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Año 10 #119 Septiembre 2024

Los hermanos Marx en apuros

Ediciones Júcar o Editorial Júcar (de donde extraímos este texto) es el nombre de una empresa creada por el librero asturiano Silverio Cañada (Gijón, 1932 - Oviedo, 2002.
Durante el franquismo vendía clandestinamente libros prohibidos importados en la Universidad de Oviedo (Sartre, Marcuse, Gramsci). Fundó con su esposa la Librería Universal y montó la prestigiosa Editorial Júcar en Gijón (1967), así llamada para que no la relacionaran con su autor, sino con alguien de Murcia; dirigida por José Manuel Caballero Bonald, llegó a sacar al mercado alrededor de 2.000 títulos. Cañada destacó por haber creado uno de los proyectos culturales más rentables de la España de entonces: la Gran enciclopedia asturiana, que transformó en un éxito gracias a su forma de comercializarla, inédita entonces: la distribución en fascículos coleccionables, una novedosa idea que hoy han acabado adoptando casi todas las editoriales. El autor intentaba emular una enciclopedia catalana que había publicado Editorial Salvat pocos años antes; Silverio Cañada llegó a sumar 21 tomos desde su aparición en 1970 y prosiguió con una Gran enciclopedia gallega; aunque proyectó la aragonesa, no llegó a realizarla. La colección «Los Juglares» descubrió a los jóvenes la vida y letras de cantantes como Leonard Cohen, Bob Dylan, Los Beatles o The Who.
Editó también numerosos libros y folletos sobre política revolucionaria: socialismo, anarquismo, sindicalismo, pedagogía radical, ecología social, pensadores marxistas y antiautoritarios, nueva izquierda, etc.
Se publicaron títulos sobre asuntos tan diversos e interesantes como la poesía culterana del XVII, la teoría de la literatura, la Sociología de la religión, filósofos como Gilles Deleuze o las primeras obras de Luis Sepúlveda, y se consagró una serie a antologías bilingües de poesía internacional provistas de interesantes y extensos estudios preliminares, la colección amarilla Los Poetas dirigida por Ángel Pariente, así como otra colección, Biblioteca de traductores. Cañada intentó asimismo imprimir en los setenta una Historia de las Revoluciones que nunca saldría a la luz, aunque la censura, con la que siempre tuvo que batallar, había aprobado a regañadientes el texto de los primeros volúmenes; la agresiva campaña publicitaria alarmó al poder (el metro madrileño amanecía inundado de gigantescos carteles con las imágenes de Mao, de Lenin o del Che Guevara) y fue prohibida. Por fin le alcanzó la crisis económica por una fallida iniciativa en negocios inmobiliarios y sus títulos quedaron restringidos a libros sobre cocina, turismo rural o teatro asturiano.

 

Incluido en Los hermanos Marx en apuros, Júcar, Gijón, 1988.

Capítulo 1
El estrecho malecón blanco del embarcadero se extendía apuntando hacia la bahía de Biscayne como el dedo de un esqueleto en putrefacción. La pintura estaba descascarillada, y bajo mis pies sentía cómo las tablas estaban reblandecidas a causa de llevar tantos años luchando contra la incansable agua salada. Había un hombre gordo sentado o puesto en cuclillas en el extremo más lejano del malecón, no podía discernir si tendría o no una silla debajo porque iba vestido con un albornoz de felpa blanco tan largo que lo convertía en una especie de pelota de tenis mojada. Tenía la espalda vuelta hacia mí mientras me acercaba, pero pude ver que sostenía una caña de pescar muy fina entre sus dedos descomunales. No se movió. Nubes oscuras se perseguían unas a otras por el cielo de la tarde y el malecón desvencijado bailaba con las olas de crestas blancas. Después de estar contemplándolo durante unos momentos y de ver cómo lo erosionaba el océano Atlántico, me puse a carraspear para aclarar la voz.
El hombre gordo se había dado la vuelta por completo para mirarme, ya que no existía una separación clara entre su cabeza y su cuello, si es que la pudo haber tenido en algún momento. Su rostro era un óvalo moreno y sin rasgos, afeado por una cicatriz oscura que saltaba a la vista y que iba desde su oreja izquierda hasta casi la comisura de la boca recorriendo la mejilla. Tenía unos ojos tan oscuros como el mar que estaba detrás. Llevaba un puro apagado colgando de una esquina de una boca de labios muy gruesos. Estaba casi calvo, pero en el centro del cráneo le quedaban algunos escasos mechones de pelo que estaban de punta, y revueltos cómicamente por el viento húmedo y caliente.
—Señor Capone —le grité para que me oyese por encima del mido del mar—, me llamo Toby Peters.
Las nubes habían colocado una especie de filtro grueso delante del sol, pero Al Capone cerró los desmesurados dedos de su mano izquierda colocándosela como visera para dar sombra a unos ojos innecesariamente semicerrados con los que examinaba en silencio.
Me di la vuelta dirigiéndome hacia el lugar donde el malecón se encontraba con la tierra y miré al hombre que me había llevado hasta allí. Se llamaba Leonardo, y creí que me daría alguna idea de cómo ponerme en situación. Pero se limitó a quedarse escuchando con los brazos cruzados.
—Soy un detective privado, señor Capone.
Capone me interrumpió con un sonido que me hizo recordar a alguien que estuviera masticando arena.
—No lo he pescado —le dije, mientras me quitaba el agua de la frente y sentía el agua salada del mar en la boca.
La respuesta de Capone fue darse la vuelta y seguir pescando. Me quedé allí quieto mientras las olas y la humedad de Florida convertían el color castaño oscuro de mi traje en negro brillante y húmedo. Un pez o una sirena tensaron el sedal de Capone; pero un instante después ya no estaba lo que fuera. Capone tardó en reaccionar, arrojando entonces la caña contra las olas. No había cebo en el anzuelo. Golpeó el agua tres o cuatro veces con la caña, quizás con la esperanza de aplastarles el cráneo a los peces incautos.
—Bastardo —masculló, y se puso otra vez a pescar sin cebo.
Era 1941 —19 de febrero de 1941— y yo tenía ya cuarenta y cuatro años. El mundo andaba deprisa, se acercaba una guerra, y yo era un detective privado con un traje mojado y cincuenta y seis dólares en el banco. Me imaginé que me quedaba allí de pie para toda la eternidad, en aquel malecón, contemplando cómo Al Capone se dedicaba a pescar sin cebo mientras la sal marina penetraba lentamente a través de mi camiseta. Casi me quedo dormido mientras me imaginaba todo aquello.
—¿Bien? —me dijo Capone sin darse la vuelta.
—Un tipo que conozco me dijo que quizás usted podría ayudarme —le dije—. El tipo se llama Marty Maloney, Red Maloney. Estuvo en el Peñón con usted.
Capone no dijo nada. Creo que gruñó, así que seguí hablando.
—Trabajo para la MGM, los estudios de cine, en un asunto en el que quizás usted pueda prestarnos su ayuda. Chico Marx tiene un problema de deudas de juego, y…
—Me acuerdo de Red —dijo Capone—, no olvido a los amigos. Solíamos mirar juntos por las noches hacia el mar y contemplábamos a lo lejos Oakland y los barcos de pesca, y allí le dije a Red que cuando saliera me sentaría a pescar allí fuera y nadie me podría decir que lo dejara.
Capone levantó la vista hacia el cielo para ver cómo dos nubes se separaban y dejaban que el sol penetrase por aquel espacio durante uno o dos segundos.
—Estuve en la cárcel durante, no sé muy bien, unos seis años. Trataron de liquidarme en el Peñón —primero me atizaron con una tubería. Luego una vez un tipo de mierda de Texas me clavó unas tijeras en la espalda. Casi me rompí un brazo tratando de quitármelas. Red y otros amigos se ocuparon del tipejo aquel cuando lo sacaron de las neveras—. Me ha dicho que conoce a Red.
Esta vez se volvió para mirarme, y luego miró a lo lejos como si esperase que le llegara alguna inspiración. Ambos escuchamos el batir de las olas. Los ojos de Capone saltaron llenos de sospecha y suspicacia hacia Leonardo, que estaba a quince metros con los brazos cruzados, hacia la carretera asfaltada que estaba cuarenta metros más allá donde estaba aparcado un coche de la policía del condado de Dade. Un hombre vestido de uniforme estaba apoyado en la puerta.
—¿Eres un poli? —me dijo Capone mientras miraba al policía.
—No, soy un detective privado. No me llevo bien con los polis.
—De acuerdo —dijo Capone, volviendo a mirarme—, dispara. Cuéntame tu historia.
Me aflojé la corbata, que había empezado a estrangularme lentamente tan pronto como se había impregnado de agua de mar, y me agaché para aliviar un poco el dolor de espalda que me incomodaba, para estar además a la altura de los ojos de Capone.
—Chico Marx es uno de los Hermanos Marx —le dije, sin estar muy seguro de si me iba a lanzar un rugido por haber dicho una perogrullada, o si consideraría que aquello era un dato importante.
—El italiano —dijo Capone tranquilamente, moviendo la cabeza dando a entender que ya sabía—. Pero eso no tiene gran cosa que ver conmigo. Yo no soy italiano. Nací en este país, en el mismísimo Brooklyn.
—Bien —dije yo. Pero había algo que no marchaba bien respecto al gran Al. Recordé entonces haber leído en los periódicos que haría unos tres años antes, cuando Capone iba a salir de la cárcel, Jake Guzik le había visitado en la prisión y luego había declarado a la prensa que el gran Al estaba «como una regadera». Los periódicos habían comentado que Al no era el primero al que se le aflojaba algún tornillo en Alcatraz. Yo no tenía la impresión de que el personal siguiera estando con los tomillos sueltos dos años después de haber salido de prisión, pero este Al Capone de verdad no era el hombre que había sido el amo de toda una ciudad controlándola con un dólar y una metralleta. Así que me decidí a contarle todo lo que tenía que decirle, hacerlo además deprisa, y salir a escape de allí a ponerme ropa seca.
—Hace un par de semanas —empecé hablando deprisa—, Chico Marx estaba trabajando en Las Vegas, dirigiendo una banda. Recibió una llamada de Chicago. De un tipo que se identificó como Gino. No dio apellido. Se comportaba como si Marx tuviera que conocerlo. Este Gino dijo que Marx le debía 120 de los grandes que había perdido apostando en Chicago y en Cicero durante las Navidades. Marx creyó que era una broma y colgó. No había estado en Chicago por Navidad. Bastante ocupado había estado perdiendo dinero en Las Vegas sin necesidad de andar haciendo viajecitos por ahí. Gino volvió a llamar, dijo que no era ninguna broma, y que serla mejor que Marx apareciese con el dinero. Un par de días más tarde a Marx le llegó un paquete por correo en el que estaba la oreja de alguien y una nota muy poco divertida en la que se le comunicaba que o se daba prisa en pagar, o sus hermanos recibirían metidos en cajitas los dedos con los que tocaba el piano.
—¿Hermanos?
—Los Hermanos Marx.
—¡Ah, ya! —dijo Capone—. Los tuve una vez en el club de Cicero. —Capone miró vagamente en dirección a Cicero—. Todos los grandes pasaron por allí: los cantantes judíos y los cómicos. Cantor, Jessel, Sophie Tucker, los Hermanos Ritz. No sé qué es lo que se supone que tenían de divertido los Hermanos Ritz, pero les regalé unos relojes muy bonitos. Cantor hizo un chiste sobre andar por ahí bailando con zapatos de hormigón, pero también le regalé un reloj a él. A mucha gente le di cosas de las que ya no se acuerdan.
Asentí con la cabeza y continué con mi relato.
—Bueno, Chico Marx juega mucho normalmente, y también pierde con gran frecuencia, pero dice que esta vez este asunto es una estafa de mierda. Y aunque no fuera una estafa de mierda, ahora no tiene los ciento veinte mil dólares. Tampoco quiere que lo manden por correo ni entero ni en trozos, pero no va a pedir dinero prestado para pagar algo que no debe. Quiero encontrar a ese Gino y preguntarle por qué anda detrás de Marx. Tiene que haber habido algún error. ¿Puede ayudarme usted?
No le había contado un montón de cosas, como por ejemplo que Louis B. Mayer no quería mala prensa para los Hermanos Marx. A Mayer no le gustaban los Hermanos Marx. Creía que eran tan divertidos como Capone encontraba a Eddie Cantor o a los Hermanos Ritz. Pero Los Hermanos Marx en el Oeste estaba en exhibición y haciendo buenas taquillas, y los Marx aún le debían una película más a la Metro. Mayer quería empezar a rodar con tres hermanos, no con dos. No le daba la impresión de que las películas de los Hermanos Marx fueran a tener grandes recaudaciones si Chico se topaba con un cuchillo o con una bala.
La cabeza de Capone asentía, dando a entender que lo entendía todo perfectamente.
—Soy un buen ciudadano —dijo al fin, haciendo volver sus ojos de la dirección de la Meca de Cicero—; puede comprobarlo en Chicago con el coronel McCormick, el del Tribune. Llegué y arreglé en condiciones aquella huelga de periodistas que ya nadie era capaz de solucionar. Sin mí no habría habido noticias durante unos cuantos días, quizás semanas. Incluso les presté ayuda a los federales en unos cuantos asuntillos.
—¿Y? —interrumpí.
—No conozco a ningún Gino —dijo Capone—. Es decir, que conozco a un montón de Ginos, pero hace ya mucho tiempo que estoy apartado de todo. No vi a muchos amigos en el Peñón. No había cartas. Perdí el contacto. Todo siguió su curso.
Su mano gruesa se elevó en el aire como para mostrar cómo todo sigue su curso, y luego se detuvo en la profunda cicatriz de su mejilla izquierda. Recorrió la raya de la cicatriz con el dedo corazón mientras mascaba el puro.
Tosió o suspiró, se quitó el puro, y escupió hacia el agua.
—«Pace, pace, mió Dio —dijo Capone en voz baja—. Cruda sventura m’astringe, ahime, a languir. Como il di primo de taut’ anni dura profundo il mio soffrir». —Capone me miró—. Es italiano.
Ya me imaginaba.
—Es de Verdi, La Forza d’el Destino —explicó—. «Paz, paz, dame paz Dios. A causa de mi mala suerte tengo que quedarme sentado por ahí sin hacer nada. Grande es mi dolor». Es bonito, ¿eh?
—Es bonito —dije yo.
Capone escupió otro trozo de su puro hacia el Atlántico.
—Vete a Chicago —gruñó— y busca a mi hermano Ralph, a Nitti, o a Guzik, o al alcalde. Está en deuda conmigo. Hice que le eligiesen. Diles que he dicho que eres O.K. Que pueden llamarme para comprobarlo. Ellos te encontrarán a ese Gino.
—Gracias —le dije, levantándome y preguntándome qué podía hacer, si es que podía hacer algo, con aquella información.
—Si ves a Red —me dijo Capone bajando la voz—, dile que Snorky dijo hola. ¿Te has enterado?
—Snorky dijo hola. Comprendido.
—Bien —añadió Capone, señalándome con un dedo gordo—, bien. ¿Sabes que aprendí a tocar el banjo en el Peñón? Red se acordará. Escribí una canción dedicada a mi madre.
Su cuerpo gordo se puso tirante debajo del abrigo y se estremeció. Creo que fue de rabia, pero no podría asegurarlo porque volvió la cabeza. Tiró la caña de pescar al agua y miró hacia las olas. Estaba claro que la entrevista había terminado.
Tenía algo que quizás pudiera usar: el nombre de Al Capone, aunque no tenía ni idea de para qué podía servir. También estaba mojado. Mis planes eran encontrar un hotel, cambiarme de ropa y decidir qué hacer después.
Me arrastré saliendo del malecón ondulante y me detuve junto a Leonardo. Parecía una pirámide invertida: tenía las piernas delgadas y las espaldas muy anchas. Lo más probable es que no pudiera correr demasiado, pero si conseguía pescar aquello que perseguía, con sus brazos y hombros podría derretirlo o disolverlo como un terrón de azúcar en agua caliente. Pero si no llegaba a alcanzarlo, la pistola que le abultaba en la chaqueta podría ahorrarle una muy buena distancia. En su cara oscura no se veía diente alguno. Apenas abría la boca cuando hablaba. Tenía un gran mechón de pelo blanco en la coronilla que no resultaba normal; era como si un dedo de fuego le hubiera quemado allí. Me pregunté cómo habría sido, pero sin la menor intención de preguntárselo a él.
—¿Le ha oído? —le pregunté, mirando hacia la casa que quedaba a nuestra izquierda según íbamos caminando hacia el coche de policía que estaba esperando. La casa era grande, blanca y de madera. No era una mansión, precisamente. Pasamos junto a una piscina en la que había un salvavidas flotando en medio.
—El hermano de Al fue quien compró este sitio cuando Al estaba en la jaula —me dijo Leonardo, obsequiándome aquella información—. Cincuenta de los grandes. No creo que Al tenga un solo centavo propio.
Repetí mi pregunta:
—¿Ha oído lo que nos hemos dicho?
Leonardo gruñó mientras caminábamos, luego habló en voz baja y suave. Estábamos ahora lo bastante lejos de las olas como para que su sonido dificultase la conversación.
—Mi trabajo es escuchar. Asegurarme de que Al no diga algo que quizás pudiera no ser muy bueno para la salud de quien lo escuche.
Estábamos a unas decenas de metros del camino. Leonardo le dio un golpetazo a una palmera con la mano abierta. Supuse que debía ser su manera de ponerse en contacto con la naturaleza y de expresar su alegría de vivir. Yo nunca me pongo en contacto con la naturaleza. Nunca me ha servido para nada, y lo más que he obtenido es un buen dolor de espalda. Leonardo seguía caminando. Yo aminoré la marcha.
—¿Y si Al dice algo comprometedor?
—Aviso a cierta gente. Pero usted no haría caso de una advertencia.
Mido casi un metro noventa y peso más de ochenta kilos cuando estoy mojado tras salir del agua, que era como estaba en aquel momento. Bueno, casi. Tenía una cara de buen chico cuando tenía doce años, pero con el tiempo se había convertido en una expresión de semimalevolencia. Tenía la nariz aplastada después de haber sufrido demasiados encontronazos con mi hermano mayor, que ahora era policía, y las cicatrices que me había proporcionado mi profesión me recorrían, y siguen recorriéndome, el cuerpo desde la punta de los pies hasta la coronilla. A Leonardo le parecía que tenía aspecto de ser un tipo duro. En realidad, soy una serie de tejidos de cicatrices y de huesos más o menos pegados y recompuestos por un médico jovencito de L.A. que se llama Parry. Leonardo bien podría haberme dado la oportunidad de haberme hecho una advertencia. Pero tenía razón. Lo más probable es que no le hubiera hecho caso.
Miré hacia el frente cuando llegamos a la carretera.
—¿Conoce al tipo del que hemos estado hablando, al Gino ese? —le dije retrayendo ligeramente mi labio superior.
—No —dijo Leonardo, mirando de reojo al poli que estaba allí esperando. El poli lo miró a su vez a través de unas gafas de sol azuladas y oscuras.
—Llevo aquí cerca de un año. Al igual que Al, estoy un poco fuera de onda.
Leonardo se encogió de hombros, y se dio la vuelta dirigiéndose hacia el embarcadero. Le eché una última mirada a «Snorky» Capone. Estaba sentado como un muñeco de nieve derritiéndose, con el cuerpo vuelto hacia el mar. Crucé la carretera y me monté en el coche de policía.
El poli se montó también y se ajustó su sombrero pardo de «sheriff» con el barboquejo en el cogote como si fuera Black Jack Pershing. No sabía que yo ya estaba enterado de que era casi calvo. Lo había visto quitarse el sombrero mientras paseaba con Leonardo. Aquello me proporcionó una información secreta e inútil que compensaba el hecho de que no hubiera ni una sola arruga, ni el asomo de una arruga siquiera en su uniforme ajustado de color pardo que le quedaba como un guante. Si se hubiera quitado sus botas de color castaño que brillaban como un espejo, seguro que habría visto unos calcetines hechos a medida e inodoros. El coche estaba tan limpio y repulido como él mismo. Estoy seguro de que no sería capaz de disparar la pistola que llevaba por miedo a ensuciar el cañón. Tenía una sonrisa fija en la boca, pero la razón que se la hubiera producido era algo que iba a guardarse para sí y que no tenía la menor intención de compartir.
—Simmons —le dije mientras arrancaba. Había deducido que se llamaba de ese modo gracias a la insignia plateada que llevaba sobre el bolsillo izquierdo de la camisa—. Simmons, ese tipo está como una cabra. Usted podría…
—No, de eso nada —dijo Simmons mientras adelantaba como una bala con su Dodge a un camión lleno de sandías por aquella carretera bordeada de árboles verdes y pesados, como cansados de soportar el peso de sus hojas enormes. Louis Garner Simmons conducía con ese toque característico de quien conoce perfectamente los trucos de la carretera, cosa a la que nunca he podido acostumbrarme.
—Capone tiene fiebres de caimán, sarna cubana, sífilis, una enfermedad venérea, como lo quiera usted llamar. Le va destruyendo el cerebro poco a poco.
Simmons no me había llevado a ver a Capone por gusto suyo. La orden se la había dado un capitán que a su vez había recibido la orden de un cacique local a quien le había llamado su abogado desde Miami, quien a su vez trabaja de cuando en cuando para la MGM. Eso hacía que Simmons estuviera casi al final de la cadena, y eso era algo que le irritaba bastante. Lo más probable era que fuera tan íntegro y limpio de pensamiento, palabra y obra como de uniforme, así que la idea de escoltar a un tipo que iba a entrevistarse con Capone no le agradaba mucho.
Simmons me lanzó una mirada sin girar la cabeza. Lo que había visto no le había gustado nada: un mequetrefe californiano, bastante morenito, que estaba dejando un charco en el asiento al que acababa de pasarle el aspirador. Me había convertido en un agente contaminante del que quería deshacerse. Pisó a fondo y salimos disparados, casi a cien por hora.
—Capone pescó una sífilis hace años —me dijo—; viene en su ficha. Lo más probable es que lo supiese, pero tenía miedo a la aguja con la que tendrían que haberle hecho los análisis. Y eso es la pura verdad. ¿Qué le parece? Un hijo de puta que hacía liquidar a otros, al que le pegaron tiros y le dieron puñaladas, que ahora se está convirtiendo en pulpa y gelatina por tenerle miedo a la aguja de la jeringuilla. De todos modos le hicieron los análisis en el Peñón una mañana que se desmayó. Pero ya era demasiado tarde para ponerle solución. Un médico de Nueva York viene por aquí todos los meses a darle un medicamento nuevo, penicilina me parece, pero es un contribuyente gordo que se está muriendo.
La idea de que Capone se estuviese muriendo le agradaba tanto a Simmons que por un pelo no se estrelló contra un Ford antediluviano que iba a unos treinta por hora, conducido por una ancianita. Ahora estábamos en una franja de tierra estrecha con el océano Atlántico a la izquierda y la bahía de Biscayne a la derecha.
—¿Qué prisa hay? —le dije, mientras me sujetaba con una mano en el parabrisas y otra en la manilla de la puerta.
—Tengo que llevarlo al tren —me dijo, mientras me quitaba la mano del cristal y limpiaba con un paño las huellas de mi mano. Con un paño que se había sacado del bolsillo y que tampoco tenía arrugas—. Puede coger el «Ciudad de Miami» a las 5.25 y estar en Chicago mañana por la noche a las 9.55.
Mi bolsa estaba en los asientos traseros. Ni siquiera había tenido tiempo de reservar una habitación en algún hotel después de que me hubiera bajado por la mañana del avión de Atlanta.
—Tenía la intención de quedarme por aquí algunos días —le dije.
Frunció los labios, sacudió la cabeza diciendo que no, y me dijo:
—No creo que le gustara.
Antes de que pudiera pensar en alguna réplica, encendió la radio del coche poniendo el volumen al máximo. En lugar de oír llamadas de la policía, escuchábamos a Artie Shaw que tocaba Frenesí. El resto del paseo no fue digno de mención, si exceptuamos el hecho de que por poco aplastamos a un crío que iba en bicicleta por Biscayne Boulevard, y de las dos embarazadas a las que sorteamos de milagro cuando se nos echaron encima al salir del giro que había que hacer para entrar en Second Street, haciendo que rechinasen estrepitosamente los neumáticos. El clarinete de Artie Shaw parecía acompañar el sonido. También me dio la impresión, en cierto momento, de que se lanzaba contra nosotros una estación de ferrocarril, así que entonces me sujeté como pude sin tocar el cristal del parabrisas.
Simmons se dio la vuelta para coger mi maleta, la levantó sin esfuerzo alguno colocándola en el asiento delantero sobre mi regazo, y alargó el brazo por delante de mí para abrirme la puerta cuando nos detuvimos.
—¿Quiere decirme con esto que no quiere que lleguemos a conocernos? —le dije.
—Que tenga buen viaje —me contestó mostrándome una dentadura blanquísima al sonreírme—; tengo la impresión de que debe haber gente esperándole en Chicago.
Había dicho «Chicaa-goo», con tanto desprecio y vitamina C como hubiera sido capaz de sacar lentamente a un jugo de naranja. Me bajé. Se bajó y me siguió, pero no lo bastante cerca como para que yo pudiera reanudar la conversación. Dentro de la estación se apoyó contra una pared después de haber comprobado que estaba perfectamente limpia. Compré un billete.
El individuo de la ventanilla me dijo que me diera prisa, y me la di, dejando huellas de pie mojadas en aquel suelo de baldosa. El «Ciudad de Miami» estaba soltando vapor, y conseguí saltar desde el escalón de hierro cuando el tren acababa de arrancar. Simmons estaba en el andén con los brazos cruzados para asegurarse de que no iba a volver a bajarme. Había estado menos de seis horas en la capital mundial del sol y la alegría.
En lugar de dirigirme a un asiento y mojarlo demasiado como para no poder volver a sentarse en él durante las siguientes veinticuatro horas, fui balanceándome hasta un lavabo que se mecía suavemente. Llamé a un encargado, obtuve una percha, y me cambié la ropa poniéndome el único par de pantalones que llevaba de repuesto. Tenían una raya a la altura de la rodilla, en el punto por el que los había doblado en una percha de alambre al meterlos en la maleta. Era una raya que no se les iba a quitar.
Colgué el traje y abrí la ventanilla para que se secase lo más rápidamente posible. Quizás quedase un poco tieso, pero por lo menos me lo podría poner.
Mirando por la ventanilla vislumbré una estación que indicaba que estábamos cruzando por Hollywood. Durante un instante tuve la impresión de que el tiempo me había gastado una broma, o de que había recibido un golpe de más en la cabeza. Inmediatamente decidí que había dos Hollywoods. El de Florida era un villorrio que cruzamos en menos de seis segundos.
Un tipo panzudo, vestido con un traje de «tweed» con chaleco, y que lucía una barba castaño-gris entró en el lavabo canturreando. Me miró y decidió dejar de canturrear y no quedarse. Me miré al espejo para ver qué era lo que le había asustado, y lo vi. Me caía el pelo sobre unos ojos sanguinolentos y tenía los dientes apretados con fuerza.
Me peiné con una mano, me lavé los ojos con agua fría, y conseguí persuadir a mis mandíbulas para que se relajaran. El agua del retrete se agitaba en oleaje cuando empezamos a coger velocidad. Cuando cruzamos a toda marcha por Fort Lauderdale diez minutos más tarde, consideré que ya estaba bien. Dejé el traje allí colgado y me dirigí hacia el vagón restaurante. Una florecilla roja bailoteaba en un recipiente de cristal sobre la mesa en la que me acomodó un camarero. Dos mujeres gordas hablaban sobre los niños de Corine con ese acento del sur que tanto me gusta. No estaba tratando de escuchar precisamente, pero no me quedó más remedio que enterarme de que los niños de Corine eran unos sinvergüenzas a los que Andy debería haber pegado una buena somanta. El resto de los comensales también se enteraron. La gorda que había dicho lo de la azotaina me miró. Yo asentí, aprobando el castigo físico de los niños mientras le daba un buen mordisco a un bocadillo de atún y miraba por la ventanilla hacia un lago. Un caimán se deslizaba fuera del agua. Nunca había visto antes un caimán. Tampoco había encontrado nunca antes un trozo de madera en un bocadillo de atún, pero sí que lo había encontrado esta vez, y lo escupí mientras la gorda me miraba con repugnancia. A la altura de West Palm Beach las dos señoras se deleitaban con sus copas Melba, y yo mordisqueaba unas patatas fritas reblandecidas y bebía cerveza mientras trataba de atisbar más caimanes al ponerse el sol. No vi ninguno más. Debería haberme puesto a pensar en el lugar al que me dirigía y en lo que iba a hacer cuando llegase allí.
En Fort Pierce mi traje ya estaba seco y ligeramente tieso. Lo llevé en su percha hasta mi asiento mientras se ponía el sol y los ferrocarriles Florida East Coast me transportaban cruzando New Smyrna Beach. Cuando Louis Garner Simmons me había echado de Miami, me había comportado como un pelagatos y había comprado un asiento sin preguntar siquiera por un compartimento, a pesar de que era Louis B. Mayer quien corría con los gastos. Es difícil cambiar de costumbres. Mi asiento estaba al lado del de una de las gordas del vagón restaurante. Me miró a través de unas bifocales cuando paseábamos por Daytona Beach, y seguidamente se volvió a enfrascar en la lectura del libro que reposaba en lo que hacía las veces de regazo.
Miré por encima del hombro para ver el libro, lo cual fue no poca hazaña, teniendo en cuenta el tamaño del mismo.
—¿Le gustaría un codazo en el cuello? —me dijo, expresando así sutilmente su opinión sobre los fisgones literarios. Su voz resonó con claridad suficiente como para que la oyesen en Miami a pesar del ruido del tren. Y sus ojos no se levantaron del papel. Seguidamente clavó su mirada en mí. Estaba claro que acabábamos de iniciar una hermosa amistad: era el comienzo de una aventura amorosa a bordo de un tren.
—No, gracias —le dije yo.
El libro que estaba leyendo era Las uvas de la ira. Yo no lo había leído, pero había visto la película. Me decidí a cimentar convenientemente nuestra relación.
—Tom Joad se apunta al partido comunista al final —le susurré.
La gorda lanzó el codo hasta atrás golpeándome en el hombro, y dejando escapar un gruñido formidable. El revisor, que parecía tener edad suficiente y ser lo bastante mezquino como para haber sido cómplice de John Wilkes Booth, vino corriendo por el pasillo. Tenía la boca vuelta en una mueca que remedaba dolorosamente una sonrisa, y sujetaba la máquina de picar los billetes en alto como si fuese un arma.
—¿Qué pasa aquí? —dijo, dejando perfectamente claro que tanto él como la gorda eran de la misma tribu. Me superaban en número. Si me resistía, lo más seguro era que cuatro encapuchados del Ku-Klux-Klan salieran dando voces del furgón de equipajes y me acogotasen en un momento.
Antes de que nadie pudiera decir nada, la señora me dio en el cuello con otro libro. Todos los pasajeros del vagón se pusieron en pie para mirar, y un niño pequeño se puso a llorar a gritos. Podría jurar que aullaba con acento de Craker.
—Bueno, escuche, señor —suspiró el revisor—, no queremos que haya problemas con los de su clase, ni salidas de tono.
La señora trató de atizarme con aquellos brazos sebosos, pero me eché hacia atrás.
—Me ha estado molestando. Me ha estado insultando.
—¿Eso es verdad? —dijo el revisor.
—No, pero… —dije yo.
—Venga conmigo —dijo el revisor, y nos apresuramos por el pasillo. Cogí la maleta y el libro que la gorda me había tirado. Era una novela de Agatha Christie, Peligro inminente. Ya la había leído.
Recogí la maleta y me incliné sobre la mujer por encima del brazo huesudo del revisor que tenía extendido sujetando la máquina de picar billetes.
—Lo siento, señora —susurré con una sonrisa, sabiendo que mi sonrisa parecería una mueca burlona—, fue la chica la que lo hizo en ésta. Lo preparó todo para que todos creyesen que ella era la víctima.
El libro volvió hacia mí mientras avanzaba a trompicones por el pasillo escoltado por el revisor y por docenas de ojos. Oí cómo las hojas se abrían con revuelo cuando Hercules Poirot chocó contra una pared y cayó sobre una soprano que exclamó cantarinamente «¿Eh?».
Nadie me puso la zancadilla cuando trataba de seguir al viejo revisor. Tenía un buen montón de cosas de las que estar orgulloso. Un poli sureño me había echado de Miami, así que me había tomado venganza del Sur entablando batalla con una rotunda bella de los rieles. Quizás si hubiera bastantes mujeres gordas en el Sur, y yo tuviera tiempo para provocarlas a todas, acabase por recobrar la confianza y por destruir la Unión.
Dos vagones más lejos el anciano revisor se detuvo y se encasquetó su gorra azul en la cabeza para indicarme que tenía algo serio que decirme. Tenía el rostro surcado de arrugas de ira patriarcal.
—No sé lo que haya dicho o hecho, hijo, pero se merecería eso y más. Ha estado molestando a los niños y haciendo comentarios en voz alta. Venga. Le invito a una cerveza, y además puede hacer el resto del viaje en esos dos asientos vacíos que hay allí, así podrá estirarse un poco.
Su voz tenía un acento dulce y cálido a pesar de su edad, así que decidí que era un sonido agradable.
Mantuvo su palabra a las claras, y tras una segunda cerveza, estaba yo casi dormido cuando llegamos a Jacksonville. Casi todas las luces del vagón estaban apagadas. Era casi medianoche. Mirando por la ventanilla, en el andén, un par de personas subían al tren. Una de ellas era un chico delgado que llevaba una camisa naranja y que miraba hacia las ventanillas. Pensé que detenía sus ojos en mí. Eran unos ojos vidriados de borracho, drogadicto, o de harapiento, o de las tres cosas a la vez. Lo miré porque no llevaba equipaje, y seguidamente me olvidé de él. La parada de diez minutos del tren y su vibración me hicieron dormirme.
Soñé que trabajaba para Al Capone. Había una fiesta, y me había encargado vigilar los abrigos y objetos de valor de los invitados. Habían comenzado a amontonar abrigos y joyas sobre una cama de una habitación pequeña. Llegaban más y más invitados. Anne, mi ex mujer, llegó con George Raft, y se comportaba como si no me reconociese. Hasta ese punto todo era bastante similar a la realidad. Entonces también vino a la fiesta Koko, el payaso. Koko era una estrella que aparecía con frecuencia en el mundo de mis sueños. También estaba seguro de que estábamos en Cincinnati. Sueño muchísimo con Cincinnati, aunque no he estado allí en toda mi vida. Tengo en la cabeza un plano completísimo de Cincinnati en mis sueños.
Recuerdo haber pensado que mi sueño se estaba volviendo estúpido, pero el sueño no se terminó. Abrigos, pieles y montones de ropa. Me estaba quedando sin espacio, y la pila de ropa estaba a punto de desplomarse sobre mí aplastándome. Me entró pánico y traté de coger la pistola para disparar contra la ropa, pero entonces me llegó la voz de Al Capone con un gruñido:
—¿Es así como trabajas para tu amigo Snorky?
Extendí el brazo y le pedí que me sacara de allí antes de que me ahogase entre las riquezas de otros. En lugar de hacer eso me mandó a los hermanos Marx, a un fontanero, a una manicura, y algunas bandejas de comida. Me quejé de dolor de espalda, y traté de pensar en buenas acciones.
—Todo eso ni me va ni me viene —dijo Capone—. Me estoy muriendo. Pero puedes quedarte con mis cicatrices.
Le dije que no quería para nada sus cicatrices, que ya tenía bastantes propias. Se rió, y yo me desperté con el cuello entumecido cuando el tren estaba entrando en Birmingham, Alabama, a las ocho horas y ocho segundos de la mañana. Tenía la boca seca. Me parecía que tenía la cara como un cepillo de dientes usado, y sentado junto a mí al lado de la ventanilla estaba el joven delgado de la camisa naranja que se había subido en Jacksonville y que viajaba sin maletas. Tenía la mano en la barbilla y miraba hacia otro lado de tal forma que no podía verle los ojos. Lo único que alcanzaba a ver era su pelo ralo y rubio, como recién lavado, y un cuello con pelillos erizados. Le dije «Buenos días». No me respondió. Puse derecho el respaldo del asiento, cerré los ojos y traté de pensar. Pero no conseguía nada de nada, así que me dirigí hacia el lavabo, me afeité, me cepillé los dientes, y me fui hacia el coche restaurante donde tomé dos buenos cuencos de cereales, uno de arroz Quaker y otro de trigo Wheaties. Cuando regresé a mi asiento, el joven no se había movido. Alguien lo había rociado con laca de secado instantáneo, o bien era un yogui indio, o bien estaba muerto. A mí no me importaba lo más mínimo cuál de las tres respuestas podía ajustarse más a la realidad. Cuando comenzaba la tarde la espalda ya me molestaba bastante por haber estado tantísimo tiempo sentado, pero ya había conseguido urdir un plan magnífico: haría lo que Capone me había indicado. Trataría de ponerme en contacto con Ralph Capone, con Nitti, o con Guzik. Usaría el nombre de Al, y esperaba que así me ayudasen.
Satisfecho por el esfuerzo mental, y sintiéndome un tanto amistoso, le pregunté al tipo joven aquel si iba a ir a cenar. No se había levantado para ir a comer. Gruñó algo y no se movió. Me fui al coche comedor y estaba disfrutando con una chuleta Salisbury con zanahorias cuando nos detuvimos en Indianapolis y se me ocurrió mirar por la ventanilla. El jovenzuelo rubio de la camisa naranja estaba en el andén, lo cual a mí me parecía bien. Lo que ya no me parecía tan bien es que se llevara mi maleta. Saqué la cartera, o más bien traté de sacarla para dejar un par de dólares en la mesa, pero no estaba donde tenía que estar. El camarero gritó «¡Espere!», pero no esperé. El jovenzuelo no me había visto. Quizás seguiría pensando que me encontraba absorto con una chuleta que no podría pagar. Salté del tren entre un chorro de vapor de la máquina que recorría el andén y que me proporcionó cobertura.
Me daba cuenta de que debía de hacer frío, pero me daba igual. Estaba buscando a alguien. Lo vi caminando deprisa casi al final del andén. Mientras me movía entre la gente en dirección a él, pasé por delante del coche restaurante. El camarero estaba dando golpes en el cristal de la ventanilla armando tal escándalo que todos los que andaban por el andén miraron hacia él, incluyendo al tipo que se llevaba mi maleta. Me vio y empezó a correr. Por lo menos me sacaba una ventaja de quince a veinte metros, pero no estaba en forma y además llevaba una maleta en la que había unos cuantos objetos de cierto peso, entre los que habrá que incluir una automática del calibre 38. Con dolor de espalda o sin él, le alcancé a unos treinta metros cuando tropezó con una señora que llevaba un niño de unos dos años.
La mujer cayó al suelo, pero protegiendo al niño, y yo salté, atizándole al joven aquel en la cintura. Me senté encima de su espalda, y agarrándole la cabeza se la estrellé varias veces contra el suelo de cemento. La mujer del niño se puso a gritar al vemos, pero solamente había machacado la cabeza con fuerza una vez, así que, a pesar del río de sangre, sabía que no sería nada más que una nariz rota. Le di la vuelta, cogí mi cartera de su chaqueta, y liberé mi maleta de sus garras.
Me hubiera gustado hacerle algunas preguntas, y cuando estaba allí sentado sobre su pecho sabía perfectamente que me contestaría. Quería saber si todo no era más que una coincidencia, o si más bien alguien le había indicado lo que tenía que hacer. Y si era de ese modo, quién y por qué. Pero dos cosas me hicieron cambiar de idea. El «Ciudad de Miami» estaba empezando a echar a andar, y a una distancia de unos diez vagones y el tipo, al que acompañaba un policía, se apresuraba hacia nosotros. Me levanté deprisa, cogiendo la maleta y metiéndome la cartera en el bolsillo. Pasé por encima de la señora que seguía sentada en el suelo. El niño me sonrió y yo le devolví la sonrisa. Y mi sonrisa lo asustó. Se puso a llorar. Alcancé por los pelos el tren de un salto que hizo que se me descoyuntara la espalda.
Lleno de dolor me incliné para contemplar cómo el poli se detenía junto al ladronzuelo aporreado para ayudarlo a levantarse. Lo más probable es que estuviera fichado, por lo que no tuve la impresión de que fuera a irse de la lengua, y además tendría muchas cosas que explicar si trataba de colgarme algún muerto. Rebusqué manoteando hasta encontrar una píldora en la maleta, y volví cojeando al comedor. No había agua en las mesas. Saqué la flor del vaso de vidrio y me bebí aquel agua para tragarme la píldora contra el dolor. Sabía como a verde.
—Estaban robándome la maleta —le expliqué al camarero, y, mientras, saqué un billete de cinco empujándolo hacia él. Cogió el dinero, me preguntó si ya estaba todo arreglado y se fue.
El resto del viaje estuve ocupado con mis propios asuntos. Llegamos a Chicago a las diez en punto de la noche. Había escarcha en las ventanillas, y pude percibir montones de nieve a través del círculo que hice con la manga en el vaho. Me puse la chaqueta del traje, que no tenía nada que ver con los pantalones. Si no había algún gracioso que me invitara a una recepción presidencial, todo iría normalmente. Le di las gracias al viejo revisor, y seguí a un negro que llevaba un buen abrigo gordo al bajar las escaleras de metal saliendo al gélido viento de Chicago. Era de noche, pero la estación estaba muy iluminada, y las luces reverberaban sobre los montones de nieve sucia apilada. Era la primera vez que veía nieve tan de cerca. La había visto en las montañas, pero nunca lo bastante cercana como para poder tocarla. No me detuve a tocarla. Era como si el frío me hubiera partido en dos y me hubiera dado una coz en el culo para darme buena suerte. A continuación, me arañó los dientes como una uña sobre el cristal. Avancé entre la gente; todo el mundo iba envuelto en ropa de abrigo hasta las orejas, bien preparados para soportar el frío. Casi corriendo, rodeé un grupo de jóvenes chifladas que estaban cantando mientras me acercaba a una puerta que desprendía luz y calor y la promesa de un café. En ese momento una mano me agarró por la manga.
—Peters —me dijo una voz profunda y tan segura de sí como el Juicio Final.
El tipo que me sujetaba tenía la cara cuarteada y tendría unos cincuenta años. Tenía la nariz roja, pero no sabría decir si por el frío, si por haber bebido, o por ambas cosas. Llevaba abrigo y sombrero, pero no llevaba bufanda, y el abrigo tampoco estaba abotonado por completo. Parecía ser ajeno al frío. Me apretaba el brazo con gran fuerza y sabiendo lo que hacía, pero tenía una sonrisa dulce, tolerante, como si ya hubiera visto cuanto había que ver y como si hubiera comprobado que yo no constituía ninguna sorpresa. Otra mano me agarró el brazo que aún tenía libre, y me volví para ver a quién le correspondía. Era un policía joven y guapo que llevaba un abrigo azul oscuro y gorra de plato. No sonreía. Tenía todas las trazas de no estar muy contento, de tener frío, y de estar un poco enfadado. Pensé que el tipejo aquel había tratado de buscarme las cosquillas en Indianapolis, y que desde allí habrían llamado para avisar.
—Sí, soy Peters, y tengo frío. ¿No podríamos entrar?
La señora gorda de Las uvas de la ira pasó junto a nosotros cruzando la puerta. Vio cómo me retenía el poli y me lanzó una mirada de triunfo soltando un trompetazo de placer como el de un elefante que había visto una vez en una película de Tarzán. El elefante arrojó nubes de vapor que se congelaban en el aire frío y desapareció para siempre.
El tipo de la nariz roja me soltó el brazo y asintió, como si mi petición fuera razonable. Empujamos la puerta y comenzamos a subir una escalera de cemento.
—Bienvenido a Chicago —me dijo.

  • Stuart M. Kaminsky
    Kaminsky, Stuart M.

    Stuart M. Kaminsky (Chicago, Illinois, 1924-San Luis, Misuri, 2009)) fue licenciado en periodismo y literatura inglesa en la universidad de su estado natal, colaboró en diversas revistas especializadas en cine, y escribió ensayos sobre personajes como son Don Siegel, Clint Eastwood, Ingmar Bergman, John Huston, etc.
    Inició la serie de Toby Peters, en 1977, con Disparen contra Errol Flynn, y la continuó con las obras Judy (1977), Los hermanos Marx en apuros (1978), The Howard Hughes Affair (1979), Jamás te cruces con un vampiro (1980), hasta completar los 24 libros con Toby Peters como protagonista.
    De la serie Rostnikov ha escrito 16 novelas hasta el momento: Death of a dissident (1981), Black Night on the Red Square (1983) y la presente, Camaleón rojo.
    Otros personajes creados por Kaminsky son Abe Lieberman, un policía de Chicago a punto de jubilarse, y Lew Fonesca, un abogado que trabaja en Florida.
    Es autor también del guión de la película Erase una vez América, de Sergio Leone.

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