Reportaje al pie del patíbulo (II)
Reportaje al pie del patíbulo llega a nosotros por un héroe impar, Adolf Kolinsky. En honor a él, a Julius Fusik y a los millones de víctimas del nazismo publicaremos en tres entregas este extraordinario texto. Van ahora los capítulos 4, 5 y 6.
“[…] Poco después del traslado de Gusta al campo polaco, cuando comenzaba a roer la soledad y la tortura a la que era sometido diariamente, Fucik recibió del guardia nazi que todos los días visitaba su celda, una hoja de papel que sacó de adentro de la solapa de su uniforme. Activista entrenado, el escritor sospechó. No hizo preguntas. Temía una trampa. Unos días después el guardia volvió a dejarle otra hoja. “Me dijeron que mañana seré fusilado”, tanteó Fucik. “¿Y está impresionado?”, le preguntó el guardia. “No, contaba con eso”, fue la respuesta. “Es posible que lo hagan. Si no mañana, otro día”, le dijo el guardia. “Por si acaso, por si usted quiere dejar un recado para alquien… No para ahora, ¿me comprende? Para el futuro”. El guardia nazi le extendió otra hoja y un lápiz. Fucik confirmó otra de sus sospechas: podía tratarse de un camarada. Luego llegó a saber también su nombre: era Adolf Kolinsky, un joven comunista checo que se había hecho pasar por alemán para infiltrarse en la cárcel de la Gestapo, recoger información y hacer lo que se pudiera para aliviar a los prisioneros. En el caso de Fucik, el alivio llegó con el papel y el lápiz.” [Sandra Russo, Página 12, 12 de septiembre de 2020
Capítulo 4
Número 400
La resurrección es algo muy especial, tan especial que es imposible describirla. El mundo resulta encantador cuando el día es hermoso y has dormido bien. Pero en este caso es como si el día fuera aún más bello y como si hubieras dormido mejor que nunca. Crees estar familiarizado con el cuadro de la vida, pero es como si aquel que dirige la iluminación encendiera a la vez todos los proyectores y de golpe te presentara la escena a plena luz. Te parece ver bien, pero es como si miraras con gemelos que estuvieran combinados a un microscopio. Una resurrección se parece a la primavera, es como la primavera, que te descubre encantos inesperados en los paisajes más conocidos.
Y eso aún cuando sabes que sólo durará un momento.
Y hasta cuando lo que te rodea es tan rico y agradable como la celda de la prisión de Pankrác.
Sin embargo, un día, finalmente vendrán a buscarte: Un día te llevarán para el interrogatorio, aun sin camilla, y aunque te parezca imposible, caminarás. Hay un descanso en el pasillo, otro descanso en la escalera, y tú te arrastrarás más en cuatro que en dos patas: abajo ya hay otros detenidos que se encargarán de ti y te transportarán hasta el coche celular. Y después tú estés allí sentado; diez, doce personas, en la sombría celda rodante; caras desconocidas que te sonríen y a las que sonríes; alguien te susurra algo y no sabes quién es, apretar una mano y no sabes a quién pertenece, y finalmente el coche pasa con un barquinazo el gran pórtico del palacio Petschek y los camaradas te bajan. Entras a una espaciosa sala de paredes desnudas: cinco bancos en fila, y sentados en ellos los hombres en posición de firmes las manos sobre las rodillas y la mirada fija en la desnuda pared del frente. Esto, muchacho, es un pedazo de tu nuevo mundo, al que hoy llaman el cine…
Intermezzo de Mayo de 1943
Hoy es Primero de Mayo de 1943. Precisamente estoy de servicio y durante ese tiempo puedo escribir. ¡Qué felicidad ser una vez más, aunque sólo sea por unos instantes, un periodista comunista, e informar sobre el desfile de las fuerzas de combate de un mundo nuevo!
No esperes oírme hablar de banderas flotando al viento. Nada de eso. Ni siquiera puedo describirte alguno de esos hechos heroicos que se escuchan con tanto placer. Hoy, todo es mucho más simple; ni el oleaje rápido e impetuoso de millares de camaradas que yo veía otros años irrumpir por las calles de Praga, ni el majestuoso mar de millones de otros camaradas que inundaban la Plaza Roja de Moscú. Aquí no puedes ver ni millones, ni centenares. Aquí sólo se ven algunos camaradas, hombres y mujeres, y a pesar de ello sabes que esto no es menos importante, porque es la revista de una fuerza sometida en este momento a una prueba de fuego, y que no se transforma en ceniza, sino en acero. Es como una revista en las trincheras durante la batalla. Y en las trincheras se lleva el uniforme de campaña.
Describo todo esto muy detalladamente; quién sabe si me leerás sin haber vivido con nosotros, podrás comprenderme. Trata de comprender, sin embargo; créeme hay en esto una fuerza.
El saludo matinal de la celda vecina, que toca dos compases de Beethoven, suena hoy más ceremoniosamente, más elocuente, y el muro lo transmite con más claridad.
Nos vestimos lo mejor que podemos; lo mismo ocurre en todas las celdas. Recibimos el desayuno con todos los honores. Frente a las puertas abiertas de las celdas pasa el servicio con el pan, el café negro y el agua. El camarada Skorepa nos da tres pedazos de pan en lugar de dos; es su saludo del Primero de Mayo, el saludo activo de un alma llena de atenciones. Y bajo los panes tus dedos aprietan otros dedos. Está prohibido hablar -hasta vigilan tus miradas-, pero ¿acaso los mudos no se expresan claramente con sus dedos?
En el patio, bajo la ventana de nuestra celda, las mujeres entran rápidamente para el paseo de media hora. Me subo a la mesa y miro hacia abajo a través de las rejas. Quizá lleguen a verme. Me han visto y levantan la mano para saludarme. Repito el gesto; abajo en el patio hay hoy otra animación, muy distinta a la habitual, más alegre que otras veces. La guardiana no ve nada o no quiere ver. Y también esto forma parte de nuestro desfile de Mayo de este año.
Ahora nos toca a nosotros la media hora. Soy el instructor. Amigos, es Primero de Mayo; no vamos, pues, a comenzar como los demás días, aunque eso asombre a los guardianes. Primer ejercicio: un, dos, un, dos, el golpe de martillos. Ahora nos toca a nosotros la media hora. Soy el instructor. Amigos, es Primero de Mayo; no vamos, pues, a comenzar y el segundo ejercicio: segar.
¡El martillo y la hoz! Con un poco de fantasía los camaradas comprenderán quizá. ¡El martillo y la hoz! Miro a mi alrededor, sonríen y repiten los ejercicios con fervor. Han comprendido. Amigos, esta es nuestra manifestación del Primero de Mayo y esta pantomima es nuestra promesa del Primero de Mayo a la que, aún marchando a la muerte, nos mantendremos fieles.
De vuelta en la celda. Son las nueve. En este mismo momento el reloj del Kremlin marca las diez y en la Plaza Roja el desfile empieza. Padre, estamos contigo. En este momento se canta la Internacional; que resuene también desde nuestra celda a través del mundo entero. Cantamos. Uno tras otro se suceden los cantos revolucionarios, pero no queremos sentirnos solos, no estamos solos, estamos junto a los que ahora, en libertad, cantan a pleno pulmón, pero luchando también como nosotros.
Ustedes, camaradas prisioneros
en las celdas hostiles y frías,
están con nosotros, están con nosotros
aunque no estén en nuestras filas…
Sí, estamos con ustedes.
También nosotros, los prisioneros de la celda 267 hemos visto con la imaginación el film solemne del desfile de 1943. ¿Realmente esto es todo? ¿Y el servicio de corredores del sector femenino que esta tarde se pasea por el patio silbando la canción de los guerrilleros y otras canciones soviéticas, para dar valor a los hombres que están en las celdas?
¿Y este hombre con uniforme de policía checo que me trajo papel y lápiz, y que en este momento vigila el pasillo para que ningún indeseable pueda sorprenderme? ¿Y aquél otro que en definitiva ha dado el impulso a esas carillas y que ocultándolas cuidadosamente las saca fuera para que puedan reaparecer a la luz cuando sea oportuno? Juegan su cabeza llevando esas hojas, la arriesga para establecer el contacto entre el hoy, entre rejas, y el mañana libre; Luchan con abnegación, sin miedo, cada uno en su puesto, cada uno según su campo de acción y con todos los medios de que disponen. Y son a la vez sencillos y anónimos, y tan desprovistos de patetismo que no podrías siquiera adivinar la lucha de vida o muerte que sostienen al lado de nuestros amigos y en la que tanto pueden caer como vencer.
Dos veces, veinte veces, has visto a los ejércitos de la Revolución marchar en las manifestaciones del Primero de Mayo. Eso era glorioso; pero es en la lucha donde puede apreciarse la fuerza de este ejército y su invencibilidad; la muerte es más sencilla de lo que creías, y el heroísmo no tiene vanagloria. Pero el combate es aún más cruel de lo que podrías suponer, y para perseverar y llegar a vencer, para eso hace falta una fuerza inconmensurable. La notas todos los días en la acción, pero casi nunca llegas a percibirla por completo. Todo parece tan evidente, tan natural.
Hoy has tenido de nuevo la revelación de esa fuerza.
En la revista del Primero de Mayo de 1943.
El Primero de Mayo de 1943, he interrumpido por un momento la continuidad de este relato, y está bien que haya sido así. Uno recuerda los días solemnes algo más que los otros, y quizá la alegría que domina esos días podría deformar los recuerdos menos notables.
Y el «cine» del palacio Petschek no tiene verdaderamente nada de alegre. Es la antecámara de una sala de torturas, de donde te llegan los gemidos y los gritos de terror de los otros; y donde no sabes lo que te espera. Ves partir personas sanas y llenas de vida y luego de dos o tres horas de interrogatorio las ves volver mutiladas, aniquiladas. Oyes una voz sonora que se despide para ir al interrogatorio y a la hora una voz rota, ahogada por el dolor y la fiebre te anuncia su vuelta. Y algo aún peor: aquí ves también algunos que parten con una mirada clara, sincera y que cuando vuelven no pueden mirarte a la cara. Posiblemente un segundo de debilidad, en algún momento, allí arriba, en el escritorio del que interroga, quizá sólo un instante de vacilación; sólo un relámpago de miedo, o de deseo, de salvar la propia vida, y hoy mismo, o mañana llegarán nuevos prisioneros que volverán a vivir todos estos horrores, nuevas víctimas que algún camarada de lucha ha entregado al enemigo.
El espectáculo de la gente de conciencia sucia es más terrible que el espectáculo de los torturados físicamente. Y si tienes los ojos agrandados por la muerte que marcha a tu lado, si tus sentidos están afinados por la resurrección, distingues, sin necesidad de oír ni una palabra, al que ha vacilado, al que quizá ya haya traicionado o al que piensa justamente en ese momento, en un pequeño rinconcito de su alma, que no estaría tan terriblemente mal aliviarse un poco «entregando», al menos, al más insignificante de sus compañeros de lucha. ¡Oh! ¡Flojos miserables! ¡Cómo si fuera vida la que se paga con la de un camarada!
Quizá no se me había ocurrido pensar en esto cuando mi primera estadía en el «cine», pero luego la idea me asaltó con frecuencia y reapareció más’ claramente esta misma mañana en un ambiente algo distinto: en un ambiente que era aquí la mejor fuente de información, en el cuarto número «400».
No permanecí mucho tiempo sentado en el «cine». Tal vez una hora u hora y media. Después pronunciaron mi nombre a mi espalda y dos «tiras» de civil que hablaban checo se encargaron de mí. Me llevaron en un ascensor hasta depositarme en el cuarto piso, conduciéndome luego a un gran cuarto en la puerta del cual estaba escrito el número:
«400»
Sentado ahí, vigilado por ellos, al principio solo y bien al fondo, en una silla aislada junto a la pared, miraba a mi alrededor con la extraña impresión de haber vivido antes la misma escena. ¿He venido aquí ya otra vez? No, nunca. Pero de todos modos conozco esto, he visto antes este cuarto, lo he visto también en sueños, en una febril y cruel pesadilla que lo deformaba terriblemente, que lo hacía aparecer asqueroso, pero que a pesar de eso puedo reconocer. Ahora encuentro el cuarto agradable, claro, lleno de la luz del día, y por las grandes ventanas de finas rejas se distingue la iglesia de Tynl, las verdes colinas de Letná y el castillo de Hradcany. En mi sueño la pieza era triste, sin ventanas, mal iluminada por una luz amarillenta, en la cual los hombres se movían como sombras. Sí, recuerdo, la pieza estaba llena de gente. Ahora está vacía y sus seis bancos apretados son una pradera de anémonas y de ranúnculos. En el sueño estaba llena de hombres sentados en esos bancos unos juntos a otros, con sus rostros pálidos y ensangrentados. Y, allí, muy cerca de la puerta estaba parado un hombre de ojos dolorosos, con el traje azul de trabajo hecho jirones; un hombre que ansiaba beber, beber, y que por fin se desplomó en el suelo, lentamente, como un telón que cae.
Sí, fue así; pero hoy sé bien que aquello no era un sueño, que esa pesadilla cruel y afiebrada era la realidad. Fue la noche que me arrestaron, cuando mi primer interrogatorio. Me trajeron aquí quizá tres veces, quizá diez, qué sé yo, cada vez que han querido descansar o volver a empezar. Yo estaba descalzo, y recuerdo que las baldosas frías del piso refrescaban agradablemente las desolladas plantas de mis pies.
Los bancos estaban entonces ocupados por obreros de Junkers. Era la cosecha nocturna de la Gestapo y el hombre que estaba parado cerca de la puerta, vestido con los jirones de su ropa de trabajo, era el camarada Barton, de la célula de empresa Junkers, la causa indirecta de mi arresto. Lo digo para que nadie pueda ser acusado de mi suerte. Mi detención no se debió a la traición ni a la cobardía de ninguno de mis camaradas, sólo a un poco de imprudencia y descuido. El camarada Barton buscaba un contacto entre su célula y la dirección del partido. Su amigo, el camarada Jelinek, descuidando un poco las reglas de la conspiración, en lugar de hablarme del asunto primeramente a mí, a fin de que se arreglara sin su intervención, se comprometió a buscar él mismo ese contacto. Primera falta. La segunda, más grave fue que el camarada Barton confió en un provocador de nombre Dvorák El camarada Barton hasta le confió el nombre de Jelinek y de esta manera la Gestapo comenzó a interesarse en la familia Jelinek. No fue, pues, a causa de la tarea principal, que ellos cumplieron a la perfección durante dos años, sino como consecuencia de una pequeñísima falta a sus deberes de conspiradores. Y que los del palacio Petschek decidieran arrestar a Jelinek precisamente la noche en que nos habíamos citado, y que fueran allí tantos a la vez, fue simplemente una casualidad. No fue un plan preconcebido. Los Jelinek debían ser arrestados recién al día siguiente; la Gestapo fue allí casi por distraerse, como quien sale a tomar un poco de aire, después del arresto exitoso de la célula de Junkers. Nuestra sorpresa a la llegada de la policía no fue menor que la de ellos al encontrarnos. Ni siquiera sabían, al detenerme, quién era yo. Quizá no lo hubieran sabido nunca si junto conmigo…
Pero no llegué a reflexionar sobre esto en el «400», sino después de un buen rato. Aquel día ya no estaba solo; esa vez los bancos estaban ya ocupados y empezaban a transcurrir horas llenas de sorpresas. Sorpresas extrañas que no comprendía y otras nefastas que comprendí demasiado bien.
Sin embargo, mi primera sorpresa no correspondió a ninguna de esas dos categorías, fue algo gentil, ínfimo y sin importancia para nadie, pero que jamás podré olvidar. El agente de la Gestapo que me vigila —lo reconozco, es el mismo que me dio vuelta los bolsillos el día de mi arresto— me ha arrojado la mitad de un cigarrillo encendido. El primer cigarrillo después de tres semanas, el primer cigarrillo para un hombre que vuelve a la vida. ¿Debo tomarlo? No debe pensar que podrá comprarme. Pero él sigue al cigarrillo con una mirada sin malicia; no, este hombre no trata de comprarme. Ni siquiera he podido acabar de fumarlo; los recién nacidos no son grandes fumadores.
Segunda sorpresa. Con paso de ganso entran en el cuarto cuatro personas que saludan en checo a los agentes vestidos de civil —y a mí—, se sientan tras las mesas, colocan sus papeles ante ellos, encienden sus cigarrillos con toda libertad, como si fueran empleados; pero yo los conozco, sin embargo; por lo menos conozco a tres; pero ¿será posible también que estén al servicio de la Gestapo? ¡Lo estarán? ¿Ellos también? Sin embargo, uno de ellos es Terrintl o Renek, ex secretario del partido y de los sindicatos, de un natural rústico, pero fiel. No, no es posible. Y Annette Vikova, siempre tan valiente, tan hermosa, a pesar de sus cabellos ya blancos, militante firme y tenaz. No, no es posible. Vasek Rezek, albañil de una mina del norte más tarde secretario regional del partido: ¡cómo si no lo conociera! ¡En cuántos combates hemos estado juntos en el norte! ¿Es posible que éste se haya doblegado bajo el puño de ellos? ¡No, es imposible! Pero ¿qué hacen aquí, entonces?
Aún no encontré respuesta a estas preguntas, cuando ya se acumulan otras. Traen a Mirek, a los esposos Jelianek y al matrimonio Fried. Sí, sé lo que esto significa. Desgraciadamente, fueron arrestados junto conmigo. Pero ¿por qué Paúl Kropácek, historiador de arte, está también aquí? Secundaba a Mirek en su trabajo entre los intelectuales, y estaba al corriente de todo lo que se hacía, exactamente como Mirek y yo. ¿Y por qué ese joven alto, con la cara hinchada por los golpes, me ha hecho entender que no nos conocemos? Yo no lo conozco realmente, ¿quién es él? ¿Stych? ¿El doctor Stych? ¿Zdenek? ¡Pero, por Dios, esto significa el grupo de los médicos! ¿Quién podría conocerlos, fuera de Mirek y yo? ¿Y por qué durante el interrogatorio me han hecho tantas preguntas sobre los intelectuales checos? ¿Cómo han podido relacionar mi trabajo con el que se hace entre los intelectuales? ¿Quién podría saberlo fuera de Mirek y yo?
La respuesta no era difícil pero era gravísima, era cruel: Mirek ha traicionado, ha hablado.
En el primer momento yo podía esperar que él no lo hubiera dicho todo, al menos. Pero luego trajeron al otro grupo de prisioneros y he reconocido a Vlad Vancura, al profesor Tele y su hijo, a Bedrich, Aclavelado, desconocido bajo su disfraz, a Bozéna Pulpanová, Jindrich EIb, el escultor Dvorák, todos los que iban a formar parte del Comité Nacional Revolucionario de Intelectuales Checos; todos están aquí. Sobre el trabajo entre los intelectuales Mirek ha dicho todo.
Mis primeros días en el palacio Petschek no fueron fáciles, pero éste fue el golpe más duro que recibí. Esperaba la muerte, pero no la traición. Aún juzgando con indulgencia, aún teniendo en cuenta todas las circunstancias y aún recordando todo lo que Mirek no ha dicho, no he podido encontrar otra palabra: ha traicionado. No ha sido el aflojamiento de un minuto, ni una debilidad, ni la caída de un hombre torturado hasta la muerte que busca un respiro en medio de su fiebre, nada hay que pueda excusarlo. Ahora comprendo por qué conocían mi nombre desde la primera noche. He comprendido por qué Anicka Jiráscová, en casa de quien tuvimos varias entrevistas con Mirek, está aquí. Ahora comprendo por qué Kropácek y el doctor Stych también están.
Casi todos los días he tenido que ir al número «400», y cada día he conocido nuevos detalles. Era triste y descorazonador. Antes fue un hombre recto, que no había mezquinado su cuerpo a las balas en el frente de España, que resistió la cruel experiencia del campo de concentración en Francia. Ahora tiembla bajo la vara de un agente de la Gestapo y traiciona para proteger su piel. ¡Qué superficial debía ser su valor para ceder bajo algunos golpes! ¡Tan superficial como sus convicciones! Era fuerte en su grupo, rodeado de camaradas que pensaban como él, era fuerte porque pensaba como ellos. Ahora, aislado, solo, hostigado por los enemigos, ha perdido completamente su fuerza. Lo ha perdido todo porque ha comenzado a pensar en sí mismo. Para salvar su piel ha sacrificado todo, ha traicionado. Él no se dijo que era mejor morir que descifrar los papeles encontrados en su casa. Los ha descifrado. Ha dado nombres. Ha dado la dirección de un refugio. Condujo a los agentes de la Gestapo a la cita con Stych. Los mandó a casa de los Dvorák; a la cita con Kropácek; ha entregado a Anicka; y hasta entregó a Lida, muchacha valerosa y decidida, que lo amaba. Bastaron algunos golpes para que dijera la mitad de todo esto, y cuando creyó que yo había muerto y que no tendría que justificarse ante nadie, dijo el resto.
Con su conducta no me ha hecho personalmente ningún daño; yo estaba ya en las manos de la Gestapo, ¿qué habría podido agregar a mis males? Al contrario. Su declaración era algo concreto, en ella podían basarse para futuras averiguaciones; era algo que semejaba el comienzo de una cadena cuyos eslabones siguientes estaban en mis manos, y que ellos querían recorrer hasta el fin; y es sólo gracias a eso que he sobrevivido tras el estado de sitio y conmigo gran parte de nuestro grupo. Pero si hubiera cumplido con su deber, ningún grupo hubiera tenido nada que ver con nuestro caso. Él y yo estaríamos muertos desde hace tiempo, pero caídos nosotros, los demás vivirían y trabajarían.
Un cobarde pierde mucho más que la vida. Él ha perdido. Es un desertor del glorioso ejército, y merece hasta el desprecio del más ruin de sus enemigos. Y aunque salvara la vida, eso no sería ya vivir, porque se ha excluido de la colectividad. Más tarde trató de enmendar en lo posible su acción, pero sin poder ganar nunca la confianza de los camaradas. Lo que es más terrible en la prisión que en ninguna otra parte.
Los prisioneros y la soledad: estas dos palabras parecen inseparables. La prisión es una gran colectividad, de la que ni la más severa incomunicación puede separarlo si él mismo no se ha excluido. La fraternidad de los oprimidos está aquí sometida a una presión que la condensa, la robustece y la hace también más sensible. Atraviesa los muros, que viven, que hablan, o trasmiten los mensajes. Abarca las celdas de un mismo corredor, que están unidas por idénticas preocupaciones, por guardianes comunes, por las comunes medias horas de aire puro, cuando basta una palabra o un gesto para transmitir un mensaje o salvar vidas humanas. Liga toda la prisión por las partidas en común al interrogatorio y las comunes permanencias en el «cine», sentados durante horas, y por el regreso en común. Es una fraternidad de pocas palabras y grandes servicios, puesto que un simple apretón de manos o un cigarrillo pasado a hurtadillas abre la jaula en que te han arrojado y te libra de la soledad que debiera quebrantarte. Las celdas tienen manos, tú sientes que te sostienen para que no caigas cuando llegas tras las torturas del interrogatorio; de esas celdas recibes el alimento cuando los otros te quieren matar de hambre. Las celdas tienen ojos; te miran cuando partes para la ejecución, y sabes que debes ir con la frente alta porque eres su hermano y no debes debilitarlos ni siquiera ante un paso vacilante. Es una fraternidad sangrienta e irresistible. Sin su ayuda no podrías soportar siquiera la décima parte de lo que soportas ¡Ni tú, ni nadie!. En esta narración, si llego a continuarla, puesto que no conocemos ni el día ni la hora del fin, reaparecerá a menudo el número «400», que intitula este capítulo. Conocí esa sala, y mis primeras horas pasadas allí y mis primeras reflexiones no fueron alegres. Pero no es del lugar de lo que deseo hablarles, sino de la comunidad, y esa comunidad era alegre y combativa.
«400» nació en 1940, en el momento en que aumentaba la actividad de la sección anticomunista de la policía. Era un anexo del depósito del «cine», la sala de espera de quienes serían interrogados, elegida para los comunistas para evitar tener que conducirlos desde el piso bajo hasta el cuarto para cada pregunta, y con el fin de que estuvieran en todo momento a disposición de los empleados de la Gestapo encargados del «interrogatorio». Era, pues, para facilitarles el trabajo; por lo menos esa había sido su intención.
Pero pongan juntos dos prisioneros, sobre todo comunistas, y en cinco minutos está formada la comunidad, que transformará todos los planes. Desde el año 1940 ya sólo se llamaba a ese lugar «la central comunista». Sufrió muchos cambios, y por sus bancos pasaron millares de hombres y mujeres. Pero algo no ha cambiado: el alma de la comunidad, decidida a la lucha y segura de la victoria.
«400» era una trinchera avanzada, cercada por el enemigo y bombardeada con tiro concentrado, pero resuelta a no rendirse jamás. Encima flotaba la bandera roja, y en su seno se manifestaba la determinación de todo el pueblo luchando por la liberación.
Abajo, en el «cine», los guardias SS pasaban arrastrando las pesadas botas, acompañando con sus vociferaciones el menor movimiento de tu ojo. Aquí, en el «400», la vigilancia se cumplía con inspectores y agentes de policía que habían entrado al servicio de la Gestapo como intérpretes, sea voluntariamente, sea por orden de sus superiores, y que ahora cumplían su deber como mercenarios de la Gestapo o como checos. O como algo entre las dos cosas. Ahora ya no nos forzaban a permanecer en posición de firmes, sentados con las manos sobre las rodillas y la mirada fija; podíamos sentarnos más libremente, pasear la mirada alrededor, hacer un gesto con la mano y hasta algo más, según el caso; dependía del guardia que hubiera en determinado momento.
«400» era el sitio en que podía conocerse más profundamente a esa criatura que llamamos hombre.
Aquí, la proximidad de la muerte muestra al desnudo a todo el mundo, tanto a los que el brazalete rojo señala como detenidos comunistas o a los sospechosos de mantener relaciones con ellos, como a aquellos otros que los vigilan y que en algún lado, en otro cuarto, participan de los interrogatorios.
Allí, durante el interrogatorio, cada palabra puede servir de protección o de arma. Pero en el «400» es imposible ocultarse tras las palabras. Aquí no se pesa lo que has dicho, sino lo que está en el fondo tuyo. Allí, en lo más profundo de tu ser, sólo ha quedado lo esencial; todo lo secundario que ennoblece, afea o embellece el fondo de tu carácter, ha caído, como arrancado de un tirón por el ciclón que precede a la muerte. No ha quedado más que el simple sujeto y su atributo: el fiel resiste, el traidor traiciona, el burgués desespera, el héroe pelea. En cada ser hay fuerza y nobleza, audacia y miedo, firmeza e indecisión, suciedad y limpieza. Aquí sólo ha podido quedar una u otra cosa. Esto o aquello. Y si alguien trató de navegar entre dos aguas, ha sido advertido más rápido que un bailarín que, con el platillo en la mano y la pluma amarilla en el sombrero, apareciese durante una ceremonia fúnebre.
Se ha encontrado a algunas de estas personas entre los detenidos, y también entre los inspectores y los agentes. Durante el interrogatorio prendían una vela al buen dios del Reich, y en el «400» prendían otra al diablo bolchevique. Frente al comisario alemán, te ha roto los dientes, para arrancarte a fuerza de golpes el nombre de tu enlace, y en el «400» te ha ofrecido amistosamente pan para calmar tu hambre. Durante el procedimiento ha saqueado completamente tu departamento, para después darte a escondidas, en el «400», la mitad de un cigarrillo de su botín, como demostración de sus buenos sentimientos. Otros, y éstos sólo son una variante de la misma especie, no han hecho jamás daño a nadie por propia iniciativa, pero, tampoco han ayudado nunca a nadie. Jamás han pensado más que en sí mismos. Su sensibilidad es un excelente barómetro político. ¿Se muestran muy reservados y secamente oficiales? Puedes estar seguro de una cosa: los alemanes avanzan hacia Stalingrado. ¿Son amables y entablan conversaciones con los detenidos? La situación es favorable. Seguramente los alemanes han sido rechazados en Stalingrado. ¿Comienzan a hablar de su antiguo origen checo y de cómo se han visto obligados a entrar al servicio de la Gestapo? Excelente. Con seguridad que el Ejército Rojo avanza ya sobre Rostov. Y aun otros de la misma especie que guardan sus manos en los bolsillos cuando ven que te ahogas, pero que te dan complacientemente la mano cuando estás por salir del apuro por tus propios medios. Esta especie de gente ha sentido la cohesión del «400»y ha intentado aproximarse le porque ha apreciado su fuerza, pero jamás formó parte de él. Había también otra especie de seres que no tenían ni idea de la existencia de esa comunión: yo los llamaría asesinos. Pero los asesinos pertenecen, a pesar de todo, al género humano. Me refiero a las fieras de idioma checo, que con el garrote y el hierro en la mano torturaban a los detenidos checos, a tal punto que varios comisarios alemanes terminaban por no poder soportar el espectáculo. No han tenido ni la excusa hipócrita de la lucha por su pueblo o por el Reich. Han torturado y asesinado por voluptuosidad; han roto los dientes y perforado los tímpanos, han saltado los ojos, despedazado los órganos sexuales, abierto la cabeza y golpeado hasta la muerte a los torturados empujados por una crueldad sin otro móvil que la crueldad misma. Los viste todos los días, estabas obligado a soportar a diario su presencia que impregnaba la atmósfera de sangre y estertores de agonía; sólo te ha sostenido tu profunda fe, la certidumbre de que aunque asesinen a todos los testigos de sus crímenes, no podrán escapar a la justicia.
Al lado de ellos, en la misma mesa, iguales, al parecer, y con la misma jerarquía, se sentaban hombres que merecían una H mayúscula. Hombres que aplicaron el reglamento de la prisión a favor de los prisioneros, que ayudaron a formar la comunidad del «400» y que le pertenecían con todo su corazón y con toda su audacia. Su generosidad es tanto más meritoria por cuanto antes, prestando servicios en la policía checa, habían trabajado contra los comunistas. Pero al verlos luchar contra la ocupación, reconocieron su fuerza y la importancia del comunismo para el pueblo, y desde ese momento han ayudado fielmente a cada uno de aquellos a quienes veían permanecer fieles hasta en los bancos de la prisión. Son muchos los militantes de afuera que vacilarían si conocieran los horrores que les espera en caso de caer en las manos de la Gestapo. Pero éstos han tenido esos horrores bajo sus ojos todos los días a todas las horas.
Cada día, a cada hora, corrían el riesgo de que los pusieran junto a los otros detenidos para someterlos a sufrimientos peores y sin embargo no han vacilado.
Ayudaron a salvar la vida de millares y aliviaron la suerte de aquellos cuya vida era imposible salvar. Sin su ayuda el «400»no hubiera podido ser jamás lo que fue y lo que miles y miles de comunistas conocieron: un lugar claro en la casa oscura y tétrica, la trinchera a espaldas del enemigo, el centro de la lucha por la libertad en la misma guarida de los ocupantes.
Capítulo 5
Las figuras y las figuritas
Sólo les pido una cosa: si sobreviven a esta época, no olviden. No olviden a los buenos ni a los malvados. Reúnan con paciencia los testimonios de quienes cayeron por ellos y por ustedes. Un buen día, el hoy será el pasado, y se hablará de una gran época y de los héroes anónimos que han hecho historia. Quisiera que todos supiesen que no hay héroes anónimos. Eran seres con nombres, con rostros, con deseos y esperanzas, y el dolor del último entre los últimos no fue menor al del primero, cuyo nombre se venerará. Desearía que todos ellos les sean próximos, como seres que hubieran conocido, como miembros de su familia, como ustedes mismos.
Se ha exterminado a familias enteras de héroes. Veneren, al menos, a uno de ellos como si fuese un hijo o una hija, y siéntanse orgullosos de él como de un gran hombre que vivió para el porvenir. Cada uno de los que ha servido fielmente al futuro y cayó para que éste fuera hermoso, es una figura esculpida en la piedra. Y cada uno y de los que con el polvo del pasado quisieron construir una barrera contra la inundación de la revolución no es más que una figurita de madera podrida, aunque tenga los brazos cargados de galones dorados. Pero también es necesario observar a las figuritas vivientes, en su infamia e imbecilidad, en su crueldad y ridiculez, porque es material que nos alecciona para el futuro.
Lo que yo puedo continuar contando sólo es ese material, la declaración de los testigos. Es incompleto y sin perspectivas, como he podido verlo desde mi pequeño sector, pero hay aquí rasgos de un real parecido con la vida, los rasgos de las figuras pequeñas y grandes, y de las figuritas.
Capítulo 6
El Estado de Sitio de 1942
27 de mayo de 1942
Fue justamente hace un año.
Del interrogatorio me habían bajado al «cine». Era el viaje diario al cuarto 400: a mediodía, abajo, para la comida traída desde Pankrác; por la tarde vuelta al cuarto piso. Pero ese día no volvimos a subir.
Estás sentado y comes. Los bancos, colmados de prisioneros, que mueven sus cucharas y mastican. Esto parece casi humano. Pero si en ese momento se volvieran esqueletos todos los que mañana estarán muertos, el tintineo de las cucharas en las escudillas de barro, sería ahogado por el crujir de los huesos y el seco rechinar de las mandíbulas. Pero nadie tenía aún la menor sospecha de lo que iba a pasar. Todos alimentaban sus cuerpos para sostenerse aún algunas semanas, meses, años.
Casi se hubiera podido decir: buen momento. Y de pronto un temporal. Y de nuevo el silencio. Sólo por los rostros de los guardianes se podía adivinar quizá que algo ocurría. Sobre todo al rato, cuando debimos ponernos en fila para marchar a Pankrác. ¡A mediodía! Era algo extraordinario. Un mediodía sin interrogatorio, cuando ya estás cansado de las mismas preguntas para las que no tienes respuestas, es como un regalo de los dioses. Esto te parece. Pero es otra cosa.
En el corredor nos topamos con el general Eliáse. Está excitadísimo. Aunque me encuentra entre el grupo de guardianes, me susurra:
—Estado de sitio.
Los prisioneros sólo tienen fracciones de segundos para las comunicaciones más importantes. A mi muda pregunta, ya no alcanza a responder.
Los guardianes de Pankrác se asombran de nuestra vuelta anticipada. El que me conduce a la celda me inspira más confianza. Aun no sé quién es, pero le digo lo que he oído. Sacude la cabeza. No sabe nada. Quizá he oído mal. Es posible. Me tranquilizo.
Pero viene esa misma noche, y mirando dentro de la celda, me dice:
—Tenía razón. Atentaron contra Heydrich. Gravemente herido.
Estado de sitio en Praga.
Otro día nos alinean abajo en el corredor por el que se va a los interrogatorios. Está entre nosotros el camarada Víctor Synek, el último miembro vivo del Comité Central del Partido, arrestado en febrero de 1941. Un alto carcelero de la prisión, con uniforme SS, agita ante sus ojos un papel blanco, en el que puedes leer en grandes letras:
—Entlassungshefehl.
Brutalmente, y con risa burlona:
—¡Ya lo ves, judío, te ha valido la pena esperar! La orden de ponerte en libertad… ¡Fik!…
Y señala con el dedo el sitio de la garganta donde se separará la cabeza de Víctor. Otto Synek fue el primer ejecutado durante el estado de sitio de 1941. Su hermano Víctor es la primera víctima del Estado de sitio en 1942. Lo llevan a Mauthausen. Para abatir la caza, como ellos dicen, noblemente.
El viaje desde Pankrác al palacio Petschek, y el regreso, son ahora un martirio para miles y miles de prisioneros. Los SS que vigilan en los coches toman su «revancha por Heydrich». Antes de que el coche celular haya recorrido un kilómetro, la sangre corre de las bocas y cabezas de los diez prisioneros, heridas abiertas por las culatas de los revólveres. Mi presencia eventual en el coche resulta ventajosa para los otros, porque mi barba tupida atrae la atención de los SS y los incita a bromas ingeniosas. Prenderse a mi barba para aguantar los sacudones del coche se convierte en uno de sus placeres favoritos. Para mí, es una buena preparación para los interrogatorios adaptados al clima actual, y que concluyen con esta frase invariable:
—Si mañana no sos más razonable, serás fusilado.
Esa amenaza ya no tiene nada de horrible. Cada noche oyes el llamado de los nombres en el corredor de abajo; cincuenta, cien, doscientos hombres que van en los camiones maniatados, como bestias al matadero, y a los que se transporta a Kobylis para las ejecuciones sumarias. ¿Su culpa? Ninguna culpa especial. Los han detenido. No están complicados en ningún asunto de importancia. No se los necesita como testigos, y es por eso que los matan. Un poema satírico que un camarada ha leído a otros nueve fue causa de su arresto, dos meses antes del atentado. Ahora se los ejecuta por aprobar el atentado. Una mujer fue arrestada hace seis meses sospechada de distribuir volantes ilegales. Ella lo niega. Arrestan entonces a sus hermanas y hermanos, a los maridos de sus hermanas y a las mujeres de sus hermanos, y se los ejecuta a todos, porque la consigna de este Estado de sitio es la exterminación de familias enteras. Un empleado de correos, detenido por error, espera abajo, junto al muro, que lo pongan en libertad. Oye su nombre, y responde al llamado. Se los coloca en la fila de condenados a muerte, lo llevan, lo fusilan, y sólo dos días después se constata que sólo se trata de una confusión y que era otro del mismo nombre el que debió ser ejecutado. Se fusila entonces al otro, y todo queda en orden. ¿Verificar cuidadosamente la identidad de aquellos a quienes se piensa quitar la vida?… ¿A quién se le ocurriría perder su tiempo en eso? ¿Acaso no es superfluo cuando se trata de quitarle la vida a la nación entera?
En las últimas horas de la noche vuelvo del interrogatorio. Abajo, junto al muro, está parado, con una valijita a los pies, Vlad Vancura. Bien sé lo que eso significa. Él también. Nos apretamos la mano. Vuelvo a mirarlo otra vez desde lo alto del corredor. Ahí está con la cabeza ligeramente inclinada y con la mirada perdida, perdida a lo lejos, a través de su vida entera. Una media hora después gritan su nombre…
Algunos días más tarde, en el mismo sitio, junto a la pared; Milos Krásny, un valiente soldado de la revolución, detenido en octubre del año pasado, y a quien ni la tortura ni las astucias pudieron doblegar. Medio apartado del muro, explica tranquilamente algo a uno de los guardianes que están a su espalda; me ve, sonríe, sacude la cabeza en señal de despedida y continúa:
—Todo esto no les servirá para nada. Muchos de los nuestros caerán aún, pero ustedes serán los vencidos…
Otra vez también, a mediodía. Estamos en la planta baja del palacio Petschek y esperamos la comida. Traen a Elisa. Lleva diarios bajo el brazo, y los señala sonriendo: acaba de leer allí sus vinculaciones con los ejecutores del atentado.
—¡Chismes! —dijo brevemente, y se pone a comer.
Por la noche, cuando retorna con nosotros a Pankrác, vuelve a hablar de lo mismo, sonriendo. Una hora más tarde es llevado a Kobylis.
El número de muertos aumenta. Ya no se los cuenta por decenas ni por centenas, sino por millares. El olor a sangre fresca excita a las fieras. Ahora «actúan» durante la noche; «actúan» hasta los domingos; todos llevan uniforme SS; ésta es su fiesta; su Sabbat: asesinar. Envían a la muerte a obreros, maestros, campesinos, escritores, funcionarios; matan hombres, mujeres y niños; exterminan familias, incendian y desolan las aldeas. La muerte a bala limpia recorre el país como una peste y no elige sus víctimas. Y el hombre, ¿qué hace en medio de este terror? Vive.
Parece increíble. Vive, come, duerme, ama, trabaja y hasta piensa en mil cosas que no tienen relación con la muerte. Seguramente soporta sobre su nuca un peso terrible, pero lo lleva sin doblar la cabeza, sin caer.
A mediados del Estado de sitio el comisario me llevó a Branik. El aire del hermoso mes de junio estaba perfumado por los tilos y las tardías flores de las acacias Era un domingo por la noche. En la parada terminal de los tranvías la calle resultaba estrecha para contener la presurosa corriente de los que volvían de sus excursiones. Venían ruidosos, alegres, beatíficamente cansados, saturados por el sol, por el agua, por los abrazos de sus compañeras; lo único que no has visto en sus caras es la muerte, la muerte siempre acechante y también pende sobre sus cabezas. Hormigueaban impacientes y graciosos como conejos. ¡Cómo conejos! Extiende la mano y elige uno de ellos según tu gusto; los otros se refugian en un rincón, pero un instante después ya vuelven a hormiguear, con sus preocupaciones, sus alegrías y toda su ansia de vivir. Yo había sido trasplantado de golpe desde el mundo tapiado de la prisión a esta corriente impetuosa, y al principio su dulce beatitud me supo ásperamente.
Sin razón. Sin razón.
Porque lo que he visto ahí es la vida, la vida que era la mía y que es la de todos, la vida sometida a una presión terrible, pero indestructible, cercenada en uno y creciendo en cientos; la vida, más fuerte que la muerte. ¿Y eso debe ser áspero? ¿Acaso nosotros, los presos, que vivimos directamente bajo este terror, somos de otra pasta?
Algunas veces iba yo a los interrogatorios en coches policiales en los que los guardianes se conducían con moderación. Por la ventanilla observaba la calle, las vidrieras de los comercios, los quioscos de flores, la muchedumbre de hombres, las mujeres. «Si puedo contar nueve pares de piernas lindas no seré ejecutado hoy», me dije una vez. Y conté, miré, comparé, examinando minuciosamente sus líneas reconocía que eran bellas o las rechazaba con apasionado interés, no como si mi vida dependiera de ese examen, sino más bien como si la vida no estuviera en juego para nada.
Generalmente yo volvía tarde a la celda. El Padre Pesek ya estaba inquieto: «¿A pesar de todo volverá?». Me abrazaba, y yo le contaba brevemente las noveladas y quién más había caído en Kobylis: en seguida comíamos con feroz apetito las repugnantes legumbres secas, cantábamos alegres canciones o jugábamos furiosos a ese estúpido juego de dados, que nos apasionaba. Y eso era justamente por la noche, cuando a cada momento podía abrirse la puerta de la celda y sonar el mensaje de muerte para uno de los dos.
—¡Tú o tú, desciende! Con todo, ¡ligero!
Pero durante esos días no nos llamaron. Sobrevivimos a esa época de terror. Hoy nos acordamos de esto con asombro, sobreponiéndonos a nuestro propio sentimiento.
¡Qué extrañamente construido está el hombre, que puede soportar hasta lo insoportable!
Evidentemente, no es posible que momentos semejantes no dejen en nosotros rastros profundos. Es posible que queden en el cerebro, como un rollo de film oculto que comenzara a desenrollarse, conduciéndonos a la locura algún día, en la vida real, si es que alcanzamos a vivirla. Y quizá también los veremos como a un gran cementerio, verde jardín, donde se han sembrado semillas muy queridas.
Semillas muy queridas, que germinarán.
Capítulo 6
El Estado de Sitio de 1942
27 de mayo de 1942
Fue justamente hace un año.
Del interrogatorio me habían bajado al «cine». Era el viaje diario al cuarto 400: a mediodía, abajo, para la comida traída desde Pankrác; por la tarde vuelta al cuarto piso. Pero ese día no volvimos a subir.
Estás sentado y comes. Los bancos, colmados de prisioneros, que mueven sus cucharas y mastican. Esto parece casi humano. Pero si en ese momento se volvieran esqueletos todos los que mañana estarán muertos, el tintineo de las cucharas en las escudillas de barro, sería ahogado por el crujir de los huesos y el seco rechinar de las mandíbulas. Pero nadie tenía aún la menor sospecha de lo que iba a pasar. Todos alimentaban sus cuerpos para sostenerse aún algunas semanas, meses, años.
Casi se hubiera podido decir: buen momento. Y de pronto un temporal. Y de nuevo el silencio. Sólo por los rostros de los guardianes se podía adivinar quizá que algo ocurría. Sobre todo al rato, cuando debimos ponernos en fila para marchar a Pankrác. ¡A mediodía! Era algo extraordinario. Un mediodía sin interrogatorio, cuando ya estás cansado de las mismas preguntas para las que no tienes respuestas, es como un regalo de los dioses. Esto te parece. Pero es otra cosa.
En el corredor nos topamos con el general Eliáse. Está excitadísimo. Aunque me encuentra entre el grupo de guardianes, me susurra:
—Estado de sitio.
Los prisioneros sólo tienen fracciones de segundos para las comunicaciones más importantes. A mi muda pregunta, ya no alcanza a responder.
Los guardianes de Pankrác se asombran de nuestra vuelta anticipada. El que me conduce a la celda me inspira más confianza. Aun no sé quién es, pero le digo lo que he oído. Sacude la cabeza. No sabe nada. Quizá he oído mal. Es posible. Me tranquilizo.
Pero viene esa misma noche, y mirando dentro de la celda, me dice:
—Tenía razón. Atentaron contra Heydrich. Gravemente herido.
Estado de sitio en Praga.
Otro día nos alinean abajo en el corredor por el que se va a los interrogatorios. Está entre nosotros el camarada Víctor Synek, el último miembro vivo del Comité Central del Partido, arrestado en febrero de 1941. Un alto carcelero de la prisión, con uniforme SS, agita ante sus ojos un papel blanco, en el que puedes leer en grandes letras:
—Entlassungshefehl.
Brutalmente, y con risa burlona:
—¡Ya lo ves, judío, te ha valido la pena esperar! La orden de ponerte en libertad… ¡Fik!…
Y señala con el dedo el sitio de la garganta donde se separará la cabeza de Víctor. Otto Synek fue el primer ejecutado durante el estado de sitio de 1941. Su hermano Víctor es la primera víctima del Estado de sitio en 1942. Lo llevan a Mauthausen. Para abatir la caza, como ellos dicen, noblemente.
El viaje desde Pankrác al palacio Petschek, y el regreso, son ahora un martirio para miles y miles de prisioneros. Los SS que vigilan en los coches toman su «revancha por Heydrich». Antes de que el coche celular haya recorrido un kilómetro, la sangre corre de las bocas y cabezas de los diez prisioneros, heridas abiertas por las culatas de los revólveres. Mi presencia eventual en el coche resulta ventajosa para los otros, porque mi barba tupida atrae la atención de los SS y los incita a bromas ingeniosas. Prenderse a mi barba para aguantar los sacudones del coche se convierte en uno de sus placeres favoritos. Para mí, es una buena preparación para los interrogatorios adaptados al clima actual, y que concluyen con esta frase invariable:
—Si mañana no sos más razonable, serás fusilado.
Esa amenaza ya no tiene nada de horrible. Cada noche oyes el llamado de los nombres en el corredor de abajo; cincuenta, cien, doscientos hombres que van en los camiones maniatados, como bestias al matadero, y a los que se transporta a Kobylis para las ejecuciones sumarias. ¿Su culpa? Ninguna culpa especial. Los han detenido. No están complicados en ningún asunto de importancia. No se los necesita como testigos, y es por eso que los matan. Un poema satírico que un camarada ha leído a otros nueve fue causa de su arresto, dos meses antes del atentado. Ahora se los ejecuta por aprobar el atentado. Una mujer fue arrestada hace seis meses sospechada de distribuir volantes ilegales. Ella lo niega. Arrestan entonces a sus hermanas y hermanos, a los maridos de sus hermanas y a las mujeres de sus hermanos, y se los ejecuta a todos, porque la consigna de este Estado de sitio es la exterminación de familias enteras. Un empleado de correos, detenido por error, espera abajo, junto al muro, que lo pongan en libertad. Oye su nombre, y responde al llamado. Se los coloca en la fila de condenados a muerte, lo llevan, lo fusilan, y sólo dos días después se constata que sólo se trata de una confusión y que era otro del mismo nombre el que debió ser ejecutado. Se fusila entonces al otro, y todo queda en orden. ¿Verificar cuidadosamente la identidad de aquellos a quienes se piensa quitar la vida?… ¿A quién se le ocurriría perder su tiempo en eso? ¿Acaso no es superfluo cuando se trata de quitarle la vida a la nación entera?
En las últimas horas de la noche vuelvo del interrogatorio. Abajo, junto al muro, está parado, con una valijita a los pies, Vlad Vancura. Bien sé lo que eso significa. Él también. Nos apretamos la mano. Vuelvo a mirarlo otra vez desde lo alto del corredor. Ahí está con la cabeza ligeramente inclinada y con la mirada perdida, perdida a lo lejos, a través de su vida entera. Una media hora después gritan su nombre…
Algunos días más tarde, en el mismo sitio, junto a la pared; Milos Krásny, un valiente soldado de la revolución, detenido en octubre del año pasado, y a quien ni la tortura ni las astucias pudieron doblegar. Medio apartado del muro, explica tranquilamente algo a uno de los guardianes que están a su espalda; me ve, sonríe, sacude la cabeza en señal de despedida y continúa:
—Todo esto no les servirá para nada. Muchos de los nuestros caerán aún, pero ustedes serán los vencidos…
Otra vez también, a mediodía. Estamos en la planta baja del palacio Petschek y esperamos la comida. Traen a Elisa. Lleva diarios bajo el brazo, y los señala sonriendo: acaba de leer allí sus vinculaciones con los ejecutores del atentado.
—¡Chismes! —dijo brevemente, y se pone a comer.
Por la noche, cuando retorna con nosotros a Pankrác, vuelve a hablar de lo mismo, sonriendo. Una hora más tarde es llevado a Kobylis.
El número de muertos aumenta. Ya no se los cuenta por decenas ni por centenas, sino por millares. El olor a sangre fresca excita a las fieras. Ahora «actúan» durante la noche; «actúan» hasta los domingos; todos llevan uniforme SS; ésta es su fiesta; su Sabbat: asesinar. Envían a la muerte a obreros, maestros, campesinos, escritores, funcionarios; matan hombres, mujeres y niños; exterminan familias, incendian y desolan las aldeas. La muerte a bala limpia recorre el país como una peste y no elige sus víctimas. Y el hombre, ¿qué hace en medio de este terror? Vive.
Parece increíble. Vive, come, duerme, ama, trabaja y hasta piensa en mil cosas que no tienen relación con la muerte. Seguramente soporta sobre su nuca un peso terrible, pero lo lleva sin doblar la cabeza, sin caer.
A mediados del Estado de sitio el comisario me llevó a Branik. El aire del hermoso mes de junio estaba perfumado por los tilos y las tardías flores de las acacias Era un domingo por la noche. En la parada terminal de los tranvías la calle resultaba estrecha para contener la presurosa corriente de los que volvían de sus excursiones. Venían ruidosos, alegres, beatíficamente cansados, saturados por el sol, por el agua, por los abrazos de sus compañeras; lo único que no has visto en sus caras es la muerte, la muerte siempre acechante y también pende sobre sus cabezas. Hormigueaban impacientes y graciosos como conejos. ¡Cómo conejos! Extiende la mano y elige uno de ellos según tu gusto; los otros se refugian en un rincón, pero un instante después ya vuelven a hormiguear, con sus preocupaciones, sus alegrías y toda su ansia de vivir. Yo había sido trasplantado de golpe desde el mundo tapiado de la prisión a esta corriente impetuosa, y al principio su dulce beatitud me supo ásperamente.
Sin razón. Sin razón.
Porque lo que he visto ahí es la vida, la vida que era la mía y que es la de todos, la vida sometida a una presión terrible, pero indestructible, cercenada en uno y creciendo en cientos; la vida, más fuerte que la muerte. ¿Y eso debe ser áspero? ¿Acaso nosotros, los presos, que vivimos directamente bajo este terror, somos de otra pasta?
Algunas veces iba yo a los interrogatorios en coches policiales en los que los guardianes se conducían con moderación. Por la ventanilla observaba la calle, las vidrieras de los comercios, los quioscos de flores, la muchedumbre de hombres, las mujeres. «Si puedo contar nueve pares de piernas lindas no seré ejecutado hoy», me dije una vez. Y conté, miré, comparé, examinando minuciosamente sus líneas reconocía que eran bellas o las rechazaba con apasionado interés, no como si mi vida dependiera de ese examen, sino más bien como si la vida no estuviera en juego para nada.
Generalmente yo volvía tarde a la celda. El Padre Pesek ya estaba inquieto: «¿A pesar de todo volverá?». Me abrazaba, y yo le contaba brevemente las noveladas y quién más había caído en Kobylis: en seguida comíamos con feroz apetito las repugnantes legumbres secas, cantábamos alegres canciones o jugábamos furiosos a ese estúpido juego de dados, que nos apasionaba. Y eso era justamente por la noche, cuando a cada momento podía abrirse la puerta de la celda y sonar el mensaje de muerte para uno de los dos.
—¡Tú o tú, desciende! Con todo, ¡ligero!
Pero durante esos días no nos llamaron. Sobrevivimos a esa época de terror. Hoy nos acordamos de esto con asombro, sobreponiéndonos a nuestro propio sentimiento.
¡Qué extrañamente construido está el hombre, que puede soportar hasta lo insoportable!
Evidentemente, no es posible que momentos semejantes no dejen en nosotros rastros profundos. Es posible que queden en el cerebro, como un rollo de film oculto que comenzara a desenrollarse, conduciéndonos a la locura algún día, en la vida real, si es que alcanzamos a vivirla. Y quizá también los veremos como a un gran cementerio, verde jardín, donde se han sembrado semillas muy queridas.
Semillas muy queridas, que germinarán.
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Julius Fucik
Julius Fucik (Praga, 1903- Berlín, 1943) fue un periodista checo, miembro del Partido Comunista. Fue detenido por la Gestapo y posteriormente ejecutado. Nacido en el seno de una familia obrera, estudió filosofía en la Universidad de Pilsen. En 1921 ingresó en el Partido Comunista y por esas mismas fechas se inició como crítico literario y teatral. Luego fue redactor de las publicaciones Rudé Pravo y Tvorbe, en las que insertó reportajes sobre temas sociales y culturales. A comienzos de los años treinta realizó varios viajes a la Unión Soviética. Fruto de esos viajes es su obra documental En la tierra donde el mañana ya es ayer.
Cuando el ejército hitleriano ocupó su país, continuó publicando con seudónimo. En febrero de 1941 pasó a ser miembro del Comité Central del Partido Comunista en la clandestinidad, encargándose de las publicaciones ilegales. En abril de 1942 fue detenido por la Gestapo, trasladado a Berlín en el verano del año siguiente y ejecutado poco después.
+54 9 1122381574

