hablamos de su trabajo, del mío, de los proyectos a corto plazo y abrió su regalo. Unas bonitas Matrioshkas, para su colección de objetos del mundo.
—¿Qué hay de postre? —le pregunté.
—El postre eres tú, al menos el mío.
—Ah, ¿y yo qué? —Mientras formulaba esa pregunta él se había puesto en pie y me siguió hasta la cocina, donde abrí la nevera mientras me observaba a ver qué sacaba de ella.
—¿Qué vas a hacer con el tubo de leche condensada? —me preguntó con una sonrisa maliciosa mientras entornó los ojos.
—Ven y lo sabrás.
Volví a sentarme en la silla de la mesa del comedor y desde atrás él metió sus manos por debajo de mi jersey para desabrochar mi sujetador, le hice colocarse delante de mí y desaté las cintas de su falda hindú, mientras esta se deslizaba por sus contorneados muslos, su erección fue más que evidente y aproveché para dejar caer la leche condensada sobre su sexo.
—Eres una golosa —me dijo con una media sonrisa.
—Espera y verás.
Abrí mi boca y le engullí totalmente, evitando cualquier desperdicio de mi apreciado postre. Acaricié con mis labios todo el contorno de su sexo erecto mientras en el vaivén del ir y venir mi lengua lo rodeaba hasta llegar a tocar con mi nariz su vientre. Hizo el intento de escapar, pero le sujeté por sus nalgas mientras sentía los primeros temblores en sus muslos.
No podía estarse quieto y volvió a buscar mis pechos por debajo de mi ropa, los amasó, los pellizcó, los acarició suave, y tiró de mi jersey hacia arriba para descubrirlos, lamerlos y saborearlos. Sentía mi sexo abrirse como las puertas automáticas que había cruzado unas horas antes en el aeropuerto.
—Voy a follarte, ¿sabes por qué?
—Porque te gusto.
—No, porque has utilizado la leche condensada de mi café para comerme la polla, y no hay nada que me excite más de una mujer, que una provocación de ese estilo.
No tuve tiempo de responder, que ya estaba tumbada sobre la mesa y su sexo duro, caliente y erecto, entró en mi coño como un hierro candente, quemando mis entrañas y haciéndome estremecer de placer. Cada vez que empujaba, las yemas de sus dedos se quedaban clavadas en mis caderas. En un ritmo lento pero acompasado, donde veía parte de su polla en el reflejo de la cristalera que salía al jardín, cada vez que se apartaba de mi cuerpo para volver a embestirme, yo seguía en el camino de ascenso a un placer que solo había tenido con él.
—Me voy a correr —le dije casi en éxtasis.
—No princesa, aun no es el momento de correrse. —Y disminuyendo sus movimientos salió de mi sexo mientras yo jadeaba y le maldecía medio en broma medio en serio por haberse detenido—. A la ducha, vamos.
Aquella noche se sentía transgresor, algo inusual en él. Sacó uno de mis pañuelos del cajón de la cómoda, el antifaz que solía utilizar para sus viajes y lo colocó en mis ojos. Atada, cegada, abierta y entregada, comenzó a deleitarse con cada uno de mis olores: la humedad de mi cabello mojado, la piel de brazos y piernas, el regalo de mis pezones endurecidos, el olor de mis axilas, el pliegue de las ingles, y la oscura promesa de mi sexo.
Podía sentir cada uno de mis gemidos, somos buenos amantes, conoce bien donde se esconden todos y cada uno de mis placeres, de mis debilidades, de mis secretos, y reconocer el olor de mi intimidad anegada de deseo, es un placer para él.
Mis pies, su lengua recorría lentamente cada uno de mis dedos, uno a uno, mientras sujetaba con fuerza mi arqueado empeine. Mi piel se erizaba cuando pude sentir sus dientes mordisquear la parte interior de mis tobillos. Sentía su fuerza, sentía su deseo y el ardor de sus caricias hasta casi quemarme la piel.
Sus manos subían por mis piernas hasta alcanzar mis caderas y sus besos, los que después rodearon mi ombligo y acariciaron mi piel mientras sus manos abrigaban mis senos.
Mi cuerpo, sus besos, mi deseo, el suyo. Mi piel olía a sexo. Se giró para situarse a horcajadas sobre mí, brindándome su sexo erguido, duro, grande y lo aproximó a mis labios para que jugase con él. Mis labios trataron de atraparlo, pero no me dejó, solo con la lengua pude volver a saborearle.
—No seas ansiosa, esto acaba de empezar.
—Vamos, déjame jugar un poco más.
—Quédate quieta. ¡Dios! Estás toda corrida. — Escucharle decir lo que dijo, aún me excitó más.
Liberada de ataduras y antifaz, intenté escapar de la cama, pero su mano agarró uno de mis tobillos y tiró de mí. Me resistí, era un delicioso juego donde sabía el final y no quería que llegase. Con medio cuerpo sobre la cama y mis rodillas en el suelo, sujeta por la palma de su mano en mi espalda, deslizó sus dedos en mi sexo y con un movimiento rítmico y en ascenso consiguió otro orgasmo. Sentía la humedad de un líquido caliente deslizarse por mis muslos y llegar al suelo, estaba toda mojada. Me ayudó a subir hasta la cama, capiculados y tumbados de lado se inclinó entre mis muslos y comenzó a jugar con su lengua lujuriosa en mi clítoris, mientras su sexo se hundía en mi garganta. Estaba hambrienta de él, sentir la calidez de su sexo en mis labios yendo y viniendo, rodeando su contorno con la punta de mi lengua, para volver a succionar. Podía sentir como su placer invadía todo mi interior. Su placer era mi placer.
Pudo sentir mis gemidos ahogados en su sexo. Intentamos acompasar nuestro ritmo. Follaba mi boca mientras su lengua me follaba a mí. Éramos una maraña de brazos, piernas y
lenguas. Sentí que se arqueaba su espalda, se contrajeron sus músculos y un latigazo de placer golpeó mis riñones. Y tras prolongar ese estado de ingravidez permanente se abandonó sumergiéndose en una espiral de placer que se proyectó a lo largo de su miembro hasta ahogarse en mi garganta.
Me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar.
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Lluna Vicens
Lluna Vicens (Badalona, 1969) escritora vocacional desde siempre. Doce días, una vida, una miscelánea, es su primer libro publicado. En marzo de 2021 publicó Mercancía Robada, una novela testimonial sobre la trata de blancas. Participa con el relato Recuerdos en la antología Juramento Negro. Es la subcomisaria del festival Black Mountain Bossòst que se celebra cada año en el Valle de Aràn.
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