Crochet
Después de casi dos años de búsqueda y tras capear distintas crisis económicas, habíamos encontrado la casa justa para nuestro presupuesto. Estaba en Parque Chas, en la esquina de Constantinopla y Bucarest. Un caserón venido abajo, pero con un aire romántico de castillete abandonado. Tenía dos plantas y estaba rodeado por un jardín enmarañado presidido por dos cipreses.
—Es un chalet de los que hacían los ingleses cuando llegaron a tender los ferrocarriles —me explicó Andrés.
—El jardín no parece muy inglés —dije yo mirando con desánimo la invasión de malezas y los restos de un gallinero donde todavía picoteaban y cagaban tres gallinitas pigmeas.
—Pero rodea toda la casa, no vas a comparar con ese concepto mezquino del jardín como «fondo». ¡Sacale varias fotos, por favor!
Como un copiloto solícito, yo llevaba un registro minucioso de todas nuestras incursiones con la cámara de mi nuevo celu.
Adentro de la casa, siguió el desacuerdo. Donde yo veía una sala como una tumba etrusca, él veía ventanales por donde entraría luz a raudales, donde yo veía una cocina ruinosa, un piso lleno de quejidos y pasajes estrechos que llevaban a cuartos como calabozos, él veía paredes por tirar, nuevos espacios, una planta llena de posibilidades y de excelente circulación.
Pero el arquitecto era él, y yo confiaba en sus ideas. Así que la compramos.
La dueña de la casa se llamaba Adriana Costa y debía tener unos veinticinco años aunque tenía un aire mortecino que la hacía parecer mayor. Según nos contó, había vivido allí con su madre divorciada, su abuela y una tía soltera que había sido veterinaria. Mujeres tristes que tal vez como último acto de desánimo habían muerto antes de tiempo. A medida que fueron desapareciendo, ella se había limitado a clausurar sus cuartos, sin tocar ni un alfiler. Como compartía la habitación con su madre, desde su desaparición decidió trasladarse al salón y allí vivía en el medio del caos, con ropa y zapatos apilados por los rincones, libros y papeles en el suelo y la compañía de tres perros viejos y olorosos, herencia de Clarisa, la tía veterinaria que llegó a tener hasta una docena. Yo salía de esos encuentros estornudando y bastante deprimida, pero el optimismo constructivo de Andrés era inalterable.
Unos días antes de la fecha convenida para la posesión pasamos por allí y encontramos a Adriana desmechada y en batón arrancando botones de una pila de ropa vieja.
—No llego a vaciar todo —nos dijo—, voy a necesitar unos días más…
Como estábamos apurados y pensábamos hacer una refacción a fondo, le ofrecimos ayuda.
—Me falta la parte de abajo —nos aclaró—, sobre todo el consultorio de mi tía, está abarrotado de cosas inútiles. Y las gallinitas…
Le aseguramos que nosotros tiraríamos todo. Y que nos ocuparíamos de las gallinas.
Aceptó aliviada y, pocos días después, empezamos los trabajos a todo ritmo.
Al tirar abajo las boiseries oscuras que cubrían las paredes, al abrir ventanales hacia el futuro jardín, la casa se fue transformando como por milagro en la que había imaginado Andrés. Yo documentaba cada cambio para nuestro álbum de refacciones.
Seis meses después nos quedamos con poco dinero y la finalización de la obra se retrasó, pero como una gran parte de la casa ya estaba habitable decidimos mudarnos igual.
Con la alegría del cambio nos acostumbramos rápido a vivir en una casa que tenía dos áreas. La nueva, luminosa y alegre, y la del pasado con el consultorio de la veterinaria, el lavadero derruido y el jardín lúgubre, donde cada tanto aparecía un cerquito de ladrillos. «Son tumbas de perros», había dicho Pedro, el capataz de la obra. Se lo había comentado una vecina, la misma que había aceptado encantada las tres gallinitas pigmeas. Pero lo más siniestro era el consultorio donde todavía se conservaban, en un estante, una hilera de calaveras de animales de distintos tamaños y una canasta llena de huesos. En distintos rincones había maderas viejas, palanganas, un sillón desfondado, una colección de revistas de veterinaria y varios cajones sueltos con una mezcla anárquica de objetos. El placard empotrado en el fondo no auguraba nada mejor. Cuando Andrés con un fuerte tirón consiguió abrirlo, cayó de lo alto un objeto espeluznante. ¿Una araña gigante? ¿Un gato embalsamado? Le di una patada y después me acerqué con cautela hasta que vi que era una vieja peluca de kanekalon, de pelo medio apolillado. Me dio tal repugnancia que decidimos dejar el resto de la tarea para otro momento. Desde entonces, llamamos a aquel lugar «el cuartito de los horrores».
No era fácil llegar hasta Constantinopla y Bucarest. Yo tomaba el subte desde el centro y me bajaba en Los Incas, una de las últimas estaciones de la línea B. Después tenía que caminar unas diez cuadras. Me iba internando en aquellas callecitas breves y circulares con nombres de ciudades europeas —Viena, Hamburgo, Constantinopla— como quien se va perdiendo en un sueño. Una esquina podía terminar en un chanfle inesperado, en una placita minúscula o en un punto donde confluía consigo misma, como la esquina de Bauness y Bauness. Había, como en cualquier barrio suburbano, casas bajas con su indefectible jardincito delantero y sus detalles tiernos: carteles de bienvenida, patos o enanos de cerámica, canteros protegidos por un techito de nailon. Pero también florecía la singularidad. Vecinos que ocupaban hasta la mitad de la vereda con macetas propias. Un canillita que además de diarios y revistas vendía huevos. Un quiosco custodiado por un perro. Una farmacéutica que tiraba el tarot. Un verdulero en la calle Torrent que le cantaba loas a cualquier vegetal o fruta que uno le pidiera.
Una tarde en que volvía cansada pero más propicia que nunca al espíritu del barrio, pues en la revista me acababan de conceder dos meses de trabajo freelance, me detuve en la calle Ginebra frente a una ventana bordeada de malvones y cortinas de crochet. Contra el vidrio, una estampita de San Expedito y, debajo, un cartel donde se ofrecían «clases de crochet y de bijouterie». Le saqué varias fotos y recordé con ternura a mi abuela tejiendo crochet. Yo nunca había tenido paciencia para aprender. Tal vez mi vida en Parque Chas admitiera ahora esa actividad lenta y pacificadora.
Por la mañana, durante el desayuno, le conté a Andrés mis avances en el barrio y la idea de tomar clases de crochet con una vecina. Él también hacía sus descubrimientos. Me habló del tallerista de la calle Barzana donde había cambiado unas bujías del auto: se llamaba Giacomo y había sido barítono.
—Ahora ya no canta pero habla hasta por los codos. Me dijo que conoció bien a la familia Costa, y sobre todo a la tía veterinaria. Parece que era una mujer hermosa. Él sabía de algunas historias porque, además de viejo vecino, era socio del excomisario Padeletti, de la 19.
—Por de pronto la bella coleccionaba huesos —dije yo recordando la canasta de huesos y las calaveras de su consultorio—. Tendríamos que vaciar de una vez ese lugar, ¿no?
Cuando Pedro llegó para colocar los zócalos que faltaban, le pedimos que esa misma semana empezara con el jardín y que nos ayudara a vaciar el cuartito de los horrores.
Pedro, con su calma y su dulce acento de misionero, dijo que después había que quemar incienso. Eso recomendaba su señora, para limpiar el lugar: «Hay que guardarse sobre todo de la envidia de los muertos, dice ella, que es la peor ponzoña».
Más tarde, mientras tomábamos un café en la cocina, me comentó que su sobrino Eladio estudiaba veterinaria, que tal vez le interesaran las revistas y hasta las siniestras calaveritas y los huesos de los perros. Que se los iba a llevar. «Lo que es malo para uno —sentenció— puede ser bueno para otro».
Lo dejé trabajando en el jardín y decidí ir hasta la casa que ofrecía clases de crochet.
Bajé por Cádiz y, después de varias vueltas en falso, desemboqué en Ginebra donde enseguida reconocí la ventana de los malvones. Sobre el frente de piedra de la casa, junto a la puerta, había una placa de bronce que decía «Eduardo Brunner. Osteópata». Toqué el timbre.
La mujer que me abrió debía tener más de setenta años pero no tenía en absoluto el aspecto de una abuelita tejedora. Era alta y robusta, tenía una cara de pómulos altos y unos ojos encendidos que ella intentaba dominar. Enseguida me dio la mano y me dijo que se llamaba Franca. Después me hizo pasar a un living bastante espacioso pero de muebles enormes y oscuros entre los que se movía con increíble agilidad. Las artesanías de crochet brotaban como excrecencias por todas partes: almohadones, carpetitas en los apoyabrazos de los sillones, caminos de mesa y hasta algunas macetas con fundas tejidas. «El crochet —me dijo— es una de las fórmulas más eficaces para mantener la mente tranquila. Mejor que el yoga —afirmó—. Y mantiene las manos en movimiento, igual que la bijouterie. Mi marido, que era osteópata, me lo decía siempre». Así me enteré de que era viuda del osteópata y que era una de las vecinas más antiguas de Parque Chas. Se había mudado allí de recién casada, en los años cuarenta.
Quedamos en que yo iría los viernes a la mañana para empezar con una aguja número cinco y algún ovillo de lana de cuatro hebras.
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Inés Fernández Moreno
Inés Fernández Moreno (Buenos Aires, 1947-Buenos Aires, 2024) fue una escritora argentina. Se recibió de bachiller por el Colegio Nacional de Buenos Aires y realizó estudios como becaria en España y Francia. En 1975 se licenció en Letras por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Fue hija del poeta César Fernández Moreno y nieta de Baldomero Fernández Moreno. Según sus propias palabras: «Para bien y para mal pertenezco a una familia de escritores, cosa que inevitablemente me preguntan. Tal vez por eso empecé a escribir tarde...» Trabajó desde muy joven en publicidad y marketing y comenzó a escribir narrativa después de los treinta años. Entre 2002 y 2005 residió en España. Luego se instaló en Buenos Aires, colaboró en diversos medios periodísticos y dictó talleres literarios.
En 1991, fue finalista del Premio Juan Rulfo con su cuento Dios lo bendiga. Al año siguiente, en 1992, ganó en Asturias (España) el Premio La Felguera con su cuento Madre para armar. En 1993, obtuvo el Segundo Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires, con su libro de cuentos La vida en la Cornisa (Emecé). Un año más tarde, en 1997, ganó el Primer Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires, categoría cuento con su volumen Un amor de agua (Alfaguara). En 1999 publicó La última vez que maté a mi madre (Editorial Perfil). Esta obra recibió el Primer Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires en la categoría novela y el Premio Letras de Oro 2000 de Honorarte. En 2003 publicó Hombres como médanos (Alfaguara) y ganó en España el Premio de Cuentos Max Aub con su cuento En extinción. En 2005 se publicó La profesora de español (Alfaguara), una novela basada en la experiencia de su residencia en Marbella (España) de 2002 a 2005. Dos años más tarde, en 2007, ganó el Premio Hucha de Oro otorgado por FUNCAS, también en España, con su obra Carne de exportación. En 2009 publicó Marmara (cuentos, Alfaguara) y en 2013 su novela El cielo no existe (Alfaguara) con la que obtuvo en 2014 el Premio Sor Juana Inés de la Cruz. En 2015 se publicó su volumen de cuentos Malos Sentimientos (Alfaguara) y en 2019 su novela No te quiero más.
Sus novelas y muchos de sus cuentos fueron traducidos al francés, el inglés y el italiano.
Abelardo Castillo comentó: «Buena parte de la mejor literatura argentina actual está escrita por mujeres. Desde su excepcional primer libro, Inés Fernández Moreno parece destinada a ser uno de los modelos inevitables de esta nueva literatura». Por su parte, Alberto Laiseca: «En Inés se da el genio, la amenidad y el humor. Una cosa rarísima. Es entretenida y profunda. Hace mucho tiempo que no leía algo tan bueno como estos cuentos».
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