El chingolo
El chingolo se mueve con cautela por el borde del ligustro, en la parte trasera de la casa. Su nombre es Roberto Costa, pero todos le llaman de ese modo por flaco y pardo, y porque desde chico ya andaba a los saltos por las casas ajenas, tratando de llevarse algo para comer, vender o hacerlo propio. Los ligustros de esa zona de viejas casas de veraneo están pensados más para lograr intimidad que como barrera contra intrusos, y el Chingolo sabe desde siempre que es fácil encontrar un paso entre las estacas y los alambres que los sostienen.
A esa hora no hay nadie por las calles de tierra de Villa Anisacate. En rigor, casi nunca hay nadie en las calles fuera de temporada, y hace tiempo no se sabe con certeza cuándo es temporada de turismo en Villa Anisacate. El valle de Paravachasca quedó demasiado cerca de la capital de Córdoba para que los turistas lo tomen en serio como destino, y demasiado lejos para que los cordobeses lo tomen en serio como residencia de fin de semana. Es probable que no se haya construido una casa desde los años setenta, y la mayoría son chalets californianos de los cincuenta, habitados a ratos por familias envejecidas y rutinarias.
Entre esa gente y esas casas el Chingolo sobrevive. Como puede, haciendo lo que puede: corta el pasto, mantiene las pocas piletas que resisten, pinta casas, arregla techos y goteras, repone tejas, desagota tanques de agua, repara cañerías y pluviales, a veces se mete con la electricidad o con las cerraduras. A fuerza de vivir en el pueblo, se ha hecho conocido. Entre los dueños de las casas, como alguien servicial y voluntarioso, cuando no algo incumplidor y un poco improvisado. Entre las mujeres que trabajan en las casas, como alguien simpático y entrador; pero también hábil para entrar y salir sin ser visto, para llevarse lo ajeno, para aprovechar lo que aparezca al paso, desde bicicletas a herramientas, comida olvidada o almacenada, y algún viejo televisor. Todos saben dónde vive, cómo pasa por las calles en bicicleta, silbando y sonriendo, algo ido, algo contento. Pocos quieren decir que lo han visto deslizarse por las veredas, por los pasajes entre las casas, entrando por las puertas traseras, husmeando y tanteando para entrar, para mirar, para llevarse lo que necesita, lo que encuentre.
Ahora estira el cogote para ver desde afuera la casa que eligió. Es un chalet viejo, algo descuidado, pero entero. A veces lo abren por unos días una pareja de viejos, que a duras penas lo mantienen, y a veces pasan por ahí otras gentes. Familias con chicos, aburridos como ostras, parejas equívocas que no se dejan ver, hombres solos furtivos. El Chingolo se ha hecho verdaderos festines en esa casa. No hay mujeres de la limpieza que le disputen lo que ahí se deja, y ahí se deja comida de la buena, mucha, y muchas veces bebida también de la buena.
Porque una de las especialidades del Chingolo son esas comilonas en casa ajena. La gente que está de paso en esas casas es rara. A veces se lleva todo, hasta el azúcar que encontraron al llegar, y otras veces dejan de todo. Mermeladas empezadas, manteca, cajas de leche abiertas, frutas y verduras. Y cuando la suerte le sonríe, se tropieza con botellas de vino y aún bebidas mejores. En estos casos, va con cuidado, pero sin prisas. Junta los alimentos de cajas y latas, y se come ahí mismo lo que está abierto o es perecedero. Y cuando se emborracha, que es bastante seguido para su felicidad, se acuesta en los sillones y hasta en las camas principales. Así se alegra los días el Chingolo.
Ronda la casa donde hace pocos días hubo movimiento, y ya no hay más. Es raro, porque es invierno, es entre semana, y no hay feriados a la vista. Es raro el tipo que vio como presunto inquilino. Ni muy viejo ni muy joven, vestido de oficinista, o así le pareció. Y lo vio en el momento justo de entrar en la casa después de dejar un auto enorme, más bien una camioneta carrozada, en el garaje cerrado. Después no lo vio más. Y ahora las persianas están bajas, la puerta cerrada, y el portón de la verja de entrada tiene la cadena gruesa con el candado imponente y viejo.
Da la vuelta para entrar por la puerta de alambre que da a los fondos, que apenas tiene un pasador que no resiste un par de movimientos hábiles para abrirse sin estrépito. Atraviesa el polvoriento jardín, donde languidecen un par de limoneros y otras plantas estériles, y atisba por la ventana de la cocina. Ningún movimiento tampoco. Abre la puerta de chapa con su llave atesorada desde hace mucho y ya está adentro, conteniendo la respiración. No oye nada y él, dentro de todo, hizo ruido. Si había alguien en otro lugar de la casa, debería haber reaccionado. Tenía dispuesta su coartada, transformarse en apenas el muchacho que mantiene la casa, y su presencia se explica por relevamiento y limpieza. Pero no es necesario. Todo está en silencio.
Pasea la vista por la cocina y lo que ve lo tranquiliza, lo inquieta y alegra. Se tranquiliza porque es evidente que allí nadie ha desayunado, ni dejado los utensilios fuera, como si pensara usarlos otra vez. Se inquieta, porque la mesada está llena de productos y frascos, alineados como para quedarse allí mucho tiempo. Se alegra, porque de un rápido vistazo se da cuenta que ahí han dejado tesoros incalculables, empezando por un par de botellas de vino y otra de whisky, todas de buen ver y sin abrir.
No se detiene en la cocina ni abre la heladera, que calcula debe contener más regalos para él. Pero lo primero es chequear la casa, certificar que esté libre. El living parece intocado desde hace mucho, con sus sillones de madera y almohadones alineados frente a la chimenea. Lo mismo que el comedor, a oscuras. Las puertas del baño y de una de las habitaciones, cerradas. La restante, cuya ventana da al patio trasero, está entornada, con una incierta claridad. Tal vez dejaron la ventana abierta, tal vez la luz prendida. O tal vez alguien duerme allí todavía. Se acerca con cuidado y asoma apenas la cabeza para atisbar dentro. Alcanza a ver una punta de la cama matrimonial, con la colcha puesta, intocada. Avanza un poco más la cabeza y entonces sí, ve un par de piernas, desnudas, sobre la cama.
Retira la cabeza de inmediato y se queda quieto, pensando. Algo está mal, y no atina a definir qué cosa. Las piernas están quietas, demasiado quietas, y una de ellas en un ángulo extraño, casi caída a un costado. No son piernas que estén dormidas, o descansando. Se arma de coraje y, milímetro a milímetro, se asoma otra vez. Las piernas son de hombre, que está en calzoncillos sobre la cama, quieto, con la camiseta puesta, y mira el techo, un brazo casi colgando, el otro sobre la cabeza. El hombre es el que vio hace un par de días, y no mira el techo. Tampoco tiene los ojos cerrados, al menos no del todo. El hombre está quieto, y está muerto.
El Chingolo piensa, y su instinto le dicta que huya. Pero cuando el Chingolo piensa, enseguida se hace un lío y ya no sabe más qué hacer. Así que se queda quieto, pensando. Sintiendo unas inmensas ganas de salir corriendo, va entrando de a poco en la habitación. La ventana está abierta, las persianas no están bajas del todo, y la luz se filtra por las rendijas, lo que da un ambiente equívoco entre dorado y polvoriento. El hombre no era pelado, como pensó, sino rapado. Tiene puestos calzoncillos bóxer y camiseta sin mangas, blancos. Parece tener, o haber tenido, menos de cincuenta años y un buen estado general. Y el tono de la cara aún no es amarillento del todo.
Se acerca más a la cama y nota que los ojos están vacíos, pero entrecerrados. Sobre la mesa de luz hay una billetera abultada y nueva. Y al lado, un celular de última generación y una pistola. También con aspecto de nueva, grandota. El Chingolo le mira la cabeza al hombre y no, no se pegó un tiro, la tiene intacta; y ni en la almohada o la cama hay sangre. Pero está muerto. El Chingolo siente un profundo escalofrío, y ganas de ponerse a aullar. Como un perro. Se levanta y mira a su alrededor. En una silla hay una valija cerrada, y a su lado, contra la pared, una mochila, ambas de color negro. El ropero tiene la puerta abierta y se ve ropa colgada. El Chingolo se acerca y ve dos trajes, oscuros, aparentemente idénticos, colgados, y tres camisas. De la misma percha de una de las camisas cuelga una corbata, negra. Todo muy limpio, muy planchado, como si estuviera sin usar. Abre la otra puerta del ropero y revisa los cajones. Apenas un par de mudas de medias negras y calzoncillos y camisetas blancas, como las que tiene puestas el muerto.
Vuelve al costado de la cama y se agacha sobre la pistola. Tampoco parece usada. Observa también el teléfono, sin tocarlo. Finalmente, se decide y toma la billetera. La abre y la cantidad de billetes le corta el aliento. La billetera tiene un documento de identidad y una licencia de conducir. A nombre de Bernabé Rilka. «Nombre raro», piensa. Y una tarjeta de crédito de color negro de un banco extranjero, o así le suena. Extrae con dificultad el fajo de billetes, y encuentra muchos pesos argentinos, pero también dólares. En billetes de cien, muchos. Y otros billetes que no puede identificar, de un tamaño raro. Deja todo sobre la mesa de luz y mira al hombre sobre la cama. Sus ojos entornados, el modo en que tenía doblado los brazos le molestan, le oprimen el pecho.
Mira alrededor y ve otra silla. La acerca y se sienta. Mira de cerca al hombre. «Bernabé», piensa. «Nombre raro». El cuerpo ha ido tomando un aspecto amarillento, de difunto. El Chingolo se levanta y trata de bajar el brazo que el muerto tiene sobre la cabeza. Le sorprende que ya esté frío, y siente un violento rechazo. Así y todo, forcejea y consigue bajarlo. Después toma el otro y cruza ambos sobre el pecho del hombre. No quedan muy bien, pero están mejor que antes, cree. Mira las piernas y también las levanta. Ahora el cadáver está en posición de cadáver, sobre la cama. Se acerca a la cabeza y extiende la mano para bajarle los párpados, pero no se atreve a tocarlos. Lo mira y le parece que el muerto tiene una expresión algo sardónica, como si sonriera un poco con los ojos entrecerrados. Pero ahora está en una posición decente.
El Chingolo se vuelve a sentar. Se restriega las manos sobre las perneras del pantalón y se queda pensando. Piensa en que todo hombre merece que se lo vele. Se acuerda de su padre, y se le llenan los ojos de lágrimas. Tal vez, si no había podido velar a su padre, podía velar a ese desconocido, y las almas así podrían encontrar la paz, podrían resignarse a estar muertas.
En realidad, de su padre no se acuerda nada, o casi nada. Un torso oscuro, lampiño, donde le gustaba, le parece, acurrucarse cuando era chico, y un miedo difuso y tremendo cuando su sombra rondaba el rancho, gritando borracho, y su mamá y ellos se refugiaban en la sombra, achicándose para no cruzarse con él, con ese destino.
Después su papá se fue, y pasado un tiempo su mamá les dijo que se había muerto en su casa, en Santiago del Estero. Pero él nunca supo con certeza que su papá hubiese sido santiagueño. O que se hubiera muerto ahogado, como dijo su mamá una vez, «por borracho». Después, con los años, su mamá dejó de contestar las preguntas que él le hacía, y él no preguntó más. Y ahora siente que tendría que haber estado al lado de su padre, para tenerlo de la mano si se estaba muriendo, para velarlo si ya se había muerto de una vez.
Se queda mirando al hombre muerto, a Bernabé. Y se queda dormido. O eso le parece, porque se hunde en la oscuridad. Se despierta como los perros, abriendo despacio un ojo, sin moverse, pero alerta. Le cuesta reconocer donde se halla, recordar lo que ha pasado, porque un miedo anterior lo acaba de despabilar. Algo está pasando. El hombre muerto sigue allí, muerto. Antes de incorporarse de la silla ya sabe que alguien está entrando a la casa, y enseguida retumban los golpes en la puerta de entrada, y un grito. Se pone de pie de golpe, mira para todos lados, despavorido, y antes de echarse a correr manotea la plata sobre la mesa de luz. Atraviesa atropelladamente la cocina y abre la puerta de atrás, y ahí se queda quieto, respirando agitado.
Un hombre gordo, con un traje oscuro, le tapa el escape. El hombre mira al Chingolo, y lo mide. Es un hombre grande metido en un traje que le queda chico, y se le nota que no está acostumbrado a ese traje. Ese cuerpo, ese hombre, están acostumbrados al uniforme. Y el Chingolo lo advierte hasta por el olfato. El hombre mueve la mano, indicando al Chingolo que vuelva a entrar a la casa. El Chingolo retrocede sin darle la espalda.
Una vez adentro, el gordo cierra y se apoya en la puerta, mirando alrededor. Se le abre el saco, y embutido entre la panza y el pantalón asoma la culata de una pistola.
—¿Y el ruso? —el Chingolo no contesta, y se pasa la lengua por los labios, los ojos bailando para los costados. No tiene ninguna oportunidad—. ¿Te comieron la lengua los ratones? —el gordo mira por encima del Chingolo, estira el cuello escuchando.
—¡Yo no le hice nada! —dice el Chingolo. El gordo lo mira divertido.
—¿Al ruso, vos? ¿Qué le vas a hacer?
—¡Yo no le hice nada, se murió solo! —el gordo se pone serio de repente.
—¿Dónde está el ruso, culiao?
El Chingolo no aguanta más y se tira sobre el gordo, para apartarlo de la puerta. El gordo lo empuja, lo agarra del cuello, se saca la pistola del cinturón y lo golpea una, dos veces, en la cabeza. El Chingolo cae.
Lo primero que siente el Chingolo es que le duele la cabeza. En los lugares en que le pegó el gordo, pero adentro también. Después siente que le duele todo el cuerpo, y que está tirado en el piso, despatarrado. Y tiene las manos atadas, por detrás, de mala manera. Trata de moverse y se le escapa un quejido. Al quejarse, se asusta, y abre los ojos. Está tirado en el comedor, y desde allí ve al gordo, sentado en los sillones del living, que lo mira divertido.
—Hola, chango, ¿te despertaste? —el gordo está sentado frente a una mesita ratona, en la que hay una botella de whisky, un vaso lleno y cosas para comer. El gordo lo mira detenidamente—. ¿Querés picar algo, una cosita, una copita de whisky? ¡Es bueno, eh! —se ríe el gordo, pero los ojos están serios, chiquitos—. El ruso sabía vivir, pero se murió —se ríe sin gracia y después se queda serio. Le hace una seña—. Venite… —le dice—. No te hagás el tímido —mastica algo con la boca abierta, y traga.
Entonces se levanta, lo agarra por el cuello de la camisa y lo arrastra hasta el living, donde lo tira contra la pared. El Chingolo percibe la fuerza del gordo, y que está acostumbrado a acarrear los cuerpos así, a tratar así a la gente. Lo agarrota el miedo. Trata de apoyar la espalda en la pared, y ahí se queda.
—A ver —le dice el gordo—, yo te voy a decir lo que pasó, y vos me decís que sí o que no ¿estamos? —el Chingolo asiente con la cabeza—. Vos viniste acá porque pensaste que la casa estaba vacía —el Chingolo hace que sí—. Pero no estaba vacía —el Chingolo hace que no—. Estaba el ruso muerto —mueve la cabeza que sí—. Vos entraste para ver qué te podías llevar —el Chingolo, después de pensarlo un poco, hace que sí—. Pero no te llevaste nada —hace que no. El gordo lo mira, serio. Levanta algo de la mesita y el Chingolo reconoce el montón de billetes que había manoteado—. A mí no me mintás, culiao —el Chingolo hace que no, y después hace que sí —el gordo sonríe—. Pero no te llevaste nada más —hace que no.
El gordo se queda pensando. El Chingolo mira con más detenimiento y nota, sobre el sillón doble donde está sentado el gordo, una caja. Parece una heladera portátil, como de picnic, pero más sofisticada. El gordo sigue manoteando pedazos de queso, y lo que parecen aceitunas y rodajas de salamín. Bebe del vaso y se sirve más whisky. Le agrega hielo de un plato hondo que tiene al lado. Como si se acordara de algo, mira la heladera.
—¿A qué hora llegaste?
El Chingolo cree que se va a echar a llorar, pero contesta.
—A eso de las once.
—¿Y te encontraste el fiambre? —el Chingolo asiente. El gordo piensa—. ¿Vos lo acomodaste? —gesto afirmativo—. ¿Y por qué te quedaste? —el Chingolo se encoge de hombros—. ¿Saliste de aquí, te llevaste algo? —el Chingolo hace que no—. ¿Sonó el teléfono mientras estuviste acá? —otra vez que no. Se quedan en silencio—. ¿Vos sabés lo que viste, vos entendés algo de esto?
—¡Yo no sé nada, señor, yo no vi nada! ¡Déjeme ir y no le voy a decir nada a nadie!
El gordo lo mira, mirando otra cosa.
—No, querido, vos no te podés ir. Vos no podés salir de acá.
El Chingolo siente que el corazón le da un vuelco. Pero al mismo tiempo registra que sus manos no estaban tan ceñidas, que los nudos o lo que fuera que lo ataban no están tan firmes. Lo siente sin pensarlo, sin sacar ninguna consecuencia, pero lo registra. Mira al gordo para ver si se había delatado. El gordo mira para la habitación del muerto.
—Escuchame, te voy a creer, pero no me vayas a mentir —el gordo pasea la vista por la casa—. Acá no había nadie más que el ruso —el Chingolo no entendió si era una pregunta, pero por las dudas niega—. Y nadie se llevó nada —otra vez niega—. ¿Revolviste la valija, la mochila? —negativa—. ¿No encontraste nada, vos? —otra negativa.
El gordo se levanta y empieza a dar vueltas por la casa, revisando rincones. Lo hace de un modo meticuloso, profesional, entrando y saliendo de las habitaciones, tanteando a veces con la mano, a veces con el pie, golpeando zócalos y pisos. El Chingolo se da cuenta que busca un escondite, algún canuto, donde alguien puede haber escondido algo, y siente una punzada en el estómago. Se acuerda de pronto que el ropero tiene un doble fondo. Algo artesanal, sencillo y bien disimulado, pero que no debería escapar a alguien que evidentemente conoce de requisas. Tal vez esté ahí lo que busca el gordo, tal vez se guarde ahí algo que puede ser suyo. Trata de disimular, de mirar para otro lado cuando el gordo pasa junto a él, para que su propio miedo no lo delate, pero el gordo no lo mira. Sale y se mete en el garaje, y el Chingolo lo escucha trajinar dentro de un auto, por los ruidos que escucha. Así que el pobre ruso muerto había armado todo para disimular que estaba adentro, y había dejado su auto en el garaje cerrado por afuera. «Un tipo muy precavido», pensó el Chingolo, «pero andá a saber si le había servido de algo». Aunque sirvió para que él se mandara de cabeza a la casa.
Mientras el gordo está afuera, aprovecha para forcejear con las cuerdas, o lo que sea que le hayan puesto en las muñecas. Parecen cables. Poco a poco los va aflojando. No sabe qué hará después de aflojarse las ataduras. Escapar. Pero no sabe cómo. Tal vez si puede zafar ahora mismo pueda ganar la puerta de la cocina. Pero tendría que abandonar lo que sea que está escondido en el ropero. Está seguro de que ahí hay algo.
En eso vuelve el gordo, colorado por el esfuerzo y de mal humor. Se deja caer en el sillón y se toma de un trago el whisky del vaso. Se sirve otra medida generosa, y como ya no tiene hielo en el plato, le agrega el agua en que se ha trasformado. Mira el vaso pensativo.
—Vos no entendés nada, chango, pero es mejor que encuentre lo que trajo el ruso de mierda ese. Tanto Mosad, tanto profesional, y revienta de un bobazo, si será pelotudo —mira para todos lados y le dice al Chingolo—: ¿Y ahora qué hacemos? Esperar —se dice—. Esperar.
Se quedan callados los dos. El Chingolo de a poco, de a milímetros, sigue aflojando las ligaduras. No sabe de qué le va a servir, pero por lo menos piensa que tal vez pueda correr llegado el caso, escapar por la cocina. Tiene que pasar por el living, antes, donde está el gordo. Tal vez pueda manotear allí el atizador de hierro apoyado en la chimenea. Pero de poco le va a servir frente a la pistola del gordo.
—¿Sabés qué tengo acá? —el gordo lo saca de sus cálculos, y señala la heladerita—. Dos riñones fresquitos. Y el pelotudo este se va a morir y no deja dicho dónde está la guita —se queda callado un rato. Se levanta y se asoma al dormitorio—. ¿Dónde carajo la puede haber metido? Porque yo la agarro y les dejo los riñones. A mí no me sirven —se ríe—. Pedazo de pelotudo. Morirse así —vuelve a sentarse. Se sirve más whisky y se lo bebe—. Dos riñones frescos, carajo. Con lo que costó conseguirlos. Compatibles. Com–pa–ti–bles —mira al Chingolo—. ¿Y sabés con quién? Te vas a cagar de risa. El culiao ese compatible con el viejo. ¿Sabés quién digo? ¡Qué mierda vas a saber! —toma otra vez el vaso, lo vacía, lo llena, lo mira. Prueba un poco.
Se levanta y se mete en el dormitorio. El Chingolo lo escucha caminar, golpear. En un momento escucha que corre la cama, y golpea el piso. El Chingolo estira el cuello y forcejea con sus manos. Ya está casi listo. El gordo vuelve a sentarse en el sillón.
—Vos no sabés nada, chango, no sabés nada. ¿Sabés lo que cuesta conseguir un tipo con riñones fresquitos en el penal? ¿Y que no proteste nadie si desaparece? Sale un dineral. Así que no me puedo ir de acá con las manos vacías. Porque tengo que pagar, o me quedo yo sin riñones —se vuelve a servir whisky—. Yo no me voy a ir hasta que no aparezca alguien. Porque el viejo necesita los riñones. ¿Sabés quién te digo? El dueño del diario, el tipo más poderoso del país. Saca y pone presidentes, hace negocios con el dólar, todo lo que te imagines. Pero necesita estos riñones —golpea la heladera el gordo—. Qué tiene papá —se llena la boca con pedazos de queso y mastica a conciencia, pensando—. Tanta guita, tanto poder, y de buenas a primeras, se le cagan los riñones y se le acaban los amigos —se ríe el gordo—. No se lo quieren dar, lo quieren ver cómo revienta. De repente todos se han puesto legales, todos quieren respetar el INCUCAI y el protocolo y la puta que los parió. Como es viejo, como ya tuvo cáncer, está anteúltimo en la lista para recibir trasplantes. ¿Qué me decís? Todos dicen que le quieren dar los riñones, que si fuera por ellos le donaban los suyos, pero que no se puede. Lo prohíbe la ley. ¿Te das cuenta? Si es para cagarse de risa. Todos invocando la ley, todos compungidos. Lo van a dejar morir. Así que recurren a un servidor. En la provincia tenemos miles de tipos encerrados. No nos cuesta mucho, si hay voluntad, buscar un par de riñones nuevitos, de algún preso que nadie va a llorar si se muere de noche. Y acá estamos… —suspira el gordo—. Sin el pan y sin la torta.
El Chingolo no entiende por qué el otro le está contando eso, ni quiere escuchar. Si pudiera, se taparía las orejas con las manos. Sospecha que su vida depende de escuchar lo que dice el gordo, porque a medida que habla, el gordo piensa. Y sabe que él, Chingolo, está en los planes del gordo. Y no quiere saber esa parte. El gordo lo mira, sonriendo.
—Pero ¿sabés qué pasa? Que estos putos riñones tienen vencimiento. Hay que llevarlos a Buenos Aires, y tienen que llegar fresquitos. Si el pelotudo del ruso no se hubiera muerto, ya estarían en camino. Pero si no los puedo entregar, no sirven ni para el gato —bufa el gordo mirando alrededor—. Si encontrara la guita, salgo corriendo, y que después se arreglen. Total, puedo decir que él me dio el toco —lo mira al Chingolo y sonríe—. Hasta vos te podrías ir. Pero no. Vos no sabés nada, decís, y yo no encuentro la guita. Así que tenemos que esperar. Que lo llamen al ruso, no hay otra. Porque en algún momento lo van a llamar, cuando se retrase. Porque yo no traje teléfono. Para que no me rastreen ¿viste? Acá nunca se sabe.
Se levanta el gordo, va hasta la cocina, vuelve a asomarse al dormitorio, se sienta. Lo mira al Chingolo.
—Y si no encuentro los dólares, y los pelotudos del viejo de mierda no llegan a tiempo, y se pudren los riñones, tengo que tener dos de repuesto. ¿Me entendés? —hace como que se sobresalta—. ¿Vos no tendrás sida, no? —y se ríe. El Chingolo, estúpidamente, ha dicho que no con la cabeza.
Se sirve más whisky. El Chingolo reza para que tome mucho, para que se duerma. Si corre rápido puede alcanzar el atizador y pegarle en la cabeza. El Chingolo cierra los ojos, se hace el dormido. Si sale corriendo, le pegan un tiro. El gordo, sentado, bebe.
Entonces suena el teléfono del muerto, en el dormitorio. El gordo se levanta de un salto y corre para atender. El Chingolo se levanta también y se sacude los cables, se suelta las manos. En el cuarto, escucha al gordo decir: «¡Hola! ¡Hola!» y putear. El Chingolo corre hasta la chimenea y agarra el atizador. Endereza para el cuarto. «No, no soy él, soy Beltrán», dice el gordo, sentado en la cama, al lado del muerto. «¿Quién habla?». El Chingolo, sin preocuparse por no hacer ruido, se mete en el dormitorio. «Mucho gusto», dice el gordo en el teléfono y alza la vista hacia la sombra que se le viene encima.
Nunca olvidará el Chingolo la cara del gordo. Si el gordo alguna vez fue un chico, y lo agarraron de sorpresa, debe haber puesto esa cara, de chico asustado. Igual el Chingolo baja el fierro con todas sus fuerzas, y le pega en el antebrazo, con el que el gordo ha intentado cubrirse. Al recibir el golpe se agacha, agarrándose el brazo, con un bramido horrible. Le deja al Chingolo la cabeza libre. El Chingolo levanta el atizador y lo descarga con toda su fuerza en la coronilla raleada del gordo. Siente el golpe en el brazo, ve la sangre brotar, pero no se detiene. Levanta otra vez el fierro y vuelve a pegar, ya con el gordo en el suelo. Le revienta la cabeza a fierrazos. No puede parar. Sabe que ya está muerto, que está muerto e indefenso, pero él está despavorido. Lo único que siente es un miedo horrible de que el gordo se ponga de pie y le pegue un tiro.
Al final para, no puede más. No mira para abajo. Tira el fierro a un rincón y se queda boqueando, tratando de recuperar la respiración, de dominar las náuseas. Mira por la ventana, mira la cama donde está el muerto en calzoncillos, y mira el ropero. Allí está la guita.
Corre hacia el ropero, tantea por el costado, y encuentra la palanca para abrir la tabla. Tiene que patearla, pero al final consigue abrirla. Allí encuentra un maletín de cuero, negro. Lo saca apresuradamente y trata de abrirlo. Pero tiene un candado. Si está escondido ahí, y si tiene un candado, tiene que tener la plata. Seguramente el viejo le habrá mostrado al muerto el escondite. Se lo mostraba a todos, orgulloso. Se lo había mostrado a él mismo, viejo pelotudo, viejo divino.
El Chingolo se pone de pie, abraza el maletín, y mira el dormitorio. El muerto sigue muerto, rígido y blanco, sobre la cama. Del gordo solamente ve las piernas, del otro lado de la cama. Mejor así. Sale del dormitorio. En el living se detiene ante la mesa, indeciso. Mira la botella, los pedazos de queso, y agarra maquinalmente el fajo de billetes. Entonces se fija en la heladera. La agarra también y sale de la casa.
El Chingolo camina rápido, al costado de la acequia, con la heladera bajo el brazo y el maletín en la mano. No levanta la cabeza, no pretende que nadie lo vea. Va para su casa. No puede pensar, no puede parar de pensar. Y se hace un lío.
Pasa por la parte donde los vecinos tiran la basura. Hay esqueletos de cualquier cosa, ahí. De heladeras, de cajones, de bolsas de plástico, de animales dudosos. Allí, en horas malas, ha cirujeado él también, con los changos del barrio y los viejos, los que no tienen nada más que lo encuentran, y que tienen que disputar lo que encuentran con los perros.
Se detiene sobre el borde y se asoma. No ve a nadie. Un hilo de agua enferma pasa por el fondo, entre montañas de basura. Deja el maletín en el suelo, revisa la heladera portátil y encuentra el cierre. Abre la tapa. Sin mirar, arroja la tapa por el aire y después la heladera, que da un par de golpes y se queda allí, demasiado visible para su gusto. Con un poco de suerte, la encontrarán los perros antes que los changos. Agarra el maletín y sigue caminando, apurado.
Sin embargo, a los pocos pasos se frena. Aprieta la manija del maletín. Un maletín lujoso, de poco uso. Lo sacude. Está pesado, y algo se mueve adentro, pero poco. El gordo dijo dólares, pero no sabe cuántos dólares entran en un maletín así, no puede calcular cuánto valen. El Chingolo agacha la cabeza, se muerde los labios. En medio de la calle, solo, apoya el maletín en la tierra y saca del bolsillo el fajo de billetes del muerto. Trata de contarlos, pero hay plata argentina y dólares, y otros billetes más chillones. Igual tiene que ser mucha plata. Igual es más plata de la que tuvo nunca. Mira el maletín y lo agarra. Si tiene toda esa plata en el bolsillo ¿cuánta plata puede tener en el maletín? El Chingolo piensa, y sabe que no tiene que pensar, porque se hace un lío. Entonces da la vuelta, camina rápido, llega al basural y, con el mismo envión, levanta el maletín y lo manda por el aire. Algún chango lo encontrará, piensa, algún chango lo podrá abrir. Ellos son vivos, ellos son chicos; ellos sabrán qué hacer con esa plata.
No mira adónde cae el maletín. Da la vuelta y se va, caminando rápido, para su casa.
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Miguel Gaya
Miguel Gaya (Ayacucho, provincia de Buenos Aires, 1953) integró en 1979 el Grupo Onofrio de Poesía Descarnada junto con Javier Cófreces y Jonio González. Miembro del Comité Editorial de la revista de poesía La Danza del Ratón, desde su creación por los nombrados en 1981 hasta su transformación en Ediciones en Danza en 2001.
Ha publicado los siguientes libros de poesía:
- La vida secreta de los escarabajos de la playa (Ediciones de la Claraboya, Bs. As. 1982)
- Levanta contra el viento la cabeza oscura (Ediciones de la Claraboya, Bs. As. 1983)
- Colección Robin Hood (Editorial Acme Agency, Bs. As. 1994)
- Siluetas en la corriente del río (Ediciones del Cronopio Azul, Bs. As. 2000)
- Los poetas salvajes (Ediciones en Danza, 2003)
- Lo efímero y otros poemas inestables (Ediciones En Danza, 2009)
- Mediterráneo (edición del autor 2011)
Este último trabajo aparece incluido en El alma y otros lugares.
Editorial Bruguera, del grupo de Ediciones B, publicó en España su primera novela, Contemplar ese animal sangriento, en 2008. Dicha obra resultó finalista del Premio Biblioteca Nacional 2007, con un jurado integrado por David Viñas, Luis Gusmán y Martín Kohan.
En 2012 publicó la novela Una pequeña conspiración (Del Nuevo Extremo).
Sus poemas han aparecido en varias antologías y reseñas, entre ellas 65 poetas por la vida y la libertad (Abuelas de Plaza de Mayo, Bs. As. 1981), Nueva poesía argentina (Editorial Universidad de Belgrano, Bs. As. 1983), Antología Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (Editorial Universidad de Buenos Aires, Bs. As. 1985), Poesía durante la dictadura (Ed. Calle Abajo,1989), Poesía Argentina año 2000 (Cuadernos del Instituto de Literatura Argentina "Ricardo Rojas", Facultad de Filosofía y Letras, UBA), Una antología de la poesía argentina (1970-2008) (selección, prólogo y notas de Jorge Fondebrider, Ediciones LOM, Chile, 2008) y 200 años de poesía argentina (selección y prólogo de Jorge Moteleone, Alfaguara, 2010).
En junio de 2007 Ediciones en Danza reeditó Grupo Onofrio de Poesía Descarnada (1º edición, Crisol, 1979), selección de poemas escritos entre 1976 y 1978, junto a Jonio González y Javier Cófreces.
Ha publicado poemas y notas en Clarín, Página 12, Diario de Poesía y otros medios del país y el extranjero.
+54 9 1122381574

