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Año 11 #121 Noviembre 2024

Del que no se casa

Incluido en Aguafuertes porteñas, 1950.


Yo me hubiera casado. Antes sí, pero ahora no. ¿Quién es el audaz que se casa con las cosas como están hoy? Yo hace ocho años que estoy de novio. No me parece mal, porque uno antes de casarse “debe conocerse” o conocer al otro, mejor dicho, que el conocerse uno no tiene importancia, y conocer al otro, para embromarlo, sí vale. Mi suegra, o mi futura suegra, me mira y gruñe, cada vez que me ve. Y si yo le sonrío me muestra los dientes como un mastín. Cuando está de buen humor lo que hace es negarme el saludo o hacer que no distingue la mano que le extiendo al saludarla, y eso que para ver lo que no le importa tiene una mirada agudísima. A los dos años de estar de novio, tanto “ella” como yo nos acordamos que para casarse se necesita empleo, y si no empleo, cuando menos trabajar con capital propio o ajeno. Empecé a buscar empleo. Puede calcularse un término medio de dos años la búsqueda de empleo. Si tiene suerte, usted se coloca al año y medio, y si anda en la mala, nunca. A todo esto, mi novia y la madre andaban a la greña. Es curioso: una, contra usted, y la otra, a su favor, siempre tiran a lo mismo. Mi novia me dijo:
-Vos tenés razón, pero ¿cuándo nos casamos, querido?
Me encanta, en cambio:
-Usted no tiene razón de protestar, de manera que haga el favor de decirme cuándo se puede casar.
Yo, miraba. Es extraordinariamente curiosa la mirada del hombre que está entre una furia amable y otra rabiosa. Se me ocurre que Carlitos Chaplín nació de la conjunción de dos miradas así. Él estaba sentado en un banquito, la suegra por un lado lo miraba con fobia, por el otro la novia con pasión, y nació Charles, el de la dolorosa sonrisa torcida. Le dije a mi suegra (para mí una futura suegra está en su peor fase durante el noviazgo), sonriendo con melancolía y resignación, que cuando consiguiera empleo me casaba y un buen día consigo un puesto, ¡qué puesto…! ¡ciento cincuenta pesos! Casarse con ciento cincuenta pesos significa nada menos que ponerse una soga al cuello. Reconocerán ustedes con justísima razón, aplacé el matrimonio hasta que me ascendieron. Mi novia movió la cabeza aceptando mis razonamientos (cuando son novias, las mujeres pasan por un fenómeno curioso, aceptan todos los razonamientos; cuando se casan el fenómeno se invierte, somos los hombres los que tenemos que aceptar sus razonamientos). Ella creció y yo tuve el orgullo de afirmar que mi novia era inteligente. Me ascendieron a doscientos pesos. Cierto es que doscientos pesos son más que ciento cincuenta, pero el día que me ascendieron descubrí que con un poco de paciencia se podía esperar otro ascenso más, y pasaron dos años. Mi novia puso cara de “piola”, y entonces con gesto digno de un héroe hice cuentas. Cuentas claras y más largas que las cuentas griegas que, según me han dicho, eran interminables. Le demostramos con el lápiz en una mano, el catálogo de los muebles en otra y un presupuesto de Longobardi encima de la mesa, que era imposible todo casorio sin un sueldo mínimo de trescientos pesos, cuando menos, doscientos cincuenta. Casándose con doscientos cincuenta había que invitar con masas podridas a los amigos.
Mi futura suegra escupía veneno. Sus ímpetus llevaban un ritmo mental sumamente curioso, pues oscilaban entre el homicidio compuesto y el asesinato simple. Al mismo tiempo que me sonreía con las mandíbulas, me daba puñaladas con los ojos. Yo la miraba con la tierna mirada de un borracho consuetudinario que espera “morir por su ideal”. Mi novia, pobrecita, inclinaba la cabeza meditando en las broncas intestinales, esas verdaderas batallas de conceptos forajidos que se largan cuando el damnificado se encuentra ausente. Al final se impuso el criterio del aumento. Mi suegra estuvo una semana en que se moría y no se moría; luego resolvió martirizar a sus prójimos durante un tiempo más y no se murió. Al contrario, parecía veinte años más joven que cuando la conociera. Manifestó deseos de hacer un contrato treintanario por la casa que ocupaba, propósito que me espeluznó. Dijo algo entre dientes que me sonó a esto: “Le llevaré flores”. Me imagino que su antojo de llevarme flores no llegaría hasta la Chacarita. En fin, a todas luces mi futura suegra reveló la intención de vivir hasta el día que me aumentarán el sueldo a mil pesos. Llegó el otro aumento. Es decir, el aumento de setenta y cinco pesos. Mi suegra me dijo en un tono que se podía conceptualizar de irónico si no fuera agresivo y amenazador:
-Supongamos que no tendrá intención de esperar otro aumento.
Y cuando le iba a contestar estalló la revolución. Casarse bajo un régimen revolucionario sería demostrar hasta la evidencia que se está loco. O cuando menos que se tienen alteradas las facultades mentales. Yo no me caso. Hoy se lo he dicho:
-No, señora, no me caso. Esperamos que el gobierno convoque a elecciones ya que resuelva si se reforma la constitución o no. Una vez que el Congreso esté constituido y que todas las instituciones marchen como deben yo no pondré ningún inconveniente al cumplimiento de mis compromisos. Pero hasta tanto el Gobierno Provisional no entregue el poder al Pueblo Soberano, yo tampoco entregaré mi libertad. Además que pueden dejarme cesante.

  • Roberto Arlt
    Arlt, Roberto

    Roberto Godofredo Christopersen Arlt (1900/1942) nació en Flores, Buenos Aires, en un hogar de precarios recursos. No recibe instrucción formal pero tempranamente se revela el fervor por la lectura, Baudelaire, Dostoievski, Baroja, Tolstoi y Gorki entre otros.

     A los dieciséis años, abandona la casa paterna por diferencias con su padre y trabaja como peón y mecánico. También buscó fortuna como inventor con poco éxito. Finalmente recala en el periodismo, se inicia en las letras con el cuento Jehová (1918), y comienza su primera novela, El juguete rabioso (1926).

    Se traslada a Córdoba para cumplir con el servicio militar y conoce a su esposa, Carmen Antinucci. En esa ciudad nace su hija Mirta.

    Regresa a Buenos Aires y se reintegra al periodismo. Literariamente se vincula al grupo de Florida (a instancias de Güiraldes), pero su impronta popular lo incluiría entre los de Boedo.

    En 1927 trabaja en el diario Crítica como cronista policial y en el diario El Mundo aparecen sus célebres columnas: Aguafuertes porteñas (1928/35) y algunos de sus cuentos como “Insolente jorobadito”, que dará título a la antología El jorobadito (1933).

    Su segunda novela, Los siete locos (1929), y su continuación, Los lanzallamas (1931), son ambientadas entre rufianes, locos y mesías envueltos en un vacío existencial e inmersos en una sociedad putrefacta. El amor brujo (1932) es un alegato contra la falsa moral del matrimonio burgués.

    Incursiona en el teatro con 300 millones, Prueba de amor, Saverio el cruel, El fabricante de fantasmas, La isla desierta (1937), África (1938), La fiesta del hierro (1940), La juerga de los polichinelas (1934) y Un hombre sensible (1934 y El desierto entra en la ciudad (1940).

    En sus viajes por España, África y Sudamérica se inspira para las Aguafuertes españolas y africanas, el cuento “El criador de gorilas” (1941) y “Un viaje terrible” (1941). De regreso en Buenos Aires en 1935, escribe brevemente sobre cine y hace crítica internacional. En 1940 enviuda y se casa nuevamente.

    Ha sido uno de los pioneros en introducir en el escenario literario la marginalidad del ámbito urbano. Alterna la realidad con expresiones de tipo fantástico y absurdo. La crítica se ha interesado en los aspectos formales y técnicos de su prosa. Ha sido traducido a numerosos idiomas y adaptado al cine (Noche terrible y Los siete locos (Torre Nilson), El juguete rabioso (Paolantonio), Saverio el cruel (versión libre de Willicher).

    Murió imprevistamente de un ataque cardíaco el 26 de julio de 1942. El reconocimiento a su talento es póstumo y se inicia con Raúl Larra quien publica Roberto Arlt, el torturado (1950).