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Año 11 #120 Octubre 2024

El juicio

Este artículo apareció en Le Figaro el 5 de diciembre de 1897.
Es el tercer y último artículo que me publicaron en ese periódico. Encontré incluso dificultades para que lo aceptaran; y, como se verá, me pareció prudente despedirme del público, porque yo pretendía continuar una campaña que soliviantaba a los lectores asiduos del periódico. Comprendo perfectamente que un periódico necesite tener en cuenta las costumbres y deseos de su clientela. Por eso, siempre que me han parado los pies, sólo a mí me he echado la culpa por haberme equivocado con respecto al terreno y las condiciones de la lucha. No por eso Le Figaro dejó de mostrar audacia al acoger esos tres artículos, y le estoy agradecido por ello.

 
Incluido en Yo acuso

¡Oh, a qué espectáculo asistimos desde hace tres semanas, y qué días tan trágicos, tan inolvidables acabamos de vivir! No recuerdo otros que hayan despertado en mi mayor solidaridad, angustia y generosa ira. He sentido exasperación, odio hacia la necedad y la mala fe, y he tenido tanta sed de verdad y de justicia que he comprendido hasta qué punto los más generosos impulsos pueden llevar a un pacifico ciudadano al martirio. Porque, en verdad, el espectáculo ha sido inaudito, ha superado en brutalidad, en desfachatez, en declaraciones indignas, los peores instintos, las mayores bajezas jamás confesadas por la bestia humana. Casos como éstos, en los que la muchedumbre derrocha perversión y demencia, no abundan, y tal vez por eso me apasioné en el grado en que lo hice —al margen de mi rechazo en tanto que hombre— como novelista, como dramaturgo, trastornado de entusiasmo ante un caso de belleza tan atroz. Hoy, el caso entra ya en una fase regular y lógica, la que hemos deseado, exigido sin descanso. Un consejo de guerra se ha hecho cargo del caso, la verdad relucirá al cabo de este nuevo proceso, estamos seguros. Nunca quisimos otra cosa. Sólo nos queda callar y esperar, pues no nos corresponde a nosotros decir la verdad; el consejo de guerra será quien la desvele, deslumbrante. Y solo volveríamos a intervenir si esa verdad resultara incompleta, lo que, por otra parte, es una hipótesis inadmisible. Sin embargo, una vez terminada la primera fase —ese embrollo rodeado de tinieblas, ese escándalo en el curso del cual han salido a relucir tantas conciencias sucias—, conviene levantar acta, sacar conclusiones. Porque, entre la profunda tristeza de las constataciones que se imponen, asoma el aleccionamiento viril, el hierro candente que cauteriza las heridas. Que nadie lo olvide; el horrible espectáculo que acabamos de ofrecernos a nosotros mismos tiene que curarnos.
Primero, la prensa.
Hemos visto ya a la prensa rastrera en celo, amasando dinero a costa de las curiosidades malsanas, trastornando a las masas para vender su deleznable papel, ese papel que ya no encuentra compradores cuando la nación está en calma, saludable y fuerte. Me refiero en especial a los que ladran de noche, a los periódicos prostibularios que atraen poderosamente a los transeúntes con esos grandes titulares que garantizan escándalos. Éstos siempre han formado parte de su habitual mercancía, aunque, en esta ocasión, con impudicia significativa.
Hemos visto, un peldaño más arriba, a los periódicos populares, los periódicos baratos, los que se dirigen a la inmensa mayoría y crean la opinión de las masas, les vimos cómo alimentaban pasiones atroces, cómo promovían furiosamente una campaña sectarista, anulando toda generosidad de nuestro amado pueblo de Francia, todo deseo de verdad y de justicia. Quiero creer en su buena fe. Pero qué triste es ver a esos polémicos envejecidos, agitadores dementes y patriotas estrechos de miras, convertidos en líderes y cometer el más vil de los crímenes, el de ofuscar la conciencia pública y extraviar a todo un pueblo. Esa labor resulta aún más execrable porque viene dada, en ciertos periódicos, con recursos infames, con hábito de utilizar la mentira, la difamación y la delación, que quedarán como la gran vergüenza de nuestra época.
Hemos visto, en fin, cómo la prensa prestigiosa, la prensa considerada seria y honrada, asistía a eso con una impasibilidad, iba a decir una serenidad, que considero asombrosa. Esos honrados periódicos se han limitado a registrarlo todo, fuera verdad o error, con un cuidado escrupuloso. Se han dejado llevar por la corriente envenenada, sin omitir ninguna abominación. Por supuesto, se han comportado con imparcialidad. ¿Y qué? ¡Tímidas apreciaciones de vez en cuando y ni una voz clara y noble, ni una, nótese bien, se ha alzado en esa honrada prensa para tomar partido por la humanidad y la igualdad ultrajadas!
Y, sobre todo, hemos visto —pues en medio de tantos horrores basta con escoger el más repugnante—, hemos visto, decía, que la prensa, la prensa inmunda, seguía defendiendo a un oficial francés que había insultado al ejército y escupido a la nación. Hemos visto eso en los periódicos, y los unos lo disculpaban, mientras los otros le dirigían reproches más o menos velados. ¿Cómo? ¡No ha habido ni un grito unánime de rebeldía y de execración! Entonces, ¿qué está ocurriendo para que ese crimen, que en otro momento hubiera soliviantado a la conciencia pública y provocado un furioso anhelo de represión inmediata, haya podido encontrar circunstancias atenuantes en esos mismos periódicos, tan quisquillosos siempre ante los problemas de felonías y de traición?
Hemos visto todo eso. E ignoro cómo habrán reaccionado los demás espectadores ante semejante síntoma, puesto que nadie lo comenta, nadie se indigna. A mí, en cambio, me da escalofríos, porque revela, con una inesperada violencia, la enfermedad que nos aqueja. La prensa inmunda ha descarriado a la nación y un acceso de perversión y de corrupción está extendiendo la úlcera, a pleno sol.
Ahora, el antisemitismo.
Él es el culpable. Ya dije de qué modo esa bárbara campaña, que nos hace retroceder mil años, indigna mis ansias de fraternidad, mi afán de tolerancia y de emancipación humanas. Volver a las guerras de religión, reanudar las persecuciones religiosas, desear que nos exterminemos una raza a otra, todo eso resulta tan insensato en nuestro siglo de liberación que semejante propósito me parece, más que nada, estúpido. Sólo puede haberse originado en el enfático y desequilibrado cerebro de un creyente, en la gran vanidad de un escritor eternamente desconocido, ansioso por desempeñar a cualquier precio un papel, por odioso que éste sea. Y no quiero creer que un movimiento como éste llegue a cobrar decisiva importancia en Francia, un país donde reina el libre examen, la bondad fraternal y la sensatez.
No obstante, nos hallamos ante actos terribles. He de confesar que el daño producido es grande. El veneno ha penetrado en el pueblo, y tal vez lo ha envenenado ya por entero. La peligrosa virulencia que cobraron en Francia los escándalos de Panamá es obra del antisemitismo. También este lamentable caso Dreyfus es obra suya: el antisemitismo ha hecho posible por sí solo un error judicial, enloquece a la masa a impide que se reconozca noble y serenamente tal error, para bien de nuestra salud y de nuestra fama. ¿No hubiera sido más sencillo, más lógico, haber sacado a relucir la verdad a la primera duda seria?
¿No se comprende que, si hemos llegado a esta locura furiosa en que nos hallamos, es porque existe forzosamente un veneno oculto que nos lleva a todos al delirio?
El veneno es ese odio rabioso hacia los judíos que, cada mañana, desde hace años, se imbuye al pueblo. Hay toda una banda que se dedica a ese oficio de envenenadores, y lo más gordo es que lo hace en nombre de la moral, en nombre de Cristo, como si fuera un vengador y justiciero. ¿Y quién nos dice que ese ambiente donde se fraguaba no ha influido en el consejo de guerra? No es extraño que un judío traidor venda a su país. Aunque no encontremos ningún motivo humano que explique el crimen, aunque ese hombre sea rico, inteligente, trabajador, sin pasiones, de vida impecable, ¿no basta con que sea judío?
Hoy en día, y desde que pedimos que se arroje luz sobre el asunto, la actitud antisemita se ha vuelto aún más violenta, más ilustrativa. Lo que se va a juzgar es esa actitud, y, si resplandeciese la inocencia de un judío, ¡qué bofetada para los antisemitas! ¿Acaso puede existir un judío inocente? Así, todo un tinglado de mentiras se derrumba, y sobreviene el aire puro, la buena fe, la equidad, la ruina de una secta que influye en la masa de los simples merced al insulto y la impúdica calumnia.
Y hemos visto también el furor que sintieron unos malhechores públicos ante la perspectiva de que pudiera sobrevenir un poco de claridad. También hemos visto, por desgracia, la evolución de la masa pervertida por ellos, toda esa opinión pública extraviada, a todo este amado pueblo compuesto por los pequeños y los humildes lanzado en persecución de los judíos y mañana dispuesto a participar en una revolución que libere al capitán Dreyfus si algún hombre honrado lo enardeciera con el fuego sagrado de la justicia.
Finalmente, los espectadores, los actores, vosotros y yo, todos nosotros.
¡Qué confusión, qué cenagal siempre en aumento! Hemos visto cómo se enardecía cada día la mezcla de intereses y pasiones, las historias necias, los comadreos vergonzosos, los desmentidos desvergonzados; hemos visto cómo cada mañana abofeteaban el simple sentido común, aclamaban al vicio, silbaban a la virtud, toda una agonía de lo que constituye el honor y el placer de vivir. Y al fin la gente ha acabado por encontrar eso odioso. ¿Cómo no? Pero ¿quién había querido esas cosas, quién permitió que se prolongaran? Nuestros dirigentes, aquellos que llevaban ya más de un año advertidos del error judicial y no se habían atrevido a hacer nada. Se les suplicó, profetizándoles paso a paso la aterradora tormenta que se avecinaba. Ya tenían hecha la investigación; ya tenían en sus manos el expediente. Y hasta el último momento, pese a las objeciones patrióticas, se obstinaron en su inercia, en lugar de dirigir personalmente el caso para limitarlo, a costa de sacrificar al instante a las individualidades comprometidas. La corriente de fango se ha desbordado, tal como se les había advertido, y ellos son los culpables. Hemos visto triunfar a energúmenos que exigían la verdad de quienes decían saberla, cuando éstos no podían decirla mientras la investigación siguiera abierta. Ya le habían contado la verdad al general encargado de la investigación y sólo él está autorizado para darla a conocer. También le contarán la verdad al juez instructor, y solo él podrá oírla para basarse en ella cuando imparta justicia. ¡La verdad! ¿En qué concepto la tenéis, en todo este episodio que sacude por entero a una vieja organización, para creer que es un objeto sencillo y manejable, que se pasea por la palma de la mano y que se pone a voluntad en la mano de los demás como un guijarro o una manzana? La prueba, ¡ah, sí!, se quería una prueba allí mismo, enseguida, como los niños que quieren ver el viento. Paciencia, la verdad resplandecerá; aunque hará falta un poco de inteligencia y de honestidad.
Hemos visto una ruin explotación del patriotismo, hemos visto agitar el espectro del extranjero en una cuestión de honor que atañe solo a la familia francesa. Los peores revolucionarios han clamado que se estaba insultando al ejército y a sus superiores cuando, en realidad, lo que se pretende es situar a éstos fuera del alcance de cualquiera, muy arriba. Y frente a los que dirigen a las masas, frente a algunos periódicos que alborotan a la opinión pública, se ha alzado el terror. Nadie de nuestras asambleas lanzó un grito digno de un hombre honrado, todos se quedaron mudos, titubeantes, esclavos de sus grupos, todos tuvieron miedo de la opinión pública, inquietos sin duda en vista de las próximas elecciones. Ni un moderado, ni un radical, ni un socialista, ninguno de los que preservan las libertades públicas se ha alzado todavía para hablar según su conciencia.
¿Cómo queréis que el país encuentre su camino en la tormenta si los mismos que dicen ser sus guías enmudecen, ya por seguir tácticas de políticos estrechos de miras, ya por temor a comprometer su situación personal?
Y el espectáculo ha sido tan lamentable, tan cruel, tan duro para nuestro orgullo, que no hago más que oír a mi alrededor: «Muy enferma ha de estar Francia para que semejante explosión de aberración pública pueda producirse». ¡No! Sólo está descarriada, desposeída de su corazón y de su genio. Que le hablen de humanidad y de justicia y volverá a encontrarse entera, en su legendaria generosidad.
Ha terminado el primer acto, ha caído el telón sobre el horrible espectáculo. Esperemos que el espectáculo de mañana nos devuelva el valor y nos consuele. Dije que la verdad estaba en marcha y que nada la detendría. Se ha dado un primer paso, se dará otro, y otro, y luego el paso decisivo. Es matemático. De momento, en espera de la decisión del consejo de guerra, mi papel ha terminado; y deseo ardientemente que, proclamada la verdad, hecha la justicia, no me vea ya obligado a luchar por ellas.

  • Émile Zola
    Zola, Émile

    Émile Zola (París, 1840-1902) Novelista francés, teórico y máximo representante del naturalismo. Émile Zola fue el impulsor de la «novela experimental», es decir, de una narrativa planteada como un experimento sociológico destinado no a reflejar la realidad contemporánea (como la novela realista), sino a explicar las causas de los males sociales desde postulados positivistas (la herencia, el medio) con el fin de contribuir a su reforma y progreso. De ahí que la novela naturalista se centrase a menudo en el examen de las lacras sociales (alcoholismo, prostitución, delincuencia) sin rehuir la sordidez, con el consiguiente escándalo para la sociedad biempensante. La influencia de sus ideas y de su praxis narrativa marcó la literatura europea durante al menos las dos décadas de auge del naturalismo (1880-1900).
    Hijo de Francesco Zola, ingeniero emigrante italiano, y de Émilie Aubert, proveniente de la pequeña burguesía francesa, pasó su infancia en Aix-en-Provence y estudió en el colegio Bourbon. Fue compañero de Paul Cézanne, con quien mantuvo una sólida amistad, y tomó contacto con la literatura romántica, especialmente con la narrativa de Victor Hugo y la poesía de Alfred de Musset, su favorito.
    Al morir su padre en 1847, se trasladó a París junto a su madre y continuó sus estudios en el instituto Saint-Louis. Tras fracasar en su examen de graduación, en 1859 consiguió un empleo administrativo en una oficina de Aduanas y en 1862 empezó a trabajar para el departamento de publicidad de la editorial Hachette. Se interesó por la poesía y el teatro, y colaboró para periódicos como Le Figaro, Le Petit Journal y Le Salut Public.
    Sus primeros libros publicados fueron un conjunto de relatos titulados Cuentos a Ninon (1864), y una novela autobiográfica con influencia del romanticismo, La confesión de Claude (1865). Escribió dos obras de teatro que no fueron representadas, La fea (1865) y Magdalena (1865), y en 1866 fue despedido de Hachette. Comenzó a trabajar como cronista literario y artístico en el periódico L'Événement, y publicó los trabajos de crítica pictórica Mis odios (1866) y Mi salón (1866), donde hizo una enérgica defensa de Manet, cuestionado en esa época por los sectores académicos.
    A partir de ese momento se dedicó por completo a escribir, se alejó paulatinamente del romanticismo y sintió afinidad con el movimiento realista y el positivismo. Aplicó su experiencia periodística en Los misterios de Marsella (1867), una novela folletinesca, y publicó su primera obra importante, Teresa Raquin (1867), con la que ganó cierto prestigio en el ambiente literario.
    Con la novela Madeleine Férat (1868) fue consolidando su estilo, y la lectura de Introducción a la medicina experimental, de Claude Bernard, lo inspiró para concebir un conjunto de novelas escritas "con rigor científico", donde quería relatar la historia natural de varias generaciones de una familia bajo el Segundo Imperio.
    Así nació la monumental serie Los Rougon-Macquart, integrada por La fortuna de los Rougon (1871), La ralea (1871), El vientre de París (1873), La conquista de Plassans (1874), La caída del Abate Mouret (1875), Su excelencia Eugène Rougon (1876), La taberna (1877), Una página de amor (1878), Naná (1879), Lo que se gasta (1882), El paraíso de las damas (1883), La alegría de vivir (1884), Germinal (1885), La obra (1886), La tierra (1887), El sueño (1888), La bestia humana (1890), El dinero (1891), La derrota (1892), y El Doctor Pascal (1893).
    En los treinta y un volúmenes que comprenden las veinte novelas trazó la genealogía de más de doscientos personajes; el carácter de los distintos miembros de la familia deriva de las tendencias hereditarias y de los condicionantes del medio social en que viven. Sus textos fueron tan elogiados como criticados; recibió duros cuestionamientos por parte de escritores católicos como Maurice Barrès, Léon Bloy y Jules Barbey d'Aurevilly, que veían en el carácter positivista de su obra signos de decadencia, dogmatismo y una "absoluta carencia de espiritualidad".
    Su obra ensayística comprende volúmenes teóricos sobre el naturalismo, como La novela experimental (1880), El naturalismo en el teatro (1881), Nuestros autores dramáticos (1881), Los novelistas naturalistas (1881), Documentos literarios (1881), y Una campaña (1882); así como textos de crítica y polémica, entre los que destacan Viaje de vuelta (1892), Nueva campaña (1897), y fundamentalmente ¡Yo acuso! (1898), un extenso artículo dirigido al Jefe de Estado francés y publicado originalmente en el periódico L'Aurore, donde defendió la inocencia del capitán de origen judío Alfred Dreyfus, acusado de alta traición a la patria por los militares antisemitas.
    El efecto causado por su participación en el Caso Dreyfus lo posicionó como líder de las fuerzas progresistas (republicanos y socialistas) que reclamaron al gobierno derechista la defensa de los derechos humanos en la República. El gobierno, apoyado por los partidos conservadores, el ejército nacionalista y la Iglesia Católica, lo acusó por injurias y lo persiguió, por lo que se exilió en Inglaterra hasta que se demostró la inocencia definitiva de Dreyfus y el complot militar.
    En 1899 volvió a París y pudo ver indultado a Dreyfus, y el 29 de septiembre de 1902 murió asfixiado por la defectuosa combustión de una chimenea, hecho que suscitó muchas sospechas dadas las reiteradas amenazas de muerte que había recibido.
    Su influencia sobre las generaciones posteriores de escritores no fue sólo literaria, ya que su actitud de involucrarse tanto en la literatura como en la realidad social se transformó en un paradigma del escritor comprometido y dominó la escena cultural de occidente hasta la década de los 70. También es autor de las series Las tres ciudades, compuesta por Lourdes (1894), Roma (1896) y París (1898), y Los cuatro evangelios, integrada por Fecundidad (1899), Trabajo (1901), Verdad (póstuma, 1903) y Justicia (inacabada).