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Año 10 #113 Marzo 2024

Los cristales soñadores

(Fragmento)

1
Sorprendieron al niño debajo de las graderías del estadio, frente a la escuela, y lo mandaron de vuelta a su casa. El niño tenía ocho años entonces. Había estado haciéndolo durante años.
En cierto modo era una pena. Era un buen chico, y hasta de cara agradable, aunque no sobresaliente. Había niños, y maestros, que simpatizaban un poco con él, y otros que no se le acercaban; pero todos lo condenaron sin excepción. Se llamaba Horty —es decir, Horton— Bluett. Naturalmente, en su casa no lo recibieron muy bien.
Abrió la puerta con mucho cuidado, pero lo oyeron y lo arrastraron al medio de la sala. Allí se quedó cabizbajo, encendido, con una media caída, y los brazos cargados de libros y un guante de béisbol. Era un buen jugador, para sus ocho años.
—Me han… —empezó a decir.
—Ya lo sabemos —dijo Armand Bluett. Armand era un hombre huesudo, de bigotito, y ojos fríos y húmedos. Se llevó las manos a la cabeza y luego alzó los brazos—. Dios mío, muchacho, ¿cómo has caído en una cosa parecida?
Armand Bluett no era un hombre religioso, pero cuando se llevaba las manos a la cabeza, lo que ocurría a menudo, hablaba siempre así.
Horty no respondió. La señora Bluett, de nombre Tonta, suspiró y pidió un cóctel. No fumaba, y cuando le faltaban las palabras necesitaba reemplazar esas pausas meditativas del fumador que enciende el cigarrillo. Tan pocas veces le faltaban las palabras, que un quinto de botella le bastaba para un mes y medio. Tonta y Armand no eran los padres de Horty. Los padres de Horty habitaban el primer piso, pero los Bluett no lo sabían. Se le había permitido a Horty que llamara a Armand y a Tonta por sus nombres.
—¿Puedo saber —dijo Armand fríamente— desde cuándo te dedicas a esas prácticas nauseabundas? ¿O era sólo un experimento?
Horty sabía que no se libraría fácilmente. Armand arrugaba la cara, como cuando probaba vino y lo encontraba inesperadamente bueno.
—No lo hice muchas veces —dijo Horty, y esperó.
—Que el Señor nos perdone la generosidad de haber recogido un cerdito —dijo Armand llevándose otra vez las manos a la cabeza.
Horty suspiró. Sabía ya adonde irían. Armand decía siempre la misma oración cuando se enojaba. Fue a preparar un cóctel para Tonta.
—¿Por qué hiciste eso, Horty?
La voz de Tonta parecía más dulce, pero sólo porque sus cuerdas vocales eran diferentes. Su rostro expresaba el mismo implacable frío.
—Bueno… porque me gustaba, creo.
Horty dejó los libros y el guante sobre un taburete.
Tonta volvió la cabeza y emitió un sonido ronco, parecido a una arcada. Armand se acercó con un vaso donde tintineaba un trozo de hielo.
—Nunca oí nada parecido —dijo despreciativamente—. Supongo que se enteró toda la escuela.
—Creo que sí.
—Los niños, y los maestros también, sin duda. Por supuesto. ¿Nadie te dijo nada?
—Sólo el doctor Pell. —Pell era el director—. Me dijo… dijo que podían…
—¡Habla!
Horty ya había pasado por todo esto. ¿Por qué debía soportarlo otra vez?
—Dijo que la escuela no necesitaba puercos salvajes.
—Lo comprendo muy bien —dijo Tonta afectadamente.
—¿Y los otros niños? ¿Dijeron algo?
—Hecky me ofreció unos gusanos. Y Jimmy me llamó Lengua Pegajosa.
Y Kay Hallowell se había reído, pero no lo diría.
—Lengua Pegajosa. No está mal para un chico. Un oso hormiguero. —Armand se golpeó otra vez la frente—. ¡Dios mío! ¿Qué haré si el lunes por la mañana el señor Anderson me saluda «Hola, Lengua Pegajosa»? La historia va a correr por toda la ciudad, como que dos y dos son cuatro. —Miró a Horty con ojos penetrantes y húmedos—. ¿Y piensas ganarte la vida comiendo chinches?
—No eran chinches —dijo Horty tímidamente, pero animado por un afán de exactitud—. Eran hormigas. De las rojas.
Tonta se atragantó con su cóctel.
—Ahórranos los detalles.
—Dios mío —dijo Armand otra vez—, ¿qué será de este niño cuando crezca?
Mencionó dos posibilidades. Horty entendió una. La otra hizo saltar a Tonta, que no se escandalizaba fácilmente.
—¡Fuera de aquí!
Horty fue hacia las escaleras mientras Armand se dejaba caer exasperadamente junto a Tonta.
—Estoy saturado —dijo—. No aguanto más. Este cara sucia ha sido desde el primer día un símbolo del fracaso. No hay lugar bastante para… ¡Horton!
—Sí.
—Vuelve y llévate tu basura. No quiero que me recuerden que estás en casa.
Horty regresó lentamente, sin acercarse mucho a Armand, tomó sus libros y el guante de béisbol, dejó caer una caja de lápices —momento en que Armand invocó nuevamente a Dios—, la recogió, se le resbaló el guante, y al fin subió las escaleras.
—Los pecados de los padres adoptivos —dijo Armand— caerán sobre sus cabezas hasta la trigésima cuarta irritación. ¿Qué he hecho para merecer esto?
Tonta hizo girar el vaso entre los dedos, sin dejar de mirarlo, y frunciendo los labios apreciativamente. En un tiempo no había estado de acuerdo con Armand. Más tarde tampoco había estado de acuerdo, pero había callado. Ahora mostraba un exterior comprensivo, y dejaba que este exterior la empapara todo lo posible. La vida era así menos difícil.
Ya en su cuarto, Horty se dejó caer en la cama con los libros aún en los brazos. No cerró la puerta porque no había puerta. Armand pensaba que el aislamiento no convenía a los jóvenes. No encendió la luz. Conocía el cuarto aun con los ojos cerrados. Había pocas cosas. Una cama, un armario, una cómoda con un espejo móvil agrietado. Un escritorio infantil, prácticamente un juguete, que desde hacía años era demasiado pequeño. En el armario había tres sacos de tela encerada con ropas que Tonta no usaba ya, y que apenas dejaban sitio para las suyas.
Las suyas…
Nada aquí era realmente suyo. Si hubiera un cuarto más pequeño, allí estaría él. Había dos cuartos de huéspedes en ese piso, y otro arriba, y casi nunca había huéspedes. Las ropas que usaba no eran suyas. Eran concesiones a lo que Armand llamaba «mi posición». Si no fuera por eso, se vestiría con andrajos.
Se incorporó, y advirtió entonces que aún tenía las cosas de la escuela en los brazos. Las dejó en la cama. El guante era suyo, sin embargo. Lo había comprado por setenta y cinco centavos en la tienda del Ejército de Salvación. Había conseguido el dinero cargando paquetes en el almacén de Dumpledorff, diez centavos por viaje. Pensó que Armand se alegraría. Hablaba siempre de la necesidad de aprender a ganar dinero. Pero le prohibió a Horty que lo hiciera otra vez. «¡Dios mío! ¡La gente va a pensar que somos unos mendigos!». El guante era, pues, único resultado de la experiencia.
Era en verdad todo lo que tenía en el mundo… excepto Junky, naturalmente.
Miró en el armario entreabierto el estante superior donde se amontonaban las luces del árbol de Navidad (el árbol de Navidad estaba siempre fuera de la casa, donde los vecinos podían verlo, nunca dentro), cintas viejas, una lámpara, y… Junky.
Llevó cuidadosamente la silla demasiado grande del escritorio demasiado pequeño hasta el armario. (Si la hubiera arrastrado, Armand habría subido los escalones de dos en dos para ver qué era aquello, y si era algo divertido lo habría prohibido en seguida). Se subió a la silla, y buscó detrás de los trastos hasta encontrar la forma cúbica y dura de Junky. Lo sacó, un cubo de madera de colores chillones, muy golpeado, y lo llevó al escritorio.
Junky era uno de esos juguetes tan conocidos, tan usados, que no es necesario verlos o tocarlos frecuentemente para saber que están ahí.
Horty era un niño abandonado, y encontrado en el parque un atardecer, envuelto en una manta, y Junky había llegado a sus manos en el asilo. Cuando Armand lo adoptó (durante su campaña como candidato a concejal, que perdió, y que pensó podría favorecer si adoptaba «un pobre niño sin hogar») Junky fue con él.
Horty puso suavemente a Junky sobre el escritorio, y tocó un despintado botón lateral. Violentamente al principio, luego con un titubeo de muelle enmohecido, y al fin desafiante, emergió Junky, reliquia de una generación más inocente. Era un polichinela, de nariz ganchuda y descarada que tocaba casi el mentón puntiagudo. Entre la nariz y el mentón se abría una sonrisa cargada de experiencia.
Pero lo más curioso en Junky —y de más valor para Horty— eran los ojos. Parecían haber sido cortados o tallados de algún vidrio de color, y brillaban de un modo raro aun en el cuarto sombrío. A Horty le parecía a veces que tenían un brillo propio, pero no podía asegurarlo.
—Hola, Junky —murmuró.
El muñeco asintió con dignidad, y Horty extendió la mano y tomó el pulido mentón.
—Junky, vayámonos de aquí. Nadie nos quiere. Quizá pasemos hambre, y quizá frío, pero sin embargo… Piénsalo, Junky. No asustarse al oír su llave en la cerradura, y no cenar oyendo preguntas y preguntas hasta que uno debe mentir… y cosas parecidas.
No había por qué explicarle todo a Junky.
Soltó el mentón, y la sonriente cabeza subió y bajó y luego asintió lenta y pensativamente.
—No debían haberme tratado así por eso de las hormigas —confió Horty—. No llamé a nadie para que mirase. Pero ese sinvergüenza de Hecky me espiaba. Y fue y llamó al señor Carter. Eso no estuvo bien, ¿no es cierto, Junky?
Horty golpeó uno de los lados de la ganchuda nariz y la cabeza se sacudió agradablemente.
—Odio a los mirones.
—Te refieres a mí, sin duda —dijo Armand Bluett desde el umbral.
Horty no se movió, y el corazón se le detuvo también, un tiempo. Se acurrucó, escondiéndose a medias detrás del pupitre sin volverse hacia la puerta.
—¿Qué haces?
—Nada.
Armand le dio una bofetada. Horty gimió, una vez, y se mordió los labios.
—No mientas —dijo Armand—. Hacías algo, evidentemente. Hablabas solo, claro signo de degeneración mental. Qué es eso… Oh, el juguetito que llegó contigo. Tan repulsivo como tú.
Tomó la caja, la arrojó al suelo, se limpió la mano en un costado del pantalón, y pisó cuidadosamente la cabeza de Junky.
Horty gritó como si estuviesen aplastándole la propia cabeza, y saltó hacia Armand. Tan inesperado fue el ataque, que el hombre perdió el equilibrio. Golpeó pesada y dolorosamente los pies de la cama, extendió inútilmente las manos, y se fue al suelo. Se quedó allí un momento, gruñendo y parpadeando, y al fin entrecerró los ojos y miró al tembloroso Horty.
—Mm. ¡Hum! —dijo Armand con tono de gran satisfacción. Se incorporó—. Eres una bestia dañina. —Tomó a Horty por la pechera de la camisa y lo golpeó. Golpeaba la cara del niño, con la palma y el dorso de la mano, alternativamente, mientras hablaba—: Un homicida, eso eres. Te encerraremos en un colegio. Pero eso no bastará. La policía será lo mejor. Se encargarán de ti. Tienen dónde. Un lugar para delincuentes juveniles. Niñitos puercos. Pervertidos.
Arrastró al niño aturdido por el cuarto y lo metió en el ropero.
—Ahí te quedarás hasta que venga la policía —jadeó, y cerró con fuerza la puerta.
Tres dedos de la mano izquierda de Horty quedaron afuera.
El niño lanzó un grito de verdadera agonía y Armand abrió la puerta.
—Es inútil que chilles… ¡Dios mío, qué porquería! Ahora, supongo, habrá que llamar a un doctor. Cuándo, cuándo no traerás dificultades. ¡Tonta! —Salió del cuarto y corrió escaleras abajo—. ¡Tonta!
—Sí, corazón.
—Ese pequeño demonio se lastimó la mano en la puerta. A propósito, para llamar la atención. Sangra como un cerdo. ¿Sabes qué hizo? Me golpeó. ¡Me atacó, Tonta! Es peligroso tenerlo en casa.
—¡Pobre querido! ¿Te lastimó?
—¡No me mató por milagro! Voy a llamar a la policía.
—Será mejor que suba mientras tú telefoneas —dijo Tonta pasándose la lengua por los labios.
Pero cuando llegó arriba, Horty había desaparecido. Durante un rato hubo gran agitación en la casa. Al principio, Armand quería encontrar de cualquier modo a Horty, pero luego pensó qué diría la gente si el niño daba su propia deformada versión del incidente.
Pasó un día, y una semana, y un mes, y al fin Armand pudo mirar sin peligro el cielo y decir con voz misteriosa: «Está en buenas manos ahora, el pobrecito», y la gente respondía: «Entiendo…». Al fin y al cabo todos sabían que no era hijo de Armand.
Pero Armand Bluett se metió una idea en la mente: buscar en el futuro a un joven sin tres dedos en la mano izquierda.


2
Los Hallowell habitaban en los límites de la ciudad, en una casa que sólo tenía un defecto: encontrarse en la intersección de la carretera nacional y la calle mayor, de modo que el tránsito rugía día y noche ante la puerta de enfrente y la de atrás.
La hija de los Hallowell, Kay, de cabellos rubios como la estopa, tenía tantos prejuicios sociales como sólo es posible tenerlos a los siete años. Le habían pedido que vaciara el cajón de la basura, y, como de costumbre, abrió apenas la puerta trasera, para ver si alguien la sorprendía en esos serviles menesteres.
—¡Horty!
Horty se acurrucó en las sombras brumosas, detrás de las luces del tránsito.
—Horton Bluett, te veo.
—Kay… —El niño fue hacia la cerca—. Oye, no digas a nadie que me viste, ¿eh?
—Pero qué… Oh. ¡Te escapaste! —estalló la niña, notando el paquete que Horty llevaba debajo del brazo—. Horty, ¿estás enfermo? —Horty tenía un rostro fatigado y tenso—. ¿Te lastimaste la mano?
—Un poco. —Horty apretaba fuertemente la muñeca izquierda con la mano derecha. La mano izquierda estaba envuelta en dos o tres pañuelos—. Iban a llamar a la policía. Salí por la ventana y me escondí en el techo del altillo. Me buscaron por la calle y en todas partes. ¿No se lo dirás a nadie?
—No. ¿Qué llevas en el paquete?
—Nada.
Si ella se lo hubiera exigido, o hubiese querido quitarle el paquete, Horty probablemente no la hubiera vuelto a ver. Pero la niña dijo:
—Por favor, Horty.
—Puedes mirar.
Sin soltarse la muñeca, se volvió para que ella pudiera sacarle el paquete de debajo del brazo. La niña lo abrió —era una bolsa de papel— y sacó la horrible cara rota de Junky. Los ojos de Junky centellearon y la niña chilló:
—¡Qué es esto!
—Es Junky. Lo tengo conmigo desde antes de nacer. Armand lo pisoteó.
—¿Por eso te escapas?
—¡Kay! ¿Qué haces ahí fuera?
—¡Ya voy, mamá! Horty, tengo que irme. Horty, ¿no volverás a tu casa?
—Nunca jamás.
—Oh… ese señor Bluett, es tan malo…
—¡Kay Hallowell! ¡Entra en seguida! ¡Está lloviendo!
—¡Sí, mamá! Horty, quiero decirte algo. No debía haberme reído de ti. Hecky te llevó los gusanos, y pensé que era una broma. No sabía que comías realmente hormigas. Oh… Yo una vez comí un poco de pomada para zapatos. Eso no es nada.
Horty alzó el codo y la niña le puso otra vez el paquete bajo el brazo. Horty, como si se le acabara de ocurrir, y así era realmente, dijo de pronto:
—Volveré, Kay, un día.
—¡Kay!
—Adiós, Horty.
Y la niña desapareció, un relámpago de pelo de estopa, un vestido amarillo, un bordado de encaje, que se transformó ante Horty en una puerta de hierro, en una empalizada de madera y un ruido de pasos que se apagó rápidamente.
Horton Bluett se quedó un momento bajo la oscura llovizna, helado, pero con una sensación de quemadura en la mano herida y la garganta. Tragó saliva dificultosamente, y alzando los ojos vio la invitadora caja de un camión que las luces de tránsito habían detenido. Corrió, echó adentro el paquetito, y subió sosteniéndose con la mano derecha. El camión se lanzó hacia adelante. Horty tuvo que agarrarse con fuerza para no caer. El paquete de Junky se acercó a él. Horty extendió la mano, soltándose, y empezó a resbalar.
De pronto, una forma indistinta se movió en el interior del camión, y una mano vigorosa le alcanzó la mano herida. Horty sintió que se desmayaba de dolor. Cuando pudo ver otra vez, estaba acostado en el piso tembloroso del camión, sosteniéndose la muñeca, y quejándose con sollozos entrecortados y unos gruñidos muy débiles.
—Caramba, muchacho, parece que no quieres llegar a viejo.
Era un niño gordo, aparentemente de la misma edad de Horty, y que se inclinaba hacia él apoyando la cabeza en una triple barbilla.
—¿Qué te pasa en la mano?
Horty no respondió. Por ahora no podía hablar. El niño gordo, con sorprendente dulzura, apartó la mano sana de Horty y empezó a sacar los pañuelos. Cuando llegó a la última capa, vio fugazmente la sangre a la luz de un farol.
—Dios —dijo.
Cuando se detuvieron en otra señal de tránsito, miró cuidadosamente, entornando los ojos, que parecían dos piadosos nudillos de arrugas, y murmuró otra vez, con un énfasis que parecía venir de su interior. Horty comprendió que el niño gordo lo compadecía, y se echó a llorar francamente. No podía dejar de hacerlo, aunque hubiera querido dominarse, y siguió llorando mientras el niño le vendaba otra vez la mano.
El niño gordo se sentó luego en un rollo de lona y esperó a que Horty se calmara. En una ocasión Horty iba a callar, y el niño le guiñó el ojo amablemente. Horty, profundamente sensible a toda gentileza, se echó otra vez a llorar. El niño gordo recogió la bolsa de papel, miró adentro, la cerró cuidadosamente, y la puso sobre la lona. Luego, ante el asombro de Horty, sacó del bolsillo interior de la chaqueta una gran cigarrera, de cinco cilindros metálicos unidos, extrajo un cigarro, lo humedeció con la lengua, y lo encendió envolviéndose en una nube de humo azul, acre y dulzona a la vez. No buscó conversación, y al cabo de un rato Horty debió de dormirse, pues al abrir los ojos descubrió que tenía la chaqueta del niño gordo como almohada, y no podía recordar desde cuándo. Era noche cerrada, y la voz del niño gordo llegó de la oscuridad.
—Tranquilízate, muchacho. —Una manita rechoncha golpeó la espalda de Horty—. ¿Cómo te sientes?
Horty trató de hablar, se atragantó, y probó otra vez:
—Bien, me parece. Con hambre… Oh, ¡salimos al campo!
Advirtió entonces que el niño gordo estaba en cuclillas junto a él. La mano dejó de tocarle la espalda; un segundo más tarde ardía la llama de una cerilla, y durante un instante el rostro de luna llena del niño se recortó como un aguafuerte, a la luz vacilante. Los labios delicados y rojos mordieron el cigarro negro. Luego, con dedos precisos, el niño arrojó la cerilla fuera del camión. La llama voló y se apagó en la noche.
—¿Fumas?
—Nunca fumé —dijo Horty—. Hojas de maíz, una vez. —Contempló admirativamente la joya roja de la punta del cigarro—. Tú fumas mucho.
—Me impide crecer —dijo el otro, y estalló en una risa aguda—. ¿Cómo está esa mano?
—Me duele, pero menos.
—Eres fuerte, muchacho. Si yo estuviera en tu lugar, gritaría pidiendo morfina. ¿Qué te pasó?
Horty se lo dijo. La historia salió a pedazos, pero el niño gordo entendió perfectamente. De cuando en cuando hacía alguna pregunta, pero sin comentarios. Pareció al fin que las preguntas se agotaban. La conversación murió poco a poco. Durante un rato Horty pensó que el otro se había quedado dormido. El cigarrillo palideció más y más, chisporroteando a veces en los bordes, y relumbrando de pronto cuando una ráfaga perfumada entraba en el camión.
De repente, con una voz enteramente despierta, el niño gordo le preguntó:
—¿Buscas trabajo?
—¿Trabajo? Bueno… creo que sí.
—¿Por qué comías hormigas?
—Bueno… no sé. Creo que… bueno, que me gustaban.
—¿Lo hiciste muchas veces?
—No, no muchas.
Las preguntas no se parecían a las de Armand. El niño preguntaba sin repugnancia, sin más curiosidad, realmente, que si le preguntase cuántos años tenía o en qué clase estaba.
—¿Sabes cantar?
—Bueno… creo que sí. Un poco.
—Canta algo. Quiero decir, si puedes. No te esfuerces mucho. Bueno… ¿conoces Polvo de estrellas?
Horty miró la carretera que se alejaba bajo las ruedas, iluminada por la luna, y la luz blanca y amarilla que aparecía a veces, y se convertía en seguida en unos ojos rojos cuando algún coche pasaba por el otro lado del camino. La niebla se había desvanecido, y también un poco el dolor de la mano, y sobre todo se alejaba de Armand y Tonta. Kay, que era suave como una pluma, y este niño tan raro, que no hablaba como los otros niños, habían sido muy buenos con él, de un modo distinto. Una calidez maravillosa crecía ahora en su interior; era una sensación que sólo había tenido una o dos veces en la vida… la vez que había ganado la carrera de sacos, y había recibido como premio un pañuelo marrón, y la vez que cuatro chicos le habían silbado a un perro vagabundo, y el perro había ido directamente hacia él ignorando a los otros. Empezó a cantar, y, como el camión rugía, tuvo que cantar con fuerza para que el otro lo oyera, y como cantaba con fuerza tuvo que apoyarse en la canción y dejar en ella parte de sí mismo, así como un obrero que trabaja en el armazón de un rascacielos tiene que dejar en el viento parte de sí mismo.
Terminó de cantar. El niño gordo dijo:
—Eh. —Esa salida era un cálido elogio. Sin hacer otro comentario se acercó a la casilla del conductor y golpeó la ventanilla rectangular. El camión aminoró en seguida la marcha, frenó y se detuvo a un costado del camino. El niño gordo fue hacia la cola, se agachó y bajó.
—Tú quédate aquí —le dijo a Horty—. Voy un rato adelante. Y no te vayas, ¿me entiendes?
—No me iré.
—¿Cómo diablos puedes cantar así con una mano aplastada?
—No sé. No me duele mucho ahora.
—¿Has comido langostas también? ¿Gusanos?
—¡No! —gritó Horty horrorizado.
—Muy bien —dijo el niño.
Se alejó hacia la casilla del conductor. La portezuela se cerró ruidosamente, y el camión se puso en marcha otra vez.
Horty se adelantó con cuidado hasta la ventanilla, se agachó y miró.
El conductor era un hombre alto de piel rara: verde y escamosa. Tenía una nariz como la de Junky, pero una barbilla tan pequeña que parecía un viejo loro. Era tan alto que se doblaba sobre el volante como un helecho.
Junto a él estaban dos niñas. Una tenía una melena blanca, o mejor platinada; la otra, dos grandes trenzas y unos dientes muy hermosos. El niño gordo estaba al lado, hablando animadamente. El conductor no parecía prestarle ninguna atención.
Horty no tenía la cabeza muy despejada; pero ya no se sentía mal. Todo aquello era excitante; parecía un sueño. Volvió a su sitio y se acostó apoyando la cabeza en la chaqueta del niño gordo. Casi en seguida se incorporó, se arrastró entre las cosas del camión hasta encontrar el rollo de lona, y buscó allí la bolsa de papel. Se acostó, otra vez, se puso la mano izquierda sobre el estómago, metió la derecha en la bolsa, con cuatro dedos entre la nariz y el mentón de Junky, y se durmió.

  • Theodore Sturgeon
    Sturgeon, Theodore

    Theodore Sturgeon (1918-1985) fue un autor de ciencia ficción estadounidense. Nacido Edward Hamilton Waldo en Staten Island, 1929, después de un divorcio su madre se casó con William Sturgeon, y Edward cambió su nombre por el de Theodore que compatibilizaba mejor con su apodo, «Ted».

    A pesar de ser un desconocido entre el gran público, tanto la calidad de su prosa como lo original de sus planteamientos le convirtieron en una influencia determinante para escritores como Bradbury y Delany. Gran parte del trabajo de Sturgeon es poético, incluso elegante. Se le reconoce por usar una técnica conocida como prosa rítmica, en la cual su texto de prosa caería dentro de una métrica estándar. Esto tiene el efecto de crear un cambio repentino en el ánimo del texto, usualmente sin alertar al lector.

    Su novela más famosa, More Than Human (Más que humano, 1953) ganó varios reconocimientos académicos, particularmente en Europa, donde fue vista como una obra de elevada calidad.

    Su talento como escritor de ciencia ficción fue intermitente debido a los “baches” productivos a causa de depresiones y bloqueos. Otro rasgo fue su inclinación a escribir sobre sexo, religión y culpa buceando en los mecanismos sicológicos que los provocan.

    Prolífico en hijos, 8, matrimonios, 5 y divorcios, 4, vivió siempre en la pobreza. Enjuto y débil, de joven quiso hacer gimnasia acrobática. A los 15 años la fiebre reumática postergó su vocación circense. Fue marino y embarcado escribió sus primeros cuentos.

    Heavy Insurance (1938), su primera historia, le reportó 5 dólares. Con El Dios en el Jardín, se inicia en la ciencia ficción. Ray Bradbury prologa su primer libro de cuentos Whihout sorcery (1948). The dreaming jewels (1950) es su primera novela.

    Seguirían: More than human (Más que humano, 1953), The Cosmic Rape (1958) y Venus más X (1960), que lo colocan en la cima a la par de de los escritores de ciencia ficción. Privilegió la técnica narrativa al discurso científico, la estética al despliegue de saber.

    Sturgeon escribió guiones para algunos episodios de Star Trek como Shore Leave (1966) y Amok Time (1967, publicados más tarde en formato impreso en 1978). También escribió numerosos episodios de Star Trek que no fueron producidos. Dos de las historias de Sturgeon fueron adaptadas para The New Twilight Zone.

    Algunas de sus obras:

    Novelas:

    • Los cristales soñadores (1950)
    • Más que humano(1953, ganadora del International Fantasy Award)
    • The King and Four Queens(1956)
    • I, Libertine(1956)
    • Violación cósmica (1958)
    • Venus más X (1960)
    • Some of Your Blood(1961)
    • Voyage to the Bottom of the Sea(1961)
    • The Rare Breed(1966, western)
    • Cuerpo divino (1986)

     

    Recopilaciones de relatos:

    • La fuente del unicornio(1953)
    • Caviar(1955)
    • Regreso(1955)
    • Extrapolación(1964)
    • Las invasiones jubilosas(1965)
    • El soñador(1974)
    • Nuevamente Sturgeon(1971)
    • Las estrellas son la Estigia (1979)