El profesor
Incluido en en El origen del mundo (Vencejo Ediciones, Barcelona, España, 2022)
A Damián Vives
¿Acaso no entré por tu vagina de tutelares labios
a esta historia de templos y seculares movimientos
arriba abajo y a los costados…?
Nihil Obstat, Daniel Muxica.
—Viteri, a mi oficina —le ordenó Marusic.
Por aquel entonces yo era pinche en un juzgado; solía verlos a los dos porque los doctores no hacen diligencias en comisarías, no si pueden evitarlas.
Viteri no acusó recibo de la orden, detrás de su mirada de ojos bovinos conservaba una gragea de dignidad. Pero debía ir, él lo sabía, Marusic lo sabía, hasta yo lo sabía. Esa era la realidad, y Viteri, siempre le hacía caso a la realidad.
—Un profesor del colegio Santa Catalina se cogió una alumna el muy pelotudo —sintetizó Marusic—. Hay una prueba incriminatoria, el gil subió su hazaña a las redes.
Era un asunto sencillo, a Viteri siempre le daban cuestiones sencillas. O imposibles.
—Quiero un trabajo limpio, Viteri. Aquí tiene —arrojó en la mesa un sobre de papel madera con unas pocas hojas dentro—. Y déjese de joder con su… Usted me entiende.
Viteri no dijo nada. Quizá tuvo ganas de decirle que no, que se lo explicara; pero nada más hizo un gesto afirmativo, se puso de pie y salió de la oficina.
Las hojas del sobre informaban que Germán Álvarez Ruiz, cuarenta y dos años, separado, se ganaba la vida como profesor de Literatura en escuelas secundarias. No tardó mucho en encontrarlo, pero la publicación ya había sido censurada por el sicario algoritmo de Zuckerberg.
Así que le llevo toda la tarde dar con “la prueba incriminatoria” que había asegurado Marusic, pero finalmente la encontró. Porque el mundo será chico o inmenso, pero es redondo, lo que garantiza que tarde o temprano pasaremos por el mismo lugar dos veces si nos movemos con suficiente prisa. Como los bits, que viajan a la velocidad de la luz por las arterias de la red. La información que transportan da vueltas y vueltas en un laberinto de caños submarinos y satélites artificiales. Esa información, incluso, puede subsistir después de ser retirados los bits originales. Es como una vida después de la muerte. Ya que nunca falta el desconocido que la replica en otro lugar de la infinita telaraña.
En esa virtualidad sin muerte Viteri encontró “la prueba”. Se acomodó los anteojos y leyó en el monitor:
Aprieta el timbre sin darse cuenta de la cámara. Tira el chicle, se desabrocha el último botón del escote. Mira su reflejo en el vidrio de la puerta; duda y vuelve a prender el botón. Pasan los segundos, seguramente se pregunta si debe volver a llamar. Lo va a hacer cuando pregunto quién es por el portero eléctrico. Felicitas Salerno, contesta. Vuelve a soltar el botón del escote. Presiona sobre él con las yemas de sus dedos cuando abro la puerta.
¿Felicitas?, finjo sorpresa.
Buen día profesor. Me pidieron que le preguntara cuándo es el examen.
Mi mirada se detiene en la hendidura que separan sus pequeños pechos. Ella no desvía la mirada.
Espero no molestarlo.
Claro que no, pasá. Pasá.
Entra, tiene el uniforme del colegio, la pollera unos centímetros más corta que lo habitual.
Qué hermosa su casa, comenta, por decir algo.
¿Qué tomás? Pero antes de que conteste sirvo jugo de piña.
No dice nada. No sabe qué decir.
Voy a buscar el calendario, le digo. Ella permanece de pie frente a la mesada de los tragos. Desde mi escritorio le contesto que el examen será el lunes. Cuando vuelvo aún permanece en el mismo lugar. El plan le ha fallado.
Cabellera ondulada bajando por la espalda, hombros descubiertos, pantorrillas musculosas, muslos firmes. Tiene brillo en los labios, solo brillo. ¿Sabrá que tengo debilidad por las bocas grandes de labios delgados? Me acerco. Mientras fui a buscar los papeles se ha perfumado. Quizá lo dije en alguna oportunidad, son mis trampas de cazador, las dejo aquí y allá.
Quizá este era su plan. Calentarme, si es así lo consiguió. Siento que debo avanzar. Sé que no podré evitarlo.
Digo algo, no recuerdo qué. Ella dice algo, ni siquiera la escucho. Un instante después, avanzo. Rodeo su cintura y espero. Uno, dos segundos. No mueve ni un músculo. Apoyo mis labios en su nuca, comienza a temblar. Un temblor ligero, incontrolable.
Siente mi respiración, la respiración de su profesor. Nos separan veintisiete años, y eso la atrae. Me ha deseado por meses; imaginó, fantaseó mil veces lo que ahora sucede. No, lo que está por suceder, lo que aún no pasó. No podrá negarse, no quiere negarse; solo es necesario no asustarla.
Presa de una espiral que la devora, el recorrido de mis manos la desespera. Hasta que abre los ojos, se ve y me ve en el espejo que está detrás de la barra de tragos. Es demasiado para ella, ya no puede resistirlo, ya no tiene retorno; me desea y desea esa lujuria que no puede controlar.
Solo si querés, le digo. No me responde. Solo si querés, repito mientras le levanto la pollera.
Cuando siente la palma de mi mano sobre su piel tampoco pronuncia palabra. Mis dedos buscan la ingle. Cuando llegan a destino, Felicitas abre la boca y libera un alarido ronco de dolor y placer. La doy vuelta, muerdo sus labios con brillo.
En la cama recorro su cuerpo. Ella permanece con los ojos cerrados y la boca abierta; está completamente húmeda. Rendida, deja que haga todo. El pulgar masajeando circularmente el clítoris, el dedo mayor entrando atrás, mis labios en sus pequeños pezones rosados. Finalmente entro. Ocupo. Me apodero. Es mía.
Susurra Dios mío.
Soy su dios. El invasor, el conquistador.
Me quedo quieto, apenas unos segundos de calma, hasta que desato la tormenta, mi penetración se hace brusca. Bestial. Salvaje. La violencia la excita, sus pechos estallan a la mínima caricia. Y grita. Exige sin palabras que no acabe, que no acabe nunca, jamás. Que la posea por toda la eternidad.
Fue la conquista del invasor, la fuerza del semental primitivo, la misma desde los confines del tiempo.
Prestemos atención: “Fue la conquista del invasor, la fuerza del semental primitivo, la misma desde los confines del tiempo”. Viteri no podía reparar en la forma. Ni siquiera se percató de que el sujeto había omitido palabras como pija, concha y puta, que no había usado ninguna grosería; era la voz de un macho que no descendía a la vulgaridad soez. Pero Viteri no podía darse cuenta, era completamente ciego para las formas.
Decidió comenzar por la víctima. Fue a ver a Felicitas Salerno; lo atendió Manuel, su padre, un hombre corpulento, calvo, de tez aceitunada. Que no podía verla, le dijo, que estaba en shock, que debía entender, que había sido terrible.
Viteri contestó que entendía, cómo no iba a entender. Él comprendía la situación por la que atravesaba su hija. ¡Por supuesto! Y toda la familia, señor, toda la familia. Claro que entiendo, pero tengo que hablar con ella, es necesario.
No hubo caso, el tal Manuel le cerró la puerta en la cara.
Sonó su celular, no contestó; era la Acuña, la amante de Marusic. Del comisario inspector Mario Marusic. Basura Marusic. Viteri lo odiaba. Apenas lo conoció supo que era tonto como un ganso y engreído como un pavo real, pero hasta que sucedió lo que sucedió no se dio cuenta de que era venenoso como una serpiente.
Seguro quería novedades sobre el caso, y no tenía nada. Pensó ir a ver al profesor. Le habían dado una dirección en Liniers; se disponía a ir a su encuentro cuando miró el reloj, ya habían pasado las seis de la tarde. Ir, hablar, volver le tomaría horas y a él no le pagan las extras, ni un peso. Por culpa de Marusic.
Esa noche le costó conciliar el sueño, también por culpa de Marusic.
Hacía dos años Viteri había apretado a un quiosquero que distribuía pequeños sobres que no eran de caramelos. Le había sacado unos cuantos miles y, como ya era tarde, pensó reportarlos arriba a la mañana siguiente. Pero los billetes ganados con el sudor de su frente se le fueron de las manos en la mesa de póker, así que no reportó nada. No debió pasar a mayores, pero el quiosquero resultó ser confidente de Marusic. Mala suerte la de Viteri. Un tío mío, marino mercante él, al que apodábamos el Barón aunque no pertenecía a realeza alguna, me explicó una tarde en los tablones de la cancha de Ferro la diferencia entre merde, que trae buena suerte, y mierda, que solo dispensa desgracias. La exacta diferencia entre una estrella y un estrellado. Y Viteri era un estrellado. El croata Marusic lo dejó congelado como subcomisario y por dos años le dio los peores casos.
Al día siguiente el Instituto Santa Catalina sufría un tsunami de proporciones hollywoodenses. A las siete de la mañana ya se había reunido una veintena de padres, el miedo y la angustia incrustados en sus rostros. Alguien aseguró que una alumna de cuarto año había dicho que el profesor era raro.
Raro. Ciertamente, “raro” es una palabra pe-ligrosa. Raro es una expresión que refiere a misterio o, peor aún, a lo inconfesable. Los progenitores aman, ante todo y por encima de todo, la normalidad; se sienten tranquilos si sus críos son normales, si su familia es normal. Para ellos la normalidad no es como puede pensarse lo común o frecuente, lo ordinario, lo vulgar. No. Para ellos la normalidad no es lo usual, sino lo que están dispuestos a confesar. Masturbarse no es normal, votar por esa manga de forajidos populistas tampoco es normal, creer en Dios sí es normal, abortar no es normal, deslomarse para darles una buena educación a los hijos es otra normalidad. Y ahora resultaba que un profesor del muy normal Instituto Santa Catalina era un degenerado. Una calamidad.
A las ocho de la mañana, los normales proge-nitores sumaban más de cincuenta. Estaban alarmados, la aprensión corría por sus venas porque, como dijo una de las madres, nadie estaba a salvo.
Según el padre Luis, el colegio era un pande-mónium, la capital imaginaria del reino infernal, aclaraba. La directora María Angélica Battista no tenía la presencia de ánimo del padre y catequista Luis Fascio, sus manos temblaban y su rostro estaba descompuesto. En esas condiciones se negó a aceptar el consejo de Fascio de recibir a los padres de inmediato. No puedo hacerlo en este estado, le contestó de mal modo.
Hasta que la mamá de las mellizas Cincotta le dijo con una sonrisa colgada de los labios que, si no los recibía y echaban a ese degenerado, ella misma iba a llamar a los medios.
María Angélica Battista era una mujer de inte-ligencia ejecutiva y espíritu pragmático que, por diez años, había dirigido el colegio con mano firme. El Instituto Santa Catalina, uno de los más onerosos de la ciudad, era gobernado según dos preceptos católicos: economía floreciente gracias a elevadísimas men-sualidades y algunas becas caritativas para familias menos afortunadas. Pero su inteligencia y su mano firme zozobraban ante lo impensado. Cedió, qué otra cosa podía hacer, una comisión haría una investigación y suspendió al acusado.
Lamentablemente ya era tarde, la noticia había rebalsado por lejos los límites del colegio. Por las redes circulaban tuits sobre el inmundo docente pederasta que llegaron a miles de normales y asustados padres de otros institutos.
Esa tarde, a la hora en que los alumnos se retiraban del Santa Catalina, llegó la primera movilera de una radio. Habló con todos, alumnos, familiares, incluso con comerciantes de las inmediaciones. “Esta es una tarde negra para la escuela argentina”, dijo emocionada, y preguntó al aire qué hacía la dirección del colegio, y qué hacían las autoridades del ministerio, y qué hacía la justicia para proteger “a nuestra niñez”.
Entonces ocurrió.
La primera que lo vio fue una alumna de tercer año. Le mostró el celular a su mamá y la mujer, con los ojos desorbitados, pegó un alarido enloquecido. Un hombre detrás de ella juró venganza. Otro propuso matarlo, había que terminar con tanta inmundicia. Lo que provocó esa espontánea ira fue un video. Había aparecido en Instagram, se observaba a un hombre de espaldas, desnudo, y, al fondo, una jovencita en cuclillas sacándose el corpiño.
Una alumna aseguró que era el profesor.
El hombre del video va al encuentro de la joven mientras soba su verga.
Viteri buscó con apuro el video en su celular, tardó, no era bueno para esos menesteres. Cuando lo ubicó, la jovencita, que no parece tener más de quince años, está con las piernas levantadas por sobre los hombros del profesor que ejecuta movimientos rítmicos, hacia adelante y hacia atrás.
La cámara se acerca. Se escucha que ella pide más. El profesor le pregunta por qué. Más, más, grita ella. Decile a la cámara por qué querés más. Porque soy puta, soy muy puta. Ella aferra con sus manos la cara del profesor. Abre la boca, una electricidad la abrasa.
El profesor se saca de encima las piernas de ella, la da vuelta con violencia. Apoyada en sus rodillas y las palmas de sus manos, recibe golpes en sus nalgas. El profesor la penetra por atrás, ella no para de gritar.
Viteri emprendió viaje hacia su oficina que, de ser más amplia, sería minúscula. Tenía un escritorio de ochenta por sesenta bien medidos, con un solo cajón y una computadora que hacía años era obsoleta. Trató infructuosamente de volver a ver el video, no pudo; pero esta vez no fue por su incompetencia, simplemente había desaparecido.
El subcomisario Desiderio Viteri fue hacia la cocina con la taza que había heredado del sargento Benítez, muerto en cumplimiento del deber durante un atraco a la joyería Ramos. Los policías de la 17 mataron a uno de los delincuentes mientras huía quien, para sorpresa de la Fuerza, no era otro que el Negro Benítez. Supieron cubrirlo, que en paz descanse.
Viteri se sirvió un café con gusto a ácido muriático. Estaba rumiando que aún no tenía nada para Marusic cuando sonó el teléfono de su escritorio. Era la sargenta Acuña. El comisario, le dijo, quería un informe en cuarenta y ocho horas.
—¿Ya tenés algo?
—Sí, parece que dos aviones se estrellaron con las Torres Gemelas.
La sargenta Acuña es un caso muy interesante, pero su caso no viene al caso. A este caso. Ni tampoco puedo yo, por simple economía de insumos, referirme a todos los casos en un mismo relato. Sigamos.
Con el último sorbo de ácido muriático, Viteri se dijo que, si no aparecía algo en las próximas horas, debería hacer trabajo policial. Por “trabajo policial” debe entenderse plantar indicios. Como me dijo el Ruso Laborde apenas entré a laburar en la redacción de Crónica: En tiempos de sequía, bienvenida es la imaginación.
Como dije, hay dos tipos de personas: las estrellas y los estrellados. Viteri, ya lo saben, no era una estrella. Pero a veces, raras, contadas veces, los estrellados tienen merde: le apareció algo desde la nada misma.
Salía de la comisaría a última hora cuando un agente, un muchacho entrado en carnes cuyo rostro denunciaba un insoportable cansancio, le preguntó por el comisario Marusic. Quiso la suerte que Viteri no contestara lo primero que caviló su mente: que a esa hora ya no quedaban ratas en la comisaría. Asustado de que se le escapara sus íntimos pensamiento, nada más respondió que se había ido. Y tuvo suerte, porque el agente, ya por exhausto, ya por negligente, le preguntó si podía dejarle un informe para el comisario. Esa fue la forma en que Viteri tuvo noticias de un tal Tomás Bernard.
Pasó las veinticuatro horas siguientes tratando de localizar a ese sujeto. Por fin logró una dirección, Bulnes al doscientos, Almagro. Y allí fue. Bernard era un treintañero de cabellos largos, extremadamente del-gado, ojos hundidos y prótesis nasal de colección.
—Bernard, hackeaste las redes de Álvarez Ruiz.
La versión porteña de Cyrano de Bergerac negó todo; pero Viteri era bueno en eso de apretar y apretó.
Que lo sé, Bernard. Todo, sé todo. Si lo seguís negando te va a ir mal, muy mal. Acercó su rostro al del tipo: te va a ir como el culo, imbécil. Nombró un par de leyes y le calculó no menos de quince años a la sombra en una penitenciaría.
—Quince si te portás bien —le dijo con mirada asesina—. Y si le hacés caso a los pibes. ¡Hay cada nene!, mucha merca y poco sexo.
El tipo resistió quince minutos, solo quince mi-nutos antes de confesar que efectivamente él había subido el video.
—Bien, ves que podés —Viteri le extendió un pañuelo de papel para que se secara las lágrimas—. Muy bien. Ahora necesito que me digas para quién lo hiciste.
Bernard, de tan asustado parecía no entender.
—¡Quién te pagó, basura!
Que no podía, que si le decía quién lo contrató lo matarían.
Era el momento que en las series el policía habla del programa de testigos protegidos, asegura que lo van a cuidar y que empezaría una vida nueva. Pero quién iba a creerse eso en Argentina. Ni siquiera ese flaco quebrado que no paraba de llorar. Así que eligió otro camino, sacó de su bolsillo una pistola pequeña, una Ruger LCP que había “secuestrado” en un operativo.
—Esta pistola era de un pederasta que abatimos cuando trataba de huir —mintió—. Un infeliz. En fin… Vos no te quisiste entregar y me disparaste.
Bernard no entendía de qué le estaba hablando ese policía.
—Por suerte no tenés buena puntería. Pero yo no podía saberlo.
Entonces Viteri sacó de su sobaquera una Beretta 92Fs.
—Y tuve que dispararte. ¡No a matar! No, a la rodilla.
Cyrano suplicó que lo entendiera.
—Tres —pulgar, índice y mayor de la mano izquierda de Viteri extendidos hacia el pobre hacker.
—¡Le digo que me va a matar!
—Dos.
—¡Por favor!
—Uno.
En lo que podría ser el último segundo de su vida, Bernard tuvo, como suelen tener los cobardes, un final arresto de valentía e hizo silencio.
Viteri no le disparó a la rodilla sino al empeine del pie derecho. A cuadras se debió escuchar el alarido de dolor. Viteri lo tomó de los cabellos y le mostró su arma, el caño caliente rozando la piel.
—La próxima a la rodilla…
La mirada de Cyrano era la de un loco.
—A la rodilla de la otra pierna imbécil, te vas a tener que arrastrar como una serpiente.
Entonces el hacker pronunció un nombre. Identidad, mote, alias. Un sustantivo que a Viteri le sonaba, pero nada más: La Vasca. ¿Qué, quién sería La Vasca?
Suele suceder que los que se quiebran no saben parar de hablar. Quieren dar más de lo que le piden porque ya no pueden soportar la presión. Viteri supo que Álvarez Ruiz, esa persona de urgencias impos-tergables, oficiaba como cliente y ocasional reclutador de La Vasca.
—No pude negarme, nadie puede. Usted sabe cómo son, me mataban.
Viteri llamó a Luis Laso, un policía exonerado que se dedicaba al negocio de la seguridad privada. Laso le confirmó que se había acabado la frágil paz entre las dos organizaciones de trata más importantes de la ciudad, La Vasca y La Chiappe.
Viteri quiso saber más.
—El capo de La Vasca es Tito Abrevú —le informó Laso—. La Chiappe es un desprendimiento de la Conexión Francesa que en la década de los sesenta fue dirigida por François Chiappe, un corso que vino al país huyendo.
—¿Quién la dirige?
La respuesta congeló Viteri:
—Manuel Salerno.
Todo empezaba a tener sentido. La Vasca se quería sacar al profesor de encima, pero antes lo usaba para advertirle a Salerno que ni siquiera su familia estaría a salvo.
—Lo que no entiendo es, si ya tenían el relato de Álvarez Ruiz de haberse cogido a Felicitas, para qué el video.
Laso lo miró sin disimular su menosprecio:
—El video hizo creíble el relato, Viteri.
Pero eso no fue lo único asombroso durante ese día. Al llegar a la oficina le dieron un recado de Marusic: el caso estaba cerrado.
Esa noche tampoco pudo conciliar el sueño, tam-bién culpa de Marusic.
La inspiración es un milagro esquivo en personas como Viteri, eso es cierto. Pero todos tenemos un instante de iluminación en la vida, aunque fuese solo uno. Y a Viteri el milagro se le produjo esa noche.
¿Por qué Marusic cierra el caso?
La inspiración suele comenzar con una pregunta. El Barón decía aún más: la inspiración es una pregunta, no una respuesta.
Todavía no habían dado las siete de la mañana y ya estaba en su oficina. Jamás había llegado tan temprano. Fue a buscar su ración de ácido muriático y aguardó; el maldito Marusic se hizo esperar, llegó recién pasado el mediodía.
—¿Caso cerrado?
—Órdenes de arriba.
—Tengo pruebas.
Marusic se puso de pie, se acomodó los testículos, rodeó su escritorio y, al lado de Viteri, escupió:
—Le dije que se dejase de joder Viteri con esa manía de revolver mierda. Si le digo que el caso está cerrado, está cerrado.
Viteri sintió el aliento descompuesto del comi-sario.
—Tengo pruebas de qué va la cosa —contestó con la mirada hacia el retrato del general San Martín.
Marusic no lo podía creer.
—Es una guerra entre bandas, prostitución, trata. Álvarez Ruiz trabaja para La Vasca.
—Viteri, usted no me entiende, el caso está ce-rrado —gritó el comisario.
—La otra banda, La Chiappe, está dirigida por Manuel Salerno —Viteri puso su mirada en el rostro descompuesto del comisario—, el padre de la piba Felicitas.
Marusic se acercó a la oreja de Viteri y susurró conteniendo las ganas de sacar su arma allí mismo:
—Si te atrevés a seguir con esto, bolsa de mierda, yo mismo te pego un tiro en los huevos.
En su vida el comisario inspector Mario Marusic esperó aquella expresión. La bolsa de mierda movió la cabeza de izquierda a derecha en gesto de negación y mantuvo su sonrisa de dientes amarillos.
Y, luego de un par de segundos, preguntó:
—¿A cambio de qué?
Hablando se entiende la gente, llegaron a un acuerdo. El silencio y la inacción del subcomisario Desiderio Viteri ameritaban un inminente ascenso. Además, tendría a su cargo buenas investigaciones. Por buenas investigaciones debe entenderse aquellas que posibilitan la generosa retribución de los ciudadanos, ya sean culpables o inocentes, víctimas o victimarios, estrellas o estrellados para los custodios del orden.
Meses después el ahora comisario Viteri entró a la oficina de Marusic y le preguntó si se había enterado.
—¿De qué?
—Aquel profesor del Santa Catalina, Álvarez Ruiz, lo detuvieron.
—¿Por trata?
—No, estranguló a una piba, sexo sado.
—Ah…
—Se comunicó conmigo un capo de La Vasca.
—¿Qué quiere?
—Tiene miedo de que hable.
Los días del profesor estuvieron contados, tres puñaladas en el abdomen desangraron en minutos al semental. Fue uno de mis primeros informes en Crónica.
Este debió ser el final de la historia que les estoy narrando, pero hubo, aún, un acto final. Tomás Cyrano Bernard cometió suicidio tirándose a las vías del ferrocarril Sarmiento. Dicen que ni Marusic ni Viteri tuvieron que ver con el hecho. ¿Será cierto?
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Daniel Sorín
Daniel Sorín (Buenos Aires, Argentina, 1951) tiene una larga trayectoria literaria. En 1998 ganó el Premio Emecé de Novela con Error de cálculo y el Tercer Premio Municipal (bienio 2012-2013) por La última carta. Ha editado publicaciones de arte y literatura en la red: Alt164, Letrópolis, Abanico y La púrpura de Tiro. Es narrador, docente, editor y ensayista.
Obra:
Novela:- Error de cálculo (Premio Emecé de Novela 1998. Emecé, 1998 - ebook: Al Fondo a la Derecha, 2019)
- El dandy argentino (Grupo Editorial Norma, 2000)
- Palabras escandalosas (Sudamericana, 2003)
- Palacios (Sudamericana, 2004)
- Velas para Gilda (Editorial La Bohemia, 2007)
- El hombre que engañó a Perón (Sudamericana, 2008)
- El cerco (Del Nuevo Extremo, 2012 - ebook: Al Fondo a la Derecha, 2019)
- La última carta (Tercer Premio Municipal —bienio 2012-2013—. Edhasa, 2013 – Al Fondo a la Derecha, 2019)
- Tres segundos es una eternidad (Vestales, 2016)
- Plan Patagonia (Al Fondo a la Derecha, 2020)
Ensayo:- John William Cooke. La mano izquierda de Perón (Planeta, 2014, Al Fondo a la Derecha, 2021)
- El peronismo de las tres banderas. Apuntes sobre John William Cooke y la revista De Frente (Gogol, 2024)
- "El narrador y el archivista" (La Biblioteca Nº 1, Biblioteca Nacional Mariano Moreno, 2005)
- “Cuando el criminal es el Estado: asesinos en la Patagonia del siglo XIX” (Fronteras del crimen. Globalización y Literatura, Medellín, Medellín Negro-Planeta Colombia, 2015)
- "Un peronista de las tres banderas" (John William Cooke. Ecos de un pensamiento, Ediciones Universidad Nacional de General Sarmiento, 2020)
Textos en antologías:
- “Tris, el mono” (Brújula norte, cuento infantil, Buenos Aires, Macma Ediciones, 2015)
- “El regreso de Zhèng Hé” (Viajeros, Buenos Aires, Salim, 2018)
- “El Ohio” (Desencajados, Buenos Aires, La Bohemia, 2018)
- “La llamada” (Las mil y una noches peronistas, Buenos Aires, Granica, 2019)
- “La mujer desnuda” (Palabras para la Poderosa 1, Al Fondo a la Derecha, 2020)
- “Una bolsa de residuos negra” (Juramento negro, Madrid, Grupo Tierra Trivium, 2021 - Buenos Aires, Gogol, 2021)
- “El profesor” (Juramento erótico, Buenos Aires, Gogol, 2022 – El origen del mundo, Madrid, Grupo Tierra Trivium, 2022)
- “Una duda razonable” (M.M., Vencejo ediciones, Madrid, 2023)
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