Entrevista a Helder Camara
Esta entrevista está incluida en Entrevista con la historia, El Ateneo, Buenos Aires, 2013.
Helder Camara
Su iglesia es una pobre iglesia dentro de la ciudad de Recife, allá arriba en el norte del Brasil donde de hermoso no hay más que el mar y siempre hace calor porque el ecuador está cerca. Aquel año no había llovido y la sequía mató niños, plantas y esperanzas. No mató nada más porque no había nada más en Recife, excepto docenas y docenas de iglesias barrocas sobre las que el tiempo ha dejado una pátina negra de suciedad que nadie piensa limpiar. En cambio, su iglesia está limpia, blanca como su conciencia. De sucio allí no hay más que un escrito de color de sangre sobre el que él ha dado una mano de cal, pero la pintura reaparece y el texto se hace visible: Morte o bispo rosso. Muerte al obispo rojo. Lo escribieron sus perseguidores no hace mucho tiempo, cuando le dispararon aquella ráfaga de metralleta y le arrojaron aquella bomba de mano. Y desde entonces la plazoleta de la iglesia está casi siempre desierta porque la gente tiene miedo de pasar por allí. Si se le pregunta a un policía: «Por favor, ¿dónde está la Igresia da Fronteiras?», el policía le mira a uno sospechosamente y luego apunta la matrícula del taxi. Esto es lo que a mí me sucedió. El taxista temblaba de terror.
Su casa está pegada a la iglesia y no parece la morada de un arzobispo. Vestidos de ricas telas, cubiertos de joyas, servidos por obsequiosos camareros, los arzobispos viven en palacios a los que se llega por elegantes calles. En cambio, a su casa, se llega por la calle perpendicular a la plazoleta, rúa das Fronteiras, y está limitada por la pared baja contra la que dispararon. En la pared, se destaca apenas la puertecilla pintada de verde y el timbre, sin nombre. Se pulsa el timbre, cacarean algunas gallinas, canta un gallo, y, mezclada con aquellos rumores, una voz amable advierte: «Voy, ya voy». Luego la puerta se entreabre con cautela, queda abierta de par en par, lentamente, y en el vano aparece un hombre con sotana negra. Sobre la sotana lleva una cruz de madera colgada de una cadena de acero. Es un hombrecillo pálido, calvo, y tiene el rostro arrugado, boca fina, nariz diminuta y los ojos cansados del que duerme poco. Tiene también el aire inocuo, ingenuo, del párroco de periferia. Pero no es un párroco de periferia ni tampoco es un hombrecillo. Es el hombre más importante que se puede encontrar en el Brasil y, tal vez, en toda la América latina. Y es, acaso, el más inteligente y el más valeroso. Es don Helder Camara, el arzobispo que desafía a los gobiernos y denuncia las injusticias, los abusos, las infamias que los demás callan, que tiene redaños para predicar el socialismo y decir no a la violencia. El premio Nobel de la Paz debería haber sido para él más de una vez. Algunos le llaman santo. Y, si la palabra santo tiene algún significado, también yo digo que es un santo.
El gobierno brasileño no lo cree así. El gobierno brasileño es, tal vez, el gobierno más fascista que existe en América latina. A quien se le opone pidiendo libertad, su policía reserva torturas que superan incluso las de la policía griega. Les reservan el «pau de arara», o palo de papagayo, que consiste en un palo semejante a aquel en que se columpian los papagayos. De madera o de hierro, se coloca entre las rodillas y el hueco de los brazos de la víctima desnuda, luego se le iza hasta que queda a medio camino entre el techo y el suelo. La víctima permanece así durante el interrogatorio y, dado que sus pies y piernas están fuertemente atados, se paraliza la circulación de la sangre, el cuerpo se hincha como si fuera a estallar y parece decuplicar su peso. Para el que se opone pidiendo libertad, está el «método hidráulico», que consiste en un tubo flexible que se introduce en la nariz" de la víctima y por él se hace pasar agua mientras se le mantiene con la boca tapada. La víctima cree que se va a ahogar, pero se trata sólo de ahogarlo parcialmente: el suplicio se interrumpirá antes de que llegue la muerte. Para el que se opone pidiendo libertad están las descargas eléctricas aplicadas en las orejas, en los genitales, en el ano, en la lengua. Las descargas son generalmente de 110 voltios pero algunas llegan a los 230 voltios y producen crisis epilépticas, convulsiones violentas, quemaduras de tercer grado, y a veces la muerte como demuestran muchísimos casos, como el de aquel periodista al que le descargaron 230 voltios en el ano. Murió instantáneamente. Y estas torturas afectan a todos los que acaban en la DOPS, División del Orden Público y Social, sede de la policía militar brasileña. Afectan a todos: liberales y comunistas, monjas y sacerdotes, guerrilleros y estudiantes, incluso a ciudadanos extranjeros. Las cárceles del Brasil están llenas. Se sabe cuando se entra pero nunca cuándo se sale. Si se sale vivo, el ochenta por ciento sale mutilado: con la espina dorsal rota, las piernas paralizadas, los testículos aplastados, los ojos y los oídos que no volverán a funcionar. La literatura sobre tales infamias es interminable. Se encuentra en octavillas ciclostiladas de las organizaciones de resistencia, en los periódicos americanos y europeos, en los despachos de las embajadas. Aunque el mundo, a menudo, olvida, porque el Brasil está muy lejano, porque el Brasil son unas vacaciones llenas de mar, música, samba y café, porque no conviene perturbar las relaciones comerciales entre los países democráticos y las dictaduras, la tragedia, ciertamente, no es un misterio. Pero cuidado con hablar de ello en Brasil, cuidado con hacer alusiones o denuncias. Y la mayoría se calla. Helder Camara es el único que levanta la voz junto a un grupo de prelados que no han olvidado el Evangelio. Pero paga por esto. Y ¡cómo paga! Cuando en París describió las torturas que se inflingían a los presos de las cárceles de Sao Paulo y Río de Janeiro, Belo Horizonte, Porto Alegre y Recife, le llamaron «traidor», «difamador» y «demagogo». Cuando difundió sus acusaciones desde su casa de rúa das Fronteiras, le dispararon una ráfaga de metralleta y escribieron en la pared Morte o bispo rosso. Y es inútil decir que la autoridad gubernativa lo considera un peligro público y vigilan atentamente cada uno de sus movimientos, de sus entrevistas. El pueblo, en cambio, le adora. Se dirige a él como a un padre que no castiga nunca, que recibe a cualquier hora del día o de la noche. Si no está en casa quiere decir que ha ido a ver a algún oprimido a cualquier cárcel, a cualquier tugurio, a cualquier aldea donde la gente se muere de hambre y sed antes de llegar a los cuarenta años y donde la muerte es una liberación misericordiosa. Si no está en Recife, es que anda dando vueltas por el mundo gritando su mensaje y su indignación, en Berlín, en Kioto, en Detroit o en el Vaticano, con los brazos levantados al cielo y los dedos tendidos como garras en busca de Dios. Es un hombre que, sin hacer uso de la violencia, ha elegido la lucha cueste lo que cueste. Y las fortalezas que ataca son las fortalezas de la vergüenza, de los privilegios, de la dictadura. No respeta a nadie, ni católicos ni marxistas, ni imperios capitalistas ni imperios comunistas y menos que a nadie respeta a los fascistas a quienes fustiga implacablemente con la ira de un Cristo decidido a echar a los fariseos del templo.
Don Helder Camara tiene sesenta y un años. Nació en Fortaleza, al norte del Brasil, en 1909. Su padre era un comerciante aficionado a la crítica teatral y al periodismo, y su madre era institutriz en una escuela elemental. Por tanto, de origen pequeño burgués. Pero nunca conoció la riqueza: cinco de sus hermanos murieron, aún niños, en el término de pocos meses, por disentería y falta de cuidados. Entró muy joven en el seminario. La vocación, dice, se le manifestó a los ocho años, misteriosa y terca. Desde entonces jamás concibió otra obligación, para él, que la de sacerdote. Lo fue hacia los veintidós años, cuando se hizo fascista. Sí, durante algún tiempo fue fascista. «En cada uno de nosotros duerme un fascista y quizá no se despierta nunca; a mí, en cambio, se me despertó». Lo dice sin avergonzarse, autoflagelándose con la admisión de este hecho, y el único momento en que se justifica es cuando explica que fue su obispo quien le pidió que se hiciera fascista. Uno de esos obispos que se arropan con telas mórbidas, se cubren de joyas, se hacen servir por camareros obsequiosos y viven en palacios a los que se llega pasando por elegantes calles. Uno de esos cuyo lema es Dios-Patria-Familia. Sí, don Helder conoce bien a los fascistas. Los conoce de mucho antes de recalar en aquella pequeña iglesia de Recife, en aquella casita con las gallinas que aletean por los alrededores, y en el catre donde descansa cuatro horas de las veinticuatro porque por la noche lo despiertan continuamente llenándolo de insultos por teléfono, tratando de atemorizarlo: «Ahora mismo vamos y te echamos, puerco comunista», «Encomienda tu alma a Dios porque no verás amanecer, hijo de perra». Pero él dice que no le importa: le basta dormir cuatro horas cada noche.
Lo entrevisté allí, a lo largo de tres días. Hablamos en francés, lengua que conoce muy bien, y más que un sacerdote me pareció un líder. Del líder tenía la voz apasionada y los ojos brillantes, la seguridad de quien sabe que se le cree. De vez en cuando se levantaba e iba a hacerme un café. Luego volvía con el café y las galletitas, y lo aprovechaba para echar una ojeada a la calle: observaba que no hubiera nadie que le emporcara de nuevo la pared o le lanzara una bomba. Yo lo seguía con la mirada y pensaba en Camilo Torres, el joven sacerdote que había colgado los hábitos para agarrar el fusil y había muerto en el primer combate, con una bala en medio de la frente. Pensaba en el padre Tito de Alencar, el joven dominico a quien la DOPS había torturado en Sao Paulo con tormentos de la Inquisición. Abre-la-boca-que-te-damos-la-hostia-consagrada-antes-de-matarte. Luego, en vez de la hostia consagrada, le daban en la lengua una descarga de 222 voltios. Pensaba en todos los religiosos que en América latina llenaban las cárceles y morían entre sufrimientos, mientras los obispos arropados en telas mórbidas y cubiertos de joyas y servidos por camareros obsequiosos colaboraban con los generales en el poder, y protegían a los fusiladores. En Brasil, Chile, Uruguay, Paraguay, Venezuela y Guatemala. Y concluía: «No te darán el premio Nobel de la Paz, don Helder. No te lo darán nunca. Eres demasiado incómodo para todos».
En efecto, no se lo dieron. Aquel año se lo dieron a Willy Brandt, y en 1973, cuando se presentó de nuevo su candidatura, se lo dieron a Henry Kissinger y a Le Duc Tho. Y Le Duc Tho lo rechazó, menos mal. En cambio, Kissinger fue por él. Como sabemos.
ORIANA FALLACI. —Corren voces, don Helder, de que Pablo VI le llama «mi arzobispo rojo». Y, en realidad, usted no debe ser un hombre cómodo para el Vaticano. Debe dar miedo a mucha gente. ¿Podríamos hablar un poco de ello?
HELDER CAMARA. —Mire, el Papa sabe muy bien lo que yo hago y lo que yo digo. Cuando denuncio las torturas en Brasil, el Papa lo sabe. Cuando lucho por los pobres y por los detenidos políticos, el Papa lo sabe. Cuando viajo al extranjero para reclamar justicia, el Papa lo sabe. Conoce mis opiniones desde hace tiempo, porque nos conocemos desde hace tiempo. Exactamente, desde 1950, cuando él era secretario de Estado. No le oculto nada, nunca le he ocultado nada. Y si el Papa me dijese que hago mal en hacer lo que hago, y me pidiese que dejara de hacerlo, lo dejaría. Porque soy un siervo de la Iglesia y conozco el valor del sacrificio. Pero el Papa no me lo dice y si me llama su «arzobispo rojo» lo hace bromeando, afectuosamente, no como lo hacen aquí en Brasil, donde a cualquiera que no sea reaccionario le definen comunista o que está al servicio de los comunistas. La acusación no me afecta. Si fuese un agitador, un comunista, no podría entrar en los Estados Unidos y recibir el doctorado honoris causa de las universidades norteamericanas. Aparte de esta premisa, debo aclarar también que con mis ideas y mis discursos no comprometo la autoridad del Papa: lo que digo o hago es de mi exclusiva responsabilidad personal. Y que no se me convierta en héroe: no he sido yo el único que ha hablado. Las torturas en Brasil, por ejemplo, han sido denunciadas ante todo y sobre todo por la comisión pontificia que depende de la autoridad del Papa. El Papa mismo las ha condenado, y su condena cuenta más que la de un pobre sacerdote que no asusta a nadie en el Vaticano.
Un pobre sacerdote que es un príncipe de la Iglesia, uno de los hombres más respetados y admirados del mundo. Un pobre sacerdote a quien se había pensado conceder el premio Nobel de la Paz. Un pobre sacerdote que cuando habla de las torturas consigue llenar todo el Palacio de los Deportes en París y despierta la conciencia de millones de personas en cada país. ¿Hablamos de esto, don Helder?
Bien, la cosa fue así. Yo estaba en París y me pidieron que contase la verdad. Contesté: es cierto, el deber de un religioso es también el de informar, especialmente sobre un país como Brasil donde la prensa está controlada o sometida al gobierno. Empecé diciendo que hablaría de un crimen bastante familiar a los franceses del que se habían hecho culpables durante la guerra de Argelia: la tortura. Añadí que tales infamias se cometían también a causa de la debilidad de nosotros los cristianos, demasiado habituados a inclinarnos ante el poder y las instituciones, o bien, acostumbrados a callar. Expliqué que no iba a contar nada nuevo porque no era un secreto que a los detenidos políticos de Brasil se les infligían sufrimientos inhumanos, medievales, y ya se habían publicado por todas partes documentos irrefutables. Luego describí medios de tortura: desde las descargas eléctricas al «pau de arara». Y narré episodios que yo mismo había controlado. Por ejemplo, el caso de un estudiante a quien hicieron cosas tan terribles que se arrojó por la ventana en una sede de la policía. Se llamaba Luis de Ledeiros. Y la historia, en líneas esenciales, es ésta. Apenas informado de que Luis de Ledeiros estaba en el hospital, me precipité a verle con uno de mis consejeros. Y conseguí verle. Aparte de la tentativa de suicidio estaba en condiciones espantosas: entre otras torturas, le habían arrancado cuatro uñas y le habían machacado los testículos. Arrancar las uñas y machacar los testículos son dos torturas normales. El médico que lo atendía me lo confirmó y me dijo: vaya a ver al gobernador que es médico, y dígale que venga a examinar los cuerpos de los torturados. Esto era lo que yo buscaba: tener a mano, por fin, un testimonio directo. Fui inmediatamente al palacio del gobernador, con mi obispo auxiliar, e hice la denuncia. Luego envié la denuncia a todas las parroquias, a todos los obispos y a la conferencia episcopal.
Algún obispo no le cree, don Helder, y se coloca al lado de los que niegan la tortura. ¿Cómo le juzga usted?
¿Cómo quiere que le juzgue? Deseando que Dios le ilumine y que lo haga más digno de sus responsabilidades. Yo siempre he sido partidario del pluralismo de la Iglesia, pero ante los que representan a la parte caduca de la Iglesia me vienen ganas de decir lo que el Papa Juan les decía a algunos: «Querido padre, ¿se da cuenta de que está usted como marchito? ¿Que el soplo de Dios no ha llegado hasta usted?». ¡Cielos! Dudar de las torturas al principio era lícito o casi lícito. No había pruebas. Pero dudarlo hoy, es grotesco; hasta han sido registradas incluso en la reunión de la Asociación Mundial de juristas: con nombres, apellidos y fechas. Y, además, ¿cuántos sacerdotes tenemos en la cárcel? No son mayoría porque es más cómodo detener a un laico que a un sacerdote, torturar a un laico que a un sacerdote, pero son muchos y son testimonios preciosos si se consigue encontrarlos. Y digo «si», porque, hoy, en Brasil, cuando se acaba en la cárcel, es imposible notificarlo o entrar en contacto con un familiar o un abogado. Pero la cosa peor no es ésta: es el silencio de la prensa y de los ciudadanos. Ni una ni otros se atreven a hablar y entonces parece que el pueblo está de acuerdo con el régimen, que las víctimas cuentan mentiras o exageraciones. Yo sólo espero que el escándalo que ha estallado en la prensa extranjera y la intervención de la Iglesia mundial sirvan para mejorar las cosas.
Don Helder, ¿qué sucedió después de las declaraciones que hizo en París?
Denunciar las torturas en Brasil es considerado por el gobierno como un crimen de lesa patria. Y también sobre este particular hay cierta divergencia entre los puntos de vista míos y los del gobierno. En efecto, yo considero un crimen de lesa patria no denunciarlos. Por tanto me fui de París pensando: veremos lo que te pasa, don Helder, cuando vuelvas a Brasil. No pasó nada. Pasé tranquilamente la policía, la aduana, y me fui a casa. Hubo ataques en la prensa, es cierto. Ataques curiosos, cómicos. Pero no me preocupo por ellos, puesto que rara vez leo los periódicos para evitarme amarguras. Además, es inútil intimidarme, no hay la menor duda en mi corazón y lo que dice el corazón me sale a los labios: a mis fieles, en las visitas pastorales, en los sermones, digo las mismas cosas que le digo a usted; no pueden hacerme callar porque en el ejercicio de mi trabajo no reconozco más autoridad que la del Papa. Naturalmente se me ha prohibido hablar por radio o en la televisión, y dado que no soy ningún ingenuo, se me ocurre que tarde o temprano podrían privarme de mis derechos civiles. No es que valgan mucho porque en Brasil no se ejerce el voto y no hay elecciones. De momento gozo de cierta libertad y sólo me atormentan con amenazas.
¿Qué amenazas?
Amenazas de muerte, claro. Ráfagas de ametralladora, bombas, llamadas telefónicas, y calumnias dirigidas al Vaticano. Debe saber que aquí en Brasil hay un movimiento de extrema derecha llamado «Familia y Seguridad». Con esto empezaron a atormentarme hace mucho tiempo. Se acercaban a la gente que se dirigía a la iglesia y les preguntaban: «¿Estás en contra o en favor del comunismo?». La gente decía en contra, naturalmente, y así recogían firmas que luego enviaban al Papa para que echara a «el comunista don Helder». El Papa nunca les ha hecho caso, ni yo tampoco. Pero después ha aparecido otro movimiento clandestino, una especie de Ku Klux Klan brasileño, llamado «Comando de caza de comunistas» o CCC. Este CCC se interesa particularmente por las casas donde viven sospechosos comunistas y les disparan con metralleta o les lanzan bombas de mano y escriben insultos en las paredes. En este aspecto me han rendido homenaje varias veces: dos veces aquí en casa donde han estropeado el muro a tiros de metralleta y han emporcado aquella pared de la iglesia, una vez en el palacio arzobispal, otra en el Instituto Católico, y otra más en una iglesia a la que solía ir. Siempre dejando la firma CCC. Pero nunca me han herido. En cambio, a un estudiante que conozco lo han ametrallado por la espalda y ahora está paralizado para siempre. A un colaborador mío, Henrique Pereira Neto, profesor de sociología en la universidad de Recife, que predicaba el evangelio en las chabolas, lo hemos encontrado colgado de un árbol y con el cuerpo acribillado a balazos. Cosas que en Recife ya no extrañan a nadie.
¿Que ya no extrañan a nadie?
No, como las amenazas telefónicas. Ahora ya estoy acostumbrado. Me llaman de noche, a intervalos de una hora o media hora, y me dicen: «Eres un agitador, un comunista, prepárate a morir. Ahora vamos por ti y te haremos ver el infierno». ¡Qué imbéciles! Ni siquiera les contesto. Sonrío y cuelgo el aparato. ¿Y por qué responde a la llamada?, preguntará usted. Porque responder al teléfono es mi deber. Podría ser cualquiera que se sintiera mal, que me necesitara, que pidiese ayuda. Soy un sacerdote, ¿sí o no? Durante el campeonato mundial de fútbol se calmaron un poco. En aquellos días no pensaban más que en el balón. Pero ya han vuelto a empezar y esta misma noche no me han dejado ni dormir ni rezar. Cada media hora, ring, ring… «Vamos a matarte». ¡Locos! Aún no han comprendido que matarme a mí no sirve de nada, que sacerdotes como yo hay muchos.
Desgraciadamente, don Helder, hay poquísimos. Pero volvamos al sobrenombre de «arzobispo rojo». ¿Cuál es hoy su elección política? ¿Es socialista como se dice, o no?
¡Claro que lo soy! Dios creó al hombre a su imagen y semejanza para que fuese su co-creador y no para que sea un esclavo. ¿Cómo se puede tolerar que la mayoría de hombres sean explotados y vivan como esclavos? Yo no veo solución alguna en el capitalismo. Pero tampoco la veo en los ejemplos socialistas que hoy se nos ofrecen porque están basados en dictaduras, y no se llega al socialismo con las dictaduras: la dictadura ya la tenemos aquí, éste es mi caballo de batalla. Es cierto que la experiencia marxista es asombrosa: admito que la Unión Soviética ha obtenido un gran éxito cambiando sus propias estructuras, admito que la China roja ha quemado etapas de manera aún más extraordinaria. Pero cuando leo lo que sucede en la Unión Soviética o en la China roja, las depuraciones, las delaciones, los arrestos, el miedo, ¡le encuentro un paralelo muy fuerte con las dictaduras de derechas y con el fascismo! Cuando veo la frialdad con que la Unión Soviética se comporta respecto a los países subdesarrollados, América latina, por ejemplo, descubro que es una frialdad idéntica a la de los Estados Unidos. Algún ejemplo de mi socialismo podríamos encontrarlo, tal vez en algunos países fuera de la órbita rusa o china: Tanzania, quizás, o Checoslovaquia antes de que la aplastasen. Pero tampoco. Mi socialismo es un socialismo especial, un socialismo que respeta al ser humano y que se remite a los Evangelios. Mi socialismo es justicia.
Don Helder, no hay palabra más utilizada que la palabras justicia. ¿Qué entiende usted por justicia?
Justicia no significa imponer a todos una misma cantidad de bienes y de idéntica manera. Sería atroz. Sería como si todos tuviesen el mismo rostro y el mismo cuerpo y la misma voz y el mismo cerebro. Yo creo en el derecho a tener rostros diferentes y cuerpos diferentes y votos diferentes y cerebros diferentes. Dios puede permitirse el riesgo de que le juzguen injusto. Pero Dios no es injusto y quiere que no haya privilegiados y oprimidos, quiere que cada uno reciba lo esencial para vivir, siendo distinto. ¿Qué entiendo, pues, por justicia? Entiendo una mejor distribución de los bienes, tanto a escala nacional como internacional. Hay colonialismos internos y colonialismos externos. Para demostrar esto último basta recordar que el ochenta por ciento de los recursos del planeta están en manos del veinte por ciento de los países, o sea en manos de las superpotencias o de las naciones al servicio de las superpotencias. Para darle dos pequeños ejemplos le diré que, en los últimos quince años, los Estados Unidos han ganado en América latina unos once mil millones de dólares y es una cifra dada por la oficina de estadística de la universidad de Detroit; o basta decir que por un tractor canadiense, Jamaica debe pagar el equivalente a tres mil doscientas toneladas de azúcar… Para demostrar el colonialismo interno, no hace falta salir de Brasil. Al norte de Brasil hay zonas que sería generoso definir como subdesarrolladas. Otras zonas recuerdan la prehistoria; los hombres viven en ellas como vivían en la época de las cavernas y son felices comiendo lo que encuentran en las basuras. Y a estas gentes ¿qué quiere que les cuente yo? ¿Que tienen que sufrir para ir al Paraíso? La eternidad empieza aquí en la Tierra, no en el Paraíso.
Don Helder, ¿ha leído usted a Marx?
Sí. Y no estoy de acuerdo con sus conclusiones, pero sí con un análisis de la sociedad capitalista. Y esto no autoriza a nadie a ponerme la etiqueta de marxista honorario. El hecho es que a Marx se le interpreta a la luz de una realidad que hoy ha cambiado, que sigue cambiando. Yo siempre les digo a los jóvenes: es un error tomar a Marx al pie de la letra, Marx ha de utilizarse teniendo presente que su análisis es de hace un siglo. Hoy, por ejemplo, Marx no diría que la religión es una fuerza alienada y alienante: la religión mereció este juicio, pero tal juicio ya no es válido; mire, si no, lo que sucede con los sacerdotes en América latina. En todas partes. Y, además, muchos comunistas lo saben. Lo saben los tipos como el francés Garaudy, y no importa si los tipos como Garaudy son expulsados del partido comunista: existen y piensan, y encarnan lo que Marx diría en nuestros días. ¿Qué quiere que le diga? Los hombres de izquierdas son, a menudo, los más inteligentes y los más generosos, pero viven en un equívoco hecho de ingenuidad o de ceguera. No les cabe en la cabeza que hoy haya cinco gigantes en el mundo: los dos gigantes capitalistas, los dos gigantes comunistas, y un quinto gigante que es un gigante con los pies de barro, que es el mundo subdesarrollado. El primer gigante capitalista, no hace falta subrayarlo, se llama Estados Unidos. El segundo se llama Mercado Común Europeo, y también él se comporta con todas las reglas del imperialismo. El primer gigante comunista se llama Unión Soviética, el segundo se llama China, y sólo los imbéciles creen que los dos imperios capitalistas están separados de los comunistas por las ideologías. Se repartieron el mundo en Yalta y seguirán repartiéndoselo soñando una segunda conferencia de Yalta. Y para el quinto gigante de pies de barro, ¿dónde está entonces la esperanza? Yo no la veo ni al lado de los capitalistas norteamericanos ni tampoco al lado de los comunistas rusos y chinos.
Don Helder, voy a hacerle una pregunta obligada y embarazosa. Hubo una etapa de su vida en la cual abrazó el fascismo. ¿Cómo fue posible? Y ¿cómo llegó después a una elección tan distinta? Perdone el mal recuerdo.
Tiene usted todo el derecho de echarme en cara este feo recuerdo y yo le contesto sin avergonzarme. En cada uno de nosotros duerme un fascista y quizá no se despierta nunca, pero, a veces, sí se despierta. A mí se me despertó cuando era joven. Tenía veintidós años, también entonces soñaba con cambiar el mundo, y veía al mundo dividido entre derechas e izquierdas, es decir, entre fascismo y comunismo. Como opositor al comunismo, elegí el fascismo. En Brasil se llamaba Acción Integralista. Los integralistas llevaban las camisas verdes en lugar de negras como los italianos de Mussolini. Su eslogan era Dios-Patria-Familia: un eslogan que a mí me iba muy bien. ¿Cómo juzgo esto? Con mi simplicidad juvenil, con mi buena fe, con mi falta de información; no había muchos libros que leer ni muchos hombres sanos a quienes escuchar. Y también con el hecho de que mi superior, el obispo de Ceara, fuese favorable a la idea y me hubiera pedido trabajar con los integralistas. Trabajé con ellos hasta los veintisiete años, sabe. Sólo empecé a sospechar que aquél no era el camino justo cuando llegué a Río de Janeiro donde el cardenal Leme, que no pensaba como el de Ceara, me ordenó abandonar el movimiento. Le cuento esto sin embarazo porque cada experiencia, cada error, enriquece y enseña, si no a otra cosa, por lo menos a comprender a los demás. Sé lo que digo cuando digo a los fascistas de hoy: no existe sólo el fascismo, no existe sólo el comunismo, la realidad es bastante más complicada. Pero usted quiere saber cómo llegué a mi posición actual. La respuesta es sencilla: cuando un hombre trabaja en contacto con los sufrimientos, acaba siempre por quedar preñado por el sufrimiento. Muchos reaccionarios lo son porque no conocen la miseria, la humillación. ¿Cuándo quedé grávido de sufrimientos? No lo sé. Sólo puedo decirle que mi gravidez ya existía en 1952, cuando fui nombrado obispo. En 1955, el año del Congreso Eucarístico internacional, era ya una gravidez avanzada. El parto de mis ideas se produjo un día de junio de 1960, en la iglesia de la Candelaria, en la fiesta de San Vicente de Paúl. Subí al púlpito y empecé a hablar de la caridad entendida como justicia y no como beneficencia.
Don Helder, algunos intentan llegar a esta justicia con la violencia. ¿Qué piensa usted de la violencia como instrumento de lucha?
La respeto. Pero aquí hay que hacer un razonamiento. Cuando se habla de violencia no hay que olvidar que la violencia número uno, la violencia madre de todas las violencias, nace de las injusticias. Se llama injusticia. Los jóvenes que intentan interpretar a los oprimidos, reaccionan a la violencia número uno con la violencia número dos, o sea, la violencia corriente, y ésta provoca la violencia número tres, o sea, la violencia fascista. Es como una espiral. Yo, como religioso, no puedo o no debo aceptar ninguna de estas tres violencias, pero la violencia número dos puedo comprenderla, porque sé que a ésta se llega a través de provocaciones. Yo detesto a quien permanece pasivo, a quien calla, y amo sólo a quien lucha, a quien se atreve. Los jóvenes que en Brasil reaccionan con violencia a la violencia son idealistas a quienes admiro. Desgraciadamente, su violencia no conduce a nada y yo debo añadir: si os ponéis a jugar con las armas, los opresores os aplastarán. Pensad que enfrentarse a ellos en su mismo plano es una locura.
En otras palabras, don Helder, usted me está diciendo que en América latina la revolución armada es imposible.
Legítima e imposible. Legítima porque es provocada, imposible porque será aplastada. La idea de que la guerrilla era la única solución para la América latina, se desarrolló después de la victoria de Fidel Castro. Pero Fidel Castro, al principio, no tenía en contra a los Estados Unidos. Los Estados Unidos fueron cogidos por sorpresa en Cuba y, desde lo de Cuba, se prepararon para la antiguerrilla en todos los países de América latina; para evitar otra Cuba. De manera que, hoy, en la América latina, todos los militares en el poder cuentan con la ayuda del Pentágono para aplastar cualquier intento de revolución. No sólo hay escuelas superiores de guerra donde los soldados son adiestrados en las más duras condiciones, en la jungla, entre víboras, sino que se les enseña, además, propaganda política. O sea, mientras su cuerpo aprende a matar, su cerebro se convence de que el mundo está dividido en dos: por una parte los capitalistas y sus valores, y por otra, el comunismo con sus antivalores. Estas fuerzas especiales están tan preparadas que el que intenta enfrentarse a ellas acaba inevitablemente por perder.
¿Como Che Guevara? Don Helder, ¿cuál es su opinión sobre el Che?
Guevara, en Cuba, era el genio de la guerrilla. Lo demostró en Cuba porque fue él, y no Fidel Castro, el autor de la extraordinaria victoria. Y digo extraordinaria porque yo no he olvidado, ¿sabe?, lo que era Cuba en los tiempos de Batista. Los demás han olvidado, yo no. Pero desde un punto de vista político, era bastante menos genial, y su muerte demuestra que mi razonamiento es justo. Eligió Bolivia, un país con poquísimos privilegiados y una masa que vive por debajo del nivel humano, sin esperanza ni conciencia para sublevarse. No le podían ayudar aquellos por quienes luchaba; el que no tiene una razón para vivir, tampoco tiene una razón para morir. Y se quedó solo, y los expertos de la antiguerrilla lo devoraron. No, Cuba no puede repetirse y no creo que América latina tenga «necesidad de muchos Vietnam», como decía Che Guevara. Cuando pienso en el Vietnam, pienso en un pueblo heroico que lucha contra una superpotencia, ya que no creo en absoluto que los Estados Unidos estén allí para defender al mundo libre. Pero tampoco creo que a la China roja le importe mucho el Vietnam y pregunto: «¿Creen de veras que cuando aquella guerra haya terminado, el pueblo vietnamita habrá resultado vencedor?».
Y ¿qué piensa de Camilo Torres?
Lo mismo. Camilo era un sacerdote sincero, pero en determinado momento, aunque siguiera siendo un sacerdote y un cristiano, perdió toda ilusión sobre el sueño de que la Iglesia supiera o quisiera poner en práctica sus bellísimos textos. Y pensó que sólo el partido comunista estaba en condiciones de hacer algo. De manera que los comunistas lo aceptaron y lo enviaron en seguida al combate, allí donde el peligro era mayor. Tenían pensado un plan: matarán a Camilo y Colombia estallará. Mataron a Camilo, pero no pasó nada más. Ni los jóvenes ni los trabajadores se movieron. Y volvemos a lo que he dicho antes.
Don Helder, ¿aplicaría lo que ha dicho antes a los jóvenes que en Brasil ejercen la guerrilla urbana?
Ni que decir tiene. Respeto enormemente a los jóvenes brasileños de los que me habla. Les amo porque son audaces, maduros, porque nunca actúan por odio y sólo piensan en liberar el país. A costa de su vida. No tienen tiempo de preparar a las masas, son impacientes y pagan con la vida. No quisiera desanimar a estos jóvenes, pero tengo que hacerlo. ¿Vale la pena sacrificar la vida por nada? ¿O por casi nada? Piense ante todo en los robos que han de hacer en los bancos para procurarse el dinero necesario para comprar las armas. Las armas son carísimas e introducirlas en la ciudad es una empresa loca. ¿No es desproporcionado el riesgo, el sacrificio? Considere, además, los raptos de los diplomáticos destinados a liberar a sus compañeros de la cárcel. Cada vez que un embajador es secuestrado por los guerrilleros a cambio de sus compañeros de la cárcel, la policía hace una redada y las cárceles se llenan de nuevo. Y las cámaras de tortura. ¿Qué sentido tiene que unos salgan y otros entren? ¿El sentido de cambiar, de añadir mutilados a los mutilados, y muertos a los muertos? ¿El sentido de acrecentar la espiral de la violencia, de facilitar la dictadura fascista? Mi oposición, como ve, no está basada en motivos religiosos sino en motivos tácticos. No procede de ningún idealismo, procede de un realismo estrictamente político. Un realismo válido para otros países: Estados Unidos, Italia, Francia, España, Rusia. Si en cada uno de estos países los jóvenes se lanzaran a la calle para intentar una revolución, serían aniquilados en un abrir y cerrar de ojos. En los Estados Unidos, por ejemplo, el Pentágono acabaría absolutamente en el poder. ¡No hay que ser impacientes!
También Jesucristo era impaciente, don Helder. Y no hacía muchos razonamientos tácticos cuando desafiaba a la autoridad constituida. En la historia del mundo siempre han ganado los que se han atrevido a lo imposible. Y los jóvenes…
¡Si usted supiera cómo comprendo a los jóvenes! También yo, de joven, era impaciente: en el seminario me mostraba tan contestatario que ni siquiera llegué a ser hijo de María. Hablaba en las horas dedicadas al silencio, escribía poesías, aunque estuviese prohibido, discutía con mis superiores. Y las nuevas generaciones de hoy me dejan admirado porque son cien veces más desobedientes de lo que lo fui yo y cien veces más valientes de lo que lo fui yo. En los Estados Unidos, en Europa, en todas partes. No sé nada de los jóvenes rusos, pero estoy seguro de que también ellos intentan algo. Sí, sé que para los jóvenes de hoy todo es más fácil porque tienen más información, mejores comunicaciones, tienen el camino que mi generación abrió para ellos. ¡Y utilizan tan bien este camino! ¡Hay en ellos tal sed de justicia, de rebeldía, tal sentido de la responsabilidad! Son exigentes con sus padres, con sus profesores, con sus pastores, consigo mismos. Le vuelven la espalda a la religión porque se han dado cuenta de que la religión les ha traicionado. Y son sinceros cuando encuentran la sinceridad, la sensibilidad. Hace tiempo vinieron a verme algunos jóvenes marxistas y, con cierta arrogancia, me dijeron que habían decidido aceptarme. Bueno, bueno, contesté yo, supongamos ahora que yo no os acepto a vosotros. Y aquí empezó una discusión ardiente, hasta dura, que terminó en un abrazo. A los jóvenes de hoy no sólo les amo: les envidio, porque tienen la suerte de vivir su juventud al mismo tiempo que la juventud del mundo. Pero usted no puede impedirme que sea viejo y por tanto sabio, no impaciente.
De acuerdo. Entonces, don Helder, le pregunto: ¿cuáles son las soluciones que su sabiduría ha encontrado para liquidar la injusticia?
Quien tenga la solución en el bolsillo es un tonto presuntuoso. Yo no tengo soluciones. Sólo tengo opiniones, sugerencias, que se resumen en dos palabras: violencia pacífica. O sea, no la violencia elegida por los jóvenes con las armas en la mano, sino la violencia, si quiere, ya predicada por Gandhi y Martin Lutero King. La violencia de Cristo. La llamo violencia porque no se contenta con pequeñas reformas, con revisionismos, sino que exige una revolución completa de las estructuras actuales: una sociedad rehecha desde el principio. Sobre bases socialistas y sin derramamiento de sangre. No basta luchar por los pobres, morir por los pobres: hay que dar a los pobres la conciencia de sus derechos y de su miseria. Es necesario que las masas adviertan la urgencia de liberarse y no de ser liberadas por unos pocos idealistas que se enfrentan a la tortura como los cristianos se enfrentaban a los leones en el Coliseo. Hacerse comer por los leones sirve de muy poco si las masas siguen sentadas contemplando el espectáculo. Pero cómo ponerlas de pie, exclamará usted. Esto es un juego de espejos. Bien, yo seré un utópico, un ingenuo, pero digo que es posible «concienciar» a las masas y, tal vez, es posible abrir un diálogo con los opresores. No existe un hombre que sea completamente malo, hasta en la más infame de las criaturas se encuentran elementos válidos. ¿Y si llegáramos a una entrevista con los militares más inteligentes? ¿Si consiguiésemos inducirles a revisar su filosofía política? Habiendo sido un integralista, un fascista, yo conozco el mecanismo de su razonamiento: incluso podría darse el caso de que consiguiéramos convencerles de que el mecanismo de su razonamiento está equivocado, que torturando y matando no se asesinan las ideas, que el orden no se mantiene con el terror, que el progreso se consigue sólo con la dignidad, que los países subdesarrollados no se defienden poniéndose al servicio de los imperios capitalistas, que los imperios capitalistas van de bracete con los imperios comunistas. Hay que intentarlo.
¿Lo ha intentado usted, don Helder?
Lo intentaré. Lo intento ya ahora diciéndoselo a usted en esta entrevista. Deberían entender que el mundo avanza, que el hálito de esta revuelta no afecta sólo a Brasil y a la América latina, sino a todo el planeta. ¡Si ha afectado hasta a la Iglesia católica! Sobre el problema de la justicia la Iglesia ya ha llegado a ciertas conclusiones. Y tales conclusiones están escritas, firmadas. Porque es cierto que muchos sacerdotes discuten el celibato, pero ahora discuten mucho más sobre el hambre o la libertad. Y luego, ¿sabe?, también hay que considerar las consecuencias de discutir sobre el celibato; todas las revueltas están en relación, no se puede exigir el cambio de las estructuras externas si no se tiene el valor de cambiar las estructuras internas. Los grandes problemas humanos no son monopolio de los sacerdotes que viven en América latina, de don Helder. Los afrontan los sacerdotes de Europa, de los Estados Unidos, del Canadá, de todas partes.
Son grupos aislados, don Helder. En la cima de la pirámide están todavía los que defienden las viejas estructuras y la autoridad establecida.
No puedo negarlo. Hay una diferencia enorme entre las conclusiones firmadas y la realidad viva. La Iglesia siempre ha estado demasiado preocupada por el problema de mantener el orden, evitar el caos, y esto le ha impedido darse cuenta de que su orden era más bien desorden. A veces me pregunto, sin acusar a la Iglesia, cómo es posible que personas serias y virtuosas hayan aceptado y acepten tantas injusticias. Durante tres siglos, en Brasil, la Iglesia ha encontrado normal que los negros estuviesen reducidos a la esclavitud. La verdad es que la Iglesia católica pertenece al engranaje del poder. La Iglesia tiene dinero, al invertir su dinero, se mete hasta el cuello en las empresas comerciales y se ata a aquellos que detentan la riqueza. De esta manera cree proteger su prestigio, pero, si queremos representar el papel que nos hemos arrogado, no tenemos que pensar en términos de prestigio. Ni siquiera tenemos que lavarnos las manos como Pilatos, hemos de arrepentimos del pecado de omisión y saldar la deuda. Y reconquistar el respeto de los jóvenes si no su simpatía o tal vez su amor. Fuera el dinero, y basta de predicar la religión en términos de paciencia, obediencia, prudencia, sufrimiento, beneficencia… Basta ya de beneficencia, bocadillos y galletitas. La dignidad de los hombres no se defiende regalándoles bocadillos o galletas, sino enseñándoles a decir: me corresponde jamón. Somos nosotros, los sacerdotes, los responsables del fatalismo con que los pobres se han resignado siempre a ser pobres, y los pueblos subdesarrollados a ser pueblos subdesarrollados. Y continuando de esta manera damos la razón a los marxistas para quienes la religión es una fuerza alienada y alienante, el opio del pueblo.
Don Helder, ¿también sabe el Papa que dice usted estas cosas?
Lo sabe, lo sabe. Y no lo desaprueba. Es que él no puede hablar como hablo yo. ¡Tiene determinada gente alrededor, el pobre hombre!
Oiga, don Helder, hoy por hoy, ¿cree que la Iglesia puede de veras tener un papel en la búsqueda y la aplicación de la justicia?
Oh, no. Quitémonos de la cabeza que, después de haber colaborado en tantas desgracias, la Iglesia pueda ahora permitirse este papel. Tenemos el deber de realizar este servicio, pero sin autobombo. Sin olvidarnos de que la mayor parte de las culpas más graves es nuestra, de los cristianos. El año pasado participé durante una semana, en Berlín, en una mesa redonda de cristianos-budistas-hinduistas-marxistas. Discutimos los grandes problemas del mundo, examinamos lo que habíamos hecho y llegamos a la conclusión de que las religiones están en deuda con la humanidad, pero que la deuda más grave la tienen los cristianos, y entre ellos los católicos. ¿Cómo se explica que ese puñado de países que tienen en sus manos el ochenta por ciento de los recursos mundiales sean países cristianos, la mayoría católicos? Por tanto concluyo: si existe una esperanza, está en todas las religiones actuando de acuerdo. No sólo en la Iglesia católica o en las religiones cristianas. Hoy no existe una sola religión que tenga muchas posibilidades. La paz sólo se conseguirá gracias a aquellos a quienes el Papa Juan llamaba los hombres de buena voluntad.
Éstos son una minoría falta de poder, don Helder.
Son las minorías lo que cuentan. Son las minorías las que siempre han cambiado el mundo rebelándose, luchando, y despertando luego a las masas. Un sacerdote aquí, un guerrillero allí, un obispo más allá, un periodista… No estoy intentando halagarla, pero debo decirle que soy uno de los pocos que aman a los periodistas. ¿Quiénes, sino los periodistas, denuncian las injusticias e informan a millones y millones de personas? No suprima esta observación de la entrevista: en el mundo moderno los periodistas son un fenómeno importante. Hace algún tiempo, venían a Brasil sólo para hablar de nuestros bailes, de nuestros papagayos, de nuestro carnaval, en suma de nuestro folklore. En cambio, ahora vienen ustedes aquí a plantear el problema de nuestra miseria, de nuestras torturas. No todos, de acuerdo: los hay a quienes no les importa si morimos de hambre o de descargas eléctricas. No siempre con éxito, de acuerdo: su sed de verdad se detiene donde empiezan los intereses de la empresa a la que sirven. Pero Dios es bueno y a veces permite que sus jefes no sean muy inteligentes. Así, con la bendición de Dios, las noticias pasan siempre y, una vez impresas, se disparan con la velocidad de un cohete enviado a la Luna, y se entienden como un río que se ha salido de madre. Y el público no es tonto aunque sea silencioso. Tiene ojos y oídos aunque no tenga boca. Y llega un día en que piensa en lo que ha leído. Yo sólo espero que lea esta suprema verdad: no hay que decir que los ricos son ricos porque han trabajado más o son más inteligentes. No hay que decir que los pobres son pobres porque son estúpidos y perezosos. Cuando falta la esperanza y se hereda sólo la miseria no sirve para nada trabajar o ser inteligente.
Don Helder, si no fuese usted sacerdote…
Puede ahorrarse la pregunta: nunca he podido imaginar ser otra cosa sino sacerdote. Considero un crimen la falta de fantasía, pero no tengo fantasía bastante para imaginarme no-sacerdote. Para mí ser sacerdote no es sólo una elección, es un sistema de vida. Lo que el agua es para un pez, y el cielo para un pájaro. Yo creo de veras en Cristo y Cristo no es para mí una idea abstracta: es un amigo personal. Nunca he lamentado ser sacerdote, nunca me ha desilusionado. El celibato, la castidad, la ausencia de una familia en el modo que la entienden ustedes, los laicos, no ha sido nunca un peso para mí. Si me han faltado ciertas alegrías, he tenido o tengo otras más sublimes. ¡Si usted supiera lo que experimento cuando digo la misa, cómo me identifico con ella! La misa es para mí el calvario y la resurrección, y una alegría loca. Hay quien nace para cantar, hay quien nace para escribir, quien nace para jugar al fútbol, y quien nace para ser sacerdote. Yo nací para ser sacerdote. Empecé a decirlo a la edad de ocho años y no porque mis padres me lo metiesen en la cabeza. Mi padre era masón y mi madre entraba en la iglesia una vez al año. Recuerdo un día en que mi padre se asustó y me dijo: «Hijo mío, tú siempre dices que quieres ser sacerdote. ¿Sabes qué significa esto? Un sacerdote es alguien que no se pertenece a sí mismo porque pertenece a Dios y a los hombres, es alguien que debe distribuir sólo amor, fe y caridad…». Y yo le contesté: «Lo sé, por esto quiero ser sacerdote».
Pero no monje, sin embargo. Su teléfono suena demasiado a menudo y la pared acribillada de ráfagas de ametralladora no se adapta a un convento.
¡Oh, se equivoca! Yo llevo un convento dentro de mí. Tal vez hay en mí muy poco de místico e incluso en mis encuentros directos con Cristo soy insolente como Cristo quiere. Pero hay siempre un momento en que me aíslo como un monje. Cada noche a las dos, me despierto, me levanto, me visto y recojo las piezas que he esparcido durante todo el día: un brazo aquí, una pierna allí, la cabeza quién sabe dónde. Me recojo, solo, solo, y me pongo a escribir o a pensar o a rezar, o me preparo para la misa. De día soy un hombre parco. Como poco, detesto los anillos y las cruces preciosas, como puede ver, y disfruto de los dones al alcance de la mano: el sol, el agua, la gente, la vida. Es bella la vida, y a veces me pregunto por qué para conservar una vida se deben matar otras: aunque sea un huevo o un tomate. Sí, ya sé que masticando un tomate lo convierto en don Helder y así lo idealizo, lo hago inmortal. Pero destruyo el tomate, ¿por qué? Es un misterio que no consigo penetrar y que dejo de lado diciendo: paciencia, un hombre es más importante que un tomate.
Y cuando no piensa en el tomate, don Helder, ¿no ha llegado nunca a sentirse un poco menos monje y un poco menos sacerdote? ¿Enojarse con los hombres que valen menos que un tomate y soñar con emprenderla con ellos a puñetazos?
Si me sucediese esto sería un sacerdote con el fusil a la espalda. Y yo respeto mucho a los sacerdotes con fusil a la espalda y nunca he dicho que usar las armas contra el opresor sea inmoral o anticristiano. Pero no es mi elección, no es mi camino, no es mi modo de aplicar el Evangelio. De manera que, cuando me enfado, y lo noto porque no me salen las palabras de la boca, me freno y me digo: «¡Calma, don Helder!». Sí, comprendo, usted no consigue ensamblar lo que le acabo de decir con lo que le he dicho antes: por una parte el convento, por la otra la política. Pero esto que usted llama política, para mí es religión. Cristo no hacía el juego a los opresores, no se doblegaba a los que le decían: si defiendes a los jóvenes que secuestran embajadores, si defiendes a los jóvenes que roban bancos para comprar armas, cometes un crimen contra la patria y el Estado. La Iglesia quiere que me ocupe de la liberación del alma, pero ¿cómo se hace para liberar un alma si no es libre el cuerpo que contiene aquella alma? Yo, al cielo, quiero enviar hombres, no despojos. Y mucho menos despojos con el estómago vacío y los testículos machacados.
Gracias, don Helder. Me parece que ya se ha dicho todo, don Helder. Pero ¿qué sucederá ahora?
¡Bah! Yo no me oculto, yo no me defiendo, y se necesita mucho valor para liquidarme. Pero estoy convencido de que no pueden matarme si Dios no lo quiere. Y si Dios lo quiere porque le parece justo, acepto esto como una gracia; mi muerte, quién sabe, tal vez sería útil. He perdido casi todos los cabellos, los pocos que me quedan son blancos y no me quedan muchos años de vida. Por tanto, sus amenazas no me dan miedo. Y es un poco difícil que con ellas consigan hacerme cerrar el pico. El único juez que acepto es Dios.
Recife, agosto 1970
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Oriana Fallaci
Oriana Fallaci (Florencia, 1929-Florencia, 2006) fue una periodista, activista y escritora italiana. Fue la primera mujer italiana corresponsal de guerra. Como escritora de doce libros, vendió veinte millones de ejemplares en todo el mundo; como periodista ganó un gran prestigio internacional especialmente por sus entrevistas a personajes famosos. En 2007 el parque público Quadronno Crivelli en el centro de Milán cambió su nombre por Giardino Oriana Fallaci (Jardín Oriana Fallaci) en su homenaje.
Obra:
Libros:
- 1956, I sette peccati di Hollywood (Los siete pecados capitales de Hollywood)
- 1961, Il sesso inutile, viaggio intorno alla donna (El sexo inútil)
- 1962, Penelope alla guerra (Penélope en la guerra, Barcelona, Noguer y Caralt Editores)
- 1966, Se il Sole muore ("Si el Sol muere")
- 1969, Niente e così sia ("Nada y así sea")
- 1974, Intervista con la storia (Entrevistas con la historia, Barcelona, Noguer y Caralt Editores, 1986)
- 1975, Lettera a un bambino mai nato (Carta a un niño que nunca nació, Barcelona, Noguer y Caralt Editores, 1990)
- 1979, Un uomo (Un hombre, Barcelona, Noguer y Caralt Editores, 1984).
- 1990, Insciallah. ("Inshallah")
- 2001, La rabbia e l'orgoglio (La rabia y el orgullo, Madrid, La Esfera de los Libros, 2002).
- 2004, La forza della ragione (La fuerza de la razón, Madrid, La Esfera de los Libros, 2004). Se apunta a la tesis de Eurabia y acusa a la izquierda europea de ser "antioccidental". Es una secuela de La rabia y el orgullo.
- 2005, Oriana Fallaci intervista sè stessa - L'Apocalisse (Oriana Fallaci se entrevista a sí misma - El Apocalipsis, Madrid, La Esfera de los Libros, 2005). Hubo una primera edición en 2004, que no incluía el largo epílogo «El Apocalipsis», con el título Oriana Fallaci intervista Oriana Fallaci.
- 2008, Un cappello pieno di ciliege, (Un sombrero lleno de cerezas, Madrid, La Esfera de los Libros, 2009). Una novela publicada póstumamente en la que Oriana Fallaci trabajó durante diez años, y que trata acerca de la historia de su familia.
- 2016, La paura è un peccato (El miedo es un pecado), publicado por la editorial Rizzoli, 2016. Recopilación de 120 cartas hecha por Edoardo Perazzi.
Filmografía:
- El Grito (1968), guionista.
- L'Oriana (2014), una película de Marco Turco con Vittoria Puccini.
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