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Año 12 #136 Febrero 2026

La infancia de un jefe (2)

La infancia de un jefe es una novela corta que integra El muro, de 1939.


El pequeño revólver de la señora Fleurier estaba guardado en el cajón izquierdo de la cómoda. Su marido se lo había regalado en septiembre de 1914, antes de partir para el frente. Luciano lo tomó y lo volvió largo tiempo entre sus dedos: era una pequeña joya, con cañón dorado y la culata con cachas de nácar. No podía contarse con un tratado de filosofía para persuadir a la gente de que no existían. Lo que era necesario era un acto, un acto verdaderamente desesperado que disipara las apariencias y mostrara a plena luz la inexistencia del mundo. Una detonación, un cuerpo joven desangrándose sobre una alfombra, algunas palabras garabateadas sobre una hoja: “Me mato porque no existo. Y ustedes, hermanos míos, tampoco existen”. La gente leería el diario por la mañana, verían: “Un adolescente se ha atrevido”. Y cada uno de ellos se sentiría terriblemente turbado y se preguntaría: “¿Y yo? ¿Acaso existo?”. Se habían conocido en la historia, entre otras cuando se publicó 
Werther, tales epidemias de suicidios; Luciano pensó que “mártir” en griego quiere decir “testigo”. Era demasiado sensible para ser un jefe, pero no para ser un mártir. Desde entonces entró a menudo en el tocador de su madre y miraba el revólver y se sentía agonizar. Llegó hasta morder el cañón dorado apretando fuertemente los dedos sobre la culata. Después se sentía más alegre porque pensaba que todos los verdaderos jefes habían conocido la tentación del suicidio. Por ejemplo, Napoleón. Luciano no se engañaba, sabía que tocaba el fondo de la desesperación, pero esperaba salir de esta crisis con un alma templada y leyó con interés el Memorial de Santa Elena. Sin embargo era necesario tomar una decisión. Luciano fijó el 30 de septiembre como último término de sus dudas. Los últimos días fueron extremadamente penosos: ciertamente la crisis era saludable, pero exigía de Luciano una tensión tan fuerte que temía romperse un día como un vaso. No se atrevía ya a tocar el revólver, se contentaba con abrir el cajón, levantaba un poco las combinaciones de su madre y contemplaba largamente al pequeño monstruo glacial y testarudo que se asentaba en un hueco de seda rosa. Sin embargo, cuando se decidió a vivir sintió un vivo descontento y se encontró totalmente ocioso. Felizmente lo absorbieron los múltiples cuidados del regreso: sus padres lo enviaron al Liceo San Luis para seguir los cursos preparatorios de la escuela central. Llevaba un lindo casquete de borde rojo con una insignia y cantaba:

Es el pistón él que hace marchar las máquinas;
Es el pistón el que hace marchar los vagones…

Esta nueva dignidad de “pistón” llenaba de orgullo a Luciano; y además su clase no se parecía a las otras; tenía tradiciones y un ceremonial: era una fuerza. Por ejemplo, era costumbre que una voz preguntara un cuarto de hora antes de terminar la clase de francés: “¿Qué es un cyrard?”, y todo el mundo respondía en sordina: “Es un idiota”. Después de lo cual la voz continuaba: “¿Qué es un agro?” y le respondían un poco más alto: “Es un idiota”. Entonces el señor Béthune, que era casi ciego y llevaba anteojos negros, decía con cansancio: “¡Por favor, señores!”. Había algunos instantes de silencio absoluto y los alumnos se miraban con sonrisas de inteligencia; luego alguien gritaba: “¿Qué es un pistón?” y rugían todos juntos: “¡Es un gran tipo!”. En esos momentos Luciano se sentía galvanizado. Por la noche relataba minuciosamente a sus padres los diversos incidentes del día, y cuando decía: “Entonces toda la clase se echó a reír…” o bien: “Toda la clase decidió poner a Meyrinez en cuarentena” las palabras al pasar le caldeaban la boca como un trago de alcohol. Sin embargo los primeros meses fueron muy duros: Luciano fracasó en sus exámenes de matemáticas y de física, y luego, individualmente, sus camaradas no le eran muy simpáticos; eran casi todos becados, la mayoría estúpidos, sucios y mal educados, no hay ni uno solo, dijo a su padre, de quien quisiera hacerme amigo. “Los becados, dijo soñadoramente el señor Fleurier, representan una minoría intelectual y, no obstante, resultan malos jefes: han quemado una etapa.” Al escuchar hablar de “malos jefes” Luciano sintió un pinchazo desagradable en el corazón y pensó nuevamente en matarse durante la semana siguiente; pero no sentía el mismo entusiasmo que durante las vacaciones. En el mes de enero, un nuevo alumno llamado Berliac escandalizó a toda la clase; llevaba trajes entallados verdes o malva, a la última moda, con pequeños cuellos redondos y pantalones como se veían en los figurines de los sastres, tan estrechos que uno se preguntaba cómo podía ponérselos. Desde el principio se clasificó último en matemáticas: “Me c… en eso, declaró, yo soy literato; hago matemáticas para mortificarme”. Al cabo de un mes había seducido a todo el mundo; distribuyó cigarrillos de contrabando, les dijo que tenía mujeres y les mostró cartas que le habían enviado. Todo el mundo decidió que era un tipo elegante y que había que dejarlo tranquilo. Luciano admiraba mucho sus maneras y su elegancia, pero Berliac trataba a Luciano con condescendencia y le llamaba “niño rico”. “Después de todo, dijo Luciano, vale más eso que ser niño pobre.” Berliac sonrió: “Eres un ciniquito”, le dijo, y, al día siguiente le dio a leer uno de sus poemas: “Carusso engullía todas las noches ojos crudos, aparte de eso era sobrio como un camello. Una dama hizo un ramo con los ojos de su familia y lo lanzó a la escena. Todos se inclinan ante este gesto ejemplar. Pero no olviden que su hora de gloria duró treinta y siete minutos; exactamente desde el primer bravo hasta que se apagó la gran araña de la Ópera (por lo demás era necesario que ella dejara a su marido, laureado en muchos concursos, que tapaba con dos cruces de guerra las cavidades rosadas de sus órbitas). Y noten bien esto: todos aquellos de entre nosotros que coman demasiada carne humana en conserva perecerán de escorbuto”. “Está muy bien”, dijo Luciano desconcertado. “Los obtengo, dijo Berliac con negligencia, por una técnica nueva: se llama la escritura automática.” Por ese tiempo Luciano sintió un violento deseo de matarse y pidió consejo a Berliac. “¿Qué debo hacer?” preguntó cuando hubo expuesto su caso. Berliac lo había escuchado en silencio: tenía la costumbre de chuparse los dedos y de cubrir luego de saliva los granos que tenía en la cara, de manera que su piel brillaba en placas como un camino después de la lluvia. “Haz lo que quieras, dijo por último, eso no tiene ninguna importancia.” Reflexionó un poco y agregó subrayando las palabras: “Nada tiene nunca ninguna importancia”. Luciano quedó un poco desilusionado, pero comprendió que Berliac estaba profundamente interesado, cuando lo invitó el jueves siguiente a merendar con su madre. La señora Berliac fue muy amable; tenía dos verrugas y una mancha de vino sobre la mejilla izquierda. “Tú ves, dijo Berliac a Luciano, las verdaderas víctimas de la guerra somos nosotros.” Era exactamente la opinión de Luciano y convinieron en que los dos pertenecían a una generación sacrificada. Caía el día, Berliac se había acostado en su cama, con las manos anudadas detrás de la nuca. Fumaron cigarrillos ingleses, pusieron discos en el gramófono y Luciano escuchó la voz de Sofía Tucker y la de Al Johnson. Se pusieron melancólicos y Luciano pensó que Berliac era su mejor amigo. Berliac le preguntó si conocía el psicoanálisis; su voz era seria y miraba a Luciano con gravedad. “Hasta los quince años he deseado a mi madre”, le confió. Luciano se sintió muy incómodo; tenía miedo de ruborizarse y además recordaba las verrugas de la señora Berliac y no comprendía que se la pudiera desear. No obstante, cuando volvió para traerles algunas bebidas se sintió vagamente turbado y trató de adivinar su pecho a través del delantal amarillo que llevaba. Cuando salió, Berliac dijo con voz positiva: “Naturalmente tú también habrás deseado acostarte con tu madre”. No interrogaba, afirmaba. Luciano se encogió de hombros: “Naturalmente” dijo. Al día siguiente estaba inquieto, tenía miedo de que Berliac repitiera su conversación. Pero se tranquilizó pronto: “Después de todo, pensó, él está más comprometido que yo”.

Quedó muy seducido por el giro científico que habían tomado sus confidencias y el jueves siguiente leyó una obra de Freud sobre el sueño, en la biblioteca Santa Genoveva. Fue una revelación: “Conque es así, se repetía Luciano caminando al azar por las calles: conque es así”. Compró de inmediato la Introducción al psicoanálisis y la Psicopatología de la vida cotidiana y todo se volvió claro para él. Esa extraña impresión de no existir, ese vacío que había habido largo tiempo en su conciencia, sus somnolencias, sus perplejidades, sus vanos esfuerzos para conocerse, que nunca encontraban más que una cortina de bruma… “Maldición, pensó, tengo un complejo.” Contó a Berliac cómo en su infancia se había imaginado que era sonámbulo y cómo los objetos no le parecían nunca totalmente reales: “Debo tener, concluyó, un complejo de huida por la mentira”. “¡Exactamente como yo, dijo Berliac, tenemos complejos casa!” Tomaron la costumbre de interpretar sus sueños y hasta sus menores gestos; Berliac tenía siempre tantas historias que contar, que Luciano sospechaba que las inventaba o al menos las embellecía. Pero se entendían muy bien y abordaban los más delicados temas con objetividad; se confesaron que llevaban una máscara de alegría para engañar a sus círculos, pero que, en el fondo, estaban terriblemente atormentados. Luciano se libró de sus inquietudes. Se arrojó con avidez sobre el psicoanálisis porque entendía que era lo que le convenía en el momento actual; se sentía fortalecido, ya no tenía necesidad de hacerse mala sangre y estar siempre buscando en su conciencia las manifestaciones palpables de su carácter. El verdadero Luciano estaba profundamente escondido en lo inconsciente, era necesario soñar con él, sin verlo jamás, como con un ausente querido. Luciano pensaba todo el día en sus complejos e imaginaba con orgullo el mundo oscuro, cruel y violento que se agitaba bajo los vapores de su conciencia. “Comprende, decía a Berliac, aparentemente yo era un chico medio dormido e indiferente a todo, nada interesante. Y aun por dentro, sabes, tenía tal aspecto de ser realmente así, que yo mismo casi me dejé engañar. Pero sabía bien que había otra cosa.” “Siempre hay otra cosa”, contestaba Berliac. Y se sonreían con orgullo. Luciano compuso un poema titulado “Cuando se desgarre la bruma” y Berliac lo encontró famoso, pero reprochó a Luciano haberlo escrito en versos regulares. Lo aprendieron sin embargo de memoria y cuando querían hablar de sus libidos decían con gusto:

“Los grandes cangrejos ocultos bajo el manto de la bruma.” Después, sencillamente los “cangrejos” guiñando el ojo. Pero al cabo de algún tiempo Luciano, cuando estaba solo y sobre todo por la noche, comenzó a encontrar todo esto un poco espantoso. No se atrevía a mirar a su madre a la cara, y cuando la besaba antes de irse a acostar temía que un poder tenebroso desviara su beso y lo hiciera caer sobre la boca de la señora Fleurier; era como si llevara en sí mismo un volcán. Luciano se trató con precaución para no violentar el alma suntuosa y siniestra que se había descubierto. Conocía al presente todo su valor y temía sus terribles despertares: “Tengo miedo de mí mismo”, se decía, desde hacía seis meses había renunciado a las prácticas solitarias porque lo aburrían y tenía demasiado trabajo, pero volvió a ellas: era preciso que cada uno siguiera su inclinación; los libros de Freud estaban llenos de historias de desdichados jóvenes que habían tenido brotes de neurosis por haber roto demasiado bruscamente con sus hábitos. “¿No nos volveremos locos?”, preguntó a Berliac. Y de hecho, algunos jueves se sentía extraño: la penumbra se había deslizado solapadamente en la habitación de Berliac, habían fumado paquetes enteros de cigarrillos opiáceos, sus manos temblaban. Entonces uno de ellos se levantaba sin decir una palabra, caminaba lentamente hasta la puerta y daba vuelta al conmutador. Una luz amarilla invadía la pieza y se miraban con desconfianza.

Luciano no tardó en notar que su amistad con Berliac descansaba sobre un mal entendido: nadie más sensible que él, ciertamente, a la belleza patética del complejo de Edipo, pero veía en él, ante todo, el signo de una fuerza de pasión que deseaba derivar más tarde hacia otros fines. Por el contrario, Berliac parecía complacerse en su estado y no quería salir de él. “Somos tipos embromados, decía con orgullo, fracasados. Nunca seremos nada.” “Nunca nada”, respondía Luciano como un eco. Pero estaba furioso. De regreso de las vacaciones de Pascua, Berliac le contó que había compartido la habitación de su madre en un hotel de Dijon: se había levantado al amanecer, se había acercado a la cama donde su madre todavía dormía y había rebatido suavemente las mantas. “Su camisón estaba levantado”, dijo burlón. Al oír estas palabras Luciano no pudo dejar de despreciar un poco a Berliac y se sintió muy solo. Era lindo tener algunos complejos pero era necesario saber liquidarlos a tiempo: ¿cómo un hombre hecho podría asumir responsabilidades y tomar el mando de nada si conservara una sexualidad infantil? Luciano comenzó a inquietarse seriamente: le hubiera gustado pedir consejo a una persona autorizada, pero no sabía a quién dirigirse. Berliac le había hablado a menudo de un superrealista llamado Bergère que era muy versado en psicoanálisis y que parecía haber adquirido un gran ascendiente sobre él; pero nunca había propuesto a Luciano presentárselo. Luciano quedó también muy desilusionado porque había contado con Berliac para conseguir mujeres; pensaba que la posesión de una linda querida cambiaría naturalmente el curso de sus ideas. Pero Berliac no hablaba nunca de sus buenas amigas. Algunas veces iban por las grandes avenidas y seguían a algunas tipejas, pero no se atrevían a hablarles; “¡Qué quieres, pobre viejo!, decía Berliac, no somos de la raza que les agrada. Las mujeres sienten en nosotros alguna cosa que las espanta”. Luciano no contestaba; Berliac comenzaba a fastidiarlo. Hacía a menudo bromas de muy mal gusto sobre los padres de Luciano, los llamaba señor y señora Blanducho. Luciano comprendía muy bien que un superrealista desprecia la burguesía en general, pero Berliac había sido invitado muchas veces por la señora Fleurier que lo había tratado con confianza y amistad: a falta de gratitud, una simple preocupación de decencia hubiera debido impedirle hablar de ellos en ese tono. Además Berliac era terrible con su manía de pedir dinero prestado y no devolverlo; en el ómnibus nunca tenía cambio y era necesario pagar por él; en los cafés solo una vez de cada cinco proponía pagar el gasto. Luciano le dijo por lo claro un día que no comprendía eso, que entre camaradas se debían dividir todos los gastos de los paseos. Berliac le miró profundamente y le dijo: “No me cabe duda: eres un anal” y le explicó la relación freudiana: heces = oro, y la teoría freudiana de la avaricia. “Querría saber una cosa, dijo, ¿hasta qué edad te ha limpiado tu madre?”. Estuvieron a punto de reñir.

Desde que empezó el mes de mayo Berliac se puso a faltar al Liceo: Luciano iba a encontrarlo después de las clases en un bar de la calle Petitchamps donde bebían vermouth “Crucifix”. Un martes a la tarde Luciano encontró a Berliac sentado ante un vaso vacío. “Ya estás aquí, dijo Berliac, escucha, tengo que largarme, tengo cita a las cinco con mi dentista. Espérame, vive al lado, tardaré una media hora.” “O. K.” contestó Luciano dejándose caer en una silla. “Francisco, tráigame un vermouth solo.” En ese momento entró un hombre en el bar y viéndolos sonrió con aire asombrado. Berliac enrojeció y se levantó apresuradamente. “¿Quién puede ser?”; se preguntó Luciano. Berliac estrechando la mano del desconocido se las arregló para ocultar a Luciano; hablaba con voz baja y rápida; el otro contestó con voz clara: “nada de eso, chiquito mío, nada de eso, tú no serás nunca más que un payaso”. Al mismo tiempo se levantaba sobre la punta de los pies y miraba a Luciano por encima de la cabeza de Berliac, con tranquila seguridad. Podía contar treinta y cinco años, tenía pálido el rostro y magníficos cabellos blancos: “Seguramente es Bergère pensó Luciano, latiéndole el corazón, ¡qué hermoso es!”

Berliac había tomado al hombre de los cabellos blancos por el codo, con gesto tímidamente autoritario:

—Venga conmigo —dijo— voy a casa de mi dentista, es a dos pasos.

—Pero creo que estás con un amigo —contestó el otro sin quitar los ojos de Luciano— deberías presentarnos.

Luciano se levantó sonriendo: “Agárrate esa”, pensó; tenía las mejillas ardiendo. El cuello de Berliac se hundió entre los hombros y durante un segundo Luciano creyó que se iba a negar. “Bueno, preséntame pues”, dijo con voz alegre. Pero apenas habló, la sangre afluyó a sus sienes, hubiera querido hundirse bajo tierra. Berliac dio vuelta la cara y farfulló sin mirar a nadie:

—Luciano Fleurier, un compañero del Liceo: el señor Aquiles Bergère.

—Señor, admiro sus obras —dijo Luciano con voz débil. Bergère le tomó la mano entre sus largas manos finas y le obligó a sentarse. Hubo un silencio; Bergère envolvía a Luciano en una cálida y tierna mirada; guardaba su mano entre las de él: “¿Está inquieto?”, le preguntó con dulzura.

Luciano se aclaró la voz y devolvió a Bergère una mirada firme:

—Estoy inquieto —respondió claramente. Le parecía que acababa de sufrir las pruebas de una iniciación. Berliac dudó un instante, luego volvió rabiosamente a ocupar su lugar arrojando su sombrero sobre la mesa. Luciano ardía en ganas de contar a Bergère su tentativa de suicidio; era uno de esos con quienes hay que hablar de las cosas abruptamente y sin preparación. No se atrevió a decir nada a causa de Berliac; odiaba a Berliac.

—¿Tienen raki? —preguntó Bergère al mozo.

—No, no tienen —dijo Berliac con apresuramiento—; es una pequeña “boîte” encantadora, pero no tienen más que vermouth para beber.

—¿Qué es esa cosa amarilla que tienen allá abajo en una garrafa? —preguntó Bergère con una seguridad llena de blandura.

—Es “Crucifix” blanco —contestó el mozo.

—Bueno, tráigame de eso.

Berliac se retorcía en su silla; parecía vacilar entre el deseo de alabar a sus amigos y el temor de hacer brillar a Luciano a sus expensas. Terminó por decir con voz lúgubre y orgullosa:

—Este quiso matarse.

—¡Caramba! —dijo Bergère— ya me lo esperaba.

Hubo un nuevo silencio; Luciano había bajado los ojos con aire modesto pero se preguntaba si Berliac no abandonaría rápido el campo. Bergère miró de pronto su reloj.

—¿Y tu dentista? —preguntó.

Berliac se levantó de mala gana.

—Acompáñeme, Bergère —suplicó— es a dos pasos.

—¿Para qué? Mientras vuelves, haré compañía a tu camarada.

Berliac se demoró todavía un momento; saltaba de un pie a otro.

—Vamos; lárgate —dijo Bergère con voz imperiosa— nos encontrarás aquí.

Cuando Berliac se fue, Bergère se levantó y fue a sentarse, sin cumplimientos, al lado de Luciano. Luciano le contó largamente su suicidio; le explicó también que había deseado a su madre, que era un sádico-anal, que en el fondo nada le agradaba y que todo era una comedia. Bergère lo escuchaba sin decir nada, mirándolo profundamente, y Luciano encontraba delicioso el ser comprendido. Cuando terminó, Bergère le pasó familiarmente el brazo sobre los hombros y Luciano aspiró un olor a agua de Colonia y a tabaco inglés.

—¿Sabe cómo llamo yo a su estado, Luciano?

Luciano miró a Bergère con esperanza; no quedó desilusionado.

—Yo lo llamo —dijo Bergère— el Desorden.

Desorden: la palabra había comenzado tierna y blanca como un rayo de luna, pero la “en” final tenía el fragor broncíneo del cuerno.

—Desorden… —dijo Luciano.

Se sentía grave e inquieto como cuando dijo a Rirí que era sonámbulo. El bar estaba sombrío, pero la puerta se abría de par en par sobre la calle, sobre la niebla luminosa y rubia de la primavera; bajo el delicado perfume que se desprendía de Bergère, Luciano percibía el pesado olor de la sala oscura, olor a vino tinto y a madera húmeda. “Desorden… —pensaba— ¿adonde me va a llevar?”. No sabía si se había descubierto una dignidad o una enfermedad nueva, veía cerca de sus ojos los ágiles labios de Bergère que cubrían y descubrían sin descanso el brillo de un diente de oro.

—Amo los seres que viven en desorden —dijo Bergère—, y encuentro que tiene usted una suerte extraordinaria. Porque, en fin, esto es algo que le ha sido dado. Ve todos esos cerdos. Todos son tranquilos. Sería necesario echarlos a las hormigas rojas para estimularlos un poco. ¿Sabe usted lo que hacen esos concienzudos animalitos?

—Comen hombres —dijo Luciano.

—Sí, limpian los esqueletos de su carne humana.

—Lo sé —dijo Luciano— ¿y yo? ¿Qué debo hacer?

—Nada, por el amor de Dios —dijo Bergère con cómico espanto—. Y sobre todo no se vaya a sentar. A menos —dijo riendo— que lo haga sobre un palo. ¿Ha leído usted a Rimbaud?

—No —dijo Luciano.

—Le prestaré las Iluminaciones. Escúcheme, es necesario que nos volvamos a ver. Si usted está libre el jueves, pase por casa a eso de las tres; vivo en Montparnasse, 9, calle Campagne-Première.

El jueves siguiente Luciano fue a casa de Bergère y volvió casi todos los días del mes de mayo. Convinieron en decir a Berliac que se veían una vez por semana, porque querían ser francos con él y no querían darle un disgusto. Berliac se mostró completamente indiscreto y dijo a Luciano burlonamente: “Entonces ¿es una pasión? Él te ha servido la inquietud y tú le has servido el suicidio: ¿bien jugado, eh?” Luciano protestó. “Te haré notar —dijo enrojeciendo— que fuiste tú quien habló primero de mi suicidio.” “Oh —dijo Berliac— fue solamente para evitarte la vergüenza de hacerlo tú mismo.” Espaciaron sus encuentros. “Todo lo que me gustaba en él —dijo un día Luciano a Bergère— es lo que usted le había prestado. Ahora me doy cuenta de eso.” “Berliac es un mono, dijo riendo Bergère, es lo que siempre me ha atraído hacia él. ¿Sabe que su abuela materna es judía? Eso explica muchas cosas.” “En efecto”, contestó Luciano. Agregó después de un momento: “Por lo demás tiene algo de encantador”. El departamento de Bergère estaba lleno de objetos raros y cómicos: Taburetes cuyos asientos de terciopelo rojo descansaban sobre piernas de mujer de madera pintada, estatuitas negras, un cinturón de castidad de hierro forjado con puntas, senos de yeso en los cuales se habían plantado cucharitas; sobre el escritorio un gigantesco piojo de bronce y un cráneo de monje robado de un osario de Mistra, servían de pisapapeles. Las paredes estaban tapizadas de participaciones que anunciaban la muerte del surrealista Bergère. Pese a todo, el departamento daba una impresión de inteligente comodidad y a Luciano le agradaba extenderse en el profundo diván del salón de fumar. Lo que le asombraba particularmente era la enorme cantidad de sorpresas y de burlas que Bergère había acumulado sobre un estante: fluido glacial, polvo para estornudar, picapica, azúcar flotante, excremento diabólico, ligas de novia. Bergère tomaba, mientras hablaba, el excremento diabólico entre sus dedos y lo consideraba con gravedad. “Estas bromas —decía—, tienen un valor revolucionario; inquietan. Hay más poder destructivo en ellas que en las obras completas de Lenin.” Luciano, sorprendido y encantado, miraba alternativamente ese bello rostro atormentado de ojos hundidos y esos largos dedos finos que sostenían con gracia un excremento perfectamente imitado. Bergère le hablaba a menudo de Rimbaud y del “desorden sistemático de todos los sentidos”. “Cuando usted pueda, al pasar por la plaza de la Concordia, ver distintamente y a voluntad una negra de rodillas en trance de chupar el obelisco; podrá decir que ha reventado el decorado y que está salvado.” Le prestó las IluminacionesLos cantos de Maldoror y las obras del marqués de Sade. Luciano trató concienzudamente de comprenderlos, pero muchas cosas se le escapaban y estaba asombrado porque Rimbaud era pederasta. Se lo dijo a Bergère, que se echó a reír: “¿Pero por qué, pequeño?” Luciano quedó muy molesto. Se ruborizó y durante un minuto se puso a odiar a Bergère con todas sus fuerzas; pero se dominó, levantó la cabeza y dijo con sencilla franqueza: “He dicho una tontería”. Bergère le acarició los cabellos; parecía enternecido: “Esos grandes ojos llenos de turbación, dijo, esos ojos de gacela… Sí, Luciano, ha dicho una tontería. La pederastia de Rimbaud es el primero y genial desarreglo de su sensibilidad. A ella debemos sus poemas. Creer que hay objetos específicos del deseo sexual y que estos objetos son las mujeres, porque tienen un agujero entre las piernas, es el odioso y voluntario error de los ‘sentados’. ¡Mire!”. Sacó de su escritorio una docena de fotos amarillentas y las arrojó sobre las rodillas de Luciano. Luciano vio unas horribles rameras desnudas, riendo con bocas desdentadas, apartando sus piernas como labios y mostrando entre sus muslos algo así como una lengua musgosa. “Compré la colección por tres francos en Bou-Saada —dijo Bergère—. Si usted besa el trasero de esas mujeres, usted es un hijo de familia y todo el mundo dice que lleva vida de soltero. Porque son mujeres. ¿Comprende? Le digo que lo primero que hay que hacer es persuadirse de que todo puede ser objeto del deseo sexual, una máquina de coser, una probeta, un caballo o un zapato. Yo, dijo sonriendo, he hecho el amor con moscas. He conocido un fusilero guardacostas que se acostaba con patos, les ponía la cabeza en un cajón, los mantenía sólidamente por las patas y, ¡adelante!” Bergère pellizcó distraídamente la oreja de Luciano y concluyó: “El pato moría y se lo comía el batallón”. Luciano salía de estas conversaciones con la cabeza ardiendo, pensaba que Bergère era un genio, pero le sucedía a veces despertarse por las noches empapado en sudor, llena la cabeza de visiones monstruosas y obscenas y se preguntaba si Bergère ejercía sobre él una buena influencia: “¡Estar solo! —gemía retorciéndose las manos—, no tener a nadie que me aconseje, que me diga si voy por el buen camino”. Si iba hasta el fin, si practicaba porque sí el desarreglo de todos sus sentidos, ¿no iba acaso a perder pie y a ahogarse? Un día que Bergère le había hablado largamente de André Bretón, Luciano murmuró como en un sueño: “Sí, pero ¿si después de eso no puedo volver atrás?” Bergère se sobresaltó: “¿Volver atrás?”. ¿Quién habla de volver atrás? Si usted se vuelve loco, tanto mejor. Después, como dice Rimbaud, “vendrán otros horribles trabajadores”. “Era lo que yo pensaba”, dijo Luciano tristemente. Había notado que estas largas conversaciones tenían un resultado opuesto al que deseaba Bergère: en cuanto Luciano se sorprendía experimentando una sensación un poco fina, una impresión original, se ponía a temblar: “Ahora empieza”, pensaba. Hubiera deseado con gusto tener solamente las percepciones más triviales y más rudas; solo se sentía a gusto por las noches con sus padres: eran su refugio. Hablaban de Briand, de la mala voluntad de los alemanes, del alumbramiento de la prima Juana y del precio de la vida. Luciano cambiaba voluptuosamente con ellos palabras de un vulgar buen sentido. Un día cuando volvió a su habitación, después de haber dejado a Bergère, cerró maquinalmente la puerta con llave y echó cerrojo. Cuando se dio cuenta de su gesto se esforzó por reír pero no pudo dormir durante la noche: acababa de comprender que tenía miedo.

No obstante, por nada del mundo hubiera dejado de frecuentar a Bergère. “Me fascina”, se decía. Además apreciaba vivamente la camaradería tan delicada y de un género tan particular que Bergère había sabido establecer entre ellos. Sin dejar un tono viril y casi rudo, Bergère tenía el arte de hacer sentir y por así decir, tocar a Luciano, su ternura: le rehacía, por ejemplo, el nudo de la corbata, lo reprendía por ir mal arreglado, y lo peinaba con un peine de oro que provenía de Cambodge. Hizo descubrir a Luciano su propio cuerpo y le explicó la belleza áspera y patética de la juventud: “Usted es Rimbaud, le decía, él tenía sus grandes manos cuando vino a París para ver a Verlaine; tenía ese rostro rosado de joven campesino bien nutrido y ese largo cuerpo frágil de jovencita rubia”. Obligaba a Luciano a desatarse la corbata y a abrirse la camisa y después lo conducía, muy confuso, ante un espejo y le hacía admirar la armonía encantadora de sus mejillas rojas y de su garganta blanca; entonces rozaba con mano ligera las caderas de Luciano y agregaba tristemente: “Uno debería matarse a los veinte años”. Ahora, a menudo, Luciano se miraba en los espejos y aprendía a gozar de su joven gracia llena de torpeza: “Soy Rimbaud”, pensaba por la noche, quitándose la ropa con gestos llenos de dulzura, y empezaba a creer que tendría la vida breve y trágica de una flor demasiado bella. En esos momentos le parecía que había conocido mucho tiempo antes impresiones análogas y le volvió a la memoria una imagen absurda: se volvió a ver chiquito, con una larga vestidura azul y alas de ángel, distribuyendo flores en una venta de caridad. Miraba sus largas piernas. “¿Será verdad que tengo la piel tan suave?”, pensaba divertido. Y una vez se paseó los labios por el antebrazo, desde la muñeca hasta el pliegue del codo, a lo largo de una encantadora venita azul.

Un día, al entrar en casa de Bergère, tuvo una sorpresa desagradable: Berliac estaba allí y se ocupaba en sacar con un cuchillo fragmentos de una sustancia negruzca que tenía el aspecto de un terrón de tierra. Los dos jóvenes hacía diez días que no se habían visto; se estrecharon la mano con frialdad. “¿Ves esto?”, dijo Berliac, es haschich. Vamos a ponerlo en estas pipas entre dos capas de tabaco rubio, hace un efecto asombroso. Hay una para ti, agregó. “Gracias, dijo Luciano, no quiero.” Los otros dos se echaron a reír y Berliac insistió, con malos ojos: “Pero, eres un idiota, viejo, no te puedes figurar lo agradable que es”. “Te he dicho que no”, dijo Luciano. Berliac no contestó nada, se limitó a sonreír con aire superior y Luciano vio que Bergère también sonreía. Golpeó con el pie y dijo: “No quiero, no quiero deslomarme, encuentro idiota tomar esas cosas que embrutecen”. Aquello se le escapó a su pesar, pero cuando comprendió el alcance de lo que acababa de decir e imaginó lo que Bergère podía pensar de él, sintió deseos de matar a Berliac y las lágrimas le subieron a los ojos. “Tú eres un burgués —dijo Berliac encogiéndose de hombros—, te haces el que nadas, pero tienes muchísimo miedo de perder pie.” “No quiero tomar la costumbre de los estupefacientes —dijo Luciano con voz más tranquila—, es una esclavitud como cualquier otra y quiero estar disponible.” “Di que tienes miedo de comprometerte”, contestó violentamente Berliac. Luciano iba a darle un par de bofetadas cuando escuchó la voz imperiosa de Bergère: “Déjalo, Carlos —decía a Berliac—. Él tiene razón. Su miedo a comprometerse es también desorden”. Fumaron los dos extendidos sobre el diván y un olor a papel de Armenia se difundió por toda la pieza. Luciano estaba sentado en un taburete de terciopelo rojo y los contemplaba en silencio. Berliac, al cabo de un momento, dejó caer su cabeza hacia atrás y pestañeó con una sonrisa húmeda. Luciano lo miraba con rencor y se sentía humillado. Por último Berliac se levantó y dejó la pieza con paso inseguro: había conservado todo el tiempo sobre sus labios esa mala sonrisa adormecida y voluptuosa. “Deme una pipa”, dijo Luciano con voz ronca. Bergère se echo a reír: “No vale la pena, dijo. No te molestes por Berliac. ¿Sabes lo que hace en este momento?”. “Me c… en eso.” “Bueno, sábelo de cualquier modo, vomita, dijo tranquilamente Bergère. Es el único efecto que le produce siempre el haschich. Lo demás solo es comedia, pero lo hago fumar a veces porque quiere asombrarme y eso me divierte.” Al día siguiente Berliac fue al Liceo y quiso tratar con superioridad a Luciano: “Tú subes a los trenes, dijo, pero eliges cuidadosamente los que se quedan en la estación”. Pero se encontró con una pared: “Eres un farsante, le contestó Luciano, ¿acaso crees que no sé lo que hacías ayer en el baño? ¡Vomitabas, viejo!” Berliac se puso pálido “¿Bergère te lo dijo?” “¿Quién quieres que haya sido?” “Está bien, balbuceó Berliac, pero jamás hubiera creído que Bergère fuera un tipo capaz de burlarse de sus antiguos compañeros con los nuevos.” Luciano se sentía un poco inquieto: había prometido a Bergère no repetir nada. “Vamos, vamos, dijo, no se ha burlado de ti, quiso mostrarme simplemente que eso no colaba.” Pero Berliac le volvió la espalda y se alejó sin estrecharle la mano. Luciano no estaba muy orgulloso cuando volvió a casa de Bergère. “¿Qué le dijo usted a Berliac?”, preguntó Bergère con aire displicente. Luciano bajó la cabeza sin contestar, estaba abrumado. Pero sintió de pronto la mano de Bergère sobre la nuca: “Eso no es nada, pequeño. De todos modos era necesario que terminara: los comediantes no me divierten nunca mucho tiempo”. Luciano recobró algo de coraje; levantó la cabeza y sonrió: “Pero yo también soy un comediante, dijo pestañeando”. “Sí, pero tú, tú eres bello”, contestó Bergère atrayéndolo hacia sí. Luciano se dejó hacer; se sentía suave como una niña y tenía lágrimas en los ojos. Bergère lo besó en las mejillas y le mordisqueó la oreja llamándolo ya “mi bella canallita”, ya “mi hermanito”, y Luciano pensaba que era muy agradable tener un hermano mayor tan indulgente y comprensivo.

El señor y la señora Fleurier quisieron conocer a ese Bergère del que Luciano hablaba tanto y lo invitaron a comer. Todo el mundo lo encontró encantador, hasta Germana que nunca había visto un hombre tan buen mozo. El señor Fleurier había conocido al general Nizan, tío de Bergère, y habló de él largo tiempo. También la señora Fleurier tuvo el mayor gusto en confiarle a Luciano para las vacaciones de Pentecostés. Fueron en auto a Rouen. Luciano quería ver la catedral y la municipalidad, pero Bergère se negó en redondo: “¿Esas inmundicias?”, preguntó con insolencia. Finalmente fueron a pasar dos horas en un burdel de la calle de los Franciscanos y Bergère estuvo grande: llamaba a todas las rameras “señoritas” golpeando con la rodilla a Luciano debajo de la mesa; después aceptó subir con una de ellas, pero volvió a bajar a los cinco minutos: “Levantemos campamento —susurró—, antes de que se arme”. Pagaron rápidamente y salieron. Bergère contó lo que había pasado; aprovechó que la mujer había vuelto la espalda para echar en la cama un gran puñado de picapica, después le declaró que era impotente y volvió a bajar. Luciano había bebido dos whiskies y estaba un poco alegre: cantó “El artillero de Metz” y el “De profundis Morpionibus”; encontraba admirable que Bergère fuera a la vez tan profundo y tan chiquilín.

“No he reservado más que una habitación, dijo Bergère cuando llegaron al hotel, pero tiene un gran cuarto de baño.” Luciano no se sorprendió; durante el viaje había pensado vagamente que compartiría la habitación con Bergère; pero sin detenerse nunca mucho sobre esta idea. Ahora que no podía retroceder encontraba la cosa un poco desagradable, sobre todo porque no tenía los pies limpios. Mientras subían las valijas imaginó que Bergère le diría: “Qué sucio eres, vas a manchar las sábanas”. Y él le respondería con insolencia: “Tiene usted ideas muy burguesas sobre la limpieza”. Pero Bergère lo empujó al baño con su valija, diciéndole: “Arréglate ahí adentro, yo voy a desvestirme en la habitación”. Luciano tomó un baño de pies y un baño de asiento. Tenía ganas de ir al servicio pero no se atrevió y se contentó con orinar en el lavatorio; después se puso su camisón, se calzó las pantuflas que su madre le había prestado (las suyas estaban agujereadas) y golpeó: “¿Está listo?”, preguntó. “Sí, sí, entra”. Bergère se había puesto una “robe de chambre” negra sobre un pijama azul celeste. La habitación olía a agua de Colonia. “¿No hay más que una cama?”, preguntó Luciano. Bergère no contestó: miraba a Luciano con un estupor que acabó en una formidable carcajada. “¿Pero estás en camisón?, dijo riéndose. ¿Qué has hecho de tu gorro de dormir? ¡Ah, no! Esto es demasiado gracioso, querría que te vieras.” “Hace dos años, dijo Luciano muy vejado, que le pido a mi madre que me compre pijamas.” Bergère fue hacia él: “Vamos, sácate eso, dijo en un tono que no admitía réplica, te voy a dar uno de los míos; te va a quedar un poco grande, pero siempre te quedará mejor que eso”. Luciano permanecía clavado en el medio de la pieza, los ojos fijos sobre los rombos rojos y verdes de la alfombra. Hubiera preferido volver al baño, pero tuvo miedo de pasar por un imbécil y con un movimiento seco mandó a pasear su camisón por encima de la cabeza. Hubo un instante de silencio: Bergère miraba a Luciano sonriendo y Luciano comprendió de pronto que estaba totalmente desnudo en medio de la habitación y que tenía en los pies las pantuflas con pompones de su madre. Miró sus manos —las grandes manos de Rimbaud— y hubiera querido ponérselas sobre el vientre y ocultar por lo menos eso, pero se contuvo y las puso valientemente a su espalda. En las paredes, entre dos filas de rombos, había de vez en cuando un cuadradito violeta. “Palabra, dijo Bergère, es tan casto como una doncella: mírate en el espejo, Luciano, has enrojecido hasta el pecho. Sin embargo estás mejor así que con ese camisón.” “Sí, dijo Luciano con esfuerzo, pero nunca tiene uno aspecto presentable cuando está en cueros. Pásame rápido el pijama.” Bergère le arrojó un pijama de seda que olía a lavanda y se metieron en la cama. Hubo un pesado silencio: “Esto va mal, dijo Luciano, tengo ganas de vomitar”. Bergère no contestó y Luciano tuvo un eructo de whisky. “Va a acostarse conmigo” se dijo. Y los rombos de la tapicería se pusieron a girar mientras el asfixiante olor del agua de colonia se le asía a la garganta. “No hubiera debido aceptar hacer este viaje.” No había tenido suerte, veinte veces, en estos últimos tiempos, había estado a dos dedos de descubrir lo que Bergère quería de él, y cada vez, como si hubiera sido de gusto, había sobrevenido un incidente que lo había hecho cambiar de idea. Y ahora estaba allí, en la cama de ese tipo, enteramente a su disposición. “Voy a tomar mi almohada e iré a acostarme al baño.” Pero no se atrevió; pensó en la mirada irónica de Bergère. Y se echó a reír: “Pienso en la p… de hace un momento, dijo, debe estar rascándose…”. Bergère tampoco contestó; Luciano lo miró de reojo; estaba acostado de espaldas, con aire de inocente, las manos debajo de la nuca. Entonces un violento furor se apoderó de Luciano, se incorporó sobre un codo y le dijo: “Bueno, ¿qué espera? ¿Es para enhebrar perlas para lo que me ha traído aquí?”.

Era demasiado tarde para lamentar su frase: Bergère volvió hacia él y lo consideró con mirada divertida: “Mírenme esta atorrantita con su cara de ángel. ¡Vamos!, bebé, no me lo has mandado decir: cuentas conmigo para descarriarte, los sentiditos”. Todavía le miró un momento, sus rostros casi se tocaban y luego tomó a Luciano en sus brazos y le acarició el pecho bajo el saco del pijama. Eso no era desagradable: cosquilleaba un poco, solo que Bergère estaba espantoso: había tomado aire de idiota y repetía con esfuerzo: “No tienes vergüenza, cochinito. ¡No tienes vergüenza, cochinito!”, como los discos de fono que anuncian en las estaciones la partida de los trenes. Por el contrario, la mano de Bergère, viva y ligera, parecía una persona. Rozaba dulcemente la punta de los pechos de Luciano, hubiérase dicho la caricia del agua tibia cuando se entra en el baño. Luciano hubiera querido tomar aquella mano, arrancarla de sí y retorcerla, pero Bergère se hubiera burlado: mírenme este doncel. La mano se deslizó lentamente a lo largo de su vientre y tardó en deshacer el nudo del cordón que sostenía el pantalón. Él la dejó hacer, se sentía pesado y húmedo como una esponja mojada y tenía un miedo espantoso. Bergère había apartado las mantas, había puesto la cabeza sobre el pecho de Luciano y parecía auscultarlo. Luciano tuvo uno después de otro dos eructos agrios y temió vomitar sobre los hermosos cabellos plateados, que eran tan dignos. “Me aprieta usted el estómago”, dijo. Bergère se levantó un poco y pasó una mano bajo los riñones de Luciano; la otra mano no acariciaba más, zamarreaba. “Tienes unas lindas nalguitas”, dijo de pronto Bergère. Luciano creía estar en una pesadilla: “¿Le gustan?” preguntó con coquetería. Pero Bergère lo dejó de pronto y levantó la cabeza con aire de despecho: “Maldito farsantuelo, dijo rabiosamente, este quiere jugar a los Rimbaud y hace más de una hora que lucho con él sin llegar a excitarlo”. Lágrimas de enervamiento subieron a los ojos de Luciano y rechazó a Bergère con todas sus fuerzas. “No es culpa mía, dijo con voz sibilante, me ha hecho usted beber demasiado, tengo ganas de vomitar.” “Bueno, ¡anda!, ¡anda!, dijo Bergère, y tómate tu tiempo.” Y agregó entre dientes: “Encantadora velada”. Luciano se subió el pantalón, se puso la “robe de chambre” negra y salió. Cuando hubo cerrado la puerta del baño, se sintió tan solo y tan desamparado que estalló en sollozos. No tenía pañuelo en el bolsillo de la “robe de chambre” y se enjugó los ojos y la nariz con papel higiénico. Pero aun cuando se metió dos dedos en la garganta, no llegó a vomitar. Entonces dejó caer maquinalmente su pantalón y se sentó tiritando en el trono: “qué cochino, pensaba, qué cochino”. Estaba atrozmente humillado, pero no sabía si sentía vergüenza por haber soportado las caricias de Bergère o por no haberse turbado con ellas. El corredor crujía del otro lado de la puerta y Luciano se sobresaltaba a cada crujido, pero no podía resolverse a entrar en la habitación: “Sin embargo es necesario que vaya, pensaba, es necesario, si no se burlará de mí, ¡con Berliac!”, y se levantaba a medias, pero en seguida evocaba la cara de Bergère, su aire estúpido, le oía decir: “¡No tienes vergüenza, cochinito!”. ¡Volvía a caer sobre el asiento, desesperado! Al cabo de un momento, tuvo una violenta diarrea que lo alivió algo: “Esto se va por abajo, pensó, lo prefiero así”. En realidad no sentía ganas de vomitar. “Va a hacerme daño”, pensó bruscamente y creyó que iba a desmayarse. Luciano llegó a tener tanto frío que se puso a castañetear los dientes; pensó que iba a enfermarse y se levantó bruscamente. Cuando entró, Bergère lo miró con aire forzado; fumaba un cigarrillo, su pijama estaba abierto y se veía su delgado torso. Luciano se sacó lentamente las pantuflas y la “robe de chambre” y se deslizó sin una palabra bajo las mantas. “¿Cómo va eso?”, preguntó Bergère. Luciano se encogió de hombros: “Tengo frío”. “¿Quieres que te haga entrar en calor?” “Siga ensayando”, dijo Luciano. Al instante se sintió aplastado por un peso enorme. Una boca tibia y blanda se pegó contra la suya; se hubiera dicho un bistec crudo. Luciano ya no comprendía nada, no sabía más dónde estaba, y se sentía ahogado a medias, pero estaba contento porque sentía calor. Pensó en la señora Besse que le apoyaba la mano en el vientre llamándole “mi muñequita” y en Hebrard que lo llamaba “gran espárrago” y en las duchas que se daba por la mañana imaginándose que el señor Bouffardier iba a entrar a ponerle una lavativa y se dijo: “soy su muñequita”. En ese momento Bergère lanzó un grito de triunfo: “¡Por fin te decides!, dijo ¡vamos!, agregó jadeando, haremos algo contigo”. Luciano se empeñó en sacarse por sí mismo el pijama.

Al día siguiente se despertaron a mediodía. El mozo les llevó el desayuno a la cama y Luciano encontró que tenía aire grosero: “Me toma por un golfo”, pensó con un estremecimiento de desagrado. Bergère estuvo muy amable, se vistió primero y se fue a fumar un cigarrillo en la plaza del Mercado Viejo, mientras Luciano tomaba su baño. “Lo que pasa, pensó Luciano, frotándose cuidadosamente con el guante de crin, es que es aburrido.” Pasado el primer momento de terror y cuando noto que no era tan doloroso como había creído, cayó en un pesado fastidio. Esperaba siempre que terminara aquello para poder dormir, pero Bergère no lo dejó tranquilo hasta después de las cuatro de la mañana. “De cualquier modo, tengo que terminar mi programa de trigonometría”, se dijo. Y se esforzó en no pensar más que en su trabajo. El día fue largo. Bergère le contó la vida de Lautremont, pero Luciano lo escuchó con poca atención; Bergère lo fastidiaba un poco. A la noche se acostaron en Caudebec y naturalmente Bergère molestó a Luciano durante un buen rato, pero hacia la una de la mañana Luciano le dijo claramente que tenía sueño y Bergère, sin enfadarse, lo dejó en paz. Volvieron a París al atardecer. A pesar de todo Luciano no estaba descontento de sí mismo.

Sus padres lo acogieron con los brazos abiertos: “¿Le has agradecido por lo menos al señor Bergère?”, preguntó su madre. Se quedó un momento charlando con ellos sobre la campiña normanda y se acostó temprano. Durmió como un ángel, pero al día siguiente al despertar le pareció que tiritaba por dentro. Se levantó y se contempló largo rato en el espejo: “Soy un pederasta”, se dijo. Y se derrumbó. “Levántate, Luciano, gritó su madre a través de la puerta. Tienes que ir al Liceo esta mañana.” “Sí, mamá”, contesto Luciano con docilidad, pero se dejó caer sobre la cama y se puso a mirarse los dedos del pie: “Es demasiado injusto, yo me daba cuenta. No tengo experiencia”. Esos dedos, un hombre los había chupado uno después de otro. Luciano volvió la cabeza con violencia: “Él lo sabía. Lo que me ha hecho hacer tiene un nombre, eso se llama acostarse con un hombre y él lo sabía. Era triste —Luciano sonrió con amargura— podía uno preguntarse durante días enteros: ¿soy inteligente?, ¿me doy ‘corte’? Y uno nunca llegaba a decidirlo. Y al lado de eso había etiquetas que se le pegaban a uno un buen día y que era necesario llevar toda la vida: por ejemplo, Luciano era alto y rubio, se parecía a su padre, era hijo único y desde ayer era pederasta”. Se diría de él: “Fleurier, ¿usted recuerda, ese rubio alto a quien le gustan los hombres?”, y la gente contestaría: “¡Ah!, ¡sí! ¡El invertido! Muy bien, ya sé quién es”.

Se vistió y salió pero no tuvo coraje de ir al Liceo. Bajó por la avenida Lamballe hasta el Sena y siguió por los muelles. Las calles olían a hojas verdes, a alquitrán y a tabaco inglés. Un tiempo ideal para llevar trajes limpios sobre un cuerpo bien lavado, con un alma flamante. Toda la gente tenía un aire muy moral. Solo Luciano se sentía turbio e insólito en esa primavera: “Es la pendiente fatal —pensaba— comencé por el complejo de Edipo, después me volví sádico-anal y ahora finalmente, para remate, soy pederasta; ¿dónde me detendré?”. Evidentemente su caso no era todavía muy grave; no había experimentado gran placer con las caricias de Bergère. “Pero ¿si tomo la costumbre?”, pensó con angustia. “No podré pasarme sin eso, ¡será como la morfina!” Se volvería un hombre tarado, nadie querría recibirlo, los obreros de su padre se burlarían cuando les diera una orden. Luciano imaginó con complacencia su espantoso destino. Se veía a los treinta y cinco años, melindroso y lleno de afeites y ya un señor de bigotes con la Legión de Honor, levantaba su bastón con aire terrible: “Su presencia aquí, señor, es un insulto para mis hijas”. Cuando de pronto vaciló y dejó bruscamente de jugar: acababa de recordar una frase de Bergère. Era en Caudebec, durante la noche, Bergère había dicho: “¡Eh, pero mira, te empieza a gustar!”. ¿Qué había querido decir? Naturalmente, Luciano no era de madera y a fuerza de ser manoseado… “Eso no prueba nada”, se dijo con inquietud. Pero pretendían que esa gente era extraordinaria para descubrir a sus semejantes, que tenían como un sexto sentido. Luciano miró largo tiempo a un sargento de policía que dirigía el tránsito ante el puente de Jena. “¿Ese agente podría excitarme?” Miraba el pantalón azul del agente e imaginaba los muslos musculosos y velludos: “¿Acaso me impresiona?”. Experimentó un alivio: “Esto no es tan grave, pensó, todavía puedo salvarme. Ha abusado de mi desorden, pero yo no soy verdaderamente pederasta”. Recomenzó la experiencia con todos los hombres que se le cruzaban y siempre el resultado era negativo: “¡Uf!, pensó, bueno, me he calentado”. Era una advertencia, he ahí todo. No había que recomenzar porque una mala costumbre se adquiere rápidamente y luego era necesario con toda urgencia que se curara de sus complejos. Resolvió hacerse psicoanalizar por un especialista, sin decirlo a sus padres. Luego tomaría una querida y se volvería un hombre como todos.

Luciano comenzaba a tranquilizarse cuando pensó de pronto en Bergère: en ese mismo momento, Bergère existía en alguna parte de París, encantado de sí mismo y con la cabeza llena de recuerdos: “Sabe cómo estoy hecho, conoce mi boca, me dijo: ‘Tienes un olor que no olvidaré nunca’. Irá a jactarse entre sus amigos, diciendo: ‘Ha sido mío’, como si yo fuera una golfa. En ese mismo instante quizá estaba contando sus noches a… —el corazón de Luciano dejó de latir— ¡a Berliac! Si hace eso lo mato: Berliac me detesta, lo contará a toda la clase; soy un tipo acabado, los compañeros se negarán a estrecharme la mano. Diré que no es verdad, se dijo Luciano con extravío, haré una denuncia ¡diré que me ha violado!”. Luciano odiaba a Bergère con todas sus fuerzas: sin él, sin esa conciencia escandalosa e irremediable todo hubiera podido arreglarse, nadie hubiera dicho nada y Luciano mismo hubiera terminado por olvidar. “¡Si se muriera súbitamente! Dios mío, te lo ruego, haz que muera esta noche antes de haber dicho nada a nadie. ¡Dios mío!, haz que esta historia quede enterrada, ¡tú no puedes querer que me vuelva pederasta! En todo caso, estoy en su poder, pensó Luciano con rabia. Va a ser necesario que vuelva a su casa y que haga todo lo que él quiera, y que le diga que eso me gusta. ¡Si no estoy perdido!” Dio todavía algunos pasos y agregó como medida de precaución: “¡Dios mío! Haz que Berliac también se muera”.

Luciano no quiso tomar la responsabilidad de volver a casa de Bergère. Durante las semanas que siguieron creía encontrarlo a cada paso, y cuando trabajaba en su habitación, se sobresaltaba al ruido del timbre; de noche tenía pesadillas espantosas: Bergère lo tomaba a la fuerza en medio del patio del liceo San Luis; todos los pistones estaban allí y los miraban riéndose. Pero Bergère no hizo ninguna tentativa para volver a verlo y no dio señales de vida. “No quería más que mi pellejo”, pensó Luciano vejado. Berliac también había desaparecido, y Guigard, que iba algunas veces, los domingos, a las carreras con él, afirmaba que había salido de París a consecuencias de una crisis de depresión nerviosa. Luciano se calmó poco a poco: su viaje a Rouen le hacía el efecto de un sueño oscuro y grotesco, sin relación con nada; había olvidado casi todos sus detalles, solo guardaba la impresión de un pesado olor a carne y a agua de colonia y de un intolerable fastidio. El señor Fleurier preguntó muchas veces qué era del amigo Bergère: “Tendremos que invitarlo a Ferolles para retribuirle”. “Se ha ido a Nueva York”, terminó por contestar Luciano. Iba muchas veces a pasear en bote por el Marne con Guigard y su hermana y Guigard le enseñó a bailar. “Me despierto —pensaba— renazco.” Pero sentía todavía bastante a menudo algo que pesaba sobre su espalda como un zurrón: eran sus complejos; se preguntó si no debía ir a buscar a Freud a Viena: “Partiré sin dinero, a pie si es necesario, le diré: no tengo un centavo pero soy un caso”. En una cálida tarde de junio encontró en el boulevard San Miguel al Babuino, su exprofesor de filosofía. “Entonces, Fleurier, dijo el Babuino, ¿se prepara para el Central?” “Sí, señor”, dijo Luciano. “Usted hubiera podido, dijo el Babuino, orientarse hacia los estudios literarios. Era bueno en filosofía.” No he abandonado la filosofía, dijo Luciano, he leído algo este año. Freud, por ejemplo. A propósito, agregó con súbita inspiración, quería preguntarle, señor, ¿qué piensa del psicoanálisis? El Babuino se echó a reír: “Es una moda que pasará —dijo—. Lo que hay de mejor en Freud, lo encontrará ya en Platón. Por lo demás —agregó con un tono que no admitía réplica—, le diré que no me ocupo de esas frivolidades. Usted haría mejor en leer a Spinoza”. Luciano se sintió liberado de un fardo enorme y volvió a su casa a pie, silbando: “Era una pesadilla —pensó— ¡pero ya no queda nada de ella!”. El sol estaba pesado y caliente ese día, pero Luciano levantó la cabeza y lo miró sin pestañear; era el sol de todo el mundo y Luciano tenía derecho a mirarlo de frente; ¡estaba salvado! “Frivolidades, pensaba, eran frivolidades. Han tratado de descarrilarme, pero no han podido.” En realidad nunca había dejado de resistir: Bergère lo había embobado con sus razonamientos, pero Luciano no había comprendido bien, por ejemplo, que la pederastia de Rimbaud era una tara; y cuando ese pequeño langostino de Berliac quiso hacerle fumar haschich, Luciano lo había mandado claramente a paseo: “¡He estado a punto de perderme —pensó—, pero me ha protegido mi salud moral!”. Por la noche, durante la comida miró a su padre con simpatía. El señor Fleurier era cuadrado de hombros, tenía los gestos pesados y lentos de un campesino, con algo de raza, y los ojos grises, metálicos y fríos de un jefe. “Me le parezco”, pensó Luciano. Recordó que los Fleurier de padres a hijos eran jefes industriales desde hacía cuatro generaciones. “Por mucho que digan, ¡la familia existe!” Y pensó con orgullo en la salud moral de los Fleurier.

Luciano no se presentó ese año al concurso de la Escuela Central y los Fleurier partieron pronto para Ferolles. Quedó encantado de volver a encontrar la casa, el jardín, la usina, la pequeña ciudad calmada y equilibrada. Era otro mundo: decidió levantarse temprano para hacer largos paseos por la región: “Quiero —dijo a su padre— llenarme los pulmones de aire puro y hacer provisión de salud, antes de entrar en la gran prisión”. Acompañó a su madre a casa de los Bouffardier y de los Besse y todo el mundo encontró que se había convertido en un gran muchacho razonable y reposado. Hebrard y Winckelmann, que seguían cursos de derecho en París, habían vuelto a Ferolles para las vacaciones. Luciano salió muchas veces con ellos y hablaron de las bromas que le hacían al abate Jacquemart, de sus buenos paseos en bicicletas y cantaron el “Artillero de Metz” a tres voces. Luciano apreciaba vivamente la ruda franqueza y la solidaridad de sus antiguos compañeros y se reprochaba haberlos descuidado. Confesó a Hebrard que París no le gustaba mucho, pero Hebrard no podía comprenderlo: sus padres lo habían confiado a un abate y estaba muy sujeto: conservaba todavía el deslumbramiento de sus visitas al museo del Louvre y el de la velada que pasó en la Ópera. Luciano quedó enternecido ante esa simplicidad; se sentía el hermano mayor de Hebrard y de Winckelmann y comenzó a decirse que no lamentaba haber tenido una vida tan tormentosa: había ganado experiencia. Les habló de Freud y del psicoanálisis y se divirtió un poco escandalizándolos. Criticaron violentamente la teoría de los complejos, pero sus objeciones eran ingenuas y Luciano se los demostró; luego agregó que colocándose en un punto de vista filosófico se podía fácilmente refutar los errores de Freud. Ellos lo admiraron mucho, pero Luciano hizo como que no lo notaba.

El señor Fleurier explicó a Luciano el mecanismo de la fábrica. Lo llevó a visitar los edificios centrales y Luciano observó largamente el trabajo de los obreros. “Si yo muriera, dijo el señor Fleurier, sería necesario que tú pudieras tomar, de un día para otro, todos los comandos de la fábrica.” Luciano lo reprendió y le dijo: “¡Mi viejo papá; haz el favor de no hablar de eso!” pero se quedó serio durante muchos días pensando en las responsabilidades que tendría tarde o temprano. Tuvieron largas conversaciones sobre los deberes del patrón y el señor Fleurier le demostró que la propiedad era no solo un derecho sino también un deber. “A qué vienen a fastidiarnos con sus luchas de clase —dijo— ¡cómo si los intereses de los patrones y los obreros fueran opuestos! Mira mi caso, Luciano. Soy un pequeño patrón, lo que se llama un ‘margoulin’ en la jerga parisién. ¡Pues bien! Hago vivir a cien obreros con sus familias. Si hago buenos negocios son los primeros en aprovecharse de ellos. Pero si me veo obligado a cerrar la fábrica, helos en la mitad de la calle. Yo no tengo derecho, dijo con energía, a hacer malos negocios. Eso es lo que yo llamo solidaridad de clases.”

Todo fue bien durante más de tres semanas; Luciano casi no pensaba ya en Bergère, lo había perdonado: esperaba sencillamente no volverlo a ver más en la vida. Algunas veces, cuando se cambiaba de camisa, se aproximaba al espejo y se miraba con asombro: “un hombre ha deseado este cuerpo”, pensaba. Paseaba lentamente las manos sobre sus piernas y pensaba: “Un hombre fue turbado por estas piernas”. Tocaba su cintura y lamentaba no ser otro para poder acariciar su propia carne como una tela de seda. A veces añoraba sus complejos; eran sólidos, pesaban mucho, su enorme masa sombría lo lastraba. Ahora eso había terminado, Luciano no creía ya en ellos y se sentía lleno de una penosa ligereza. Por lo demás no era del todo desagradable, era más bien una especie de desencanto muy soportable, un poco disgustante, que podía en rigor pasar por aburrimiento. “No soy nada, pensaba, pero nada me ha ensuciado. Berliac fue suciamente arrastrado. Bien puedo soportar un poco de incertidumbre: es el rescate de la pureza.”

En el transcurso de un paseo se sentó sobre un talud y pensó: “He dormido seis años y después un buen día salí de mi crisálida”. Estaba muy animado y miró el paisaje con agrado. “¡Estoy hecho para la acción!” Pero al instante estos pensamientos de gloria se volvieron insípidos. Dijo a media voz: “Que esperen un poco y verán lo que valgo”. Había hablado con fuerza pero las palabras rodaban fuera de él como coquillas vacías. “¿Qué tengo?” Esta extraña inquietud, que él no quería reconocer, le había hecho mucho mal antes. Pensó: “Es este silencio… este país…” Ningún ser viviente salvo los grillos que arrastraban penosamente en el polvo sus abdómenes amarillos y negros. Luciano detestaba los grillos porque tenían siempre aspecto de estar medio reventados. Del otro lado del camino una landa grisácea, abrumadora, agrietada, se dejaba deslizar hasta el río. Nadie veía a Luciano, nadie lo escuchaba, saltó sobre sus pies y tuvo la impresión de que sus movimientos no encontrarían ninguna resistencia ni aun la de la gravedad. Ahora estaba de pie bajo un telón de nubes grises: era como si existiera en el vacío. “Este silencio”… pensó. Era más que el silencio, era la nada. Alrededor de Luciano el campo estaba extraordinariamente tranquilo y húmedo; inhumano: parecía que se hacía pequeño y retenía el aliento para no molestarlo. “Cuando el artillero de Metz volvió a la guarnición…” El sonido se extinguió sobre sus labios como una llama en el vacío: Luciano estaba solo, sin sombra, sin eco, en medio de esa naturaleza demasiado discreta que no pesaba. Se sacudió y trató de retomar el hilo de sus pensamientos. “Estoy hecho para la acción. En primer lugar tengo reservas: puedo hacer tonterías, pero no voy lejos porque me reconquisto.” Pensó: “Tengo salud moral”. Pero se detuvo haciendo una mueca de disgusto, de tal modo le pareció absurdo hablar de “salud moral”, en ese camino blanco que atravesaban algunos animales agonizantes. De rabia, Luciano pisó un grillo; sintió bajo la suela una pequeña bolita elástica, y cuando levantó el pie el grillo vivía todavía: Luciano lo pisó de nuevo. “Estoy perplejo. Estoy perplejo. Es como el año pasado.” Se puso a pensar en Winckelmann que lo llamaba “el as de los ases”, en el señor Fleurier que lo trataba como a un hombre, en la señora Besse que le dijo: “Es este muchachón al que yo llamaba mi muñequita. Ya no me atrevo a tutearlo, me intimida”. Pero estaban lejos, muy lejos, y le pareció que el verdadero Luciano estaba perdido y no había más que una larva blanca y perpleja. “¿Qué es lo que soy?” Kilómetros y kilómetros de landa, un sol pesado y rajante, sin hierbas, sin olor, y luego, de pronto, saliendo derecho de esa corteza gris, el espárrago de tal modo insólito que no tenía ni sombra detrás de él. “¿Qué es lo que soy?” La pregunta no había cambiado desde las vacaciones precedentes, hubiérase dicho que esperaba a Luciano en el mismo lugar en que la había dejado; o mejor aún que no era una pregunta, era un estado. Luciano se encogió de hombros: “Soy demasiado escrupuloso, pensó, me analizo demasiado”.

Los días siguientes se esforzó en no analizarse: hubiera querido fascinarse con las cosas; contemplaba largamente las hueveras, los aros de servilletas, los árboles, las fachadas; halagó mucho a su madre pidiéndole que le mostrara su platería. Pero mientras miraba la platería, pensaba que miraba la platería, y detrás de su mirada palpitaba una Pequeña niebla viviente. A Luciano le costaba trabajo absorberse en una conversación con el señor Fleurier, esta niebla abundante y tenue, cuya opaca inconsistencia se parecía falsamente a la luz, se deslizaba detrás de la atención que prestaba a las palabras de su padre: esa niebla él mismo. Irritado, de cuando en cuando, Luciano dejaba de escuchar, y se revolvía tratando de atrapar la niebla y mirarla de frente: no encontraba más que el vacío, la niebla quedaba siempre detrás.

Germana fue a buscar llorando a la señora Fleurier: su hermano tenía una bronconeumonía. “Mi pobre Germana, dijo la señora Fleurier, ¡usted que siempre decía que era tan fuerte!” Le dio un mes de vacaciones e hizo venir para reemplazarla a la hija de un obrero de la fábrica, la pequeña Berta Mozelle que tenía diecisiete años. Era pequeña, con trenzas rubias anudadas alrededor de la cabeza; cojeaba ligeramente. Como venía de Concarneau, la señora Fleurier le pidió que llevara una cofia de encajes: “será más bonito”. Desde los primeros días cada vez que encontraba a Luciano sus grandes ojos azules reflejaban una admiración humilde y apasionada y Luciano comprendió que ella lo adoraba. Le habló familiarmente y le preguntó varias veces: “¿Está contenta con nosotros?”. En los corredores se divertía rozándola para ver si le hacía efecto. Pero ella lo enternecía y él tuvo en ese amor un precioso consuelo; pensaba a menudo, con algo de emoción, en la imagen que Berta debía hacerse de él. “En realidad, en nada me parezco a los jóvenes obreros que ella trata.” Hizo entrar a Winckelmann al antecomedor con un pretexto y Winckelmann encontró que estaba bien formada. “Eres un tipo de suerte —dijo—, en tu lugar ya me verías.” Pero Luciano dudaba: ella olía a sudor y su camiseta negra estaba raída bajo los brazos. En una lluviosa tarde de septiembre la señora Fleurier se hizo llevar a París en auto y Luciano se quedó solo en su habitación. Se acostó en su cama y se puso a bostezar. Le parecía ser una nube caprichosa y fugaz, siempre la misma y siempre otra, siempre en trance de diluirse en el aire por los bordes: “Me pregunto ¿para qué existo?”. Estaba allí, digería, bostezaba, escuchaba la lluvia que golpeaba contra los vidrios y estaba esa bruma blanca que se deshilachaba en su cabeza; ¿y después? Su existencia era un escándalo y las responsabilidades que asumiría más tarde bastaban apenas para justificarla. “Después de todo, yo no he pedido nacer”, se dijo. Y tuvo un impulso de piedad para sí mismo. Se acordó de sus inquietudes de niño, de su larga somnolencia, y se le aparecieron bajo una luz nueva: en el fondo no había dejado de estar embarazado por su vida, por ese regalo voluminoso e inútil y la había llevado en sus brazos sin saber qué hacer de ella, ni dónde depositarla. “He pasado mi tiempo en lamentarme de haber nacido.” Pero estaba demasiado deprimido para llevar más lejos sus pensamientos; se levantó, encendió un cigarrillo y bajó a la cocina para pedir a Berta que le hiciera un poco de té.

  • Jean-Paul Sartre
    Sartre, Jean-Paul

    Jean-Paul Sartre (París, 1905-París,1980) fue uno de los más importantes filósofos del siglo XX, novelista, dramaturgo, fue con todo el máximo exponente de la filosofía existencialista, especialmente en su particular mezcla con el humanismo marxista que supo practicar.

    Educado por su madre y su abuelo materno, quien lo interesó en el mundo de las artes, egresó en 1929 de la Ecole Normale Superiore de París y enseñó filosofía en distintos liceos, antes y después de caer prisionero de los alemanes entre 1940 y 1941. Hacia 1945, fundó Les Temps Moderns y se consagró a la actividad literaria, delineando sus apetencias filosóficas que partían de la fenomenología de Edmund Husserl, del existencialismo de Martin Heidegger y de la reacción contra el racionalismo francés. De esta etapa son El ser y la nada y El existencialismo es un humanismo.

    Pero a todo ello se fue sumando un compromiso social y político que lo ligaba al pensamiento dialéctico y analítico proveniente del pensamiento de Karl Marx, todo lo cual construyó un “último Sartre”, el de la Crítica de la razón dialéctica, el que consideraba al marxismo como “la filosofía no superable de nuestro tiempo”, pero no refiriéndose al marxismo ortodoxo o al pensamiento menos crítico de los seguidores de Marx, sino el marxismo que incorpora la antropología filosófica existencialista.

    Este último Sartre es también el Sartre del “Mayo Francés” y, sobre todo, el del prólogo a Los condenados de la tierra del argelino Franz Fanon, llamando a poner a la violencia revolucionaria al servicio de los proyectos anticolonialistas. También, el Sartre que rechazó el Premio Nobel de Literatura en 1964 por considerar innecesario que una institución se interpusiera entre el mundo de la cultura y el hombre.

    Como gran parte de los brillantes intelectuales del mundo contemporáneo, la vida familiar de Sartre fue a contramano de los valores consagrados por la burguesía. Sin casarse, sin convivir y sin tener hijos, tuvo a la reconocida filósofa y novelista Simone de Beauvoir como compañera de vida, hasta que falleció el 15 de abril de 1980.

    Obra:

    Novelas y relatos

    • La náusea (La Nausée) (1938)
    • El muro (Le Mur) (1939), que incluye:
      • El muro (Le mur)
      • La cámara (La Chambre)
      • Eróstrato (Érostrate)
      • Intimidad (Intimité)
      • La infancia de un jefe (L'Enfance d'un chef)
    • Los caminos de la libertad (Les chemins de la liberté) (1945-1949):
      • I: La edad de la razón (L'Âge de raison) (1945)
      • II: El aplazamiento (Le sursis)
      • III: La muerte en el alma (La mort dans l'âme) (1949)
    • La suerte está echada (Les jeux sont faits) (1947)

    Obras teatrales

    • Barioná, el hijo del trueno (Bariona, ou le fils du tonnerre) (1940)[68][69][70]
    • Las moscas (Les Mouches) (1943)
    • A puerta cerrada (Huis Clos) (1944)
    • Muertos sin sepultura (Morts sans sépulture) (1946)
    • La puta respetuosa (La putain respectueuse) (1946)
    • Las manos sucias (Les mains sales) (1948)
    • El diablo y Dios (Le diable et le bon Dieu) (1951)
    • Kean (1954)
    • Nekrássov (1955)
    • Los secuestrados de Altona (Le sequestres d'Altona) (1959)
    • Las Troyanas (Les Troyannes) (1965)

    Ensayos

    • Situaciones (Situations) (1947-1976):
      • Situaciones I: El hombre y las cosas (1947)
      • Situaciones II: ¿Qué es la literatura? (Qu'est-ce que la littérature?) (1948)
      • Situaciones III: La República del silencio: estudios políticos y literarios (1949)
      • Situaciones IV: Literatura y arte (1964)
      • Situaciones V: Colonialismo y neocolonialismo (Colonialisme et néo-colonialisme) (1964)
      • Situaciones VI: Problemas del marxismo 1 (Problèmes du marxisme I) (1964)
      • Situaciones VII: Problemas del marxismo 2 (Problèmes du marxisme II, 1965)
      • Situaciones VIII: Alrededor del 68 (Autour de 68) (1972)
      • Situaciones IX: El escritor y su lenguaje y otros textos (1972)
      • Situaciones X: Autorretrato a los setenta años (1976)

    Textos filosóficos

    • La imaginación (L'Imagination) (1936)
    • La trascendencia del ego (La Transcendance de l'Ego) (1938)
    • Bosquejo de una teoría de las emociones (Esquisse d'une théorie des émotions) (1939)
    • Lo imaginario. Psicología fenomenológica de la imaginación (L'Imaginaire. Psychologie phénoménologique de l'imagination) (1940)
    • El ser y la nada (L'Être et le Néant) (1943)
    • El existencialismo es un humanismo (L'existentialisme est un humanisme) (1945 y 1949)
    • Crítica de la razón dialéctica (Tomo I) (Critique de la raison dialectique I: Théorie des ensembles pratiques) (1960)

    Crítica literaria

    • Baudelaire (1947) (Estudio sobre Charles Baudelaire)
    • ¿Qué es la literatura? (Qu'est-ce que la littérature?) (1948)
    • San Genet: comediante y mártir (Saint Genet comédien et martyr, un estudio sobre Jean Genet) (1952)
    • El idiota de la familia (L'Idiot de la famille, un estudio sobre Gustave Flaubert) (1972)

    Guiones cinematográficos

    • Los orgullosos (Les Orgueilleux) (1953)
    • A puerta cerrada (Huis Clos) (1954)
    • Los secuestrados de Altona (Les Séquestrés d'Altona) (1962)
    • No Exit (A puerta cerrada) (1962)
    • El muro (Le Mur) (1967)

    Otras obras

    • Reflexiones sobre la cuestión judía (Réflexions sur la question juive) (1946)
    • El engranaje (L'Engrenage) (1948)
    • Huracán sobre el azúcar (Crónica sobre la revolución cubana) (1960)
    • Las palabras (Les Mots) (1964)

    Publicaciones póstumas

    • Cuadernos por una moral (Cahiers pour une morale) (1983)
    • Cuadernos de guerra (Carnets de la drôle de guerre) (1983)
    • Verdad y existencia (Vérité et existence) (1989)
    • Crítica de la razón dialéctica (Tomo II) (Critique de la raison dialectique II: L'intelligibilité de l'Histoire) (1985)
    • Cartas al castor (Lettres au castor) (1983)