3 de Güiraldes
El pozo
Sobre el brocal desdentado del viejo pozo, una cruz de palo roída por la carcoma miraba en el fondo su imagen simple. Toda una historia trágica.
Hacía mucho tiempo, cuando fue recién herida la tierra y pura el agua como sangre cristalina, un caminante sudoroso se sentó en el borde de la piedra para descansar su cuerpo y refrescar la frente con el aliento que subía del tranquilo redondel. Allí le sorprendieron el cansancio, la noche y el sueño; su espalda resbaló al apoyo y el hombre se hundió golpeando blandamente en las paredes hasta romper la quietud del disco puro.
Ni tiempo para dar un grito o retenerse en las salientes, que le rechazaban brutalmente después del choque. Había rodado llevando consigo algunos pelmazos de tierra pegajosa. Aturdido por el golpe, se debatió sin rumbo en el estrecho cilindro líquido hasta encontrar la superficie. Sus dedos espasmódicos, en el ansia agónica de sostenerse, horadaron el barro rojizo. Luego quedó exánime, solo emergida la cabeza, todo el esfuerzo de su ser concentrado en recuperar el ritmo perdido de su respiración.
Con su mano libre tante el cuerpo, en que el dolor nacía con la vida. Miró hacia arriba: el mismo redondel de antes, más lejano, sin embargo, y en cuyo centro la noche hacía nacer una estrella tímidamente.
Los ojos se hipnotizaron en la contemplación del astro pequeño, que dejaba, hasta el fondo, caer su punto de luz. Unas voces pasaron no lejos, desfiguradas, tenues; un frío le mordió del agua y gritó un grito que, a fuerza de terror, se le quedó en la boca. Hizo un movimiento y el líquido onduló en torno, denso como mercurio. Un pavor místico contrajo sus músculos, e impelido por esa nueva y angustiosa fuerza, comenzó el ascenso, arrastrándose a lo largo del estrecho tubo húmedo; unos dolores punzantes abriéndole las carnes, mirando el fin siempre lejano como en las pesadillas.
Más de una vez, la tierra insegura cedió su peso, crepitando abajo en lluvia fina; entonces suspendía su acción tendido de terror, vacío el pecho, y esperaba inmóvil la vuelta de sus fuerzas.
Sin embargo un mundo insospechado de energías nacía en cada paso; y como por impulso adquirido maquinalmente, mientras se sucedían las impresiones de esperanza y desaliento, llegó al brocal, exhausto, incapaz de saborear el fin de sus martirios. Allí quedaba, medio cuerpo de fuera, anulada la voluntad por el cansancio, viendo delante suyo la forma de un aguaribay como cosa irreal…
Alguien pasó ante su vista, algún paisano del lugar seguramente, y el moribundo alcanzó a esbozar un llamado. Pero el movimiento de auxilio que esperaba fue hostil. El gaucho, luego de santiguarse, resbalaba del cinto su facón, cuya empuñadura, en cruz, tendió hacia el maldito. El infeliz comprendió: hizo el último y sobrehumano esfuerzo para hablar; pero una enorme piedra vino a golpearle en la frente, y aquella visión de infierno desapareció como sorbida por la tierra.
Ahora todo el pago conoce el pozo maldito, y sobre su brocal, desdentado por los años de abandono, una cruz de madera semipodrida defiende a los cristianos contra las apariciones del malo.
Nocturno
La amenaza había quedado en Roberto como un presagio de desgracia.
—Sí, humílleme; pero algún día, si Dios quiere, nos hemos de encontrar cara a cara.
Bah, no era el primer caso… fanfarronadas de paisano.
Roberto era hombre de afrontar un peligro, y no hizo caso del consejo: “Mire, patroncito, que es mal bicho”.
Volvía del pueblo: dos leguas cortas.
La noche era obscura, agujereada de mil estrellas.
El caballo galopaba libremente, depositada la confianza del jinete en instinto seguro.
A treinta cuadras de las casas los cardos dejan un estrecho espacio; es el mes de noviembre y se alzan, rígidos, mirando al cielo con sus flores torturadas de espinas.
Algo se movió en el camino.
Abriose el cardal y un bulto ágil saltó hacia e1 caballo, que, desesperadamente, trató de esquivarse con estrépito de cardos pisoteados.
Se debatió queriendo desasirse de la mano que, hacia atrás, le empujaba venciendo sus garrones; pero perdió apoyo en una zanja, arrastrando en su caída al jinete, que quedó aprisionado: una pierna apretada por su peso.
Palabras de injuria vibraron en el tropel producido por la lucha.
Roberto tiró al bulto, que retrocedió con una imprecación.
Había tocado: tenía ahora que ganar tiempo, salir de la posición en que se hallaba.
El caballo, libre un momento, se levantó, proyectando su jinete a distancia. Este quiso recobrar el equilibrio, pero fue tarde.
El bulto, que no había hecho sino retroceder, volvía a la carga con mayor impulso.
Recibió el golpe en pleno vientre.
Se supo muerto; un gesto de dolor le dobló como gusano partido por la pala, largó el revólver, asiendo de ambas manos la que le hundiera el hierro hasta la guarda y la retuvo para evitar un segundo encontronazo, ya aterrorizado, la cabeza vaga, sintiendo la muerte en el vientre.
Un chorro de sangre los bañaba, uniéndolos en su viscosidad roja.
Hubo el ruido de dos respiraciones, entremezcladas en esfuerzo de angustiosa lucha.
El hierro ahondó la herida con el movimiento, despedazó la carne, abrió un boquete como cloaca que bañó de inmundo vómito cuatro manos crispadas sobre la misma empuñadura.
Y el cuerpo de Roberto tambaleó vacío de vida, cayó con un son fláccido, los ojos inmensos de terror, la boca abierta en aullido prolongado como un canto.
No humano, el vengador miró esos ojos sin vida y gruñó con voz que era estertor:
—Te la había jurao.
Y fue la dureza del hierro que choca entre los dientes, con ruido repetido y mate, la última convulsión desesperada hacia la vida, una explosión sorda y el sonido blando de una cabeza que cae sobre la tierra.
La sombra corrió hacia el cardal, luego volvió adherida a otra más grande.
El cadáver yacía, inerte, en actitud de descanso.
Sobre su vientre, el enorme desgarro de ropa y carne, mientras una mancha negruzca hacía, en torno a su cabeza, como una aureola de martirio.
Tembloroso, el caballo del matador olfateaba la tragedia; pero fue tranquilizado por las palabras sarcásticas:
—No se asuste, amigo, que ese ya no ofiende a naides.
Y el silencio, por breve tiempo roto, impuso su eternidad.
Un rebencazo sonó seco, y el matador, en brusca carrera, fue desapareciendo como diluido en la oscuridad.
Al poco quedaba un movimiento de sombra en la sombra; pronto, nada.
Y del golpe sobre el camino endurecido, un eco llegó sonoro.
Telesforo Altamira
Telesforo Altamira era un atorrante-soneto en su clásica perfección.
Tenía un poco el físico de Corbière, pero el genio se le había muerto de hambre en la cabeza piojosa. Yo lo vi hace poco, remontando la calle Corrientes a eso de las doce y media p. m., entre la turba burguesa largada por cinematógrafos y teatros. Telesforo caminaba cómodo entre los empujones y codazos, porque su mugre hacía en derredor un vacío de respeto. La mugre es una aureola.
Telesforo se detuvo para que bajara de su lujoso automóvil una familia gruesa, puro charol, raso, pechera, escote y joyas; y viola desaparecer en el zaguán iluminado sin mudar de expresión, es decir: con la boca blanda ligeramente aflojada en o sobre las desdentadas encías. No hay que creer que pensaba; mucho ha curó de esa desgracia, y sólo miraba con ineficacia de idiota, sonriendo a la luz, a los trajes vistosos, a las caras rechonchas. No recordaba tampoco su vida ni su pasado. ¿Qué edad tenía Telesforo? Telesforo tenía sesenta años en treinta, pero su estupidez actual lo simplificaba al rango de recién nacido.
¿Telesforo recordó que tuvo casa? No, señor. ¿Telesforo echó de menos su antigua holgura? Tampoco, señor.
¿Telesforo arguyó que el dinero amontonado en algunas manos sale de otras? Absolutamente, señor.
Telesforo sólo mantuvo con atento esfuerzo el vacío de su yo entre los labios, como si fuese una moneda, y ni la sombra de una idea titiló en su cerebro muerto de injusticia.
Sin embargo, hubiera podido, en estado más lúcido, pensar en muchas cosas frente a aquel coche parado frente al zaguán.
Telesforo Altamira había tenido un pasar que perdió por extremar su tendencia a leer Shakespeare, Platón, Cervantes y Dante, que no sirven para nada. Después casó con aquella preciosa Elvira, que él llamaba su querida hipoteca, y a quien hizo tres hijos antes de que su amigo Lucio le hiciera el cuarto. Después bebió. Después se hizo borracho. Después perdió la dignidad, como dicen los carteles antialcohólicos, en las salas policiales que conoció a consecuencia de aquel tajo inhábilmente asestado al lado de la carótida de su amigo Lucio. Después intimó con la cárcel, y por último, con el vagar derrumbado del atorrante, que ya no necesita alcohol porque posee su incurable idiotez.
Pero estoy hablando de un cadáver. Telesforo Altamira murió aquella célebre noche de la nevada en Buenos Aires, y ¿saben ustedes dónde? En los umbrales de la casa en que entró nuestra conocida familia gruesa.
La digna señora se afectó mucho por aquel extraño suceso: un hombre que se acuesta sano en un zaguán y se despierta muerto. Por mi parte, habiendo sido condiscípulo de Altamira en el colegio del Salvador, el hecho me causó una lacrimosa tristeza, tal vez por hermandad. Pero un amigo mío, muy docto en psicología, dice que no vale la pena, y que toda la historia de Telesforo Altamira no se debe sino a su falta de voluntad, siendo por lo tanto él solo el culpable de su tragedia sin interés.
Amén.
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Ricardo Güiraldes
Ricardo Güiraldes (Buenos Aires, 1866-París, 1927) fue el segundo hijo de Manuel Güiraldes y Dolores Goñi. Al poco tiempo la familia se trasladó a vivir a París, en el barrio elegante Saint Claud, donde permanecieron cuatro años.
La vida del pequeño transcurre entre Caballito, donde pasó otoños e inviernos, en casa de su abuelo Güiraldes y San Antonio de Areco, en la estancia propiedad de su padre, bautizada la Porteña.
Estudió en el Colegio Lacordaire, el instituto Vértiz y en el Instituto Libre de Segunda Enseñanza. Y cursó la carrera de Arquitectura aunque después se pasó a Derecho.
En 1910 emprendió un viaje con un amigo que lo llevó a recorrer Italia, Grecia, Constantinopla, Egipto, Japón, Rusia, la India, Oriente Próximo y España, aunque finalmente se instaló por un periodo en París, con el escultor Alberto Lagos.
En 1912 está en Buenos Aires integrando un grupo de artistas y escritores en el taller de Alejandro Bustillo. En ese ambiente Güiraldes conoció a Adelina del Carril con la que se casó el 20 de octubre de 1913, y con la que emprenderá poco después un viaje al Caribe.
En 1918 publica “Un idilio de estación” en El cuento ilustrado, revista dirigida por Horacio Quiroga.
Tras el final de la guerra europea Güiraldes regresó a Europa, donde escribió los primeros capítulos de la obra que lo llevaría a la fama: Don segundo sombra.
Regresó a Argentina en 1920 y se dedicó a la escritura poética.
En 1924 se fundó Proa, dirigida por Güiraldes, Rojas Paz, Borges y Brandan Caraffa.
En 1922, Güiraldes se había empezado a interesar por problemas religiosos a través del hinduismo, lo que le llevó a la escritura de El sendero y poemas místicos.
Camino a la India se produjeron los síntomas del cáncer de garganta. Murió el 8 de octubre de 1927 en París. Sus restos llegan a Buenos Aires el 27 de noviembre.
Bibliografía
- El cencerro de cristal
- Cuentos de muerte y de sangre
- Aventuras grotescas
- Trilogía cristiana
- Raucho
- Rosaura
- Un idilio de estación
- Rosaura y siete cuentos
- Xaimaca
- Don Segundo Sombra
- Poemas místicos
- Poemas solitarios
- Seis relatos
- El sendero
- El libro bravo
- Pampa
- El pájaro blanco
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