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Año 9 #104 Junio 2023

El cazador

Lo mejor que hizo al llegar al valle fue comprar el Land Rover. Su amigo Cisco, el propietario del único hotel del pueblo, al lado del Garona —en la publicidad que hacía por internet del establecimiento se explicaba que uno de sus principales atractivos era poder sentir el bramido del río desde la misma habitación— le había dejado a buen precio el que había sido de su suegro.

«No te engañaré, es un buen coche, mi suegro lo compró hace tres años, pero justo entonces le encon-traron el bicho y no lo pudo disfrutar demasiado. El coche tiene solo treinta mil quilómetros y la mayoría los ha hecho por aquí, por el Valle, sobre todo para ir al hospital de Vielha a la quimio, que era un cabezota y aunque salía fatal de las sesiones no quería que le acompañásemos». También le dijo que qué cojones tenían que hacer ellos con tres coches si solo eran dos en casa. El hijo estaba en Barcelona estudiando y cuando venía en verano o durante algún puente cogía uno u otro indistintamente. «Si lo quieres hacemos un buen trato y ya me lo pagas como puedas», le dijo, pero él prefirió pagarlo de golpe, no le gustaba tener deudas con nadie, y de aquello hacía ya cinco años, parece mentira cómo pasa el tiempo. Ahora sí que parecía un Land Rover de verdad, con barro en los bajos y en las roderas y con la pintura un poco saltada por los impactos de la grava de cuando lo mete por vete a saber que caminos.

El hombre espera leyendo una novela en el coche. Habría ido al bar, pero los domingos no abren hasta las ocho, el sábado por la noche siempre se les alarga la jornada con las partidas de cartas y los jóvenes que no paran de beber gin tonics, que son más baratos en el pueblo, antes de irse a Vielha a continuar la fiesta. No ha entendido nunca esta manía de los cazadores de quedar siempre al alba, como si no hubiese más horas al día para cazar, pero no será él quien les quite la ilusión del ritual. ¿Cómo podría hacerlo si nunca había ido a cazar, si ni siquiera ha pegado un puto tiro antes? Siempre se lo han ofrecido y siempre les ha dicho que no a pesar de que les conoce a todos y son sus principales amigos en el pueblo: Cisco, que es el ángel de la guarda desde que llegó a Bossòst; Angelillo, a quien conoce de las partidas de cartas en el bar que está cerrado (él apenas juega las partidas iniciales, pero Angelillo es de los que puede llegar a pasar la noche entera); Miquel el boticario; mosén Dalmau, que es el párroco de todo el valle y que a sus setenta años está fuerte como un roble; y la vasca, una mujer de unos cincuenta años que hace treinta que está en el pueblo y que para todos es la vasca, sin nombre, y que dirige la brigada municipal, un trabajo fácil porque solo son ella y su hermano. A él le han invitado muchas veces a ir, pero siempre ha dicho que no, que prefiere que los bichos los mate otra persona y a ser posible en un matadero.

Hoy es diferente. Puso la excusa de que en Barcelona, en el periódico donde todavía colabora de vez en cuando, tal vez les haría gracia un reportaje de cazadores en alta montaña moviéndose en medio de la nieve.

—Y además ya sabes que me irá bien el dinero, que con la pensión siempre voy justo y ahora será muy bienvenido.

—Pues no se hable más, la semana que viene te vienes con nosotros. Lo que no sabemos es lo que cazaremos, ni siquiera si cazaremos, tal vez el reportaje no quedará demasiado lucido, según como vaya el día.

—Haremos lo que podamos, no te preocupes, y muchas gracias.

—Y traeré una escopeta para ti, porque si no cazas, si no sientes lo que sentimos nosotros, no podrás escribir bien el texto.

Él era mayor, pero estaba en forma. Los últimos cinco años en el Valle le habían rejuvenecido. Excursiones al monte dos veces por semana, bicicleta para recorrer los quince quilómetros hasta Vielha para ir al cine o a la biblioteca y otros tantos de vuelta, también dos veces por semana, cortar leña y cargarla para la chimenea en invierno le habían hecho rejuvenecer, pero igualmente el año que viene cumpliría setenta años y los excesos de juventud, por mucho que los hubiese purificado en los últimos tiempos, continuaban siendo excesos. Y la vida de los escritores y periodistas a tanto la pieza se movían por unos altibajos constantes y por una tendencia a continuar las jornadas laborales en las barras de los bares de Barcelona y de Madrid.

Poco a poco van llegando todos. Mosén Dalmau ha sido el primero. Alto como un gigante, sale de su Land Rover para estirar las piernas. Vive en Vielha, en el piso de la parroquia, pero celebra misas en todo el valle y parece que nunca tenga frío. De hecho, a pesar de que están a cuatro bajo cero y de que ha estado nevando toda la noche, él solo lleva un jersey blanco de lana muy grueso, camisa de franela y bufanda.

—Buenos días, Mosén, ¿cómo estás?

—Muy bien, Juan Manuel. ¿Hace mucho que esperas?

—Diez minutos, no mucho. ¿Mosén, cómo lo haces para no tener frío? ¿Es una protección especial del Altísimo o qué?

—Me parece que en esta ocasión nuestro señor tiene poco que ver con esto. Lo hace más el hecho de haber vivido aquí toda la vida. Te inmunizas.

El mosén vive en Vielha, pero es hijo de Bossóst y pasa más tiempo en el pueblo que en la capital. La hermana se quedó la casa familiar con sus tres hijos, él es un tipo modesto que siempre asegura que Dios proveerá cuando le preguntan qué hay que hacer ante una contingencia. Y esta fe debe mover montañas porque siempre acaba consiguiendo lo que quiere.

Poco a poco fueron llegando los demás. Enfilaron hacia Les y después se desviaron hacia el monte. Había caído una buena nevada. Hacía años que el mes de febrero era cuando más nevaba, por lo menos en aquella parte del valle. Dejaron los coches unos cuantos quilómetros más adelante. La pista empezaba a estar peligrosa y más valía continuar a pie, así que se calzaron las raquetas. Él tenía un poco de sueño. Había pasado buena parte de la noche despierto y ahora se notaba los músculos un poco entumecidos, pero al cabo de cinco minutos caminando con las raquetas ya se encontraba bien. Aquello le gustaba. Cargó la escopeta que le había dejado Cisco y notó como la cinta se le ajustaba a la espalda a pesar del abrigo de plumas. Los tres grupos se separaron.

Febrero era un buen mes para la caza. La mayoría de especies de caza mayor estaban autorizadas: jabalíes, cabras, ciervos, corzos, aunque eso le daba igual. Su objetivo era otro. Él y Cisco iban en silencio, se movían con precisión abriendo una buena marcha gracias a las raquetas de nieve. Subieron más arriba del río de Penya– Roja. Solo corría un hilillo de agua porque buena parte del río estaba congelado. Allí esperarían si bajaba alguna buena pieza. El lugar le pareció magnífico. Estaba a media hora larga de donde habían dejado los coches y excepto ellos, no pasaba nadie. Hacía mucho frío y el sol ya había salido, pero allí donde estaban los árboles eran tan espesos que no dejaban que los rayos llegasen a tierra. Oyeron a los perros que llevaban la vasca y a Angelillo, ya estaban trabajando. Pronto oirían el ruido de los animales a su alrededor y solo tendrían que disparar, ellos dos juntos y el boticario y el mosén doscientos metros más abajo.

—Supongo que en su momento hiciste la mili —le dice Cisco.

—Claro.

—Pues es lo mismo. Tienes tres disparos antes de tener que volver a cargar. En teoría un buen truco es apuntar siempre un palmo por delante de la cabeza de la bestia, porque seguramente irá moviéndose y así, si aciertas la dirección del movimiento, le darás seguro. Si está quieta apunta al pecho o a la cruz, lo que tú creas. Y si fallamos no pasa nada, hemos venido a divertirnos.

—Perfecto —dice y piensa que de la mili hace ya tantos años que no sabe si recordará nada de todo lo que le decía un sargento con ganas de hacer méritos en las prácticas de tiro: «Imaginen que eso que tienen delante es un rojo de mierda que está a punto de violar a sus hermanas». Como si eso a él, que no tenía hermana y que además hacía dos años que militaba en un partido trotskista lo pudiese motivar.

Se quedan quietos, con las armas apuntando hacia el riachuelo, por donde piensan que bajarán los animales que los perros y sus compañeros hayan podido levantar. Y efectivamente, al cabo de un cuarto de hora aparecen delante suyo dos ciervos y un jabalí. Ellos son los que tienen mejor ángulo. Apunta al jabalí. Le dolería matar un ciervo, el jabalí es más prescindible. Vete a saber si ha tenido una sobredosis de películas de Disney compartidas con una hija a quien hace demasiado tiempo que no ve, una bióloga marina que estudia delfines y ballenas en Quebec y que esta Navidad aprovechó el viaje para decirle que estaba embarazada y que por qué no iba allí a hacer de abuelo. Se lo estaba pensando. Escribir puede hacerse en cualquier lugar y si finalmente se pasa al lector digital, como le aconseja la vista, no tendrá ningún problema para conseguir libros mientras tenga una conexión a internet y algún euro para pagarlos. Podría alquilar el pisito de Bossòst y con eso, la pensión y lo que todavía la pagan por las colaboraciones o por los libros podría ir tirando.

Disparan los cuatro, alguno dos veces. Han abatido un ciervo y herido al jabalí. No podrá ir muy lejos porque está seguro que ha impactado de lleno en el cuerpo. Tendrán que seguirle el rastro, nada complicado sobre la nieve. De hecho, Cisco y él lo encuentran unos cientos de metros más abajo. Ya muerto. No ha hecho falta tener que rematarlo. Lo arrastran por la pendiente hasta donde los demás velan al ciervo abatido. Los perros ya están en calma. El ciervo tiene tres impactos y ven otro reguero de sangre que va río abajo. Le han dado a alguna otra cosa, pero el rastro se ha perdido hacia el bosquecillo donde ellos estaban apostados. Será trabajo de los perros seguir el rastro, pero esperarán al mosén, que ha ido hasta su furgoneta a buscar una moto de nieve. Así no tendrán que cargar las piezas a hombros. A pesar de todo, él pide ponerse el ciervo encima. Dice que quiere que le graben con el móvil mientras camina con las raquetas por la pendiente. En realidad, quiere probar si es muy complicado y descubre que sí, que es casi imposible cargar un peso muerto en la espalda con tanta nieve.

El mosén coge la moto y los dos perros y los va siguiendo mientras ellos buscan. Vuelven al cabo de media hora con una cabra que ha rematado con el cuchillo. Cargan todas las piezas sobre la moto de nieve y ellos van caminando hasta los coches. Han quedado que irán a casa del boticario, un chalet algo alejado en la salida del pueblo, que tiene un patio grande, para descuartizar las bestias y hacer el reparto de la carne. Además, ya les ha dicho que su mujer no está, que ha ido a visitar a unos parientes a Barcelona, por lo que pueden hacer bastante jaleo sin preocuparse demasiado de la mirada inquisitorial de la mujer pensando en si todo quedará limpio y bien arreglado una vez acabado el descuartizamiento y el reparto.

—¿Quieres la cabeza para colgarla? —Cisco le hace volver a la realidad. Todos han sido rápidos descuartizando las piezas y ahora le ofrecen la cabeza como trofeo por si la quiere colgar en casa.

—No, gracias, no sabría qué hacer con ella.

—Bueno, te lo decíamos por si te hacía ilusión, como es tu primera pieza…

—No. ¿Vosotros colgáis todas las cabezas que conseguís?

—No, solo faltaría. Normalmente las llevamos a un taxidermista de Vielha que de vez en cuando las vende como decoración. Vamos a medias y con lo que sacamos de las ventas compramos munición o la merienda de los próximos días o hacemos una cena en Barcelona, depende de cómo acaba la temporada —dice Cisco.

—Adiós chicos, hasta la semana que viene —el mosén se despide. Tiene el tiempo justo para llegar a Vielha, pasar por casa a ducharse y llegar a misa de doce.

Hacen una despedida colectiva. El Mosén se lleva unos cuantos pedazos de ciervo, de jabalí y de cabra. No quiere demasiado, tiene un congelador pequeño en el piso parroquial y su hermana ya está harta de carne de caza. Todo el mundo se lleva unas cantidades más o menos discretas, excepto Cisco, que en el hotel le puede dar salida. Habrá unos cuantos clientes que se chuparán los dedos las próximas semanas.

—Siempre compro los sobrantes de la caza y así me garantizo carne de primera para el hotel. Al final todo el dinero que conseguimos con esto y con las cabezas sirven para renovar las licencias, permisos, comprar material y hacer alguna fiestecita. A veces también vendemos carne a otros hoteles y restaurantes de la zona, porque a menudo ya no sabemos qué hacer e incluso a mí me sobra —le explica Cisco unas cuantas horas más tarde, cuando toman vermú sentados en la terraza, a pesar del frío, porque así el mesonero puede fumar tranquilo un purito—. Hoy lo has hecho muy bien. ¿Te ha gustado? —le pregunta.

—Tengo que reconocer que ha sido emocionante.

—Tengo curiosidad, ¿por qué has disparado al jabalí y no al ciervo?

Él aprovecha para explicarle la historia de la hija y de la propuesta que le ha hecho y le dice que está a punto de aceptarla, que se lo quería decir la semana que viene, pero que tal vez ahora es un buen momento, y le propone alquilar el apartamento por días o por semanas, a medias, como un complemento más para el hotel.

—Yo pongo la casa, así como está y tú te encargas de las sábanas y la limpieza, lo alquilamos a medias, ¿cómo lo ves?

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—Ya lo creo. Quiero pasar una temporada en Quebec con la niña y ver nacer y crecer a mi nieto y si así los dos podemos ganar algún dinerillo y que la casa quede en buenas manos, pues fantástico.

—Hombre, muchas gracias.

—Pues trato hecho.

Se fue hacia casa después del aperitivo. El día antes había cocinado albóndigas y le habían quedado unas cuantas. Hirvió un poco de arroz para acompañarlas y salió al balconcillo. Comería al sol. En el valle nunca se sabía cuándo volvería a aparecer y se tenía que aprovechar.

Hacia las cuatro bajó y fue hasta el bar. Sabía que mientras tomaba un café podría leer los periódicos.

Cualquier otro domingo lo habría hecho de buena mañana, pero aquel había sido un día especial y los horarios iban como locos. De todas maneras, ya le iba bien. Cuando se puso el sol cogió el coche y llegó a casa del boticario. Vio que todavía estaba terminando de limpiar el patio de toda la carnicería de la mañana y lo estuvo observando durante diez minutos. La casa estaba en las afueras del pueblo y el terreno unifamiliar permitía discreción. Fue al coche, buscó la escopeta de su amigo y apuntó. Sabía que solo tenía dos opciones. La primera la había gastado con el pobre jabalí. Apuntó a la pierna derecha y disparó. El boticario se quedó del todo sorprendido por el tiro, que le dejó un buen socavón. No había podido descubrir al tirador, pero instintivamente se tiró al suelo y empezó a reptar para buscar un refugio. Él saltó la cerca, se acercó hasta el hombre y de un golpe de culata le rompió la nariz.

—Levántate, hijo de puta. Dame las llaves del coche y ya te estás yendo cagando leches.

El boticario le miró sorprendido, pero vio una rabia en los ojos que no esperaba, o que como mínimo no esperaba ver en aquel hombre y decidió hacer lo que le decía sin ni siquiera oponer la más mínima resistencia. Le costaba respirar y la pierna le dolía como un demonio, así que si quería tener una oportunidad de salvarse tenía que recuperarse un poco y esperar su oportunidad.

Él no dijo nada, le hizo sentarse en el lugar del copiloto, cogió las llaves y condujo hasta el mismo lugar donde por la mañana habían dejado los coches para ir a cazar. Se puso las raquetas de nieve, subió al boticario sobre un trineo que había cargado en el coche y maldijo que fuese un puto gordo amante de los banquetes y de los resopones con coñac francés, porque llevarlo hasta el riachuelo le costó casi cincuenta minutos. Lo había dejado sin sentido con otro golpe de culata para que no entorpeciese la marcha.

Estaba oscuro como boca de lobo cuando el boticario se despertó temblando de frío en medio del claro en el que habían abatido al ciervo por la mañana.

—¿Qué coño te pasa? Estás loco.

—Lo que me pasa es que yo ya sé que tu mujer no ha ido a ver a ningún pariente a Barcelona, pedazo de hijo de puta.

Cuando le dijo aquello, el boticario entendió que moriría, que nada de lo que dijese le podría salvar, solo un milagro. Y él era un hombre de ciencia, ya sabía que los milagros no existen.

El boticario se había casado hacía diez años con una mujer mucho más joven. La había sacado del burdel más grande de Vielha y le había ofrecido una nueva vida. Recuerda perfectamente como la conoció una noche que iba con los compañeros de caza. La escogió a ella después de haber tomado dos gin tonics porque era la única chica que le había hablado bien. Después supo que era de Lleida y que en otras circunstancias habría querido ser veterinaria, pero que se había quedado embarazada, la habían sacado de casa y una amiga suya le había conseguido la plaza en el burdel de Vielha, donde no hacían demasiadas preguntas. Alquilar un apartamento en el pueblo era barato y conseguir canguro para las noches de jueves, viernes y sábado no era ningún disparate. Durante dos años él solo fue con ella, una vez por semana. Y al final se acabaron casando sin que a él le importase demasiado que ella se hubiese acostado con medio valle y buena parte de Madrid cuando era temporada alta de esquí y los puteros bajaban de Baqueira a desfogarse.

Todo había ido bien hasta que había llegado él, hacía cinco años. Lo habían conocido en el bar una noche de nevada y gin tonics. El boticario ya tendría que haber intuido que su pose de intelectual y aquella barbita de actor de Hollywood bien conservado en la madurez sería una fuente de problemas. Entonces el boticario y su mujer ya eran un matrimonio convencional más y él se había convertido en una tentación. «Todos los forasteros acaban llevando problemas a los pueblos», pensó mientras temblaba encima de la nieve e intentaba taponar la herida del muslo.

Supo que el forastero y su mujer estaban juntos un día que les vio volver con el autobús de línea. Tuvo la confirmación cuando uno de sus amigos de infancia observó como entraban juntos en uno de los pocos hoteles que estaban abiertos todo el año en Salardú, en la parte alta del valle. Aquel día le dio la primera paliza, pero juró que un día la mataría. Y la noche antes lo había intentado, pero él había bebido demasiado y ella se pudo escapar, golpeada y malherida hasta casa del forastero.

Por la mañana el boticario había pensado que era imposible que estuviesen juntos, que si fuese así él en ningún caso habría ido a la cacería. Pero había subestimado su sangre fría, la del cazador que sabe esperar a la presa.

—Espera, no hagas ninguna locura, todavía estamos a tiempo de arreglarlo.

—Me parece que no.

—Eres un hijo de puta, no sé por qué viniste aquí a robarme lo que es mío. Nadie la quería cuando era una puta en el burdel, yo la saqué de allí, me lo debía todo. Y ella no, no podía cerrar las piernas y estar quietecita. Ya me lo había dicho el mosén, que más pronto o más tarde me jodería. Pero mira qué desgracia, que se haya ido contigo, un forastero. Sois todos iguales, una panda de hijos de puta.

—Te equivocas conmigo, yo ya no soy un forastero. Yo soy uno más. Por eso te he podido observar tan bien todos estos años y por eso ahora te he cazado, tengo que esperar el momento preciso, tu terror definitivo. ¿Sabes cuál es tu pecado? Que te pierde la soberbia.

El hombre levantó la escopeta, apuntó al corazón y disparó. El sonido del disparo le sorprendió. De noche todo era diferente, el ruido del bosque, el viento entre los árboles. No escondió el cuerpo, pensó que tal vez tendría algo de suerte y que los carroñeros trabajarían a gusto. Estaba seguro que hasta el martes o el miércoles nadie denunciaría la desaparición del boticario, cuando fuese el segundo día que no abría la farmacia. Tenían un poco de margen.

Empezó a volver hacia el camino. Se le hacía pesado, a pesar de las raquetas. Pensó el plan otra vez: caminaría hasta el pueblo, cogería el Land Rover que había dejado en casa del boticario, conduciría hasta el hotel y le devolvería la escopeta a Cisco y al llegar a casa compraría dos billetes hacia Quebec. Sabía que salía un autobús del pueblo a las siete de la mañana y que a las diez podrían coger el Ave hasta Madrid desde Lleida. Y desde allí un vuelo directo hasta Montreal. Cuando encontrasen el coche y el cadáver ellos ya estarían en Canadá y seguramente nada les podría relacionar con la muerte del boticario. Y si lo hacían sería imposible seguirles el rastro. Se animó y a pesar de que estaba cansado continuó caminando, pensando en que tendría muchos días para descansar, que ahora solo tenía que acabar el trabajo empezado.

Reconoció que le daba un poco de miedo cruzar aquel trozo de bosque de noche. Estaba tranquilo por lo que respecta al oso, porque sabía que todavía era temprano para que saliese de la hibernación, pero no lo tenía tan claro respecto a los lobos o los perros silvestres. De todas maneras, pensó, lo que en realidad debería darle miedo eran los jabalíes. Más de una vez se los había encontrado yendo de excursión y no había sido agradable. Aceleró un poco el paso. Sabía que al llegar a la pista de los coches todo sería más fácil, se podría quitar las raquetas y caminar siguiendo las marcas que habían dejado los coches. Llegó hasta el Land Rover del boticario y se paró un segundo para descansar.

Fue entonces cuando oyó el silbido, vio la luz de un coche que lo cegaba y después oyó el ruido ensordecedor y acto seguido la quemazón en el pecho, allí donde se le había incrustado la bala. Y entonces, solo entonces, vio una figura a contraluz. Alguien empezaba a caminar hacia allí donde estaba él. Quería hablar, pero solo le salían borbotones de sangre. Y entonces vio como era ella quien se acercaba con el cuchillo para rematarlo y oyó:

—Te podría decir que lo siento, pero no sería verdad. Gracias por haber hecho tan bien el trabajo.

 

  • Sebastià Bennasar
    Bennasar, Sebastià

    Sebastià Bennasar es un periodista, escritor, traductor, crítico literario y agitador cultural español. Fundador de las revistas Bearn y Bearn Black. Publicó poesía, ensayos y novelas en catalán y traducidas al castellano: La mar no sempre tapa, El país dels crepuscles, Les mans del drac, On mai no creix l’herba, L’imperi dels lleons, Un altre dia antic i El rei de la Cerdanya. Recibió los premios Joaquim Ruyra y Valencia Negra, entre otros.