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Año 8 #92 Junio 2022

Axolotl

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.

El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.

En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.

No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardín des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.

Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.

Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas… Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.

Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?

Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía más que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.

Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez más de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.

Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía —lo supe en el mismo momento— de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.

Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él —ah, sólo en cierto modo—, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.

 

  • Julio Cortázar
    Cortázar, Julio

    Julio Florencio Cortázar (1914/1984), hijo de Julio José (encargado comercial de la embajada argentina) y María Herminia Descotte, nació (“a consecuencia del turismo y la diplomacia”) en Bruselas, Bélgica, en 1914, época en que la ciudad estaba en poder de los alemanes.

    En 1916 la familia se instala en Suiza, donde aguardan el fin de la primera guerra mundial para trasladarse a Banfield, suburbio de Buenos Aires. Su padre abandona a la familia y Julio se cría rodeado de mujeres, su madre, su abuela, una tía y su hermana Ofelia, un año menor que él. Adopta la ciudadanía argentina y a los nueve años, cautivado por el encanto de las palabras y estimulado por su madre (ella le ofrece junto a Búfalo Bill, los Ensayos de Montaigne, Diálogos de Platón, Víctor Hugo y Poe), hace sus primeros poemas y su primera novela.

    La sospecha familiar de que eran plagiados lo decepciona profundamente. En 1928 estudia en el Escuela Normal Mariano Acosta, ámbito que refleja en La escuela de noche, y recibe la influencia de su primer gran formador intelectual, el profesor Arturo Marasso, quien lo acerca a la literatura clásica. Se recibe de maestro en 1932 y se frustra un viaje a Europa en un vapor de carga, tema que refiere en Un lugar llamado Kindberg.

    En la lectura de Opio de Jean Cocteau descubre el surrealismo y cambia su visión de la literatura. En 1935 se gradúa en el Profesorado de Letras e ingresa en la Facultad de Filosofía y Letras, estudios que no concluirá. Se dedica a la enseñanza como profesor en Bolívar, provincia de Buenos Aires, y escribe cuentos que no pública.

    En 1938 aparece su primera colección de poemas, Presencia, firmados bajo el seudónimo Julio Denis, integrada por 43 sonetos que respetan el estilo de Mallarmé, inspirados en la música y la armonía, con los cuales se instala en la generación neoromántica del 40 junto a Vicente Barbieri, Daniel Devoto, Uribe y Wilcock.

    En 1939 es trasladado a la Escuela Normal de Chivilcoy. Publica un artículo sobre Rimbaud en la revista Huella (1941). En Mendoza dicta literatura francesa en la Universidad de Cuyo (1944) y da clases magistrales sobre Rimbaud, Mallarmé y Keats, su poeta preferido. Publica "Brujas", su primer cuento en la revista Correo Literario. Al año siguiente reúne su primer volumen de cuentos, La otra orilla, y se traslada a Buenos Aires para dedicarse a la traducción (Poe, Chesterton, Gide y Defoe) hasta 1951.

    En Los Anales de Buenos Aires, dirigida por Borges, aparece "Casa Tomada" (1946), Bestiario (1947) y en la revista Estudios Clásicos de la Universidad de Cuyo le publican un trabajo sobre Keats: "La urna griega en la poesía". En 1948 obtiene —en solo nueve meses— el título de Traductor Público (de francés e inglés), esfuerzo que le provoca síntomas de desequilibrio como la búsqueda de cucarachas en la comida, tema central de "Circe", que junto a los dos anteriores mencionadas se integran a Bestiario (1948). Aparece Los Reyes (1949), poema dramático, primera obra firmada con su nombre real, e ignorada por la crítica. Escribe Divertimento que será publicada en 1986.

    Colabora en diversas revistas culturales: Sur, Realidad y Cabalgata. En 1950 la editorial Losada le rechaza la novela El examen, editada tras su muerte. Debido a su disidencia con el peronismo gobernante renuncia a sus cargos docentes y en 1951 se traslada a París mediante una beca del gobierno francés y trabaja como traductor en la Unesco.

    Buenos Aires Literaria le publica el cuento "Axolotl" (1952). Se casa con la traductora argentina Aurora Bernárdez y al año siguiente viaja a Montevideo para la conferencia general de la Unesco, ciudad donde se inspira para escribir "La puerta condenada" y "La Maga". Continúa con Historia de cronopios y de famas iniciada el año anterior y en Buenos Aires Literaria se publica "Torito". Viaja a Italia donde comienza la traducción de los cuentos de Poe. En México se publica Final del juego (1956) que incluye "Los Venenos", y en la Universidad de Puerto Rico se publica la traducción de Obras en Prosa de Poe. En Las Armas Secretas (1959) se incluye "El perseguidor", inspirado en la muerte de Charlie Parker en el que Cortázar aborda un tema existencial, cuyo tono hallará mayor cauce en Los Premios (1960) escrita durante la travesía marítima a EEUU “para entretenerse” y Rayuela (1963) muchos de cuyos pasajes él mismo reconoce que “no sabía dónde los ubicaría ni a qué respondían”. Este mismo año participa en el Premio Casa de las Américas, en La Habana, en carácter de jurado. A estas dos grandes novelas suceden otras tantas no menos importantes 62/Modelo para armar (1968) de escasa repercusión crítica y Libro de Manuel (1973).

    En 1961 viaja por primera vez a Cuba y descubre “el gran vacío político” que había en él. Publica Historia de cronopios y famas (1962) en Buenos Aires, traducida luego al alemán en 1965. Ese mismo año en Nueva York se traduce y publica Los Premios. En El Escarabajo de Oro de Buenos Aires se publica "Reunión" y en Marcha de Montevideo "Instrucciones para John Howell". Siguen Todos los fuegos el fuego (1966) y ese mismo año se traduce Rayuela al inglés y al francés. La revista Unión de La Habana publica el artículo "Para llegar a Lezama Lima", tras lo cual Cortázar asume públicamente su compromiso con las luchas de liberación latinoamericanas.

    La vuelta al día en ochenta mundos (1967), reúne cuentos, poemas, crónicas y ensayos con una diagramación diferente y como un indirecto homenaje a Julio Verne. Último Round (1968), es también un compendio de similares características. La edición (México, 1968) incluye una carta de Cortázar a Fernández Retamar fechada en Saigón el 10 de mayo de 1967 publicada en la revista Casa de las Américas que alude a la situación del intelectual latinoamericano. En Italia se traduce Rayuela.

    Viaja a Chile en 1970 invitado a la asunción de Allende con su segunda esposa Ugné Karvelis. Aparece Relatos (1970), una selección de cuentos. Pameos y Meopas (Barcelona, 1971), reúne poemas escritos entre 1944 y 1958. Con fotografías del propio Cortázar aparece Prosa del Observatorio (Barcelona, 1972), y Libro de Manuel (Buenos Aires, 1973) obtiene en París el Premio Médicis. Viaja a Buenos Aires para presentar el libro y visita luego Perú, Ecuador y Chile despertando algunas polémicas. Julio Ortega edita y prologa La casilla de los Morelli (Barcelona, 1973). Aparece el libro de cuentos Octaedro (1974) y en abril de ese año participa en el Tribunal Rusell reunido en Roma para analizar la situación política latinoamericana, en especial las violaciones a los derechos humanos. Con igual propósito viaja a Oklahoma y México, pero en lo referido a la situación específica de Chile. Las conferencias que allí dictan se reúnen en un volumen: The Final Island: The Fiction of Julio Cortázar (1978) primera crítica inglesa de su obra.

    En 1981 se le otorga la ciudadanía francesa y para esa época se le diagnostica leucemia, suspendiendo su programa de viajes a Cuba, Nicaragua y Puerto Rico. Publica un nuevo libro de cuentos, Deshoras (México, 1982) y ese mismo año muere su esposa. Dona al sandinismo los derechos de autor de Los autonautas de la cosmopista (1983) escrito en colaboración con la fallecida Carol Dunlop. Visita Buenos Aires con la democracia recuperada y es ignorado por las autoridades, pero la gente lo reconoce por las calles de la ciudad. Al año siguiente recibe en Nicaragua la Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío y el 12 de febrero muere.

    A partir de 1986 se publican las obras hasta ese momento inéditas: Divertimento (1986), El Examen (1986), Diario de Andrés Fava (1995) y Adiós Robinson (1995).

    Obra:

    Novelas

    1960: Los premios

    1963: Rayuela

     

    1968: 62 Modelo para armar

    1973: Libro de Manuel

    1986: Divertimento (escrita en 1949)

    1986: El examen (escrita en 1950)

     

    Cuentos

    1951: Bestiario

    1956: Final del juego

    1959: Las armas secretas

    1966: Todos los fuegos el fuego

    1974: Octaedro

    1977: Alguien que anda por ahí

    1980: Queremos tanto a Glenda

    1982: Deshoras

    1994: La otra orilla (escrito entre 1937 y 1945).

     

    Prosas breves

    1962: Historias de cronopios y de famas

    1979: Un tal Lucas

     

    Misceláneas

    1966: Les discours du Pince-Gueule (Los discursos del Pinchajeta) (texto en francés de Cortázar y dibujos de Julio Silva; una versión en español se incluyó en El último combate)

    1967: La vuelta al día en ochenta mundos

    1968: Buenos Aires, Buenos Aires (fotos de Sara Facio y Alicia D'Amico, textos de Cortázar)

    1969: Último round

    1972: Prosa del observatorio (texto y fotografías de Cortázar)

    1975: Silvalandia (imágenes de Julio Silva y textos de Cortázar; incluido en El último combate)

    1976: Humanario, Círculo de Lectores, Madrid (fotos de Sara Facio y Alicia D'Amico con un texto de Cortázar, «Estrictamente no profesional», que fue incluido después en Territorios, 1978)

    1978: Territorios (textos de Julio Cortázar y cuadros de 17 pintores)

    1983: Los autonautas de la cosmopista (con Carol Dunlop)

    1984: Alto el Perú (fotos de Manja Offerhaus y textos de Cortázar)

    2009: Papeles inesperados (1940-1984; recopilación de Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga)

    2014: Cortázar de la A a la Z (recopilación de Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga)

    2014: El último combate (recopilación de algunos trabajos realizados con Julio Silva y de cartas de Cortázar a Silva)

     

    Teatro

    1949: Los reyes

    1984: Nada a Pehuajó y Adiós, Robinson (obra póstuma).

    1991: Dos juegos de palabras. Nada a Pehuajó. Adiós, Robinson (obra póstuma)

    1995: Adiós, Robinson y otras piezas breves (obra póstuma).

     

    Poesía

    1938: Presencia (sonetos, con el seudónimo de Julio Denis).

    1971: Pameos y meopas

    1984: Salvo el crepúsculo